Afirmar que Internet ha desencadenado una revolución cultural de alcances difíciles de predecir ya tiene la consistencia, el color y el perfume de una obviedad.
Que esta revolución haya dado vuelta nuestra vida cotidiana de manera insensible y a la vez radical, tampoco ofrece un campo floreciente de dudas, ya que cada vez más nuestras vidas son vidas hipercomunicadas ... por obra de Internet.
Que semejante mutación global suponga algo comparable al tsunami producido por la irrupción de la imprenta en la trama del conocimiento, es una de las hipótesis que más se agitan.
Pero que la lectura, a través de los diversos soportes de Internet, esté cambiando las formas del pensar, ya tiene el espesor de un paso hacia el más allá.
Desde un punto de vista estrictamente biológico, Gary Small, de la Universidad de California, asegura, después de haber realizado una serie de estudios, que “la búsqueda en Internet parece involucrar una mayor extensión del circuito neuronal que no se activa durante la lectura.” Según estas investigaciones, la actividad en la red da la impresión de “fortalecer el cerebro de los mayores y los adultos de mediana edad a medida que envejecen.” Pero para el experto en tecnologías de la información y la comunicación, Nicholas Carr, en la Web “la lectura profunda, que solía suceder en forma natural, se ha convertido en un esfuerzo”.
Según este asesor de la Enciclopedia Británica, “l a mayor amenaza es su potencial para disminuir nuestra capacidad de concentración , reflexión y contemplación”.
Un estudio del University College de Londres concluyó que la mayoría de los usuarios “no leen online del modo tradicional: echan vistazos horizontalmente a través de títulos, páginas y resúmenes en busca de satisfacciones inmediatas.” Una lógica, que más que guiada por el afán por conocer, la más crasa curiosidad o el placer de la lectura, obedece, más bien, a la dinámica del consumo, sintetizada como pocos por el mítico rockero Luca Prodan con aquella frase de “no sé lo que quiero, pero lo quiero ahora”.
El crítico argentino Alberto Manguel, autor de la excelente Una historia de la lectura , se suma a las filas apocalípticas: “Vivimos en una época en la que valores como la brevedad, superficialidad, rapidez y simpleza son absolutos.
Nunca lo habían sido. Los valores que desarrollaron nuestra sociedad fueron los de la dificultad (para aprender y sobrellevar los problemas), la lentitud (para reflexionar y no actuar impulsivamente) y la profundidad (para adentrarse en un problema). Si se prescinde de esos valores se obtienen reacciones banales fácilmente manipulables”.
Para Manguel, si bien Internet permite un uso inteligente, “es sobre todo un instrumento que brinda la ilusión del conocimiento sin esfuerzo , a través de la acumulación ilimitada, y prefiere lo superficial a lo profundo, lo inmediato a aquello que requiere tiempo y fatiga. Pero, claro, depende de quién lo usa y cómo es usado”.
Con él coincide Maryanne Wolf, investigadora de la lectura y el lenguaje de la estadounidense Tufts University, a quien le preocupa que “la información sin guía pueda crear un espejismo de conocimiento y así restrinja los largos, difíciles y cruciales procesos de pensamiento que llevan al saber auténtico.” Del lado de los optimistas se anota Raymond Kurzweil, experto en inteligencia artificial, que razona: “Ahora confiamos en Google como un amplificador de nuestra memoria; incluso recordamos peor las cosas sin él.
Cuanto más confiamos en la incorporación de las máquinas en la parte no biológica de nuestra inteligencia, la parte biológica trabaja menos, pero la combinación total aumenta su inteligencia.” De esta forma, “mezclarnos con esa tecnología nos termina haciendo más inteligentes”.
Siempre es más fácil pensar que quizá la razón la tengan los del medio.
Pero lo que supondría una magnífica ironía de Dios -según la metáfora borgeana- consistiría en que poseer, por primera vez en la historia, la suma del conocimiento al alcance de un click nos terminara convirtiendo en flamantes bárbaros que surfean su ignorancia como imbéciles, convictos a perpetuidad en la mecánica convulsa del zapping.
¿Y cómo resolvemos el problema de que el profesorado también está desbordado por la información y, en muchos casos, carece de competencia para orientar en ese océano?
Usted, de manera provocativa, señala que esta sociedad, más que del conocimiento, es una sociedad de la ignorancia, ¿por qué?
Su cadena de premios en el ámbito del ensayo es interminable: el Miguel de Unamuno, en 2002 y el Nacional en 2003, por La transformación de la política; el Espasa de Ensayo en 2004, por La sociedad invisible; el de Humanidades de la Sociedad de Estudios Vasco-Eusko Ikaskuntza, en 2008; el premio al mejor libro de filosofía en lengua francesa, en 2011, por Ética de la hospitalidad; el Euskadi de Ensayo por La democracia del conocimiento, en 2012. La mayor parte de sus libros han sido traducidos en Francia, Inglaterra, Portugal, EEUU, Italia y Canadá. Ha sido considerado por la revista Le Nouvel Observateur como uno de los 25 pensadores más importantes del mundo.
Pues no es nada fácil fiarse, por ejemplo, de los medios de comunicación o, sin ir más lejos, de las agencias de rating o de calificación de riesgos.
Así es, nos han engañado. Por eso, el tema de la confianza y la fiabilidad de los expertos es ahora uno de los grandes debates de la sociedad. Antes hablábamos de los saberes básicos y no sé cómo todo esto se puede traducir en una asignatura de “expertología”, por llamarla de alguna manera, que tendría que ver con un aprendizaje completamente nuevo para la humanidad: aprender a delegar con conocimiento y criterio. Nos deberían formar para adquirir el equilibrio de confianza y desconfianza correcto para cada tema, y en función del momento.
No hay duda de que la tecnología moderna ha "revolucionado" el conocimiento, pero quizás, a diferencia de lo que supone Negroponte, esta revolución no ha significado una verdadera Ilustración, ni un incremento de un conocimiento capaz de mejorar la vida de las personas y, por qué no, de liberarlas de la opresión política y social --que a fin de cuentas es el sentido esencial del conocimiento: usarse para vivir bien, no sólo para informarse. Quizás ha ocurrido lo opuesto, de la misma manera que la evangelización de la Iglesia Católica significó el yugo y la pérdida de tradición e identidad de los pueblos indígenas de América. Negroponte y la ONU fundamentalmente reparten computadoras en África, pero esta evangelización tecnológica ha ocurrido de manera global, casi sin que nadie se inquiete por lo sucedido. Y es que asumimos que las computadoras y la tecnología no tienen ninguna agenda y son esencialmente bienes materiales de gran valor cultural. (El filósofo anarcoprimitivista John Zerzan sugiere que existe “una intencionalidad en la tecnología… La Revolución Industrial no fue sólo sobre economía. Como dice Foucault, fue más sobre imponer una disciplina”).
Es posible que nos estemos apantallando por la cantidad de información que manejamos y confundiéndola con conocimiento cualitativo. Karl Taro Greenfeld escribe en un artículo en el New York Times:
Los medios digitales nos entrenan para ser consumidores de banda ancha más que pensadores reflexivos. Descargamos una canción, un artículo, un libro o una película instantáneamente, la vemos (si es que no nos quedamos distraídos revisando el infinito inventario que se ofrece) y avanzamos a la siguiente cosa inmaterial.
En un efusivo artículo de 2012 publicado en el New York Review of Books el poeta Charles Simic declaraba que estamos viviendo en la Era de la Ignorancia. Desencantado por las manifestaciones culturales de su país, donde en algún momento el grueso de la población llegó a creer que Saddam Hussein había sido responsable de los ataques del 11 de septiembre o que Obama era musulmán, Simic denunció lo que considera es una "rebelión de mentes opacas en contra de la inteligencia", por lo cual es acertado concluir "con Sidney Hook que la estupidez es una de las grandes fuerzas de la historia", todo lo cual es bastante conveniente para la clase política que "resiente a todo aquel que muestra la habilidad de pensar de manera seria e independiente".
Tengo la impresión de que esto es un fenómeno global. Hablo desde lo que observo en México, pero podemos citar también al exprofesor de Cambridge, Terry Eagleton, quien en un artículo en el mismo tenor que el de Simic denunció la influencia neocapitalista sobre la educación superior, considerando que las universidades son administradas como negocios y que las humanidades están al borde de desaparecer puesto que no pueden competir en la producción de capital con otras carreras. Las impresiones de Simic son sobre los estudiantes en Estados Unidos, el país con la presencia mediática más incisiva del mundo, a la vez también, el país que más influencia tiene el mundo, siendo una especie de oficina central de adoctrinamiento cultural global. Algunos países obtienen lo peor de los dos mundos, son colonizados culturalmente y económicamente, pero no reciben los beneficios materiales de la libre economía y se ven obligados a consumir objetos (como ropa o gadgets) y productos culturales de baja calidad.
Pasamos grandes cantidades de tiempo consumiendo contenido electrónico en forma de snack, pedacería diseñada para atrapar nuestra atención y ante este contenido --hecho a la medida de nuestra dopamina-- las películas de cine de arte, los libros de filosofía clásica o las novelas de autores de hace más de 50 años nos parecen aburridas. En inglés se ha creado el término "infotainment" para referirse a la información y al entretenimento como una misma (y ubicua) cosa. Hoy en día todo tiene que ser entretenido, fácil de usar y útil (en el sentido de que nos brinde un capital, algo que podamos presumir que sabemos o que podamos vender).
A su vez, no tengo reparos en manifestar que el problema de educación que vivimos es un problema de valores, es decir un problema moral y estético. Hoy la mayoría de las personas preferirían tener una habilidad que puedan capitalizar fácilmente y no una sensibilidad que sea inútil económicamente pero que alimente al individuo de belleza y de una riqueza que no cotiza en la bolsa. Nuestras prioridades y deseos hoy son determinados en función de la economía, el éxito personal (deseo aspiracional) y el materialismo y no de la estética, la ética ni la espiritualidad. En suma, simplemente digo aquí que para mi forma de ver el mundo --una visión tradicional-- el conocimiento debe estar ligado a principios que trascienden modas y corrientes pasajeras; ideas o valores que pueden encontrarse fundamentalmente en el arte, la religión y la filosofía (también en la ciencia, pero sólo en la ciencia que es capaz de encontrar sentido, es decir, en una ciencia siempre vinculada a la filosofía, como fue en el origen). Más allá de las apariencias y las rápidas descargas del hedonismo, lo que todos deseamos es entrar en contacto con algo más duradero y profundo y lo único que sabemos de cierto que trasciende nuestra corta estancia bajo el Sol son las ideas y los valores. Platón nos hablaría del Bien, de la Belleza, de la Unidad. Buda del Dharma (la ley de la cual el universo mismo es sólo una manifestación). Quizás lo mejor que tenemos actualmente --en un mundo fanáticamente secular-- son intentos como los de Carl Sagan por encontrar belleza y sentido dentro del supuesto azar de la ciega máquina universal e incrustar nuestros procesos dentro de la madeja de la evolución cósmica desde una perspectiva de participación. Sobre lo último habría que recordar que las grandes ideas de Sagan --"somos polvo de estrellas", "somos la forma en la que el universo se conoce a sí mismo"-- son solamente ecos o reformulaciones casi exactas de nociones conocidas a través de una ciencia interna hace miles de años por diversas culturas como la védica, la griega o la egipcia, entre otras.
No hay duda que sus alcances son enormes, su potencial maravilloso, pero hay que detenernos a observar si su mismo poder, su fabuloso encantamiento no está obnubilando o inundando algunos aspectos de nuestra percepción o por lo menos modificando algunos hábitos que determinan nuestra relación con el mundo y nuestra capacidad de conectarnos con los demás. El sentido de la frase de McLuhan queda claramente ejemplificado en el slogan repetido incansablemente, lo mismo por compañías de telecomunicación que sitios de internet: que nos están conectando donde quiera que estemos, todo el tiempo. ¿Acaso a la vez también no nos están desconectando del mundo real y de nosotros mismos? ¿Si estamos conectados todo el tiempo a la Red podemos estar conectados a nuestro entorno y a lo que sucede fuera de la pantalla? Como dice el anarcoprimitivista John Zerzan: "está claro que las máquinas están conectadas, ¿pero no sé hasta que punto lo están los humanos? Todos están en su teléfono celular todo el tiempo, como zombis, vas por la calle y la gente choca contigo porque está tan embobada viendo sus aparatos".
“Books cannot be killed by fire. People die, but books never die”
Franklin D. Roosevelt
¿Qué tan lejos puede llegar el ser humano, ciego por odio, para intentar borrar la historia? Por cientos de años alrededor del mundo han existido grupos de personas que han destruido, reescrito, o más infamemente, quemado libros y otros textos que reflejaban la historia de otras culturas y civilizaciones. Nunca podremos cuantificar cuánta información hemos perdido gracias a las quemas, pero podemos darnos una idea del por qué se realizaban, y la gran mayoría era por un odio profundo hacia sus contenidos. A continuación veremos algunos de los ejemplos más desgarradores de las quemas de libros y el legado que dejaron en el mundo.
La sepultura de intelectuales (China, 213 a. C. a 206 a. C.)
Cuenta la leyenda, que durante los inicios de la dinastía Qin, el emperador Qin Shi Huang ordenó la quema de cientos de textos cruciales del confusionismo, al igual que enterrar vivos a 460 intelectuales pertenecientes a las Cien Escuelas del Pensamiento. Entre los textos se incluyeron famosamente el Shi jing (Clásico de Poesía) y el Shujing (Clásico de Historia), ya que el canciller Li Si determinó que eran textos que podían corromper a la juventud y ponerle fin al totalitarismo chino. Convenientemente, todos los libros escritos sobre agricultura y medicina se dejaron intactos. Esta es una historia muy debatida modernamente, pues no hay documentos que lo pruebe (estos siendo quemados o la historia exagerada a través de las generaciones), pero lo que sí sabemos es que la humanidad perdió una gran parte del conocimiento que los intelectuales confucionistas habían recopilado por generaciones.
La Universidad de Nalanda (India, 1197 d. C.)
Se calcula que 9 millones de libros fueron quemados por invasores turcos, mamluks, dirigidos por Bakhtiyar Khilji en esta monumental universidad en el corazón de la India. La universidad en ese entonces contaba con espacio para 10,000 estudiantes y cientos de docentes. Lastimosamente durante la invasión, los mamluks decapitaron y mataron a muchos de estos monjes-docentes con el fin de imponer el islam en la India por la fuerza. Este incidente retrasó el progreso del budismo en India Continental por cientos de años, y se dice que la universidad quemó por tres meses sin parar.
Las bibliotecas de Varsovia (Polonia, Segunda Guerra Mundial)

El alza del nacionalismo alemán en los años treinta y posteriormente el nazismo trajo consigo destrucción humana inimaginable, pero también constituyó un ataque directo a la razón, historia y conocimiento. Al suprimir las rebeliones polacas de 1944, alrededor del 80% de las bibliotecas fueron quemadas por soldados especiales llamados los Verbrennungskommandos, cuya misión era quemar Varsovia hasta convertirla en cenizas. ¿Suena familiar? Quizá hayas visto algo similar en la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. De casi medio millón de volúmenes y manuscritos en la biblioteca, sólo sobrevivieron alrededor de 31,800.
Destrucción de la biblioteca de Alejandría (Egipto, año desconocido)
La destrucción de la biblioteca de Alejandría ha ganado un estatus icónico como una imagen de la autodestrucción humana. Su “conocimiento infinito” que convirtió en la biblioteca más importante del mundo antiguo, fue robado no gracias a un solo evento, sino a cientos de años de ataques enfocados en destruir su conocimiento. Durante el mandato de Julio César, un incendio englobó la biblioteca, luego bajo Aureliano en el 270 al 275 cayó bajo ataque de nuevo y finalmente tras varios ataques durante la conquista musulmana de egipto redujeron la biblioteca a las ruinas que conocemos hoy en día. En el mundo moderno sólo podemos especular las joyas que la biblioteca pudo haber tenido, simplemente como espectadores del pasado.
La inquisición española (España, 1490)
La infame inquisición duró por décadas, arrasando con todos los textos que la iglesia condenaba como herejes frente a la fe cristiana. Entre las quemas de individuos en hogueras, la tortura y la xenofobia que se cultivaba en la época, cientos de libros también sufrieron la furia de la inquisición. Por años se realizaron listas con títulos prohibidos que subsecuentemente eran tomados por la fuerza de quienes resistían, y éstos sólo alimentaban más las brasas de un fuego que no se apagaría hasta el siglo XVII. Durante las quemas, 5000 manuscritos árabes fueron destruidos en la plaza pública de Granada bajo las órdenes del Cardenal Ximénez de Cisneros. De nuevo, sólo los libros de medicina sobrevivieron.
El conocimiento es poder y en un mundo antiguo donde nadie tiene acceso a Wikipedia en su celular, los récords históricos pueden representar toda la vida de un pueblo entero por generaciones; y a pesar de lo difícil que pudo ser acumular todas esas historias, tradiciones y leyendas, todo se podía perder ante la furia efímera del fuego.
De simples, ignorantes y estúpidos
Mi columna de Invertia de esta semana se titula «La sociedad del simplismo» (pdf), y trata el tema que sin duda más me preocupa con respecto a la evolución de la sociedad en eso que llamamos pomposamente «la era de la información»: la total desconexión entre la educación y el contexto tecnológico, que conlleva que varias generaciones hayan aprendido a gestionar ese contexto por su propia cuenta y riesgo, apoyándose en otras personas tan ignorantes como ellos, o simplemente no aprendiendo y utilizándolo sin ningún tipo de criterio.
Antes de la popularización de internet, una persona ignorante sabía que lo era, y generalmente, actuaba en consecuencia, se reconocía ignorante y actuaba con cierta prudencia, o si no lo hacía, era reconocido universalmente como un estúpido, como alguien que habla de todo pretendiendo sentar cátedra sin tener ni idea. La evidencia era sencilla: para saber de algo, necesitabas obtener un conocimiento y una experiencia, lo que suponía un proceso complejo, largo y esforzado: acudir a bibliotecas, leer, hablar con expertos, etc.
Después de la popularización de internet, la tecnología que nos prometió acceso a todo el conocimiento en unos pocos clics pero que nos negamos a introducir en el proceso educativo para dotar de la necesaria experiencia y destreza en su manejo a toda la sociedad, cualquier ignorante se cree que, por haber hecho un par de clics y visto pasar un par de memes, sabe de un tema. Llevados por la simplificación extrema y por unos mecanismos sociales que refuerzan las cámaras de eco y te rodean de contenidos con los que buscas estar de acuerdo, las personas pasan a fiarse únicamente de una intuición generalmente errónea y del hecho de que pueden acceder a muchas opiniones que supuestamente les dan la razón (y les recompensan con dopamina si son incluso más vehementes defendiendo ese punto de vista, aunque sea radicalmente erróneo o directamente estúpido), y a partir de ahí, se dedican a ir por el mundo repitiendo esos mismos memes como consignas, independientemente de que lo que tengan delante sea otro ignorante como ellos, o un experto en ese campo que haya dedicado toda su vida al tema.
La inmensa mayoría de los que objetan a muchos temas mínimamente complejos utilizan supuestos razonamientos no resisten ni medio asalto ante la ciencia, la lógica o la razón. Ante la ausencia de educación en el uso de las herramientas para informarnos, la sociedad se ha llenado de simples, de ignorantes o directamente de estúpidos, tres calificativos que ahora se otorgan únicamente en función del nivel de vehemencia. Y lo peor, es que tanto simples, como ignorantes, como estúpidos votan, y su voto vale lo mismo que el de una persona responsable y bien informada: de ahí el auge de los populismos y la radicalización de la sociedad.
Al cometer la irresponsabilidad de eliminar del proceso educativo el contexto tecnológico y dejar que los ciudadanos supuestamente se «auto-eduquen» en él con el ideal de Jean-Jacques Rousseau del «buen salvaje«, hemos dado lugar a una sociedad muchísimo más fácil de manipular, de convencer con estupideces, incapaz de argumentar con propiedad y de protegerse de ideas planteadas en muchas ocasiones de manera atractiva, pero carentes de todo fundamento.
Este proceso ha tenido lugar a lo largo de muy pocas generaciones, y cualquiera que tenga un mínimo de perspectiva entre antes y después de la popularización de internet puede percibirlo perfectamente. Pero ahora la sociedad se divide entre los simples, ignorantes y estúpidos fácilmente manipulables, y toda una cohorte de supuestos profetas que pretenden manipularlos. Internet se ha convertido en el mecanismo que permite o bien programar, o ser programado, y la educación que debería habernos permitido aprender a evitarlo nunca llegó a estar ahí. «No, mejor los libros, que así no se distraen».
Ahora llegan el machine learning y la algoritmia generativa, a entregar respuestas todavía con menos esfuerzo aún, sin tener siquiera que escoger entre diez enlaces. Y de nuevo, en lugar de servir para que aprendamos a manejarla y accedamos a todas las fuentes del conocimiento, servirá para que, como idiotas, leamos un párrafo muy bien escrito y creamos que sabemos, que somos expertos en cualquier tema. ¿Quieres participar en una tertulia sobre física cuántica? No hay problema: «ChatGPT, explícame la física cuántica como si fuera un niño de cinco años». Mientras, los profesores de Física, alarmados, comentan que ChatGPT comete errores básicos de Física en sus respuestas… errores que, obviamente, ya aparecían en el conjunto de datos con el que fue entrenado el algoritmo. Y que aparecerán cada vez más, a medida que más páginas sean generadas con ese mismo algoritmo.
La sociedad del simplismo
Es una de las cosas que más me preocupa en la evolución de la sociedad: el hecho de que hayamos pasado, en cuestión de unas pocas décadas, de una sociedad desinformada porque el coste de informarse era elevado —había que estudiar, ir a bibliotecas, leer mucho, etc.— a otra que dispone de prácticamente toda la información del mundo a escasos clics de distancia… pero que está mucho peor informada que antes.
¿Qué ha pasado? Antes, una persona que no sabía sobre un tema era, por lo general, razonablemente consciente de ello. Podía tener alguna opinión que le hubiese contado un día su cuñado, pero sabía que era eso: una opinión de cuñado, y como tal la trataba. Expresamente, priorizaba otras cuestiones a la necesidad de informarse sería y responsablemente sobre un tema en concreto, para pasar a declarar su ignorancia y, aunque tuviese una cierta opinión, expresarla con prudencia y asumiendo que podía estar en situación de desventaja con respecto a otros que sí se hubiesen informado bien.
Ahora, esa idea de “a lo mejor no sé lo suficiente” ha desaparecido. En la sociedad actual, muchos se siguen informando a través de cuñados, pero como han visto su opinión en una pantalla, en un buscador o en una red social que tienen sus propios mecanismos para rodear esa opinión de miles de palmeros, asumen lo que han visto como algo escrito en piedra.
Se quedan con las soflamas, con los memes, con las gratificaciones instantáneas que reafirman lo que ellos ya pensaban o creían pensar. Y a partir de ahí, militan en su creencia y repiten esas soflamas, esos memes o esas gratificaciones instantáneas en cualquier foro, sin plantearse en ningún momento que a lo mejor eran, simplemente, una estupidez, un error, algo no riguroso o no refrendado por nada, ni por la ciencia ni por el sentido común.
Tenemos un problema importantísimo como sociedad, y la culpa no es de una tecnología en concreto, las redes sociales, sino de la forma en la que algunos han utilizado esa tecnología para enriquecerse, para edificar imperios basados en el fomento de la polarización, del odio y del enfrentamiento.
En la sociedad actual, muchos se siguen informando a través de cuñados
No, regular las redes sociales no habría servido de nada: lo que había que haber regulado no era el desarrollo de la tecnología, que no es regulable porque es imposible de desinventar, sino el uso de la tecnología. Y no solo no lo hicimos, sino que además, descuidamos lo más importante: el introducir esa tecnología en la educación, para dotar a los ciudadanos de medios con los que defenderse. Decidimos, absurda e irresponsablemente, dejar que “se educaran ellos solos”, en unos casos porque asumimos que serían suficientemente adultos como para hacerlo, y en otros porque “como son jóvenes, son nativos digitales que nacieron ya sabiendo”.
Ambas asunciones eran no solo erróneas, sino estúpidas e irresponsables. Y ahora estamos viendo las consecuencias. El crecimiento de la radicalización se debe precisamente a eso: a hordas de gente que renuncia no solo a informarse debidamente y creen en todo tipo de teorías de la conspiración convenientemente jaleadas, sino que además, renuncian a entender que otros pueden haberse tomado el trabajo de investigar, de hacer ciencia o de pensar con rigor sobre las cosas.
No importa que lo que tengas delante sea un académico, un investigador o un filósofo que ha dedicado su vida a estudiar, a experimentar o a pensar sobre un tema: en cuanto lo que dice no te gusta o toca alguno de los resortes que te han programado para hacerte saltar, le sueltas un meme o una frase más o menos inspirada —cuando no directamente un insulto o una descalificación grave— y te quedas tan tranquilo. No solo tranquilo, sino feliz y reafirmado tras una descarga de dopamina.
No, regular las redes sociales no habría servido de nada: lo que había que haber regulado no era el desarrollo de la tecnología
Que la sociedad se haya convertido en una caricatura de sí misma hecha además con trazo grueso es el mayor problema que tenemos actualmente. Miles, millones de militantes en causas absurdas, insostenibles desde ningún punto de vista mínimamente científico o de sentido común, que etiquetan a personas y cierran sus orejas (y sus neuronas) ante cualquier atisbo de algo con lo que no comulguen, simplemente porque han sido programados para reaccionar así. Da lo mismo a quien tengas delante: soltar la soflama, el meme o el insulto está muy por encima de la educación, del respeto o de normas que, como sociedad, suponíamos asumidas desde hacía mucho tiempo.
El no incorporar el cambio de contexto tecnológico a la educación nos ha destrozado como sociedad. Y para varias generaciones, ahora es posible, incluso, que sea demasiado tarde. Tenemos una sociedad en la que domina el simplismo, la asunción de una postura porque la has visto en un tweet, en una red social, rodeada de palmeros que un algoritmo había congregado a su alrededor.
La ignorancia innovadora
En cambio, Burke se interesa sobre todo por el papel jugado por la ignorancia consciente. A mi parecer, es aquí donde el libro resulta más interesante, desdibujando el antagonismo entre saber y no saber. Dos ejemplos pueden ayudar a ejemplificarlo. Por un lado, enfrentados a un problema complejo puede ser de utilidad centrarse en una de las partes de este, olvidando el resto. En este caso, la desconocimiento activo sería una estrategia que permitiría el adelanto del conocimiento y, a la larga, superar límites mentales y facilitar la resolución del interrogante global. Se trataría de ir desmadejando enigmas parciales para reducir la complejidad a retos alcanzables.
Por otro lado, identificar lo que es ignoto permite, por contraste, entender mejor lo que es sabido o la dirección hacia la que hay que dirigir esfuerzos. A pesar de parecer una paradoja, saber qué ignoramos, nos orienta. La simple identificación de las fronteras de nuestro conocimiento nos permite plantear las preguntas adecuadas y, por lo tanto, sentar las bases de futuras respuestas. La ignorancia consciente se convierte así en el primer paso hacia el conocimiento.
Tradicionalmente, una de las palancas más reivindicadas para hacer avanzar el saber —y, por lo tanto, para hacer retroceder la ignorancia— ha sido la apuesta por la innovación que, en nuestros tiempos, siempre tiene que ir acompañada del adjetivo tecnológica. No es un fenómeno extraño. Episódicamente, nuestra civilización ha quedado y queda subyugada por determinantes sintagmas, absurdamente convencidos de su fuerza performativa: como si con solo enunciarlos en voz alta y repetidamente, se hicieran presentes. En realidad, su proliferación acaba provocando la pérdida del sentido original y, o bien queda como un caparazón vacío autorreferencial, o bien se convierte en un espacio ideal para la colonización por parte de ideologías de parte. Lo vimos con el cambio de siglo, cuando todo tenía que ser «smart»; y parece que lo padeceremos ahora, cuando todo tendrá que ser «IA».
Innovar sin innovar
Para el catedrático de la UOC Eduard Aibar (Barcelona 1962), algo similar está sucediendo con la innovación tecnológica que habría pasado de herramienta a ideología. Como explica en El culto a la innovación (Ned Ediciones, 2023), esta siempre ha sido estrechamente vinculada a la evolución de la humanidad que ha determinado su invención, usos y vigencia. El problema surge cuando abandona su carácter auxiliar y pasa a ser protagonista.
Esta transformación coincide en el tiempo con el triunfo del neoliberalismo, con la aparición de supuestos gurús —más próximos al fraude y el autobombo que al verdadero conocimiento—, y con la solución de cualquier problema fiándolo todo al último ingenio tecnológico. Cargado de referencias nacionales e internacionales y de una larga experiencia en la historia de la ciencia y la tecnología, sin duda las mejores páginas del libro son las dedicadas al desmontaje inmisericorde —de la mano de la ironía y, incluso, el sarcasmo— del globo de la tecnofilia utópica. Así, Aibar describe cómo, en los últimos años, se ha desatado una (loca) carrera que, de la mano de la obsolescencia programada, de la creencia en el crecimiento infinito y de un capitalismo del beneficio omnipresente, exige una innovación constante: una innovación por la innovación.
Esta sacralización impone una lectura teleológica de la evolución humana. Se descarta así la convivencia con otras tecnologías innecesariamente descartadas, el cuestionamiento de discursos tautológicos, la duda sobre la imposición del factor económico por todas partes, las críticas a la concentración de poder en pocas multinacionales y a la conculcación de derechos históricos ahora erosionados… Como destaca en el prólogo la también profesora de la UOC Marina Garcés, el profesor Aibar nos da herramientas para combatir esta credulidad impuesta y asumida acríticamente por gobiernos y amplios colectivos profesionales.
La denuncia señala tanto la irracionalidad de los discursos oficiales al adoptarla como dogma, como la existencia de unos beneficiarios directos. Así, no estamos ante un efecto inocuo, dado que todo ello impacta negativamente sobre la sociedad misma y crea un argumentario que favorece la concentración de poder en unas pocas manos. Como explicaba recientemente el ensayista Jorge Dioni, «la desigualdad no es un efecto de investigación. Es un efecto buscado».
Invasión de la tecnología
De aquí la necesidad, como nos recuerda el mismo Aibar, de tener presente que «para innovar es muy recomendable ser cuidadoso, estar alerta a los detalles, ser más generoso que egoísta respeto a lo que sabes y no dejarse atrapar por retóricas grandilocuentes». Porque si no, se impone este innovar sin innovar, con efectos ya visibles en ámbitos como la educación o la medicina. Precisamente, el médico Antonio Sitges-Serra, firma habitual de estas páginas, se ha destacado por levantar la voz contra esta invasión de la tecnología.
En su libro Si puede, no vaya al médico (Debate, 2020), cuestionaba abiertamente la deriva economicista, la utopía tecnocientífica y el hedonismo inhumano hacia los que deriva la actual medicina occidental. Sin caer tampoco en el otro extremo, Sitges-Serra reivindicaba la centralidad del humanismo, la aplicación de criterios coste-beneficio, la aceptación de nuestra finitud y una comprensión más holística de la sanidad. De alguna manera, y como pedía Dou siglos atrás, los autores citados nos recuerdan que hay que desconfiar de las ruedas de molino, que ni la tecnología ni el progreso lo pueden resolver todo, y que tan peligrosa es la resignación fatalista como la infantilización utópica.
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