miércoles, 15 de julio de 2026

Mujeres en la torre de Babel

 

Flâneuses, la revolución de las paseantes

Una mujer cruza la calle en el Nueva York de 1940.
Una mujer cruza la calle en el Nueva York de 1940.



“Las mujeres que caminan por las calles deben tener una meta precisa: ir de compras, por ejemplo”. Esa es una de las aseveraciones que pone en duda *La revolución de las flâneuses (Wunderkammer, 2019), de Anna Maria Iglesia, un libro en el que defiende el derecho de las féminas a ocupar la calle por el simple placer de hacerlo.

Una imagen de la International Society of Girl Watchers, 1966.

Porque si una señora se para de repente en una esquina, más de uno creerá que se está ofreciendo. En cambio, si es un hombre, lo peor que pensarán es que está holgazaneando, como se aprecia en el retrato de una traducción reciente, Los perezosos, libro en el que Charles Dickens y Wilkie Collins narran a cuatro manos las horas que pasan dos amigos por las calles sin hacer nada.


"A una mujer soltera en las calles de una ciudad siempre se la considera disponible”, escribió Virginia Woolf, a quien Iglesia sitúa como la creadora del primer personaje femenino equivalente al flâneur que autores como Charles Baudelaire popularizaron y convirtieron en icono cultural en el siglo XIX. Es la joven a la que sigue Peter Walsh en La señora Dalloway. La misma que cierra la puerta y se quita de la vista de su perseguidor despidiéndose antes. No tiene nombre, no habla, pero es dueña de sus actos y hay ironía en ellos. Por eso, porque invierte los papeles, es la primera flâneuse, dice Iglesia.


Las cosas han cambiado desde ese siglo XIX que tan bien desmenuza la autora en su libro usando como espejo libros y cuadros, ensayos y novelas, con los que reivindica la ocupación del espacio público y demuestra que tampoco es nada nuevo lo de que las mujeres reclamen las calles: simplemente se ha silenciado su reclamo. O se las ha vilipendiado por exigirlo.




Londres, 1949. Getty Images.



Actos y ensayos

Desde que el 8 de marzo de 2018 millones de féminas en todo el mundo ocuparan avenidas, plazas y calles se ha avivado la conciencia de cuál es el modo en el que las mujeres transitan la vía pública. Prueba de ello son esas manifestaciones pero también las reflexiones en torno al hecho de ocupar la calle. La revolución de las flâneuses, un repaso literario, filosófico, sociológico y artístico de la figura de la paseante, viene a aumentar el debate con un tono distinto al de Lauren Elkin, de quien el año pasado se publicó en España Flaneuse: Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres.


La reflexión de Elkin recurría a obras de arte de otros tiempos para recoger testimonios de cómo vivían las mujeres su presencia en la calle y a experiencias autobiográficas. Iglesia, por su parte, hace una reivindicación desde lo ya escrito y las imágenes: como las del cuadro de Mary Cassatt, “En el palco del teatro”, que le sirven a la autora para explicar la manera en que las mujeres parecen puestas en el espacio público más para ser vistas que para observar. Incluso en ese contexto donde el show debería estar sobre las tablas.



“De ahí que no se trata de reivindicar el papel de la paseante como flâneuse sino como crítica, como ensayista, como voz pública”, dice la autora dejando claro que lo que se pide, además del espacio, es la palabra.
Un club para los mirones

"El caminar femenino suele ser entendido como una exhibición o un espectáculo más que como un traslado de un lugar a otro, y ello porque se supone que las mujeres caminan no para ver sino para ser vistas", dice Rebecca Solnit en Wanderlust.

Esa es la premisa que asumían como dogma los señores que en los años 60 fundaron la International Society of Girl Watchers (Asociación Internacional de Observadores de Chicas). Su promotor, Joe Beagin, publicó un manual y una revista que daban instrucciones para observar a las jóvenes con disimulo: atarse los zapatos para mirar debajo de su falda, fingir que se le ha caído algo al suelo o un dolor de espalda para girarse. Esos eran algunos de los trucos sugeridos para esquivar las reacciones de unas mujeres que empezaban a negarse a ser tratadas de ese modo.

A ese tipo de cosas se refieren las autoras de libros y reportajes sobre las flâneuses cuando hablan de la mujer como objeto de consumo visual.



Viajar solas

El interés sobre este asunto llega con algo de retraso a España, pues ya hay artículos académicos y libros como el de Catherine Nesci, Le flâneur et les flâneuses. Les femmes et la ville à l’époque romantique, publicado en 2007, que abordan el tema con profundidad.


A este último título también recurre Iglesia para explicar la situación de los travestis, pues el debate ya no puede sustentarse en una concepción binaria de los sexos. Tampoco tiene sentido circunscribirlo a las calles del propio país o a las que alguien transita para ir al trabajo. En un mundo globalizado en el que la gente viaja más que nunca en la historia de la Humanidad, el valor del caminar hay que trasladarlo al viaje, que no es otra cosa que el camino más largo que se recorre en el tiempo más corto: el de las vacaciones o el de una aventura.

Por eso hay en el libro de Iglesia referencias a Nelly Bly y su deseo de batir el récord de Phileas Fogg dando la vuelta al mundo. “No lo podrás hacer”, le dijeron aduciendo que era mujer. Esas barreras las conoce bien Patricia Almarcegui, que en libros como Una viajera por Asia Central explica los periplos que ha hecho sola por el mundo. “¿Y tu novio te deja viajar sola?”, se lee varias veces en otro de sus volúmenes, Conocer Irán.

El periodismo también está ejerciendo su labor de plasmar lo que sucede en un presente que va a la velocidad del rayo. Así lo pensaron en Altaïr Magazine, revista de cultura viajera, al titular uno de sus monográficos “El arte de caminar”. En él incluyeron a autoras como la arquitecta india Pallavi Shrivastava, que explicó en primera persona los obstáculos y los avances de las mujeres para moverse en los espacios públicos de Bombay. En otro monográfico, “A bordo del género”, la periodista Andrea Mamoitio reporteaba las dificultades de las parejas homosexuales para mostrarse libremente: “Hay amores que no sólo no se entienden sino que se violentan”.

"Susanna Martín es menuda y lesbiana; activista y autora de cómics. Hace unos años, paseaba por París con su pareja cuando un hombre les gritó que sus besos estaban prohibidos”, cuenta la periodista en un reportaje en el que demuestra que a veces no hace falta irse muy lejos ni a una cultura distinta para encontrar intolerancia a otras maneras de amar. Por eso, como también demuestra la periodista Ana Salvá con sus reportajes sobre los transexuales en Tailandia, el principal problema de la comunidad LGTBI al salir a la calle sigue siendo la invisibilidad, impuesta en algunos países, autoimpuesta por algunas personas para evitarse problemas.
Calles a medida de los hombres


Otra periodista, Mar Abad, se fijó en el continente e indagó en el modo en que están hechas las calles, las aceras, los semáforos… En su reportaje de 2017, “Flâneuses, las mujeres aún tienen que conquistar las ciudades”, reconocido con el Premio Carmen de Burgos "Colombine", entrevistaba a la arquitecta Atxu Amann: “Las mujeres podemos ir a muchos sitios, podemos caminar a muchas horas, pero la ciudad no es un lugar amable para nosotras”, le explicó alguien que considera que aún sigue vigente la separación de espacios para hombres y mujeres.


“No podemos ser flâneur porque no nos han permitido disfrutar del espacio público. Nos han dejado ser flâneur en el espacio doméstico, que lo tenemos como los chorros del oro, porque es nuestro espacio público cuando viene alguien de visita”.

Hay barreras, dice la periodista en su artículo, pero algunas son invisibles, o las tenemos tan interiorizadas, que no se entienden como tales. Un caso claro se ha conocido hace poco, a cuenta de una fotografía icónica sobre el modo en que las mujeres se han desenvuelto en el espacio público. Se trata de "Una chica americana en Italia", obra de Ruth Orkin. En ella se ve a una joven a la que varios hombres miran descaradamente. La modelo de la foto, hoy una anciana de 89 años, ha declarado hace poco que más que atemorizada se sintió como "una Beatriz a punto de ser descubierta por Dante". Por eso, para derribar barreras, primero hay que verlas. Y no pensar que como a alguien no le afectan, no pueden hacerle daño a nadie más.







Mujeres cruzando la calle en 1960. Getty Images.
Pioneras


“Dos chicas se preguntan si deberían irse pronto a casa esta noche”, dice el rótulo de una foto de Brassaï tomada en su serie "Paris de noche". El fotógrafo de origen húngaro tomó a muchas prostitutas en sus series pero también a muchas mujeres que solo paseaban. No se interpretaron así en su momento, pero a la luz de este debate sobre el derecho de las mujeres a vagar, algunas de sus tomas adquieren otro sentido: hay en sus negativos chicas que se divierten; chicas que esperan un taxi; señoras que miran escaparates de tiendas cerradas porque ya son altas horas de la noche; otra mujer observa el río tranquilamente y otras dos caminan con calma bajo la lluvia.


Lo que demuestran esas fotos es que las flâneuses siempre existieron. Maruja Mallo fue una de ellas, por eso Iglesia la recupera en su libro junto a la también pintora Margarita Manso, con la que salía a pasear por Madrid, por barrios buenos o malos y a cualquier hora. Y sin sombrero. Porque ese complemento era el símbolo del recato y ellas no tenían ganas de practicarlo. Las Sin Sombrero se hicieron llamar en una forma de reivindicar su derecho a estar en la calle sin pensar en el qué dirán.

Pero que el progreso no siempre va en línea recta y hacia adelante lo demuestra bien este asunto de las flàneuses. Por eso el mismo año que Nesci publicaba su ensayo, en el cine se estrenaba En la ciudad de Sylvia, una cinta en la que Jose Luis Guerin explicaba la historia de un poeta que recorría las calles de Bruselas siguiendo a una chica a la que había amado. Queda claro que no es un acosador y la clave de la película es casi onírica, pero ella apenas habla, como les pasa a todas esas mujeres puestas en las narraciones para ser consumidas. Son como fanasmas, ángeles o musas. Caminan por la calle, pero no son flâneuses.





Ahora el discurso se amplía aún más con internet. Por eso "The Flaneur", la exposición que se clausuró en enero en el Museo de Arte de Bonn, exhibía el modo en que impresionistas y expresionistas retrataron a esos paseantes ociosos, dueños de su tiempo libre, pero también hubo sitio para el arte digital. En ese espacio se expuso la obra sobre Google View de Johanna Steindorf, una artista que ha reflexionado sobre el modo en que las mujeres se manejan de noche. Para demostrar a qué sensaciones se someten, creó una audioguía con la que el espectador va siendo informado sobre qué piensa una chica que oye de cerca a un corredor, cómo interpreta los ruidos, cómo cambia su paso para no ser sospechosa o hace una llamada fingiendo que alguien la espera.

En esa exposición había algunas obras de Brassaï a quien, en palabras de Peter Galassi, no le interesaban las cosas extrañas sino "las cosas ordinarias que parecían mágicas”. Quizás por eso se fijó en esas mujeres: por su excepcionalidad, porque serían pocas pero no eran raras, y con ese mirar a ningún lado haciendo nada, estaban rompiendo roles que aún resisten.

Todos tenemos presente la imagen del flâneur recorriendo las calles de París del siglo XIX. Pero, ¿y las flâneuses? Ellas también existieron, aunque fueran invisibilizadas o menospreciadas. Su voluntad de hacerse presentes en el espacio urbano y reclamar una voz…

https://www.researchgate.net/publication/372873682_Iglesia_A_M_2021_La_revolucion_de_las_flaneuses

(Flora Tristán, George Sand, Virginia Woolf, Sylvia Plath, Luisa Carnés, Pardo Bazán, Olive Schreiner) y ciertas obras pictóricas (de Gustave Caillebotte, de Mary Cassatt, de Silvestro Lega, Renoir, Manet, Hopper o Berthold Woltze






FLANEUSE: UNA PASEANTE EN PARIS, NUEVA YORK, TOKIO, VENECIA Y LONDRES

Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres


Por Lauren Elkin

https://ebiblioteca.org/lecturas/?/v/

Un ensayo reivindicativo sobre la experiencia singular de pasear siendo mujer. El flâneur nació en el París del siglo XIX. Su hábitat natural eran los bulevares y las galerías de la ciudad. La multitud es su dominio, como el aire es el del pájaro, como el agua el del pez, escribió Charles Baudelaire. El flâneur es un hombre ocioso que pasea y observa a la vez, pero desde la distancia: no se involucra. Sin embargo, para Baudelaire la flâneuse no existe. Las mujeres no tenían la libertad de los hombres para acceder a las calles de la ciudad porque se veían reducidas a ser objeto de la mirada de los paseantes. ¿Qué es entonces una flâneuse? Una mujer que no solo contempla, sino que también participa. Su presencia en un espacio que tradicionalmente no le pertenece supone un desafío. Donde el flâneur mira, la flâneuse perturba y subvierte. Elkin hace un recorrido literal y metafórico por las ciudades en las que ha vivido, a través de sus paseos nos descubre una nueva mirada y reivindica el derecho de las mujeres a pasear. La flâneuse se detiene en los detalles y amplía la mirada, toma notas de su propia experiencia y las entrelaza con las de otras artistas, escritoras, cineastas y periodistas (George Sand, Sophie Calle, Martha Gellhorn o Agnès Varda) a las que admira y cuyas visiones han formado y transformado la de la propia autora. De Nueva York a Londres, de París a Venecia pasando por Tokio, cada ciudad encierra el juego, la fascinación, el peligro y la familiaridad que sirven a la autora para reclamar el derecho de las mujeres a pasear por la ciudad, a ocupar el espacio público y a alejarse de lo que se supone que deben ser para cambiar sus vidas por completo: Dejadme pasear. Dejad que vaya a mi ritmo. Dejad que sienta cómo se mueve la vida a través y alrededor de mí. Dadme emoción. Dadme esquinas curvas inesperadas. Dadme iglesias inquietantes, bonitos escaparates y parques en los que pueda tumbarme.



Ilustración Mitucami



Flâneuse: Mujeres caminan la ciudad



A principios del siglo XX una mujer “de bien” no podía ser vista caminando por las calles por el solo placer de caminar. En Flâneuse: Mujeres Caminan la Ciudad, la escritora Lauren Elkin inventa el femenino de flâneur, flâneuse: una ociosa y minuciosa observadora, usualmente encontrada en la ciudad.

Durante mis años universitarios caminé de mi casa a la universidad todos los días e hice el mismo recorrido hasta cuatro veces al día, pues siempre regresaba a casa para almorzar (uno de esos privilegios de las ciudades donde todo es cerca). El aroma de todas las cocinas se mezclaba y se esparcía y la calle olía a comida hecha en casa. Un olor muy familiar de esos años.


Por Silvia Rothlisberger

Una pequeña comunidad de caminantes acompañaba estos trayectos, el que vende empanadas en nevera de icopor, el que empuja una carreta llena de aguacates, unas cuadras abajo en el parque el vendedor de jabón para hacer burbujas. A pie, uno se encuentra de frente con las personas, con las arquitecturas, con los árboles, descubre la ciudad y se va descubriendo a uno mismo. Los sueños, los planes, ¿viviré aquí por siempre?, esta casa la están tumbando, ¡que bonito jardín!.


“¡Muak, mamita!”






Esa costumbre latinoamericana de tirar besos desde los carros o gritar adjetivos indeseados a las desprevenidas que van a pie. En Londres, en cambio, se camina en completo anonimato. Nadie mira, nadie pregunta, todos están en sus prisas personales. No siempre fue así: a principios del siglo XX una mujer “de bien” no podía ser vista caminando por las calles por el solo placer de caminar. Así que salir de compras, acto que en tiempos modernos puede ser banal, en aquella época era una excusa para que una mujer pudiera andar libremente por las calles. Por eso la figura del flâneur, un paseante y observador de la ciudad, o como lo llamara Walter Benjamin: un pensador vagabundo, siempre es relacionado con un hombre. Al punto que el femenino de flâneur no existe, al menos no oficialmente.



La figura del flâneur nace en la primera mitad del siglo XIX. Charles Baudelaire fue pionero en unir la ciudad, la cultura material y la experiencia cotidiana: observador, paseante, filosofó. Enamorado de la multitud y de lo incógnito. También era misógino como lo refleja en su ensayo El Pintor de la Vida Moderna donde describe a la mujer como: “ese ser terrible e incomunicable […] quizá sólo es incomprensible porque no tiene nada que comunicar”. Pensar en aquella época en una mujer flâneur, una caminante errante, que camina para reflexionar, para descubrir en la ciudad los secretos de la vida humana, para inspirarse y crear arte no cabía dentro del imaginario de la época.

En su libro Flâneuse: Mujeres Caminan la Ciudad la escritora Lauren Elkin inventa el femenino de flâneur. Flâneuse: sustantivo del francés. Forma femenina de flâneur, una ociosa, una minuciosa observadora, usualmente encontrada en la ciudad.

“Sueña grande, terminarás muerta”

Es en palabras de Lauren Elkin la sentencia que daba la literatura a la mujer que se rebelara contra la tradición y las buenas costumbres como ocurre con Madame Bovary y Anna Karerina. La realidad era diferente y en Flâneuse, Elkin nos cuenta sobre mujeres que sí caminaban por las ciudades para reflexionar e inspirarse. Como la escritora francesa George Sand, quien no solo adoptó por seudónimo un nombre masculino para ser artista con libertad, sino que además vestía de hombre para poder caminar inadvertida en pleno siglo XIX por las calles de Paris. Ciudad a la que se mudó para ser escritora, dejando atrás a su esposo y dos hijos. Se rebeló contra la tradición, y a diferencia del desenlace al que los escritores de ficción de la época la habrían sentenciado no tuvo un trágico final: soñó en grande, vivió como quiso, murió a los 71 años por causas naturales dejando como legado una gran obra literaria.



“Amo caminar por Londres”







Son las primeras palabras de la más importante flâneuse de la literatura del siglo XX, La Señora Dalloway. Quizás este personaje es un reflejo directo de su creadora Virginia Woolf, a quien mudarse al barrio bohemio que era en aquella época Bloomsbury le permitió convertirse en una escritora profesional, y fueron sus caminatas las que le dieron algo sobre que escribir.

Virginia Woolf dedicó un ensayo “al mayor placer de la vida urbana”: merodear por las calles. En su ensayo Merodeo Callejero, Woolf describe cómo comprar un lápiz es la excusa perfecta para caminar por Londres y mientras lo hace descubre personajes, escucha conversaciones, vitrinea almacenes.

Las cosas que uno encuentra cuando va a pie

En diferentes caminatas por Londres me he encontrado con un lápiz en el suelo. Lápices rotos o sin punta, o con la punta muy gastada o muy fina recién sacada. ¿Es un mensaje, una señal, una casualidad? Sea lo que sea, cuando ocurre pienso en Woolf, en su vida, sus ensayos. En las sorpresas que nos traen las caminatas urbanas. En Bucaramanga cuando llegaba la noche ocurría el más bello de los conciertos, el que daban los grillos en las pequeñas zonas verdes de las aceras. En Londres uno se encuentra de frente con zorros, esos salvajes urbanos que merodean las calles cuando nadie los esta mirando.

“Mire a la derecha” / “Mire a la izquierda” / “Mire a ambos lados”, son las instrucciones escritas en el suelo en cada cruce peatonal de Londres. En una cultura donde se maneja al revés y los carros vienen del lugar opuesto al que un extranjero espera es imperativo dar instrucciones a los caminantes sobre hacia donde mirar antes de cruzar.

Hay zonas en las que hay tantos chicles pegados al pavimento que se pueden armar constelaciones. Pequeños sistemas creados por los indiferentes que no encuentran un mejor lugar para botar su chicle. En otoño el suelo acumula las hojas secas que caen de los árboles y se camina sobre ellas.


Los mapas que nos inventamos para descubrir la ciudad

Mis primeras caminatas por Londres se orientaban por las estaciones de metro. En lugar de entrar a las estaciones y viajar por los túneles, me movía por encima pero usando el mapa del metro como guía. Alguien que conozco usa como referencia los puentes de Londres: de Tower Bridge a Hampton Court Bridge pasando por otros 31 puentes.






El libro por excelencia que no podía faltar en casa de un londinense era el A to Z, un libro-mapa que demarcaba minuciosamente cada esquina, cada calle, cada plaza. Sin éste era casi imposible encontrar una dirección hasta que aparecieron los smartphones y Google maps se convirtió en el A to Z digital.


¿Para qué un mapa cuando lo que quieres es perderse?

Para caminar fuera de la ruta delimitada por el lugar donde se vive. Para ir más lejos, al lugar desconocido, empecé a subirme a un bus y sentarme en el segundo piso, llegar a una parada y volverme caminando. Salir de lo familiar y entrar a lo desconocido. Como la analogía que nos presenta la escritora Rebecca Solnit en su libro Wanderlust: Una historia sobre caminar: “así como un estante de libros puede reunir poesía japonesa, historia mexicana y novelas rusas, así también los edificios de mi ciudad [San Francisco] contienen Centros Zen, iglesias pentecostales, tiendas de tatuajes, almacenes de frutas y verduras, lugares para comer burritos, cines, restaurantes chinos”.

Las caminatas urbanas revelan historias a cada paso que se da. Cada instrucción en el suelo, el arte urbano, los nombres de las calles, de las estaciones, las fachadas, los transeúntes, son un regalo para las caminantes ociosas y minuciosas observadoras de la ciudad.

Silvia Rothlisberger



Recorridos olvidados: la flâneuse silenciada


Este artículo analiza historias como la de Gradiva como ejemplo de mujer flâneuse, y plantea la necesidad de desmontar la idea del ámbito público y el privado como conceptos absolutamente cerrados; solo así se podrá llegar a un conocimiento más real acerca de la experiencia urbana en aquel momento.

Arte y Ciudad - Revista de Investigación
Nº 4 – Octubre de 2013 (pp. 49-64) 49 ISSN 2254-2930

ANA PANERO GÓMEZ
Universidad Complutense de Madrid


***
En 1863 Charles Baudelaire escribe el ensayo «El pintor de la vida
moderna»1. Aquel texto recogía la esencia de una figura emblemática de la
experiencia urbana del París del siglo XIX: el flâneur.
La multitud es su dominio, como el aire es el del pájaro, como el agua el del
pez. Su pasión y su profesión es adherirse a la multitud. Para el perfecto
paseante 2, para el observador apasionado, es un inmenso goce el elegir domicilio
entre el número, en lo ondeante, en el movimiento, en lo fugitivo y lo infinito.
Estar fuera de casa, y sentirse, sin embargo, en casa en todas partes; ver el
mundo, ser el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son al‐
gunos de los menores placeres de esos espíritus independientes, apasionados,
imparciales, que la lengua sólo puede definir torpemente. El observador es un
príncipe que disfruta en todas partes de su incógnito. El aficionado a la vida
hace del mundo su familia [...] (Baudelaire, 2000: 15)
1 «Le Peintre de la Vie Moderne», publicado en Le Figaro en tres entregas, el 26 y 29 de
noviembre y el 3 de diciembre de 1863. En él retrataba a Constantin Guys (1802–1892), un ilus‐
trador especializado en reflejar la vida de sus coetáneos (Matsukawa, 2008: 86).
2 En lugar de «paseante», aparece la voz «flâneur» en la edición inglesa Baudelaire, Charles
(2006) «The Painter of Modern Life», en The Painter of Modern Life and Other Essays. Jonathan
Mayne (ed. y trad.) p. 9, Phaidon Press. London.
Recorridos olvidados: la flâneuse silenciada
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Traducido literalmente como «el paseante», el arquetipo del flâneur3 había
fascinado a otros escritores como Honoré de Balzac, que lo contemplaban como
la nueva figura construida a través de los espacios burgueses e industrializados
de la Europa de finales del XIX. Solían identificarse como tales a aquellos hom‐
bres medianamente adinerados y ociosos, que caminaban solos y anónimamen‐
te, sin un destino concreto, sin más actividad que convertir la ciudad en un es‐
pectáculo íntimo, sólo para sus ojos. Paseaban lentamente, favoreciendo la ob‐
servación casual, la fantasía absorta, los recuerdos, la reflexión.






Más allá de su condición de espectador‐lector, en «L’Art de la Flanerie»
Victor Fournel admira al flâneur como ciudadano que construía la mirada so‐
bre el paisaje urbano y que encarnaba nuevos modos de percepción y prácti‐
cas estéticas (Fournel, 1867: 268 y ss.).
Años más tarde, Walter Benjamin rescata esta figura como símbolo de
aquella modernidad que transforma la ciudad para adaptarla a sus propios
propósitos y vive la metrópoli como una morada abierta:
Las calles se convierten en la vivienda del flâneur; así como el burgués encuen‐
tra su hogar entre cuatro paredes, el flâneur lo hace entre las fachadas. Para él, el
letrero de una tienda, con su brillante esmalte, es un ornamento a la altura del
óleo que cuelga en un salón burgués. Las paredes de los edificios son el escritorio
donde imprime sus cuadernos; los quioscos son sus bibliotecas, y las terrazas de
los cafés son los balcones desde donde mira su hogar al terminar el trabajo. (Ben‐
jamin, 2006: 68 – 69. Traducción propia)
Obsérvese que todas estas fuentes hablan del caballero, de la figura mas‐
culina paseante, pero se mantiene invisibilizada a su equivalente femenino, a
la mujer flâneuse. Durante más de un siglo, la posibilidad de estos paseos
tranquilos y de esta observación relajada de los espacios urbanos habían sido
considerados como estilos arquetípicos de la experiencia moderna, pero en la
3 Sobre las figuras del flâneur y la flâneuse, véanse: Walter Benjamin (1972; 1999; 2006); Buck –
Morss, Susan (1986) «The Flâneur, the Sandwichman and the Whore: The Politics of Loitering», en
New German Critique 39, pp. 99–140; Deborah Nord (Nord, 1995) y «The Urban Peripathetic: Spec‐
tator, Streetwalker, Woman Writer», en Nineteenth – Century Literature. Vol. 46, nº 3, pp. 351 – 375
(1991); Priscilla Ferguson (Ferguson, 1994); 






Gleber, Anke (1997) «Female Flânerie and the “Sym‐
phony of the City”», en Katharina von Ankum (ed.) Women in the Metropolis. Gender and Modernity
in Weimar Culture. , pp. 67 – 88. University of California. Berkeley, Los Angeles & London.

década de los años ochenta del pasado siglo esta perspectiva es puesta en tela
de juicio desde la sociología, la crítica del arte y la teoría literaria: lo que se
había propuesto como un modelo universal derivaba en realidad de expe‐
riencias masculinas. La ausencia de una flanery femenina en la literatura de la
modernidad se debe a la imposibilidad de las mujeres de hacer si quiera un viaje en
solitario. (Gómez Reus, 2005: 13).
En este sentido, deben tenerse en cuenta los distintos lugares que durante
siglos y en distintas culturas se han venido asignando a hombres y mujeres: si
bien los primeros gozaban de libertad para recorrer y socializarse en las esfe‐
ras públicas, las mujeres han visto limitado su espacio a lo privado. Esta cir‐
cunstancia ha marcado el desarrollo de diversos ámbitos de conocimiento4.
Según Janet Wolff, que la literatura moderna se haya escrito mayoritariamen‐
te desde la experiencia masculina ha conllevado que las preocupaciones re‐
flejadas en ella sean las del mundo público, la política o la vida en la ciudad,
esto es, ámbitos en los que la mujer era excluida o prácticamente invisible (Wolff,
1991: 141. Traducción propia).
El “Bildungsroman” o novela de formación, por ejemplo, ha inscrito de forma
muy patente esas diferencias: mientras que en novelas como “El aprendizaje de
Wilhelm Meister” o “Huckleberry Finn” el proceso de crecimiento personal y el
acceso al conocimiento empírico están ligados al desplazamiento literal y geo‐
gráfico del héroe, en la novela de formación femenina el viaje suele ser simbólico o
metafísico. (Gómez Reus, 2005: 12).
Marie Bashkirtseff (1858–1884) expresaba su frustración en 1879 por no
poder pintar en escenarios abiertos sin suscitar comentarios críticos:
Añoro la libertad de deambular por la calle sola, de entrar y salir a mi aire, de
poder sentarme en Las Tullerías y en los jardines de Luxemburgo, de pararme
ante los escaparates de las tiendas artísticas, de entrar en iglesias y museos, de
callejear por la noche por la parte antigua; eso es lo que añoro, y sin esa libertad
es imposible convertirse en una auténtica artista. (Adler; Garb, 1987: 16; en
Gómez Reus, 2005: 12 ‐ 13).






4 Véanse, por ejemplo, los casos de pintoras impresionistas como Berthe Morrisot y Mary Cas‐
sat en Pollock, Griselda (1988) «Modernity and the Spaces of Femininity», en Vision and Differ‐
ence. Femininity, Feminism and the History of Art. pp. 50 – 90. Routledge. London & New York.

No son pocos los ejemplos de mujeres que, obligadas socialmente a ocupar
tan sólo los espacios privados, camuflaron sus cuerpos con atuendos masculinos
para poder acceder a los lugares vedados a su sexo5. Recuérdese la historia de
Agnódice, relatada por Higinio en sus Fábulas (nº. 274, Quis quid invenerit). Según
dicha fuente, Agnódice, una ateniense que se cree que vivió durante el siglo IV
a.C., se vistió con ropas masculinas para estudiar y convertirse en obstetra,
puesto que la ley prohibía ejercer la medicina a las mujeres y a las personas
esclavizadas. Agnódice revelaba su verdadera identidad solo a sus pacientes con
el fin de que se sintieran más cómodas con ella. Envidiosos y extrañados por el
éxito de su colega, los médicos de la ciudad acusaron a su «compañero» de se‐
ducir a las mujeres que atendía. Agnódice tuvo entonces que revelar su verdade‐
ro sexo, lo que equivalía a admitir que había violado la ley y se exponía a ser cas‐
tigada. Sin embargo, fue tanto el apoyo y la defensa que hicieron las mujeres de
la ciudad que finalmente consiguieron abolir aquella prohibición.
En España es bien conocido el caso de Concepción Arenal (1820–1893),
quien, vestida con ropas masculinas, consiguió acudir como oyente a la Facul‐
tad de Derecho de la Universidad Central (hoy Universidad Complutense de
5 La literatura ha dado buena cuenta de esta circunstancia: en el episodio de Don Quijote de la
Mancha (parte primera), «Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero
sucedió en la mesma sierra» (cap. XXVIII), Dorotea debe vestirse de hombre para sobrevivir en
su huida. En el teatro y en la novela de la época, la mujer vestida de hombre era una figura
recurrente (obsérvese, por ejemplo, el papel de Porcia disfrazada de doctor en leyes en El mer‐
cader de Venecia, 1596–1598). Véanse Bravo Villasante, Carmen (1955) La mujer vestida de hombre
en el teatro español (siglos XVI – XVII). Revista de Occidente. Madrid; Castro Pires De Lima, Fer‐
nando de (1958) A mulher vestida de homen (Contribuição para o estudo do romance «A doncela que
vai a guerra»). Fundação Nacional para a Alegria no Trabalho. Coimbra; Mckendrick, Melveena
(1974) Woman and Society in the Spanish Drama of the Golden Age. A Study of the «mujer varonil».
Cambridge University Press. Cambridge; Combet, Louis (1980) Cervantès ou les incertitudes du
désir, une approche psychostructurellede l´oeuvre de Cervantès. Presses Universitaires de Lyon.






Lyon; Marín Pina, Mª Carmen (1989) «Aproximación al tema de la virgo bellatrix en los libros de
caballerías», en Criticón. Vol. XLV, pp. 81–94; Ruano De La Haza, José M. ; Allen, John J. (1994)
Los teatros comerciales del siglo XVII y la escenificación de la comedia. Castalia. Madrid (principal‐
mente pp. 318–321). También el mundo del cine ha narrado historias de mujeres que se han
visto obligadas a caracterizarse como hombres para tener acceso a ámbitos sociales limitados al
sexo masculino: Víctor o Victoria (Blake Edwards, 1982), Yentl (Barbra Streisand, 1983), Boys
don’t cry (Kimberly Peirce, 1999) o Albert Nobbs (Rodrigo García, 2011). Sucede también a la
inversa, aunque esta vez con un matiz cómico, en Con faldas a lo loco, (Billy Wilder, 1959), Tootsie
(Sydney Pollack, 1982), o Señora Doubtfire (Chris Columbus, 1993).

Madrid). Este atuendo fue el que le permitió participar en diversas tertulias
políticas y literarias. En 1860 llegó a utilizar el nombre de su hijo Fernando
(que en aquel momento tenía diez años) para poder presentar la obra La bene‐
ficencia, la filantropía y la caridad a la Academia de Ciencias Morales y Políticas.
Finalmente le otorgaron el premio, el primero concedido a una mujer por esta
Academia.
La pintora y escultora naturalista Rosa Bonheur (1822–1899) se hacía pasar
por hombre para estudiar la anatomía animal en hipódromos y mataderos.
Por su parte, la escritora George Sand (Lucile Aurore Dupin, 1804–1876)
describía así su experiencia como flâneuse travestida de flâneur:
Me confeccioné un redingote – guérite de un sufrido paño gris, con pantalón y
chaleco a juego. Complementado con un sombrero gris y una larga bufanda de
lana, me transformé en un perfecto estudiante de primer curso. No se puede ex‐
presar con palabras el placer que me daban mis botas: de buena gana hubiera
dormido con ellas, como solía hacer mi hermano cuando obtuvo su primer par.
Con sus suelas bien claveteadas me sentía segura sobre el asfalto. Volaba de un
extremo a otro de París. Me sentía capaz de dar la vuelta al mundo. Y con mi
vestimenta nada podía temer. Salía a la calle hiciera el tiempo que hiciera, volvía
a cualquier hora, me sentaba en el gallinero de los teatros. Nadie reparó jamás en
mí y nadie se dio cuenta de mi disfraz [...] Nadie me reconoció, nadie me miró ni
puso objeciones a mi proceder; yo era como una molécula perdida en la inmensa
multitud. (Wolff, 1990: 41. Traducción de Gómez Reus, 2005: 13).



Ahora bien, es fundamental tener en cuenta que a pesar de que se intentaba
restringir en lo posible el movimiento de las féminas dentro de las ciudades, no
se les pudo apartar por completo del ámbito público y ocuparon también el
centro de las urbes y las fábricas. Es necesario desmontar la idea de ámbitos
absolutamente cerrados para tener un conocimiento más real acerca de la mira‐
da urbana en aquella época. Es ahora, más de un siglo después, cuando se
sigue invisibilizando a las mujeres que también vivían fuera del ámbito do‐
méstico6.
6 Acerca de esta refiguración en los estudios de la flâneuse véanse los trabajos de Janet Wolff
(Wolff, 1990; 1991; 2007); Elizabeth Wilson (Wilson, 1995) y The Sphinx in the City: Urban Life, the
Control of Disorder and Women. University of California. Berkeley, Los Angeles, London (1992);
Buci – Glucksmann, Christine (1986: Spring) «Catastropic Utopia: The Femenine as Allegory of

Como se apuntaba anteriormente, durante varias décadas se ha retratado
al flâneur como un arquetipo exclusivamente masculino. Al mismo tiempo, la
visión del mundo femenino solía reducirse a una dicotomía extrema, la de ser
ama de casa («el ángel del hogar») o ser una prostituta, de modo que las tra‐
bajadoras urbanas del XIX se han representado en muchos casos como per‐
sonas pasivas, explotadas y desinteresadas en cualquier actividad política y
económica.
Sin embargo, la realidad era más compleja de lo que se ha querido enseñar
(y distorsionar) y la existencia de mujeres flâneuses es un buen ejemplo de ello.





En el ensayo de Elizabeth Wilson «The Invisible Flâneur» (Wilson, 1995) se
reclama el papel real que la mujer tuvo en la sociedad europea del siglo XIX,
y Parsons apunta en la misma línea cuando escribe: Se ha sesgado el conocimien‐
to acerca del espectador urbano, el mito de que el observador y artista de la ciudad fue
necesariamente masculino y la mujer era un objeto más en su mirada (Parsons, 2000:
42. Traducción propia).
Lo que se echa en falta en esta literatura es alguna versión de la vida fuera del
reino público, de la experiencia de “lo moderno” en sus manifestaciones priva‐
das, y también de las experiencias, de muy diversa índole, de aquellas mujeres
que sí aparecieron en el ámbito público; ¿un poema escrito por “la femme pas‐
sante” acerca de su encuentro con Baudelaire, quizás? (Wolff, 1991: 154. Tra‐
ducción propia. Énfasis en original).
Se refiere Wolff a la mujer descrita en «À une passante» («A la que pasa»),
uno de los poemas añadidos a la segunda edición de Las flores del mal (1861):
La avenida atronadora en torno a mí aullaba.
Alta, esbelta, de luto, en pena majestuosa,
pasó aquella muchacha. Con su mano fastuosa
the Modern», en Representations, nº 14, pp. 220–229; Daniele, Daniela (1997) «Passaggi perico‐
losi: verso una tipologia della flâneuse vittoriana», en Lʹimmagine riflessa. Año VI, pp. 313–333;
Elliott, Dorice Williams (2002) The Angel out of the House: Philanthropy and Gender in Nineteenth
Century England. University Press of Virginia. Charlottesville & London; Munt, Sally (1995)
«The Lesbian Flaneur», en David Bell; Gill Valentine (eds.) Mapping Desire: Geographies of Sexu‐
alities. pp. 114–125. Routledge. London & New York; Sizemore, Christine Wick (1989) A Female
Vision of the City: London in the Novels of Five British Women. University of Tennessee Press.
Knoxville.

casi apartó la punta del velo que llevaba.
Ágil y ennoblecida por sus piernas de diosa,
me hizo beber turbado, en un gesto demente,
en sus ojos el cielo y el huracán latente;
el dulzor que fascina y el placer que destroza.
Relámpago en las tinieblas, fugitiva belleza,
por tu repentina mirada me siento renacer.
¿Volveré acaso a verte? ¿Serás eterno olvido?
¿Jamás, lejos, mañana?, me pregunto con tristeza.




Nunca estaremos juntos. Ignoro adónde irías.
Sé que te hubiera amado. Tú también lo sabías.
(Baudelaire, 1993: 188 – 189. Traducción propia)
El personaje de Gradiva es un buen ejemplo de esas flâneuses que han sido
silenciadas e invisibilizadas en las construcciones históricas. Esta heroína nace
en 1903, de la pluma de Wilhelm Jensen en su novela titulada Gradiva. Una
fantasía pompeyana7. En ella relata la historia de Norberto Hanold, un joven
arqueólogo alemán que se obsesiona con la imagen de una mujer que aparece
en un relieve clásico. Le llama la atención su particular manera de caminar:
mientras el pie izquierdo avanza apoyándose totalmente en el suelo, el pie
derecho se yergue en una verticalidad casi perfecta. Por esta forma de andar,
Hanold bautiza a la figura con el nombre de Gradiva, «la que avanza», e ima‐
gina toda la historia de su vida: está convencido de que fue una joven pom‐
peyana muerta en la erupción del Vesubio. Viaja entonces hasta aquella ciu‐
dad sepultada en busca de sus huellas, y allí encuentra a una muchacha con
este mismo paso. Al verla, asume que se trata del fantasma de Gradiva, se
acerca a ella y conversan en varias ocasiones durante tres días. Se descubre
luego que aquella joven es en realidad Zoë Bertgang, una mujer de carne y
hueso, y antiguo amor de la infancia del protagonista. Zoë había consentido
entrar en la fantasía de Norberto, fingió ser ese fantasma que veía en ella para
llegar al origen de su obsesión y sacar al arqueólogo de su mundo imaginario.
7 Jensen, Wilhelm Hermann (1903) Gradiva: Ein pompejanisches Phantasiestück. Dresden und
Leipzig: Reißner.


Hace apenas unos años, en el 2007, Andrew Webber identificaba en Nor‐
berto al arquetipo masculino del joven caminante en el seno del seminario
titulado Reading Freud’s «Gradiva»: An Interdisciplinary Discussion8:
Hanold es un tipo particular de habitante – de la ciudad y visitante – de la
ciudad. Un flâneur en el que Freud ve a un paranoico [...], a un voyeur [...] o a
un exhibicionista. (Webber, 2007. Traducción propia).
Si bien es totalmente plausible establecer esta reflexión en torno a Norbert
como paseante, es llamativo que apenas se haya estudiado la figura de Gradi‐
va como flâneuse, a pesar de que ella camina y descubre la ciudad estando
sola, como bien le explica a Norbert:
[A mi padre] se le ocurrió traerme aquí, a condición de que me entretuviese
por mi propia cuenta en Pompeya y que no le plantease exigencias. Me dije en‐
tonces que seguramente desenterraría aquí, sola, algo interesante. (Jensen,
1977: 156 – 157)
Efectivamente, Gradiva ha sido sujeto de reflexiones desde el ámbito del
psicoanálisis (Freud publica su interpretación de la novela en su ensayo Der
Wahn und die Träume in W. Jensens «Gradiva»9), musa y símbolo del movimien‐
to surrealista, y protagonista durante décadas de trabajos plásticos y cine‐
matográficos de, entre otros, Salvador Dalí, Alain Robbe‐Grillet, Raymond
Carasco, Albert Nigrin o Dominique Morlotti. Sin embargo, en todas estas
obras y los análisis académicos derivados de ellas, apenas se ha reparado en
su constitución como flâneuse, a pesar de ser una paseante primordial.
En la primavera de 1986 tuvo lugar en Florencia un ciclo de conferencias10
centrado en la situación de las mujeres viajeras del siglo XIX, y desde esta
óptica se hizo una aproximación a la heroína de Jensen. Uno de los objetivos
de aquel trabajo era confrontar la rigidez de la lectura psicológica masculina
8 Reading Freud’s «Gradiva»: An Interdisciplinary Discussion, del Consejo de Investigación de
Artes y Humanidades (AHRC – Arts and Humanities Research Council) de la Universidad de
Cambridge (6 de febrero de 2007. Webber, 2007).
9 Freud, Sigmund (1907) «Der Wahn und die Träumen in W. Jensens ʺGradivaʺ», en Schriften
zur angewandten Seelenkunde, nº1. Leipzig und Wien: Hugo Heller.






10 Luisa Muraro, Silvia Vegetti Finzi, Manuela Fraire, Chiara Zamboni y Anna Rossi Doria.
Actas publicadas con el título Il viaggio. Le donne tra nostalgia e trasformazione [VV. AA. (1987) Il
viaggio. Le donne tra nostalgia e trasformazione. Libreria delle Donne. Firenze]

con una nueva visión de Zoë – Gradiva, una figura móvil e inquietante que
trasgredía las normas patriarcales. Ella recorre sola las calles de la ciudad,
observando aquello que la rodea, autónoma y sin cortapisas, tomando nota y
haciendo dibujos de los edificios pompeyanos:
Era una pequeña libreta de bosquejos, con dibujos en lápiz de diversas ruinas de
varias casas de Pompeya. La penúltima hoja mostraba la reproducción de la mesa
sostenida por los grifos en el atrio de la Casa de Meleagro. (Jensen, 1977: 126)
Es más, en el relato de Jensen, Gradiva («la que marcha elegantemente», en
latín) está directamente asociada con otras dos figuras femeninas: Zoë Ber‐
trang, la mujer real, cuyo apellido significa «la que esplende al caminar» en
alemán, y Atalanta, el personaje mitológico. La primera vez que Hanold se
encuentra a Zoë – Gradiva en Pompeya, la confunde con esta heroína y llega a
preguntarle: «¿Eres Atalanta, la hija de Yasos, u oriunda de la Casa del poeta
Meleagro?» (Jensen, 1977: 105).
Si bien Hanold no hace alusión a sus pies en aquel momento, es más que
llamativo que a esta figura mitológica se la conozca con el sobrenombre de «la
de pies ligeros» o que destaque «por la gloria de sus pies y de su hermosura»
(Ovidio, Metamorfosis, libro X, v. 563). De hecho, Hipómenes, como Hanold,
queda prendado de la gracia y el movimiento de los pies de Atalanta:
«[…] Mientras tal consigo mismo
trata Hipómenes, con paso vuela alado la doncella. La cual, aunque
avanzar no menos que una saeta escita
pareció al joven aonio, aun así él de su gracia se admira más: incluso la
carrera misma la agraciaba. El aura echa atrás, arrebatados por sus rápidas
plantas, sus talares,»
(Ovidio, Metamorfosis, libro X, vv. 586 – 591. Énfasis añadido)
Atalanta podría considerarse como un antecedente femenino que corre y
camina sola e independiente. Más veloz que cualquier hombre y única mujer
entre los Argonautas, ella simboliza en gran medida a la mujer inconformista
y contestataria que se rebeló contra todos los esquemas patriarcales de la An‐
tigua Grecia y logró obtener el respeto de sus contemporáneos.




A pesar de que los viajes de Zoë – Gradiva los hace en compañía de su pa‐
dre (o mejor dicho, acompañando a su padre), el carácter distante de éste y su

entrega absoluta al trabajo le permiten a ella disfrutar de paseos sin carabina
en espacios públicos. Y se utiliza aquí deliberadamente la palabra «permiten»
porque es una circunstancia concreta, el ensimismamiento del padre, la que
propicia esta libertad inusual ‐pero no única‐ en una mujer de aquella época.
En Still crazy after all these years: women, writing, and psychoanalysis Rachel
Bowlby apunta en esta misma dirección en el ámbito del psicoanálisis cuando
señala el papel dependiente con el que aparecen las figuras femeninas en mu‐
chos de los escritos de Freud.
Aquí tenemos un texto de Freud acerca de una figura que es un tipo in‐
teresante de “passante” –la chica de al lado que aparece como un fantasma
enigmáticamente anónimo– pero que además da a la mujer el poder para desa‐
rrollar la trama. Dejando a un lado su crítica implícita a las rígidas categorías
asociadas con la perspectiva machista, Gradiva avanza como una mujer que
puede cuidar de sí misma. (Bowlby, 1992: IX. Traducción propia)
Podría decirse que existe un distanciamiento entre Gradiva y la flâneuse
tradicional: esta última se enmarca en una ciudad en movimiento, donde co‐
mo paseante puede desaparecer entre la masa, la observación de escaparates
y las arcadas arquitectónicas. Zoë – Gradiva, en cambio, pasea principalmente
por Pompeya, la ciudad revivida, antigua y desértica. Sin embargo, no debe
olvidarse que el primer encuentro entre Norbert y Zoë se produce en una ciu‐
dad moderna en el Norte de Alemania (Jensen, 1977: 78):




Abajo, en la calle, caminaba dándole la espalda una persona del sexo femenino
–seguramente una dama joven, a juzgar por su figura y su vestimenta– con
paso ligero y elástico. Su mano izquierda mantenía un tanto recogido el ruedo
del vestido, que sólo le llegaba hasta los tobillos, y sus ojos tuvieron la im‐
presión de que, en la marcha, la planta del menudo pie que daba el paso com‐
plementario se alzaba, por un momento, verticalmente sobre el suelo, apoyando
las puntas de los dedos. [...] Norberto Hanold se encontró en medio de la calle,
sin saber aún muy bien cómo había llegado hasta allí. [...] Corrió entre los co‐
ches, carros y transeúntes. [...] Su mirada buscaba en torno a la joven dama, y a
una distancia de algunas docenas de pasos delante de sí aún creyó distinguir su
vestido. Pero sólo la parte superior; nada pudo percibir de la parte inferior ni de
los pies, ya que éstos quedaban ocultos por el ajetreo de la gente que se apre‐
tujaba en la acera. (Jensen, 1977: 57‐59)

Zoë – Gradiva, como cualquier otra flâneuse, desaparece entre la masa ur‐
bana. Ya sea en las calles desiertas de Pompeya o en las avenidas abarrotadas
de una metrópoli, la ciudad se convierte en un lugar de descubrimientos, de
observación y aprendizaje. Del mismo modo, existen otras obras de aquel
momento como The Country of the Pointed Firs (1896), de Sarah Orne Jewett o
The Walking Woman (1907), de Mary Austin, cuyas protagonistas femeninas, al
igual que en la novela de Jensen, también ocupan espacios públicos no ur‐
banos y poco poblados.
Paseando por las ruinas de Pompeya, Zoë (cuyo nombre significa «vida»,
Jensen, 1977: 125) alude a la ciudad activa y a la mujer paseante contempo‐
ránea. Es precisamente esta presencia actual del personaje la que hace diferente
a la escultura de Gradiva:
En nada recordaba a los relieves, conservados en gran cantidad, de una Venus,
una Diana o alguna otra divinidad del Olimpo, como tampoco una Psiquis o al‐
guna ninfa. En ella se encarnaba algo humanamente cotidiano, en un sentido no
peyorativo, algo en cierto modo “actual”, como si el artista, en lugar de pergeñar
un esbozo con un lápiz sobre papel, como en nuestros días, la hubiese conservado
rápidamente en el modelo en cerámica a su paso por la calle (Jensen, 1977: 42).






Aunque respondan a líneas de excepcional belleza según los cánones
aceptados, existen multitud de tallas de diosas olímpicas. En Gradiva, lo
«humanamente cotidiano», lo ordinario en un sentido «no peyorativo» era lo
que, paradójicamente, la hacía singular: «Jensen admira lo actual de Gradiva,
lo vital, la vida que destaca entre las obras de arte más sublimes.» (Justo, 2005:
127. Énfasis en original).
Desde esta perspectiva de mujer caminante, vital y solitaria, Mercedes
García Bravo11 reinterpreta a la heroína de Jensen en su pintura Gradiva, la que
11 Interesada en los estudios de género y en el papel desempeñado por las mujeres en la histo‐
ria, la literatura y el arte en especial, García Bravo (1963–2011) fundó en 2001 «Artemisia y
Compañía. Asociación de Mujeres Artistas». Desde ella reivindicaba, como las ciudadanas
flâunese el lugar que les corresponde por derecho a aquellas mujeres artistas que ha habido a lo largo de la
historia. [...] Porque las escasas mujeres que sí son conocidas lo son más por sus relaciones personales
como “musas”, esposas, modelos, compañeras, hijas o madres de artistas varones que por sus méritos
artísticos. Porque importantes museos acogen, todavía, cuadros y esculturas firmados por afamados
artistas y que en realidad fueron realizados por mujeres. Porque aún hoy, en el siglo XXI y en el marco
de una sociedad más participativa e igualitaria, las mujeres artistas encuentran más puertas cerradas,

avanza12 (2008). Si en la inmensa mayoría de las obras plásticas y audiovisu‐
ales se la ha representado entre ruinas13, la Gradiva de García Bravo se mueve
en un espacio vivo, sin sombras oscuras, plagado de brillantes pigmentos. Las
nociones de avance y libertad se plasman en múltiples signos y símbolos del
cuadro, muchos de ellos opuestos a la descripción que hacía Jensen y al re‐
lieve que lo inspiró: en lugar de sujetar su ropaje, sus manos y brazos se abren
enérgicamente; no camina con la cabeza inclinada, sino elevada, mirando al
frente sin temor y descalza; alejado del blanco mortuorio, el vestido de esta
Gradiva es de un cálido color berenjena; sus cabellos no están recogidos ni
tapados, sino sueltos y movidos por el viento.






A tenor de los trabajos desarrollados por García Bravo, muchos de ellos
creados y enfocados desde una perspectiva feminista, su Gradiva reflejaría
precisamente una mirada crítica sobre las asunciones hechas en torno a la mu‐
jer libre, no inmóvil, que avanza y crea su propio camino como la flâunese:
sola, independiente y a contracorriente, descomponiendo la mirada tradicio‐
nal que se ha mantenido sobre la mujer que muestra sus pies y sus cabellos.
La condición de Zoë – Gradiva como flâneuse es una característica digna de
recalcar precisamente por los pocos ejemplos que la literatura decimonónica y
de principios del siglo XX ha legado en este sentido. Que los casos registrados
no hayan sido tan numerosos como sus equivalentes flâneur masculinos no
implica en absoluto que no hubiera mujeres que exploraron y construyeron
igualmente el espacio público. Solo cabe esperar que aquellos recorridos no
queden olvidados y que se pueda descubrir la mirada urbana de las flâneuses
que han sido silenciadas.
barreras más altas y menos compensaciones que sus colegas varones. (Artemisia y Compañía, en
12 Esta obra puede verse a través del enlace: https://www.artmajeur.com/files/ mercedesgar‐
13 Véanse Gradiva descubre las ruinas antropomorfas (1931–1932) y Gradiva (1933), ambas de Sal‐
vador Dalí; La metamorfosis de Gradiva (1939), de André Masson; Gradiva Esquisse I (1978), de
Raymonde Carasco; Gradiva (1981 – 1982), de Victor Burgin; Gradiva à Marienbad (2006–2010),
de Dominique Morlotti y C’ est Gradiva qui vous appelle (2006), de Alain Robbe – Grillet.


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Mattia Cosimo Chiriatti, Raúl Villegas Marín (Eds.)



Mujeres imperiales,

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«Ciudad feminista», de Leslie Kern
Por Escaramuza / Martes 02 de marzo de 2021
Leé un fragmento de «Ciudad feminista», de Leslie Kern
Compartimos algunas páginas de Ciudad feminista. La lucha por el espacio en un mundo diseñado por hombres, de Leslie Kern (Godot, 2020), un ensayo que recoge la experiencia práctica de la autora y sus investigaciones en torno al diseño y uso de los espacios públicos. Una mirada a la ciudad desde el género, la etnicidad, la diversidad funcional, la clase social y la identidad sexual.


Leslie Kern publicó Sex and the Revitalized City: Gender, Condominium Development, and Urban Citizenship (UBC Press, 2010). Obtuvo un Doctorado en Filosofía en Estudios sobre Mujeres de la Universidad de York. Profesora asociada de geografía y medioambiente y directora de estudios sobre mujeres y género en la Universidad de Mount Allison de Sackville, en Canadá, Kern escribe sobre género, gentrificación y feminismo, y da clases sobre geografía urbana, social y feminista. Por su trabajo, recibió una beca Fulbright y un National Housing Studies Achievement Award. Kern vive actualmente en territorio mi’kmaq, una población rural de cinco mil habitantes (en lo que actualmente se conoce como el este de Canadá), en Sackville, New Brunswick.


LA FLÂNEUSE


Como mujer, nunca había conocido un anonimato o una invisibilidad totales en la ciudad. La anticipación constante de una situación de acoso significaba que dejarse fluir en la multitud fuera siempre una posibilidad algo esquiva. Con todo, los privilegios de tener piel blanca y un cuerpo sin discapacidades me garantizaban algún grado de invisibilidad. Mezclarse entre la gente, recorrer las calles con libertad y sumergirse en una observación distante pero interesada han sido, desde el crecimiento explosivo de las ciudades industriales, los ideales urbanos por excelencia. La figura del flâneur, famosa por su rol en la obra de Charles Baudelaire, remite a un caballero que es un “espectador apasionado” de la ciudad, que ansía “volverse uno con la multitud”, estar en el centro mismo de la acción y aun así ser invisible.[32] Más tarde, el filósofo Walter Benjamin, que escribió mucho sobre la vida urbana, afianzó la figura del flâneur como un personaje esencial de la ciudad moderna, y Georg Simmel, junto con otros sociólogos de la vida urbana, identificó algunos de sus rasgos, como una actitud indiferente o hastiada (“blasé”) y la capacidad de ser anónimo, como inherentes a la nueva psicología urbana.[33] No sorprende demasiado, si tenemos en cuenta las perspectivas de estos pensadores, que el flâneur se imagine siempre como un hombre; y, desde ya, un hombre blanco y sin discapacidades.





¿Acaso podría el flâneur ser una mujer? En la reflexión urbana feminista, ha habido opiniones encontradas sobre esto. Algunas ven el modelo del flâneur como un tropo excluyente que debe ser criticado; otras, como una figura a reclamar. Quienes están en contra, sostienen que las mujeres nunca pueden escaparse de verdad en la invisibilidad, porque el género las marca como objetos de la mirada masculina.[34] Otras sostienen, en cambio, que la mujer flâneur —la flâneuse— siempre ha existido, y aducen ejemplos como el de Virginia Woolf. En su ensayo “Merodeo callejero: una aventura londinense”, de 1930, la narradora va imaginando qué sucede en las mentes de los extraños con los que se cruza mientras camina por las calles de Londres, y concluye que “escapar es el más grande de los placeres; merodear por las calles en invierno, la mayor de las aventuras”.[35] En su diario, Woolf también escribió que “caminar sola por Londres es el mayor descanso”, dejándonos entender que encontraba alguna suerte de paz y de desprendimiento en las crecientes multitudes.[36] La geógrafa Sally Munt propuso la idea de la flâneur lesbiana como una figura urbana que elude las sendas habituales trazadas por la mirada heterosexual, para disfrutar de observar a otras mujeres.[37]

Lauren Elkin busca reconstruir la historia invisible de la flâneuse en su libro Flâneuse. Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres, donde sostiene que, en las calles, las mujeres han sido tanto invisibles como demasiado visibles. Siempre observadas y a la vez omitidas en todo relato de la vida urbana. Elkin describe sus propias experiencias de juventud paseando por las calles de París, mucho antes de enterarse que eso tenía un nombre, flânerie: “En París podía caminar por horas sin ‘llegar’ nunca a ninguna parte, contemplando cómo se había configurado la ciudad, vislumbrando aquí y allá su historia extraoficial […]. Yo andaba en busca de residuos, texturas, descubrimientos y hallazgos fortuitos, aberturas inesperadas”.[38] Insiste en que la reticencia a imaginar una flâneur femenina, en hombres como Baudelaire, Benjamin y Simmel, surge de su incapacidad para percibir a aquellas mujeres cuyas maneras de actuar no se acomodaban a sus prejuicios y sus ideas previas. Si una mujer caminaba sola en público, lo más probable era que la interpretaran como una mujer “haciendo la calle” (una trabajadora sexual), y no como una mujer que había salido por cualquier otro motivo. Sin embargo, como escribe Elkin: “Si retrocedemos en el tiempo, nos encontramos con que siempre hubo una flâneuse cruzándose con Baudelaire por la calle”.[39]







Sin embargo, tengo que preguntar: ¿la vemos alguna vez embarazada o empujando un cochecito de bebé? La artista e investigadora Katerie Gladdys, en su video “Stroller Flâneur”, juega con la palabra inglesa stroller (que significa “cochecito”, pero también es un sinónimo de flâneur) en una filmación de sí misma empujando un cochecito por su barrio en Gainesville, Florida. Como mamá flâneuse, busca “patrones y narrativas en las genealogías de las estructuras y topografías arquitectónicas y, al mismo tiempo, cosas que puedan ser interesantes para el niño”. Gladdys declara que “la performance de pasear a un bebé es en efecto uno de los procesos sociales por medio de los cuales habitamos y nos apropiamos de los espacios públicos” de una ciudad. Y, aunque estoy de acuerdo con ella, yo diría que, por más que las mamás que pasean con sus cochecitos también sean invisibles a su manera, no se las suele asociar con la figura clásica del flâneur.[40] Y hasta la flâneuse reivindicada sigue portando un cuerpo “normal”, capaz de moverse por las calles de maneras que pasen desapercibidas. Entre quienes han hablado de la flâneuserie, nadie hace ninguna mención del cuerpo embarazado. Si bien no todas las personas que se embarazan son mujeres (los hombres trans, por ejemplo), lo cierto es que no deja de ser una condición plagada de prejuicios de género. Si ya era difícil imaginarse la versión femenina del flâneur, la idea de un flâneur o una flâneuse paseando una panza de embarazo resultará casi inconcebible.

[32] Baudelaire, Charles, “El pintor de la vida moderna”, en: AA.VV., El gran libro del dandismo [1863], Buenos Aires, Mardulce, 2013.

[33] Benjamin, Walter, El libro de los pasajes, ed. de Rolf Tiedemann, Madrid, Akal, 2005; Simmel, Georg, “La metrópolis y la vida mental” [1903], Bifurcaciones, no 4, 2005.

[34] Wolff, Janet, “The Invisible Flâneuse: Women and the Literature of Modernity”, Theory, Culture, and Society, no 3, 1985, pp. 37-46.


[35] Woolf, Virginia, “Merodeo callejero: una aventura londinense”, en: La muerte de la polilla y otros ensayos, Buenos Aires, La Bestia Equilátera, 2012, p. 45.

[36] Woolf, Virginia, The Diary of Virginia Woolf, Londres, Hogarth Press, 1977. Por lo que llegué a ubicar, esto está en el vol. III, y es la entrada del 28 de marzo de 1930, pero no pude conseguir el número de página ni tampoco la edición en español.


[37] Munt, Sally, “The Lesbian Flâneur”, en: Iain Borden, Joe Kerr y Jane Rendell (comps.), The Unknown City. Contesting Architecture and Social Space, Cambridge, The MIT Press, 2000, pp. 247-262.


[38] Elkin, Lauren, Flâneuse. Una paseante en París, Nueva York, Tokio, Venecia y Londres, Barcelona, Malpaso, 2017.

[39] Ibíd.

40] Gladdys, Katerie, “Stroller Flâneur”, Wagadu, no 7, 2011, pp. 84-85.

Kern, Leslie. Ciudad feminista. Buenos Aires: Godot, 2020, traducción de Renata Prati, pp.37-40.La Flâneuse Invisible. Las mujeres y la literatura de la actualidad
JanetW olffVer todos los autores y afiliaciones
Volumen 2, Número 3
https://doi.org/10.1177/0263276485002003005








CIUDAD, CUERPO Y TRAJE: LA FLÂNEUSE EN BUENOS AIRES1

POR
CLAUDIA DARRIGRANDI





Durante la segunda década del siglo XX los textos de la escritora argentina Alfonsina

Storni (1892-1938) comenzaron a circular por Buenos Aires en revistas y periódicos.
Estos pusieron de manifiesto el trayecto urbano recorrido por una mujer y su mirada crítica
desde y sobre la ciudad. Si bien la urbe fue un referente usual en su obra poética, no fue
hasta 1935 que la autora le dedicó una sección completa de su libro Mundo de siete pozos.
¿A qué medios estéticos y literarios recurrió la escritora para posicionarse en la ciudad?
¿Cómo rearticula las condicionantes de género que establecían límites para la experiencia
urbana de la mujer? ¿Puede la mujer representarse en la urbe como sujeto?
En el siguiente trabajo analizo las formas por las cuales las voces de Storni se
inscriben en la ciudad y las representaciones de los sujetos “femeninos” en el espacio
urbano de su obra narrativa y poética. Estas figuras recorren la ciudad, observan el
espectáculo de la modernidad y, en algunos casos, hacen de las calles un lugar íntimo que
posibilita la formación de una subjetividad. El proceso de textualización de las identidades
urbanas “femeninas” como sujetos presenta, en las primeras décadas del siglo XX, una gran
complejidad. Por un lado, la relación mujeres y ciudad fue precariamente desarrollada
debido a la apropiación masculina de las letras. En términos generales, esta producción
masculina privilegió la representación femenina en la esfera doméstica y, como contraparte,
signó a la mujer solitaria en las calles como mujer pública y objeto de su mirada. Por otro
lado, el deseo de las mujeres por ser reconocidas como escritoras produjo que ellas mismas
borraran o enmascararan escrituras que desafiaran el orden patriarcal, entre otras, su
relación explícita con los espacios públicos de la urbe.






Storni le contesta al sistema patriarcal que organiza la vida social de la ciudad a través
de de relatos satíricos que critican la experiencia urbana de la mujer. Las voces narrativas
y poéticas de Storni, acorraladas en una ciudad de hegemonía masculina, resultan,
paradójicamente, en la construcción de una flânerie. Este modo de producción textual es
uno de los medios para posicionar su subjetividad en la ciudad, el cual, al mismo tiempo,
refuerza la voz denunciante de la escritora-flâneuse. Por lo tanto, propongo su estudio a
través de dos estrategias. La primera, en su obra narrativa, se vincula con el encubrimiento
1 Agradezco a Ana Peluffo, Gabriela Muniz y Pablo Whipple por su generosa ayuda y sus
comentarios en la elaboración de este artículo.


I
forzado del cuerpo “femenino” y los artefactos de la moda. Oculta, y simulando aceptar
el lugar asignado, la escritora libera su propia mirada y evita que el cuerpo femenino sea
expuesto a la observación pública que, eventualmente, limitaría la construcción de una
propia subjetividad. La segunda estrategia, en cambio, se manifiesta con una operación
opuesta. La poeta reinscribe el cuerpo desvestido en el espacio público y lo fusiona con
el cuerpo de la ciudad al tiempo que cuestiona su dominación masculina. Los textos de
Storni revelan a la autora como un testigo de la vida en la ciudad haciéndola parte de la
crítica urbana: por un lado, desafía la civitas masculina al delatar las debilidades del hito
de la modernización (la ciudad) y, por otro, formula un imaginario urbano propio, en el
cual, se restituye la presencia de la mujer.
La escritura de Storni es uno de los pocos ejemplos de escritoras del Cono Sur que
cruzan la frontera del hogar para posicionarse en un entorno citadino muchas veces
sinécdoque de espacio público: calles, avenidas, plazas, y galerías comerciales.2 Su caso
es paradigmático dado que sus textos, especialmente sus colaboraciones en prensa a partir
de 1919 y la poesía de sus últimos libros, se vinculan y asumen una relación manifiesta con
la ciudad. En sus escritos, el contexto urbano moderno es representado como un espacio
de comercio, de tránsito y movimiento, de encuentro social y de trabajo. Si bien estas
características no son particularmente divergentes a otras escrituras de la ciudad moderna
en dicho periodo, la urbe de Storni es también un lugar de aprendizaje, de conocimiento
y de performance.3 Por último, cabría señalar que la ciudad también se caracteriza por ser
un espacio en el cual los discursos relacionados a las representaciones de género entran
en disputa.




A partir de las primeras décadas del siglo XX, pasear por Buenos Aires era perderse
en una muchedumbre, hecho que coartaba la posibilidad de las relaciones íntimas e
inmediatas. De este modo, la ciudad ofrecía todo lo necesario para el/la flâneur/flâneuse:
“El circuito del paseante anónimo sólo es posible en la gran ciudad que, más que un
concepto demográfico o urbanístico, es una categoría ideológica y un mundo de valores”
(Sarlo, Una modernidad periférica 16). La construcción del imaginario urbano y de
flâneuse en la obra de Storni se enmarca históricamente en un Buenos Aires que
experimentaba los cambios del proyecto modernizador de la época. En términos de José
Luis Romero, desde1880 hasta 1930 la capital argentina evolucionó de una dominación
patricia a otra burguesa. La ciudad fue perdiendo el ritmo lento de vida provinciana, de
“Gran Aldea”, se hizo cosmopolita y se diversificó comercialmente. Los discursos
modernizadores de la época intentaron guiar el desarrollo de Buenos Aires con el objetivo
2 La experiencia en los espacios públicos de la ciudad no es un referente habitual en la obra poética
de escritoras contemporáneas a Storni como Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Gabriela
Mistral.
3 Son numerosos los “Bocetos femeninos” publicados en el diario La Nación a partir de 1920 y
firmados por “Tao Lao” que dan cuenta de diferentes “tipos femeninos”. En estas representaciones
la voz narrativa da énfasis a los múltiples preparativos que las mujeres realizan para su salida al
espacio público y de su performance en la ciudad. Véase por ejemplo: “Las crepusculares”, “La
irreprochable”, “La impersonal”, “La joven bonaerense” publicados en el Tomo II de sus Obras
completas.



de convertirla cultural y fisonómicamente, en este último caso siguiendo el modelo del
Barón Haussmann, en el París de Sudamérica (Las ciudades y las ideas 295-382).4
En este contexto, la figura del flâneur analizada por Walter Benjamin en varias de sus
obras constituye un marco crítico interesante para el estudio de la textualización de la
ciudad. El posicionamiento de las voces poéticas y narrativas de Storni en la urbe puede
ser leída, con significativas variantes, dentro del marco de la flânerie benjaminiana. Las
investigadoras norteamericanas y europeas han analizado minuciosamente el flâneur de
Benjamin y discuten un panorama de posibilidades e imposibilidades para pensar en la
existencia de una mujer flâneuse (Buck-Morss; Epstein Nord; Gleber; Wolf). Los
principales ejes de esta discusión se centran en las construcciones de género decimonónicas
que hicieron de las calles y otros espacios públicos un lugar supuestamente vedado,
especialmente, para las mujeres de la clase media y alta. Similarmente, aún si la mujer
transitaba por la ciudad, la práctica de la mirada era considerada “peligrosa” para la
dignidad femenina limitando la construcción de una subjetividad a partir de lo observado.
Sin embargo, a pesar de estas problemáticas históricas propongo articular un diálogo con
el flâneur de Benjamin que permita una reflexión de las formas que presenta el callejeo
de la mujer o los artificios utilizados para la construcción de una subjetividad relacionada
al ámbito urbano.
Para el contexto latinoamericano, en Desencuentros de la modernidad en América
Latina: literatura y política en el siglo XIX, Julio Ramos ha analizado la flânerie
experimentada por los cronistas de fines de siglo XIX. Siguiendo a Benjamin, Ramos
caracteriza el paseo urbano por su relación con el “espectáculo del consumo como un
nuevo modo de diversión” y por ser el “corolario de la industria del lujo y de la moda, en
el interior de una emergente cultura del consumo” (128). Si bien Ramos, no considera a
las mujeres, crea fisuras que sobrepasan las condiciones femeninas históricas tradicionales
al declarar que la flânerie es “un modo de experimentar la ciudad” y, más específicamente,
“[...] un modo de representarla, de mirarla y de contar lo visto” (128). Continúa diciendo
que “[i]ncómodo entre la muchedumbre, aunque a la vez agotado por los límites de
interior, el sujeto privado sale a objetivar, a reificar el movimiento urbano mediante una
mirada que transforma la ciudad en un objeto contenido tras el vidrio del escaparate”
(128). 





A diferencia del Borges-flâneur que en su temprana obra poética pasea por una
ciudad del pasado, detenida en el tiempo, que niega la modernización para reinstaurar la
tradición, Storni se envuelve en la cultura del consumo y la moda. Este espectáculo, que
la observadora-flâneuse disfruta por ser parte de la experiencia urbana, pero que al mismo
tiempo le es hostil, es uno de los ejemplos representativos de los cambios más notables de
la urbe moderna (Benjamin The Arcades Project).
A finales del siglo XIX y primeras décadas del XX la sucesión de modificaciones
arquitectónicas y urbanísticas revistieron Buenos Aires con un nuevo traje; destruir y
reconstruir el paisaje citadino fue una característica constante en el proceso de modernización.
4 Esta imitación del modelo francés en ningún caso es exclusivo de Buenos Aires. Montevideo, Río
de Janeiro y Santiago de Chile fueron reformadas siguiendo las ideas del Barón Haussmann (Romero
328-38).







.5 Las galerías, con sus vitrinas y escaparates, acentuaron los espacios de
actividad comercial como los de ocio. La ciudad invitaba a ser caminada y consumida. La
moda entró en diálogo con la nueva fisonomía de la urbe y acompañó el surgimiento de
la nueva mujer; una mujer que se “masculinizaba” en un traje de sastre. La moda y las
tiendas de departamentos fueron el eje de un discurso que impulsaba a las mujeres de la
burguesía a salir “de compras”, por supuesto, en compañía de sus pares. De esta forma, la
mirada de la mujer fue dirigida a los escaparates reduciendo su centro de atención a lo
consumible.6 En sus relatos, Storni da cuenta de cómo la moda y el consumo son
mecanismos para controlar tanto la ruta urbana de la mujer como el objeto de su mirada;
sin embargo, sugiero que las observaciones de esta coerción y su reescritura crítica son
dispositivos para la construcción de la flâneuse.


EL ENCUBRIMIENTO DEL CUERPO
En 1919, se publica en la revista La Nota la intervención titulada “Nosotras... y la
piel”. Con un estilo directo, Storni se dirige a sus lectoras –mujeres de la clase media– para
advertir la ambigüedad de su condición y los “peligros” que conlleva la exhibición del
cuerpo de la mujer. En una ciudad moderna con atractivas ofertas para el paseo urbano,
la habitante “femenina” está “autorizada” a estar, pero su experiencia de la modernidad
está regulada. La escritora se encarga de difundir una crítica de dicha situación:
[S]e ha descubierto no sé qué íntima relación entre la moralidad femenina y la piel; se lo
ha descubierto ahora, en pleno siglo veinte, cuando ya nos permitíamos, las osadillas,
decir en voz alta que conocemos a un escritor que se llama “Monpassant”. ¡Oh desgracia!
Correremos desde hoy mismo hacia las tiendas, pediremos muchos metros de tela para
hacernos vestidos especiales, usaremos pesado velo en la cara, nos pondremos guantes
de dos centímetros de espesor en las manos... [...].



Iremos al teatro con aparatos para taparnos los oídos y lentes ahumados en los ojos... [...]
Caminaremos por la calle sin alzar los ojos, no miraremos a ningún lado cuando vayamos
por las aceras e inmoladas en ese púdico sacrificio caeremos víctimas de un auto veloz.
(819-20)
Desde esta perspectiva, el problema no sólo era exhibirse y propiciar un desorden
sino la imposibilidad de situarse como sujeto en las calles. Evidentemente, la urgencia de
encubrir el cuerpo de la mujer amenaza la experiencia urbana que está estrechamente
ligada a su tránsito por la ciudad. En este reclamo contra la subordinación del cuerpo de
la mujer, el desplazamiento por la urbe se articula fundamentalmente como una práctica
5 En el prefacio del libro Más allá de la ciudad letrada, Silvia Spitta destaca que la ciudad
latinoamericana se ha reconstruido una y otra vez como secuela de un proceso de conquista que
privilegió la urbanización (8-9).
6 Regina A. Root, en un artículo originado a partir del la novela Oasis en la vida de Juana Manuela
Gorriti, analiza los discursos sobre la moda durante el siglo XIX en Argentina a partir de fuentes
visuales y escritas. Según Root, la manipulación de la moda por parte de las mujeres puede ayudar
a su liberación


de los sentidos y, con ello, tanto la construcción de un imaginario urbano como una
identificación con la ciudad.
Al mismo tiempo, la anterior cita destaca al cuerpo como un medio básico para la
adquisición de conocimiento. Esa demanda por posicionar el cuerpo femenino en la ciudad
signa las calles como un nuevo espacio de aprendizaje que trasciende medios educativos
tradicionales. Esta caracterización de la urbe como lugar de aprendizaje, subvierte la
posible función “corruptora” de la ciudad. El espacio urbano condensa el espectáculo
visual: los teatros y museos apelan a la “cultura” que las paseantes de Storni no pueden
acceder en tanto que mirar les está prohibido (“Nosotras...” 820). Convendría vincular este
texto con lo que plantea Roberto Arlt en su crónica “El placer de vagabundear”: “la escuela
más útil para el entendimiento es la escuela de la calle, escuela agria, que deja el paladar
un placer agridulce y que enseña todo aquello que los libros no dicen jamás” (114). Tanto
Storni como Arlt, ambos escritores de los márgenes por condiciones de género en el caso
de la primera y/o por no ser parte de la elite cultural bonaerense, se inmiscuyen en la
“comunidad letrada” para textualizar el espectáculo de la urbe moderna. La ciudad
latinoamericana, como ha señalado Rama, ha sido un proyecto construido a partir de
ordenanzas y de una comunidad letrada empeñada en una utopía del orden que se
caracterizó por el desfase entre el referente y el signo; entre lo escrito y planeado, y la
materialización de la práctica (La ciudad letrada 1-20; 25-32; 36-7). En el caso de los
escritores citados, el desfase se elimina al objetar esta utopía del orden y al otorgar un lugar
privilegiado a la práctica de la ciudad por sobre lo planeado. En este contexto, se instaura
el ejercicio de la mirada (y de otros sentidos) en reemplazo a la lectura. Para el caso de las
mujeres caminantes de Storni, es más significativo por los límites que sobrepasan al
vincularse el espacio donde se adquiere conocimiento con las calles, ignorando otros
supuestamente “más apropiados” para su género.





El texto de Storni continúa y responde a las regulaciones de la moda:
[...] he aquí que los hombres descubren en la piel y en el desnudo las propiedades de Satán
y quieren salvarnos [...] de sus maléficos peligros, poniendo entre Satán y los ojos una
malla de seda muy transparente [...].
La moda, señoras, es un simple y liviano sarpullido, inofensivo las más de las veces [...].
(820-21)
Elizabeth Wilson señala en su libro The Sphinx in the City: Urban Life, the Control
of Disorder and Women, que las mujeres más que correr un riesgo en la urbe, son objeto
de sospecha porque atentan contra el orden de la ciudad debido a su sexualidad (6). En los
fragmentos citados, evidentemente está la amenaza que corre el orden patriarcal, sin
embargo, en este caso, al cuerpo de la mujer se le agrega una noción “demoníaca” que
pareciera ser una propiedad “natural”.7
7 La relación del cuerpo femenino con “lo peligroso” o “demoníaco” ha sido uno de los temas más
relevantes en los estudios de género para el caso de Argentina. El cuerpo femenino como una
identidad peligrosa que atenta contra el control social y la construcción nacional ha sido tratado por
Donna J. Guy en su libro Sex & Danger in Buenos Aires... y por Diana Taylor en Disappearing
Acts....


Sin embargo, también puede verse el revestimiento del cuerpo femenino como un
proceso paralelo que se ajustaba a la nueva fisonomía de la ciudad de Buenos Aires que,
queriendo ocultar lo periférico de su condición latinoamericana en comparación al orden
mundial, se vestía de París. Esta ansiedad de enmascarar lo “propio/natural/originario”
desencadenó en una serie de adecuaciones: era necesario urbanizar el cuerpo femenino
(con “propiedades de Satán”), proveerlo de un nuevo traje así como la ciudad se llenaba
de nuevas fachadas y avenidas.
Este paralelo entre mujeres y objetos se repite en “Las crepusculares”, publicado en
1920 en el diario La Nación bajo la sección “Bocetos femeninos” y firmada por Tao Lao,
seudónimo que Storni usó la mayoría de las veces para firmar sus colaboraciones en este
periódico (Kirkpatrick “Alfonsina Storni as ‘Tao Lao’”). Los zapatos de “las crepusculares”
son sinécdoques de estas mujeres que pasean en grupo por la elegante calle Florida:
Los pies de aquéllas son una especie de extendida epidemia en marrón, en azul o en topo;
los zapatos se han enfermado de estos tres colores y las medias, dóciles, se dejan contagiar
también por los tonos de moda.
Transportan estos zapatos a sus dueñas [...] a lo largo de la calle Florida y las depositan
frente a las grandes tiendas de vistosos escaparates.
[...]
[En la tienda] Se miran unos a otros en tono de desafío y cada uno arguye en su defensa.
–Yo tengo una hebilla original; yo mi elegante ribete blanco; yo un taco como para zapato
de avispa…
De vez en cuando un tosco zapato negro se mezcla a [sic] ellos, pero comprendiendo
pronto su democracia zapateril, va a ocultarse humildemente a un rincón de la sala,
mientras el desafío de los elegantes continúa. (915-16)8.





Las crepusculares se enfrentan entre sí por medio de sus zapatos y si bien hay ciertos
resquicios que subrayan la opción por una “subjetividad” que diferencie a estas mujeres
entre sí, todo está enmarcado por los designios de la moda y el espacio del consumo. Más
adelante se enfatiza la idea de masa por medio de una “ola compacta” formada por los
zapatos:
Y la ola, como cuerpo que no tiene voluntad, se mueve con ella, la sigue contemplándola
[a la modelo “garbosa”].
[...]
Quieren observar de cerca el peinado, las medias, la tela, el bordado, el lazo; todo lo que
la modelo lleva encima, y continúan siguiéndola a lo largo del salón. (Con una modelo
8 Me parece interesante en este punto citar una anécdota que se incluye en el libro de Conrado Nalé
Roxlo. Una amiga de Storni recuerda que durante una visita que le hizo a Storni: “Bajé los ojos, y
mi mirada encontró sus pies. Llevaban unos zapatos terriblemente viejos y tristes, pelados con los
tacones torcidos. Rápidamente los escondió bajo la funda blanca del sillón” (68). Si bien en “las
crepusculares” Storni se mofa de las mujeres al hacer un paralelo entre ellas y sus zapatos, Storni,
como una paseante, está limitada por sus condiciones materiales. Es interesante preguntarse por qué
esconde sus zapatos. Por un lado, son una herramienta para su producción como flâneuse (tacones
torcidos por el uso) y quizás teme de ese reconocimiento. Por otro, funcionan como un identificador
social y quizás se avergüenza de que revelen una posición socioeconómica difícil.


no hay necesidad de guardar las buenas formas y no es ya caso de mala de educación
recorrerla con la mirada de arriba abajo). (916-7)




Los zapatos son metonimia de la masa de la ciudad moderna y la tienda se configura
en el espacio urbano por excelencia para las mujeres burguesas que regresan a casa
“convencidas acaso, de que el paraíso es un lugar con ascensores y muñecas lujosas que
caminan ondulando...” (917). Esta masa de mujeres son carentes de voluntad: los zapatos
se confunden en un solo cuerpo sin agencia. Por otra parte, me parece importante destacar
que los zapatos fijan su mirada en “todo lo que la modelo lleva encima”, es decir, en los
artificios que ocultan y/o adornan el cuerpo de la mujer.
Si la moda podía de alguna forma controlar la mirada, articular los espacios
adecuados para el paseo “femenino” y marcar las pautas de un comportamiento urbano
(civilizado) para la mujer, ¿cómo podría situarse el sujeto femenino en la urbe si,
parafraseando a Raúl Scalabrini Ortiz, “Buenos Aires no quería a las mujeres: las
repudiaba”? (46). ¿Cómo podría articularse una flâneuse en este espacio urbano reducido
a tiendas de departamentos?
En otro relato Storni retoma la problemática de la inscripción del cuerpo de la mujer
en la ciudad y en una performance desafía la coerción de los sentidos y la cosificación del
cuerpo femenino. A fin de cuentas, en palabras de Storni, la moda “es un simple y liviano
sarpullido” (“Nosotras…” 821). En “Historia sintética de un traje tailleur”, publicado en
La Nota en 1919, la voz narrativa se encarna en un traje de sastre, una segunda piel “menos
peligrosa”, en el cual las perspectivas de la mirada se duplican en respuesta a los
amenazados sentidos femeninos.




La historia de este traje comienza en la epidermis de una oveja y desde entonces los
lectores somos testigos de un ciclo: de la naturaleza evoluciona a la conversión en un
producto de consumo –el traje–. En su paso por diferentes dueñas, este traje vive una vida
de acuerdo a la clase social de quien lo lleva y es modificado según los deseos de la
correspondiente usuaria. Finalmente, de tanto uso y adaptación el traje termina en un
basural convertido en desechos.
El relato se inicia en tercera persona, pero inmediatamente la voz hablante se
transforma en un yo-traje: “Cierta mañana la epidermis de una oveja empezó a esponjarse
en inmaculados vellones. Poesía pura, pues, es mi abolengo, si bien a través de máquinas,
tintas y agujas haya perdido mi condición primitiva, para convertirme en un elegante traje
tailleur” (749).
Tomando en cuenta este relato y los analizados anteriormente, lo natural no tiene
cabida en el paisaje urbano moderno, tanto la epidermis de la oveja, “poesía pura”, como
la piel de la mujer requieren de una transformación para ser parte de la experiencia de la
modernidad. Al mismo tiempo, mujer y traje son carentes de poder y agencia en la ruta
urbana. Habla el traje:
Un día me arrollaron, me envolvieron, me ataron y fui transportado a través de la gran
ciudad. [...] me dieron por habitación un ropero muy mono, donde me decidí a continuar
aburriéndome.
Al día siguiente de mi encierro vi que, frente a un espejo, una dulce mujercita rubia se
cubría conmigo.

Yo me sentí feliz porque tuve la intuición (los trajes somos muy perspicaces) de que me
echaría a correr mundo y podría ver muchas cosas interesantes. (749, énfasis mío)
La ciudad nuevamente se presenta como un lugar de descubrimientos, de observación
y aprendizaje. Esta cita enuncia el deseo de ciudad, y es un primer acercamiento a las
ventajas del traje para ver el mundo –la ciudad– y las posibilidades potenciales para la
construcción de una flânerie. Sin embargo, esta dueña no es la mujer apropiada para
satisfacer tales deseos, “Con esta dulce mujercita rubia yo no aprendí casi nada; salía
conmigo [...] a hacer las compras, nada más, y nada me fue revelado en las frases que en
esta tarea le oía. Después me encerraba en el ropero y todas mis observaciones quedaban
vedadas” (750).






Por un lado, la voz-traje, critica el encierro del espacio doméstico dado que impide
un proceso de aprendizaje y de reproducción de lo aprendido. En este sentido, es un
espacio que necesariamente se contrapone al urbano, se define por lo que no es o por las
experiencias que no suscita en comparación con el mundo exterior. En el hogar pareciera
ser un espacio vacío, no hay un interlocutor a quien comunicar el espectáculo visual de la
ciudad. El traje, encerrado, es inútil y pierde el valor de uso que obtiene al acompañar a
la mujer en el trayecto citadino. De este modo, el ámbito doméstico se expone como un
espacio improductivo y de inmovilidad que reafirma el statu quo de la mujer. Por otro lado,
las salidas a las calles son el viaje permitido, controlado (“hacer las compras”), para la
mujer. Este “tipo” de mujer, “normada” y mera consumidora, le imposibilita al traje y,
detrás de él, a la escritora, el ejercicio de una mirada libre sobre la ciudad, propia de una
flânerie. Ambas esferas, privada y pública, son divididas sin ninguna posibilidad de
conexión. El ámbito doméstico es aún el lugar de la vida tradicional, se desliga del “afuera”
y es ajeno a la experiencia de la modernidad.





La unión del traje con una mujer trabajadora dará un vuelco en esta historia. En este
caso, el traje de sastre se convierte en un aliado para la escritora-flâneuse, en una extensión
del cuerpo. El tránsito en la ciudad es ahora más interesante para la práctica de los sentidos
y la escritura (reproducción) de sus observaciones ya no está vedada. El ejercicio de la
mirada se libera al multiplicarse las perspectivas por las cuales el traje puede dirigir su
visión:
De las manos de aquella dulce criatura pasé a otras no menos blancas si bien algo más
descuidadas [...].
Andaba en tranvía cuatro veces por día [...].
[...] observé cosas muy raras: como un traje ve por los cuatro costados, hube de notar que
mi dueña provocaba a su espalda sonrisas indefinidas.
Una vez oí decir: “¡Viuda y de treinta años!”.
Otra vez escuché: “Regresa a su casa a las nueve de la noche”.
Mi dueña tenía una singular manía: y era un movimiento de cabeza de derecha a
izquierda; observé que los comentarios se producían sistemáticamente después de aquel
movimiento [...].
He de confesar que fui presa de una profunda tristeza al lado de esta mujer: lloraba con
frecuencia y apretaba sobre su pecho dos cabezas rubias [...]. (“Historia sintética” 750-
751, énfasis mío)







La hostilidad de la ruta urbana reaparece y es el “movimiento” –que se opone a la
inmovilidad del hogar– lo que genera el rechazo. A pesar de esta situación, la voz narrativa
convertida en un objeto de consumo, se transforma en un ambiguo flâneur/flâneuse: tiene
la oportunidad de recorrer las calles de la urbe observando y escuchando. A este respecto,
Benjamin ha señalado que en última instancia el flâneur es una mercancía (Arcades 42).
Sin embargo, esta apropiación femenina hace más compleja la operación. En cierta
medida, no existe la conversión sujeto-objeto: la mujer objeto de la mirada pública se
encubre en una mercancía ironizando la condición “femenina” en la ciudad. De todos
modos, al transformarse en el traje, alienándose ante la mirada pública como sujeto, la voz
narrativa consigue desplegarse en la ciudad como un ser anónimo al cual nadie se dirige
recordando así otras de las categorías del flâneur de Benjamin.
Si bien en la búsqueda por establecerse como un sujeto, parecería contradictorio
asumirse como un objeto, este “yo-traje” que enuncia una ciudad como espacio deseado
recuerda las “tretas del débil” que Josefina Ludmer ha formulado para la obra de Sor
Juana.9 Con ironía, la escritura de Storni y su performance negocian con la ideología
imperante para obtener un lugar como paseante en la ciudad; la escritora-flâneuse concede
ante la categoría mujer-objeto a cambio de poder construir y textualizar una subjetividad
propia sobre la ciudad que, a su vez, cuestiona la normativa del tránsito de la mujer. Como
indica Susan Buck-Morss el concepto del flâneur requiere de la experiencia de perder el
tiempo y un estilo social de observación que adquiere forma en la relación flâneur-escritor
como autor y productor de la cultura de masas (111-12). En este caso, la flânerie
“femenina” está mediada por un traje e instaura una diferencia con la flânerie “masculina”:
el traje está entregado a la experiencia urbana, sin control de su destino, pero la mujer con
la que realiza dicho trayecto es, ante todo, un agente productivo. La liberación de la mirada
de la escritora-flâneuse tendría una correlación con la mujer trabajadora, figura con la cual
Storni se solidariza. Ciudad y mujer establecen una relación que no necesariamente la
requiere el flâneur benjaminiano.





A pesar de todas las discusiones que despierta la posibilidad de una flânerie
femenina, este marco conceptual es un mecanismo interesante para analizar la inserción
textual de la escritora en la ciudad moderna. Evidentemente, esta versión exhibe variantes
en relación a su contraparte masculina. La mirada placentera y el ocio no son parte del
trayecto de la flâneuse. Al contrario, en este caso, la flânerie sería una herramienta para
analizar la crítica de Storni sobre el lugar de las mujeres en el espacio público. Sin
embargo, conviene mencionar que si recordamos las cualidades detectivescas que, a veces,
adquiere el flâneur de Benjamin, el ocio no es una característica constante (“El ‘flâneur’”
55-59).
Dentro de la discusión sobre el género del flâneur de Benjamin y la factibilidad de
la existencia de una mujer flâneuse, este texto también complejiza las categorías de género.
El traje tailleur, producto de la moda de inicios del siglo XX, masculiniza a la mujer y
acompaña al surgimiento de la new woman. Es decir que, hasta cierto grado, se necesita
9 Señala Ludmer, “La treta (otra típica táctica del débil) consiste en que, desde el lugar asignado y
aceptado, se cambia no sólo el sentido de ese lugar sino el sentido mismo de lo que se instaura en
él” (s/p).


una masculinización de la mujer para construir una flânerie, pero al mismo tiempo, como
señala Storni en su intervención “Los detalles; el alma” (1919): “Una elegante mujer con
su traje tailleur sencillo y práctico no está, todavía, tan masculinizada [...]” (874). Sin
embargo, dado que el traje es una parte esencial en la transformación del cuerpo de la mujer
en uno más masculino, podríamos pensar que la flânerie de Storni es ambigua en términos
de género: es la unión del traje con el cuerpo de la mujer caminante lo que permite a la
escritora-flâneuse autorizarse en la ciudad, liberar su mirada y convertir sus observaciones
urbanas en un texto. La idea de un flâneur/flâneuse andrógino/a podría ser entendida como
una respuesta a las divisiones autoritarias de los discursos sobre el género.




La historia de este traje, junto con ser un medio por el cual la escritora elabora una
performance del “yo” narrativo y se convierte en una flâneuse, destaca también por ser un
pequeño estudio de actitudes femeninas en el cual pareciera ser que la clase social y la
dependencia de un hombre marcan las mayores diferencias entre estas mujeres. Las
observaciones de la escritora-flâneuse se mueven con facilidad desde el espacio doméstico
al público estableciendo vínculos entre ambas esferas. Dentro del doméstico puede dar
cuenta de la relación que experimenta la mujer con el vestuario antes de salir al espacio
público. Con la primera mujer, probablemente perteneciente a la clase alta, el traje no
aprendió de la ciudad pero si descubrió que ella recurría constantemente al uso del alfiler:
“[...] El alfiler cambia un pliegue sin alterarlo, acorta un vestido sin cortarlo, cubre
momentáneamente un imperfecto irremediable. El alfiler cose sin coser, arregla sin
arreglar, ata sin atar; el alfiler es una cosa de quita y pon, según el momento y la
oportunidad [...]” (750). El alfiler permite la adecuación a los mandatos de la moda con
gestos efímeros y cambiantes, y jamás participa de la elaboración de un cambio decisivo.
Alude también a la mujer-masa, que se acomoda a estos designios del mercado como un
sujeto vacilante y dócil. En cambio, la segunda mujer es más productora que consumidora
y se contrapone a la mujer “ociosa” al distanciarse de los alfileres: “[d]esde que tu papacito
murió [le dice a su hija], no me queda tiempo para entretenerme con alfileres [...] el alfiler
es tan inmoral como una mentira [...]” (751).







EL CUERPO DESVESTIDO EN LA CIUDAD


Si en los textos analizados en la sección anterior el eje ha sido el encubrimiento del
cuerpo femenino y los artefactos relacionados al tránsito urbano, en la obra poética de
Storni es el cuerpo desvestido el que dialoga con la ciudad. Estos poemas se caracterizan
por una voz lírica que tensiona la relación entre ciudad, cuerpo y género. Asimismo, en
la mayoría de los casos, la mirada se posiciona desde la altura conteniendo en esa acción
el cuerpo completo de la ciudad.
En su poema “Buenos Aires”, publicado en su libro Languidez (1920), la ciudad es
concebida como una ciudad netamente masculina; una ciudad con cuerpo de hombre cuya
cabeza-lógica se ha empequeñecido ante el tamaño de su cuerpo: “Buenos Aires es un
hombre/Que tiene grandes las piernas,/Grandes los pies y las manos/Y pequeña la cabeza
[...] No fíes en la indolencia/De este hombre que está sentado [...] –Ay, si algún día le crece/
como pies, la cabeza!” (261; 263). Con una mirada que captura la ciudad como una
totalidad, la flâneuse recorre este cuerpo-masculino-ciudad y, al mismo tiempo, ironiza y

advierte sobre su crecimiento desmesurado.10 Este tipo de representación que satiriza la
hegemonía masculina cobra más fuerza si recordamos que por las mismas fechas Storni
publicaba sus intervenciones sobre el control del comportamiento “femenino” en la urbe
y el ocultamiento del cuerpo de las mujeres. Es decir, por un lado la poeta exagera y se burla
de la preponderancia masculina, con un cuerpo deformado y descontrolado. Por otro, la
periodista denuncia las posibles consecuencias de esta dominación masculina para el
tránsito de la mujer en la ciudad (“Nosotras...”).
Años más tarde, en “Motivos de ciudad”, una sección del libro Mundo de siete pozos
(1935), la flâneuse vuelve a rearticular el cuerpo de la urbe. En su poema “Imagen”, los
diferentes sectores de la capital adquieren corporalidad para formar un todo en el cual
convergen naturaleza, cuerpo, ciudad y género:
Palermo, espesa cabellera verde,
sueltas sus crenchas
sobre lomo diestro de Buenos Aires:
Casas de ensueño, como peinetas
de colores,
las avivan y fijan.
El Río de la Plata,
musculoso brazo derecho,
acciona
articulado al torso de hierro de la ciudad [...].
Paralítico casi,
su brazo izquierdo de tierra pampeana
pende a lo largo de su cuerpo
en un vaivén de espera…
Sus pies,
mal calzados
con botines de humo negro,
[...]
se hunden
brutalmente
en los barrios del Sur. (371-72)



Con una mirada erótica, recorre este cuerpo en el cual la naturaleza todavía sobrevive
en la composición de la urbe moderna y cuya organización espacial gira en torno al centro
de la urbe (“torso de hierro”). Los pies y el calzado siguen ocupando un lugar en las
fijaciones de Storni: son identificadores sociales y, a la vez, recursos básicos para la
práctica de caminar la ciudad. Al desnudar el cuerpo de la ciudad, la flâneuse desenmascara
los reveses de la modernización (los “pies,/mal calzados [...] en los barrios del Sur”) y
permite continuar la discusión presentada al inicio de este artículo sobre ese deseo de
ocultar lo “natural” y “original”. En esta representación la naturaleza adquiere un rol
protagónico como respuesta al artificio de la urbe moderna. Sin embargo, en los variados
espacios a los cuales Storni les otorga un lugar para dicha representación operan diferentes
10 Similar es lo que Ezequiel Martínez Estrada reproduce en su ensayo La cabeza de Goliat al
cuestionar el inmenso progreso material de la ciudad a costa del resto del país.


connotaciones genéricas. El brazo derecho “musculoso” (“masculino”), el Río de la Plata,
inútil, no posee revestimiento y se queda en su estado “natural”, en cambio, la espesa
cabellera verde es pasiva y adornada y, con ello, feminizada.
En “Imagen” no se puede designar claramente el sexo/género de la ciudad (a
diferencia del dedicado a Buenos Aires), pero en su poema “Hombres en la ciudad” la voz
lírica se apropia de la urbe para subvertir el imaginario masculino y cargarla de una
sexualidad femenina:
Se alza
debajo,
enorme,
la rosa de cemento,
la ciudad,
[...].
Emergen
–cúpulas, torres–
sus negros pistilos
a la espera del polen
lunar.
Ahogados
por las llamas de la hoguera.
y perdidos [sic]
entre los pétalos
de la rosa,
invisibles casi,
de un lado a otro,
los hombres... (379)





La incorporación de esta nueva metáfora para la configuración del imaginario sobre
la ciudad hace un aporte en la creación de Storni como una flâneuse. Al feminizar la urbe,
el sujeto lírico acerca el espacio citadino hacia su subjetividad y le otorga connotaciones
íntimas a esta supuesta esfera pública. Con este gesto, se difuminan las distinciones
tajantes entre lo público –masculino– y lo privado –femenino– al igual que el traje de sastre
cuya mirada transita del hogar a las calles y cuyas reflexiones establecen un puente entre
ambos espacios.11 En “Hombres en la ciudad”, la urbe es un espacio propio y supuestamente
íntimo para el “yo” lírico-mujer. La flâneuse que se desviste para devenir ciudad cuestiona
la supuesta intimidad del cuerpo y “lo público” de la ciudad.
En esta operación se traduce en “femenino” el flâneur de Benjamin que transforma
los bulevares en su hogar. Por otro lado, también lo podemos leer como una respuesta al
ocultamiento del cuerpo de la mujer en la ciudad. En este caso, no es el cuerpo femenino
enmascarado en un objeto de consumo el que intenta recorrer una ciudad masculinizada,
al contrario, el cuerpo de la mujer es la ciudad y transforma el hito de la modernidad –la
11 El cuestionamiento de categorías antinómicas no es en ningún caso una exclusividad de Storni
como tampoco una novedad dentro de la crítica feminista, sin embargo, el modo de producción de
su escritura y los recursos estéticos utilizados para posicionarse en la ciudad y construir un
imaginario urbano son paradigmáticos para la época.

urbe– en un signo femenino. La sexualidad de la mujer desvestida se hace pública y se
articula recurriendo en parte a la naturaleza (“la rosa”) y en parte a la construcción (“de
cemento”). La mirada de la flâneuse que recorre el “torso de hierro de la ciudad” en el
poema “Imagen”, se reformula en “Hombres en la ciudad”. En este caso, el yo lírico puede
contener la imagen completa de una urbe femenina y anhelante de ser ciudad.




Sin embargo, muy pronto, la flâneuse termina con esta negociación de géneros que
se apropia de la ciudad como espacio discursivo. La mirada en altura que domina la
representación de la ciudad se diluye al recolocar a la mujer paseante por las calles de la
ciudad. El cuerpo de la flâneuse no sale invicto de la experiencia moderna y la posibilidad
de construir una subjetividad escondida entre la masa desaparece. La mirada libre y
protegida se quiebra en su poema “Calle” donde otros cuerpos fragmentan el de la
flâneuse. En las calles “[...] Todo ojo que me mira/me multiplica y dispersa./por la ciudad./
Un bosque de piernas,/Un torbellino de círculos rodantes,/una nube de gritos y ruidos,/me
separan la cabeza del tronco/las manos de los brazos/los pies del cuerpo [...]” (373-74).
El espectáculo de la ciudad moderna deviene en un exceso de signos desarticulados que
la flâneuse no puede contener y la fusión de su cuerpo con el de la ciudad se replica en su
propia identidad fragmentada.
Esconder y exponer el cuerpo ha sido una de las constantes analizadas en este artículo
y en este contexto quisiera cerrar con una pequeña anécdota. A los doce años, Storni
escribió un poema sobre su muerte. Al ser encontrado por su madre, ésta le dio furiosa
coscorrones en la cabeza. Años más tarde, hablando con una amiga, Storni recordó el
evento y sus consecuencias: “Desde entonces los bolsillos de mis delantales, los corpiños
de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como
migas de pan” (Nalé Roxlo 371). Este gesto de ocultar su escritura, entre su ropa y su
cuerpo, es altamente performativo e iluminador para este estudio. Su escritura se convirtió
en una segunda piel que es parte de su traje y de su cuerpo-ciudad: escritura y cuerpo se
mezclan para construir identidades y posturas que permiten la producción de una
subjetividad sobre la ciudad.12 Este tránsito de identidades por el cual la flâneuse-escritora
se inmiscuye en la urbe, concluye con la fragmentación de la ciudad, el cuerpo y el traje
desestabilizando las nociones de “civilización” de la ciudad. Ramos plantea que para el
siglo XIX, “[R]epresentar la ciudad era un modo de dominarla, de reterritorializarla [...]”
(123). No menos cierto para el siglo XX, en el caso de Storni representar Buenos Aires
implica escribir sobre sus calles llenas de mujeres y ensayar la escritura de los distintos
cuerpos de la ciudad en tanto entidad plurisignificante. 



La escritora-flâneuse, que legitima
su ruta desde la ambigüedad de la flâneuse/flâneur y que encubre su subjetividad con
“papeluchos borroneados”, se posiciona con estos textos (y todos los otros que en este
artículo son imposibles de incluir) dentro de las batallas de las representaciones urbanas.
12 Para un estudio de las diferentes y contrastantes voces de Storni, véase el artículo de Delfina
Muschietti “Las estrategias de un discurso travesti (género periodístico y género poético en
Alfonsina Storni)”. En este trabajo Muschietti contrasta la voz directa y feminista de los textos
publicados en prensa con la voz sumisa y pasiva del yo “lírico” en los primeros libros de Storni. Para
un análisis de las colaboraciones de Storni en prensa y el uso de seudónimos véase: Gwen
Kirkpatrick, “Alfonsina Storni as ‘Tao Lao’. Journalism’s Roving Eye and Poetry’s Confessional
‘I’” y “The Creation of Alfonsina Storni”



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_____ “La joven bonaerense”. Obras. Narrativa. Tomo II. Delfina Muschietti, ed. Buenos
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A la ciudad que fue mujer 
«Nadie me conocía, nadie me miraba, nadie tenía nada que reprocharme; era un átomo perdido en aquella inmensa multitud».
 George Sand
El espejo psiqué (1876) es una obra que retrata la intimidad femenina desde la experiencia de la propia pintora. Berthe Morisot la realizó en el dormitorio de su casa parisina en la rue de Guichard. Al igual que las obras de sus coetáneas impresionistas, la mayoría de los cuadros de Morisot se desarrollan en habitaciones e interiores domésticos. Pinta lo que le es más cercano porque, según la ideología decimonónica existía una clara separación de las esferas pública y privada y a una mujer burguesa como ella no le estaba permitido acceder libremente al espacio público. Una división basada en la condición de clase, pero también de género: mientras que los hombres disfrutaron de los nuevos escenarios urbanos, la actividad de las mujeres se redujo al ámbito doméstico. 
Berthe Morisot
El espejo psiqué, 1876
Óleo sobre lienzo, 65 x 54 cm
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

A la ciudad que fue mujer

































Caminar por la ciudad sin rumbo, detenerse a observarla (entre las masas) y tener tiempo para narrarla, la flânerie, se había convertido, por entonces, en un privilegio exclusivamente masculino y, al mismo tiempo, en una práctica absolutamente indispensable para cualquier artista que se considerara a sí mismo moderno. Así, lo expresaba María Bashkirtseff, pintora francesa de origen ucraniano, contemporánea de Morisot, en sus notas: «Lo que anhelo es la libertad de ir por ahí sola, entrar y salir, sentarme en las Tullerías […], caminar por las calles de noche; eso es lo que busco y esa es la libertad sin la que no se puede llegar a ser un verdadero artista». 

María Bashkirtseff
En el estudio, 1881
Óleo sobre lienzo, 188 x 154 cm
Museo Nacional de Arte de Ucrania

A la ciudad que fue mujer



A la ciudad que fue mujer

Pero este nuevo orden social no impidió que el entorno urbano se poblase de mujeres, bien por necesidad o por decisión propia, transgrediendo los roles de género. De hecho, su presencia en la ciudad fue la gran novedad de las principales ciudades modernas. Sin embargo, aquellas representaciones, imágenes y relatos que han pasado a conformar nuestro imaginario colectivo, no la retratan como transeúnte o paseante, es decir, como flâneuse, pues en cuanto que mujer se le negó la condición de sujeto. Ella es objeto observado y narrado, cuerpo fugaz que despierta la imaginación y el deseo del flâneur. Así es como aparece en el recuerdo ensoñador de París que Lyonel Feininger pinta desde Weimar. Ella es la fugitiva que dio origen a la ciudad de Zobeida descrita por Italo Calvino: «hombres de naciones diversas tuvieron el mismo sueño, vieron una mujer que corría de noche por una ciudad desconocida, la vieron de espaldas, con el pelo largo, y estaba desnuda. Soñaron que la seguían».

Existió y a pesar de las imposiciones sociales, una flânerie de las mujeres o flâneuserie que apenas se nos ha contado. Una gran diversidad de caminatas contestatarias por Londres, Berlín, Madrid, San Petersburgo que han inspirado y sigue inspirando a muchas mujeres para recorrer y habitar de otro modo el espacio urbano.

Pero fue quizá la bulliciosa París la ciudad que, durante las primeras décadas del siglo XX, ofreció nuevas oportunidades a las mujeres que hasta entonces no habían tenido: el anonimato, la posibilidad de trabajar, los espacios propiamente femeninos… O así lo experimentaron aquellas que Shari Benstock llamó “de la orilla izquierda” del Sena, una comunidad heterogénea de mujeres urbanas autosuficientes que, llegadas desde lugares cercanos y lejanos, se asentaron en el encantador distrito VI de la Ciudad de las Luces.

Francesas, alemanas, inglesas y norteamericanas expatriadas a las que les unió París y la posibilidad de vivir sus propias vidas que les brindó la ciudad. A la hermosa Natalie Barney, siempre le pareció que París era «la única ciudad en la que uno puede vivir y expresarse a su gusto».

Lyonel Feininger
La dama de malva, 1922
Óleo sobre lienzo. 100,5 x 80,5 cm
Museo Nacional Thyssen-Bornemisza, Madrid

Underwood & Underwood, New York City (Photographer)
Delegación del partido de camino a París para solicitar la admisión en la Alianza Internacional por el Sufragio Femenino, 1926

Eugène Atget
Eclipse, París, 1911
Library of Congress



Agence de presse Meurisse
Jardines de Luxemburgo, Odéon, Distrito VI, París, 1928
Bibliothèque nationale de France

Cierto es que no todas ellas practicaron la flânerie en el sentido estricto del término de relatar la experiencia de callejear. Pero estas escritoras, editoras, fotógrafas, pintoras, periodistas y libreras crearon en París tres entornos que cambiaron el panorama cultural de la ciudad: en la rue de l’Odéon, donde Adrienne Monnier y Sylvia Beach, la primera editora del Ulises de James Joyce, abrieron sus respectivas librerías, La Maison des Amis des Livres y Shakespeare & Co, los ejes de la literatura anglosajona y la francesa de vanguardia; en el Templo de la Amistad de Natalie Barney, en la rue Jacob, donde se reunía la comunidad lesbiana de París; y en el fascinante apartamento de la rue des Fleurus perteneciente a la “cubista de las letras” Gertrude Stein, donde lo más granado de la vanguardia francesa empezó a acudir los sábados a cualquier hora para ver los Matisse y los Cézanne.

Mondial Photo-Presse
Odéon, galería de las librerías, 1932
Bibliothèque nationale de France

Sylvia Beach, Myrsine Moschos y Lucky, 1924
National Portrait Gallery, Smithsonian Institution

Claude Cahun
Sylvia Beach en la rue Dupuytren, 1919
Princeton University Library

De un modo u otro, todas dejaron testimonio de su vida en común en la que para la escritora Colette fue la “Ciudad del Amor”; una transgresión del relato urbano que Stein pagó con el rechazo de algunas de sus amistades cuando publicó la exitosa crónica de la vanguardia artística parisina en la Autobiografía de Alice B. Toklas (1933). Una narración que su amiga Janet Flanner no dejó de reseñar en su columna quincenal de la revista New Yorker “Letter from Paris”, con la que la perspicaz periodista norteamericana dio cuenta de la modernidad parisina en primera persona. Entre todas ellas estuvo también la fotógrafa Berenice Abbott, quien empezó a retratar a los intelectuales de la vanguardia europea en el estudio parisino de Man Ray y exponía sus imágenes de manera permanente en la librería de Sylvia Beach. Siguiendo los pasos de Eugène Atget en París, regresó a Nueva York en 1929 para registrar con su cámara, durante casi una década, los cambios que se había producido en su fisionomía urbana.

Sylvia Beach
Marie Laurencin, s/f
Bibliothèque Marguerite Durand

Natalie Barney, Janet Flanner y Djuna Barnes, hacia 1925

Sylvia Beach y Adrienne Monnier, hacia 1938
National Portrait Gallery, Smithsonian Institution

Mondial Photo-Presse
Retrato de Colette, escritora, 1935
Bibliothèque nationale de France

«Solo me gustaría escribir sobre una personalidad… París (Francia), que es donde estábamos todas y donde era natural que estuviéramos». Getrude Stein

A la ciudad que fue mujer

Tristemente, el relato colectivo de la “orilla izquierda” se vio interrumpido por la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de la capital francesa, obligando a muchas de ellas a dispersarse, retirarse o regresar a sus lugares de origen. Desde entonces, como cuenta Andrea Weiss, “París dejó de ser mujer” y las riendas de la modernidad las tomó Nueva York, un relevo cultural que en buena parte se produjo por el regreso de las expatriadas y el exilio de los artistas europeos.

Berenice Abbott
Henry Street, 1935
The Miriam and Ira D. Wallach Division of Art, Prints and Photograph






Mujeres haciendo ciudad: Flâneuses y Las sinsombrero


https://www.e-revistes.uji.es/index.php/kult-ur/article/view/2202/2137


Tesis sobre el tema "Flâneuse"

1

Takahara, Yukiko. "Colette entre el sedentarismo y el nomadismo: la escritura de un cochecito" Aix-Marsella 1, 2010. http://www.theses.fr/2010AIX10082.

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Resumen:
En este estudio estudiamos el tema de los viajes en Colette y sus ambivalencias. La primera parte está dedicada al estudio de la representación de los lugares: examinamos en particular el papel del paseo y de la memoria. En la segunda parte nos interesa la descripción del viaje, tanto metafórica como concreta: estudiamos primero los diferentes modos de movimientos mentales, luego la relación ambivalente entre la lentitud y la poética del viaje del escritor. Finalmente, en la tercera y última parte, examinamos la figura de los viajeros y su ra
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MacPherson, Sandra. "De espectador a ciudadano: el paseo urbano en la literatura, el arte escénico y la cultura canadienses" Tesis, Universidad de Ottawa, 2018. http://hdl.handle.net/10393/37321.

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Resumen:
Esta tesis examina el caminar urbano en Canadá en su desviación de una tradición itinerante ampliamente masculina asociada con el flâneur. Esta nueva encarnación del caminante —diferenciada por género, raza, clase y/u orientación sexual— remodela el imaginario urbano y desplaza el acto de caminar de lo que generalmente se teoriza como un acto individualista o simplemente transgresor a una práctica relacional y transformadora. Si bien los caminantes en este estudio son diversos, la mayoría de ellos son mujeres: las escritoras Dionne Brand, Daphne Marlatt, Régine Robin, Gail Scott y Lisa Robertson y la performance
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El, Hajj Sleiman Y. "No estoy desnudo: una exploración ficticia y teórica del hogar y el cochecito en el Líbano y Siria del siglo XXI" Tesis, Universidad de Gloucestershire, 2017. http://eprints.glos.ac.uk/4805/.

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Resumen:
Esta tesis consta principalmente de dos artefactos: un texto creativo seguido de una crítica literaria. La investigación se bas

a en la intervención teórica de la flâneuse que he postulado como una forma de leer el hogar en la ficción. A pesar de los comentarios sobre el flâneur en las ciencias sociales y los estudios culturales, ningún estudio literario ha postulado aún la conexión entre la flânerie y el hogar, y mucho menos ha teorizado la noción de la flâneuse como una figura subversiva que puede desplegarse en la escritura creativa, y luego crítica, para hacer inteligibles las posibles variantes del hogar en las ficciones actuales del Líbano
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Wiebe, Cristóbal David. "Flâneur." Tesis, Biblioteca Nacional de Canadá = Biblioteca Nacional de Canadá, 1997. http://www.collectionscanada.ca/obj/s4/f2/dsk2/ftp04/mq21146.pdf.

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Bota, Olivia-Iona. "Apollinaire o paseo estético." Tesis, París 4, 2013. http://www.theses.fr/2013PA040011.

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Resumen:
Como fenómeno urbano, el paseo apareció una vez con las convulsiones socioeconómicas del siglo XIX. Aunque se asocia a un paseo gratuito y ocioso, establece sin embargo un enfoque nuevo y fragmentario de la ciudad. El cambio de perspectiva en la calle conduce también a un cambio de perspectiva sobre el arte y la literatura. Así, a un Balzac o a un Baudelaire le interesa especialmente la figura paradójica y flotante del cochecito. En una posible genealogía del concepto se sitúa también la creación heterogénea e inclasificable de Guillaume Apolli
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Pessanha, Elaine Durigam Ferreira. "Gonzaga Duque: um cochecito brasileiro." Universidad de São Paulo, 2008. http://www.teses.usp.br/teses/disponiveis/8/8146/tde-30092008-173647/.

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Resumen:
Nesta disertación pasa-se uma biografia de Gonzaga Duque, comentarios de sus obras, uma fortuna crítica, cujo conteúdo expresa os comentarios e estudios feitos por importantes críticas, reconhecendo a importância literatura de Gonzaga Duque, sua producción textual, suas tentativas como um artista preocupado com a propagaão da arte e suas evoluções, o mesmo observando sua existência entre os consagrados pelo paideuma (Machado de Assis, Cruz e Souza, entre outros nomes), sem estar oficialmente presenta nesta seleção. Analisou-se o romance de Mocidade morta: sua estrutura textual, seu aspec
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Costa, Anderson da. "Un paseo como prática surrealista em Nadja." nombre de respuesta: Repositório Institucional da UFSC, 2012. http://repositorio.ufsc.br/xmlui/handle/123456789/95363.



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Resumen:
Tese (doutorado) - Universidade Federal de Santa Catarina, Centro de Comunicaão e Expressão, Programa de Pós-graduaão em Literatura, Florianópolis, 2011<br>Publicado en DSpace el 2012-10-26T00:40:47Z (GMT). Número de flujos de bits: 1 297828.pdf: 1171830 bytes, suma de verificación: 50c6f4b6f1461d8cfe9fb9d3c0a8fe2e (MD5)<br>En la actualidad tese é um trabalho que se articula sobre must eixos. O primeiro propõe estabelecer uma relaão entre un paseo praticada no segundo XIX e aquela praticada no segundo seguido pelo surrealismo. Paseo que adquiere outros contornos cuando se apropia de pelos surrealistas, tan lejos
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Wang, Shao-Hua. "Cuidado con la brecha: paseo por Baudelaire y Woolf" Tesis, Universidad de Oxford, 2015. https://ora.ox.ac.uk/objects/uuid:9a28615d-6b38-4940-adc8-0acee67ebcc8.

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Resumen:
Esta investigación surge del interés por el papel del flâneur y su interacción con la ciudad. El cochecito ha sido teorizado como una de las figuras más destacadas en la comprensión de la modernidad. Este estudio se basa en dos conocidos escritores modernistas, Baudelaire y Woolf, que utilizan su paseo literario para comprender la modernidad desde un punto de vista del siglo XXI. El propósito de esta tesis es interrogar y reinterpretar la noción de modernidad: la experiencia de la modernidad es la de la dislocación espaciotemporal, un sentido de intermediación que puede agradarse a la brecha entre un tren y t
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Biondillo, Rosana [UNIFESP]. "Walter Benjamin e os caminhos do flâneur." Universidad Federal de São Paulo (UNIFESP), 2014. http://repositorio.unifesp.br/handle/11600/39273.

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Resumen:
Enviado por Andrea Hayashi (deachan@gmail.com) el 22-06-2016T18:33:39Z Número de flujos de bits: 1 disertacióncao-rosana-biondillo.pdf: 781686 bytes, suma de verificación: 01ba1b8c79672ed37d4c137f821dd204 (MD5)<br>Aprobado para su ingreso al archivo por Andrea Hayashi (deachan@gmail.com) el 22-06-2016T19:00:55Z (GMT) No. de flujos de bits: 1 disertacióncao-rosana-biondillo.pdf: 781686 bytes, suma de verificación: 01ba1b8c79672ed37d4c137f821dd204 (MD5)<br>Puesto a disposición en DSpace el 2016-06-22T19:00:55Z (GMT). Número de flujos de bits: 1 disertacióncao-rosana-biondillo.pdf: 781686 bytes, suma de comprobación: 01ba1b8c79672ed37d4c137f821dd204 (MD5
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Fleischer, Ulrike. "Siegfried Kracauer y la cultura de Weimar: modernidad, paseo y literatura" Tesis, Universidad de Nottingham, 2001. http://eprints.nottingham.ac.uk/12045/.

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Resumen:
Esta tesis se centra en la respuesta de Siegfried Kracauer a los desafíos de la modernidad ejemplificados por la República de Weimar y su cultura. Una consideración de la dimensión literaria de la obra de Kracauer es un aspecto central de mi enfoque. Comenzando con un breve examen de los primeros escritos epistemológicos de Kracauer, que adoptan un tono antimódem, mi tesis examina luego su cambio hacia una crítica materialista de la modernidad. Utilizando su ensayo 'Das Ornament der Masse' como ejemplo clave, sostengo que Kracauer asume la postura de un cochecito frente a la cultura que examina. Mientras esto sea co
Más fuentes

https://go.gale.com/ps/i.do?asid=afea68ec&id=GALE%7CA439635708&it=r&p=IFME&sid=googleScholar&u=googlescholar&v=2.1






Una profesora 'flâneuse' en París. 

Cartografías en la formación inicial 

de docentes.


https://revistas.ucm.es/index.php/ARIS/es/article/view/63670

Este estudio se fundamenta en las bases de la deriva artística, como técnica etnográfica para explorar el territorio urbano, iniciada por Surrealistas y Situacionistas. La autora investiga las particularidades de ser flâneuse (observadora deambulante de las ciudades) en París, durante un mes, desde una perspectiva feminista de esta práctica. Desde una mirada docente se observa la ciudad como lugar de aprendizajes del futuro profesorado para su formación inicial. El objetivo es hallar estrategias artísticas de diseño cartográfico asociadas a derivas, con las que reflexionar visualmente sobre la experiencia de la ciudad y aplicarlas a la formación inicial del profesorado de secundaria en artes visuales. Se emplea la A/R/Tografía como método propio de la Investigación Basada en las Artes que permite combinar los intereses artísticos, de investigación y docentes. Se analizan las experiencias de deriva y se clasifican según distintas categorías, que emparejan modos opuestos de experimentar la ciudad: sola o en compañía familiar; a paso lento o corriendo; en superficie o subterráneas. Los resultados son 6 cartografías que muestran diferentes formas de representar los resultados de las derivas: estética, técnica y conceptualmente. Estas cartografías visibilizan el modo de experimentar la ciudad por una mujer y sirven para ejemplificar a futuros docentes su uso en el registro de aprendizajes.




Mujer de la calle:

 la flâneuse 

Iliana Olmedo Muñoz


https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/4ed9727f-7a70-4a37-bfe1-5e9596589496/mujer-de-la-calle-la-flaneuse








Mujer y ciudad: reivindicación y representación cinematográfica  de las flâneuses

https://digibuo.uniovi.es/dspace/bitstream/handle/10651/69260/TFG_ElsaRodriguezLopez.pdf?sequence=4 

Imaginando el holgazán como una mujer

https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/02500167.2011.634425



La flânerie como modo de placer: lecciones de una flâneuse de clase trabajadora 


Referencias bibliográficas

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RTVE. (2017, 6 de marzo). Las Sinsombrero | Imprescindibles [Archivo de video]. YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=DXwgReVkrtQ.

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