lunes, 31 de agosto de 2026

Internet, una cátedra de ignorancia en Babilonia.

 


Hércules en la encrucijada, de Annibale Carracci (1596). Museo de Capodimonte, Nápoles. Ilustra el mito de la elección de Hércules joven entre el difícil, incómodo, empinado y escarpado camino del conocimiento y el fácil y placentero, pero engañoso y estéril, de la ignorancia.

El saber de Internet, 

¿nos vuelve más ignorantes?




Afirmar que Internet ha desencadenado una revolución cultural de alcances difíciles de predecir ya tiene la consistencia, el color y el perfume de una obviedad.


Que esta revolución haya dado vuelta nuestra vida cotidiana de manera insensible y a la vez radical, tampoco ofrece un campo floreciente de dudas, ya que cada vez más nuestras vidas son vidas hipercomunicadas ... por obra de Internet.


Que semejante mutación global suponga algo comparable al tsunami producido por la irrupción de la imprenta en la trama del conocimiento, es una de las hipótesis que más se agitan.



Pero que la lectura, a través de los diversos soportes de Internet, esté cambiando las formas del pensar, ya tiene el espesor de un paso hacia el más allá.


Desde un punto de vista estrictamente biológico, Gary Small, de la Universidad de California, asegura, después de haber realizado una serie de estudios, que “la búsqueda en Internet parece involucrar una mayor extensión del circuito neuronal que no se activa durante la lectura.” Según estas investigaciones, la actividad en la red da la impresión de “fortalecer el cerebro de los mayores y los adultos de mediana edad a medida que envejecen.” Pero para el experto en tecnologías de la información y la comunicación, Nicholas Carr, en la Web “la lectura profunda, que solía suceder en forma natural, se ha convertido en un esfuerzo”.



Según este asesor de la Enciclopedia Británica, “l a mayor amenaza es su potencial para disminuir nuestra capacidad de concentración , reflexión y contemplación”.


Un estudio del University College de Londres concluyó que la mayoría de los usuarios “no leen online del modo tradicional: echan vistazos horizontalmente a través de títulos, páginas y resúmenes en busca de satisfacciones inmediatas.” Una lógica, que más que guiada por el afán por conocer, la más crasa curiosidad o el placer de la lectura, obedece, más bien, a la dinámica del consumo, sintetizada como pocos por el mítico rockero Luca Prodan con aquella frase de “no sé lo que quiero, pero lo quiero ahora”.


El crítico argentino Alberto Manguel, autor de la excelente Una historia de la lectura , se suma a las filas apocalípticas: “Vivimos en una época en la que valores como la brevedad, superficialidad, rapidez y simpleza son absolutos.


Nunca lo habían sido. Los valores que desarrollaron nuestra sociedad fueron los de la dificultad (para aprender y sobrellevar los problemas), la lentitud (para reflexionar y no actuar impulsivamente) y la profundidad (para adentrarse en un problema). Si se prescinde de esos valores se obtienen reacciones banales fácilmente manipulables”.




Para Manguel, si bien Internet permite un uso inteligente, “es sobre todo un instrumento que brinda la ilusión del conocimiento sin esfuerzo , a través de la acumulación ilimitada, y prefiere lo superficial a lo profundo, lo inmediato a aquello que requiere tiempo y fatiga. Pero, claro, depende de quién lo usa y cómo es usado”.


Con él coincide Maryanne Wolf, investigadora de la lectura y el lenguaje de la estadounidense Tufts University, a quien le preocupa que “la información sin guía pueda crear un espejismo de conocimiento y así restrinja los largos, difíciles y cruciales procesos de pensamiento que llevan al saber auténtico.” Del lado de los optimistas se anota Raymond Kurzweil, experto en inteligencia artificial, que razona: “Ahora confiamos en Google como un amplificador de nuestra memoria; incluso recordamos peor las cosas sin él.



Cuanto más confiamos en la incorporación de las máquinas en la parte no biológica de nuestra inteligencia, la parte biológica trabaja menos, pero la combinación total aumenta su inteligencia.” De esta forma, “mezclarnos con esa tecnología nos termina haciendo más inteligentes”.


Siempre es más fácil pensar que quizá la razón la tengan los del medio.


Pero lo que supondría una magnífica ironía de Dios -según la metáfora borgeana- consistiría en que poseer, por primera vez en la historia, la suma del conocimiento al alcance de un click nos terminara convirtiendo en flamantes bárbaros que surfean su ignorancia como imbéciles, convictos a perpetuidad en la mecánica convulsa del zapping.





"La sociedad del conocimiento nos hace más ignorantes"
Daniel Innerarity
Daniel Innerarity, catedrático de filosofía política y social, reflexiona sobre los vertiginosos cambios sociales, económicos y políticos que estamos viviendo en la actual sociedad del conocimiento, que él también denomina de la ignorancia. Considera que la escuela debe mantener algunos saberes básicos e impulsar nuevos aprendizajes para responder a los retos de una sociedad hiperconectada, en la que el exceso de información lleva a la confusión, y que carece de orientaciones y filtros.

¿Qué es lo básico hoy en educación?

El mundo se ha vuelto tremendamente complejo. Yo nací cuando empezaba la televisión, cuando no había Internet, en plena guerra fría, en una dictadura, con puestos fronterizos en Europa, un mundo que a mis hijos les cuesta entender. La gran aceleración social, cultural, política y económica hace que la única certeza que tenemos es que el mundo de nuestros hijos tendrá poquísimo que ver con el nuestro. Ni siquiera podemos adivinar a qué mundo laboral se van a enfrentar. Esto crea una enorme dificultad a la hora de educar, por lo que más vale que la educación se concentre en aquellos aspectos que no van a caducar.

¿Y en qué se concreta?

Si tuviera que simplificar: en saberse expresar, saber matemáticas y tener un sentido cívico. De casi todo lo demás podríamos prescindir.

¿Prescindiría de la filosofía?

Quizás esto no sea muy correcto políticamente entre mis colegas, pero yo diría que también, porque ya está en esos aprendizajes. Cuando corregía exámenes de selectividad, me encontraba con muchas respuestas correctas, con exámenes que tenía que calificar con sobresaliente, pero en los que claramente se percibía que habían entendido poco y que pensaban que aquello no servía para nada.


¿Y realmente sirve para algo?

No si se explica como una sucesión de ocurrencias de gente rara, que vive a cien metros del suelo y lejos de los problemas reales de la sociedad. Pero si uno lee a Platón ve que estaba hablando de problemas que cualquiera podía entender, con gran profundidad y sin necesidad de una jerga incomprensible o elitista.

Pero en muchos casos no se ha explicado así la filosofía.

Tenemos que hacer autocrítica. Siento generalizar, pero creo que no hemos sido capaces de hacer que los alumnos sientan que la filosofía es algo que tiene que ver con sus problemas y con su vida. Pero la crisis de la filosofía en la enseñanza también tiene que ver con la falta de reconocimiento o el contexto de empleabilidad, pragmatismo y utilitarismo en el que vivimos. Los filósofos somos imprescindibles, aunque no seamos muy útiles. De hecho, la experiencia habitual del filósofo es el fracaso, estamos acostumbrados a hacernos preguntas y a ponernos problemas frente a los cuales solo se puede demostrar nuestra incompetencia, algo contradictorio con el gozo de la rentabilidad que hoy se busca en todo.



Volviendo a los saberes básicos, ¿cree que hay sobreabundancia de contenidos?

Cuando yo estudiaba en la Universidad, la transmisión de datos era muy importante, había bibliotecas pequeñas, poco acceso a otros idiomas e insuficiente circulación de información. Hoy es muy distinto educar porque no tenemos delante a sujetos supeditados a la escasez de datos, sino a personas que tienen delante excesiva información e insuficientes orientaciones. El problema no es la ignorancia, sino la confusión. Hoy los datos son una distracción.

Pero son imprescindibles…

Como dice un poeta americano, Donald Hall, “la información es la enemiga de la inteligencia”, el exceso de datos no nos deja pensar. El aumento de información va acompañado de un avance muy modesto de nuestra compresión del mundo. El antropólogo Gregory Batenson decía que si quieres saber si una persona o una organización es inteligente, examina el uso que hace de su papelera. Es decir, dime de lo que prescindes y te diré lo que eres. Hoy, los que nos dedicamos a educar deberíamos orientar y señalar dónde no hay que perder el tiempo, saber lo que no se necesita saber.


¿Y cómo resolvemos el problema de que el profesorado también está desbordado por la información y, en muchos casos, carece de competencia para orientar en ese océano?

Es cierto que es una dificultad, pero es lo que tenemos que hacer porque la información no distingue lo que tiene sentido de lo que no lo tiene. La transformación de la educación va por ahí. En la sociedad del conocimiento, tenemos que desarrollar habilidades muy diferentes, propias de una época de hiperconectividad.

¿A qué habilidades se refiere?

Antes la conexión era un lujo, conocer gente, estar en contacto, pero hoy vivimos en una sociedad en la que todo está conectado y lleno de estímulos, y en la que se nos piden respuestas inmediatas. Sin embargo, no somos conscientes de que pensar es interrumpir, darle a un interruptor y sustraerse a esa vorágine. Por eso hemos de aprender la desconexión, la atención y a saber gestionar la información de la que disponemos. Cada vez afirmamos más cosas que nos han dicho y que no hemos pensado ni experimentado nosotros mismos; quizás sea irremediable y, en determinados casos, necesario, pero hay cosas serias para las cuales, como decía Kant, “el yo tiene que acompañar a mis representaciones”, es decir, distinguir entre pensar o simplemente repetir acríticamente.

¿Eso qué supone en la tarea de un profesor?

Recuerdo a un profesor de Bachillerato que nos enseñaba de una manera muy indirecta; cuando se le formulaba una pregunta, se quedaba pensando un rato, y a nosotros nos impacientaba y pensábamos que no tenía ni idea. Posteriormente he pensado que aquella persona nos respetaba más que quien respondía de manera inmediata, incluso antes de terminar la pregunta. Ese pequeño gesto de quedarse pensando creo que educa más que todas las teorías.

Antes se refería a que vivimos en una sociedad cada vez más compleja e hiperconectada. ¿Eso es lo que caracteriza a la sociedad del conocimiento?

Una sociedad del conocimiento es aquella en la que el saber central es el saber crítico, revisable y reflexivo, y no tanto un saber empaquetado que recibimos acríticamente. Lo que tiene valor, por ejemplo, en el mundo económico, es la innovación, que equivaldría a la reflexividad o a la creatividad en el mundo del conocimiento.


Usted, de manera provocativa, señala que esta sociedad, más que del conocimiento, es una sociedad de la ignorancia, ¿por qué?

Porque es una sociedad que asombrosamente nos hace a todos un poco más tontos. Pensemos en nuestros abuelos, ellos sabían muchas menos cosas que nosotros, pero el número de cosas que no conocían era relativamente pequeño en relación al número de cosas que sabían y, por lo tanto, no vivían como un drama ese contraste. Su mundo era familiar, reconocible, pequeño. Por el contrario, nosotros sabemos mucho más que nuestros antepasados, pero lo que ignoramos es mucho mayor, porque el número de cosas potencialmente conocible por cada uno de nosotros es infinito. La vivencia del tiempo en nuestra sociedad es de escasez, sentir qué poco tiempo tenemos, mientras que la vivencia de nuestros abuelos era de lentitud temporal. Por un lado es una cuestión cuantitativa, hay mucho más saber disponible y accesible al que no vamos a poder nunca llegar. Pero hay otro elemento que hace dramática nuestra vivencia del saber.
Un nómada del conocimiento
Su tatarabuelo James nació en EEUU, su familia era escocesa, vivió en España y murió en Francia. En cada uno de esos sitios le fueron cambiando el nombre, en España era Santiago y en su certificado de defunción consta como Jacques Innerarity. Fue uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza y, según parece, el toque británico de esta institución procede de su relación con Francisco Giner de los Ríos, a quién enseñó inglés.
Daniel Innerarity, nacido en Bilbao en 1959, no ha cambiado de residencia por razones políticas e históricas, sino porque se considera un “nómada del conocimiento” y ha heredado el espíritu liberal de aquella institución. En busca del conocimiento ha “emigrado” a Alemania, Francia, Italia, Suiza, Inglaterra, como estudiante, profesor o investigador, con regresos permanentes a España. Aquí ejerce como catedrático de filosofía e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y es el director de su Instituto de Gobernanza Democrática. Es colaborador habitual en los diarios El País y El Correo, así como de la revista Claves de razón práctica.

Su cadena de premios en el ámbito del ensayo es interminable: el Miguel de Unamuno, en 2002 y el Nacional en 2003, por La transformación de la política; el Espasa de Ensayo en 2004, por La sociedad invisible; el de Humanidades de la Sociedad de Estudios Vasco-Eusko Ikaskuntza, en 2008; el premio al mejor libro de filosofía en lengua francesa, en 2011, por Ética de la hospitalidad; el Euskadi de Ensayo por La democracia del conocimiento, en 2012. La mayor parte de sus libros han sido traducidos en Francia, Inglaterra, Portugal, EEUU, Italia y Canadá. Ha sido considerado por la revista Le Nouvel Observateur como uno de los 25 pensadores más importantes del mundo.
Acercarse a la filosofía y a los libros de ensayo filosófico no suele ser cómodo, pero la fácil legibilidad y la actualidad de los temas objeto de sus reflexiones ha permitido un mayor acercamiento de sus trabajos a la sociedad. Nada de lo que ocurre le es ajeno, y sus preocupaciones abarcan el futuro, Internet, el conocimiento, la democracia, Europa o la cocina, sobre cuyo tema ha publicado un libro con el cocinero vasco Aduriz, un cinco estrellas Michelin.
Se muestra muy satisfecho de sus dos hijos, de 11 y 13 años, ávidos lectores, que le han acompañado en este proceso nómada y que se han empapado también de la diversidad del mundo y de sus sistemas educativos. En su casa, cerca de Pamplona, el filósofo no tiene un lugar aislado para pensar, trabaja en una gran mesa, en la que también tienen su espacio su mujer y sus hijos, al lado de un inmenso ventanal con vistas a la llanada y a las montañas navarras.



¿Cuál?

Tenemos que abordar una serie de problemas como sociedad -el cambio climático, el espacio financiero, la intervención en la naturaleza vía modificación genética, la anticipación del futuro si no queremos cometer errores…-, para cuya solución se requiere un gran volumen de conocimiento. El problema es que nunca tendremos suficiente. Es decir, viviremos en una situación que no sentían nuestros abuelos: la incertidumbre de tomar decisiones con un saber incompleto. Además, como decía antes, somos cada vez más dependientes del saber de otros, vivimos en un mundo de segunda mano, en el que casi todo lo sabemos a través de determinadas mediaciones. Pero el mundo es tan complejo que necesitamos instancias de mediación de las que nos tenemos que fiar.


Pues no es nada fácil fiarse, por ejemplo, de los medios de comunicación o, sin ir más lejos, de las agencias de rating o de calificación de riesgos.

Es cierto que una de las cosas más dramáticas de la crisis económica es el gran fallo de estas agencias, porque los constructores de la confianza se han revelado como unos falsificadores; sin embargo, siguen haciendo falta y por eso no se han hundido. Leer periódicos o contratar un plan de pensiones supone un acto de confianza. Es inevitable, y hace que nos sintamos con una peculiar inseguridad y angustia que nuestros antepasados no sentían, es lo que llamo la sumisión del usuario.

En alguna ocasión le he oído decir que la crisis no es porque hayamos gastado por encima de nuestras posibilidades, sino porque hemos confiado por encima de nuestras necesidades.


Así es, nos han engañado. Por eso, el tema de la confianza y la fiabilidad de los expertos es ahora uno de los grandes debates de la sociedad. Antes hablábamos de los saberes básicos y no sé cómo todo esto se puede traducir en una asignatura de “expertología”, por llamarla de alguna manera, que tendría que ver con un aprendizaje completamente nuevo para la humanidad: aprender a delegar con conocimiento y criterio. Nos deberían formar para adquirir el equilibrio de confianza y desconfianza correcto para cada tema, y en función del momento.

En relación a este tema de la confianza, Internet parece envolverlo todo en la sociedad actual ¿Cuáles son sus peligros?

La beatería digital. Pensar que los problemas culturales, políticos o sociales se resuelven con una tecnología. Es un medio potentísimo y estructurante de la sociedad, pero solo un medio, es como creer que con la invención de los coches se han acabado los problemas migratorios de la sociedad, son dos cosas de naturaleza completamente distinta.

Entonces, ¿qué actitud debemos tomar ante Internet?

Internet es un instrumento maravilloso que ha transformado incluso la manera de investigar, pero es más un bazar que un ágora. El tipo de lectura en Internet es peripatética, un poco frívola, apasionante y curiosa, que nos lleva de un sitio a otro sin ningún control. Un ejemplo: si entras en una página de Internet y encuentras un texto largo donde aparece un personaje hablando de una magdalena en un desayuno, seguro que cambias de página, y con esa decisión has dejado pasar En busca del tiempo perdido. Los libros, al contrario que Internet, son un agente disciplinador de la atención. Si te fías de Proust y empiezas su novela, te va llevando, a veces, por sitios aburridos, pero si resistes, descubres una descripción de la psique humana apasionante. La lectura de Internet es una lectura impaciente, en cuanto no nos engancha, saltamos a otro sitio. A mí me gustaría tener ambas cosas, no perder esa capacidad disciplinadora de la lectura, casi sumisa, pero tampoco perder esas ventanas abiertas que son Internet. Esto también es labor de la educación.


¿Cree que la escuela está cumpliendo esta función?

Vivimos en sociedades domésticas, y en entornos y barrios muy homogéneos, rodeados de gente parecida a nosotros. Además, vamos hacia un sistema dual, en el que lo privado es muy privado y muy diferente de lo público. Esta tendencia a la redundancia, mayoritaria en la sociedad, nos está haciendo peores y menos inteligentes. Antes, por la propia estructura social, la escuela, sobre todo la pública, era un lugar donde se juntaba gente dispar y donde el aprendizaje de lo que es la diversidad era muy fácil.

¿Y ya no cree que sea así?

Ahora, la escuela, que es el primer lugar de aprendizaje de la diversidad, no está cumpliendo bien esta función, fundamentalmente por motivaciones políticas. Hoy, con la guetización, sectorialización y fragmentación de la sociedad, o uno busca lo contrario o distinto de sí o puede no encontrarlo nunca y pensar que todo el mundo es fan del Atlético de Bilbao, o incluso que es tan raro que no le gusta el fútbol (gran carcajada).

Usted dirige el Instituto de Gobernanza Democrática, ¿cree que el alumnado sale de la educación obligatoria con una idea precisa de lo que es la democracia compleja actual?

Nosotros en casa, con nuestros hijos, hablamos mucho de política y de actualidad. Me suelo reír cuando mi hijo pequeño, Jon, de 11 años, me dice que le llaman “el político” porque tiene opinión sobre las cosas. Y por lo que me cuentan, sus compañeros no suelen tener una opinión fundada sobre la mayoría de los temas. Hay una gran ignorancia, no culpable, acerca de nuestros principales problemas políticos, y tenemos un discurso público, en los medios, muy simplificador.

¿Quizás se debe a que, basándose en la neutralidad, se ha renegado de la reflexión y la formación democrática y política en la escuela?

Cuando hace algunos años se discutía acerca de Educación para la Ciudadanía, pensaba que era una de las materias fundamentales. Desgraciadamente, ahora mismo, politizar algo es un estigma, es hacerlo partidario o sectario; pero politizar, en su sentido más puro, es someter algo a pública discusión. Lo que antes estaba en manos de los expertos, los autoritarios o los sacerdotes, lo ponemos en manos de la libre discusión y decisión de la gente. Yendo a una idea básica, en el mundo actual estamos poniendo patas arriba la autoridad.


¿Y qué le parece?

Recuerdo a un profesor de Oxford que nos decía que cuando alguien habla de crisis de valores, está pensando en lo caro que es el servicio doméstico. Yo digo que cuando alguien habla de crisis de autoridad, en lo que está pensando es en que ya no nos tratan de usted ni se ponen de pie cuando entramos en clase. Eso son bobadas. Autoridad es algo más radical: quién tiene competencia para decidir y conforme a qué criterios. Los padres tenemos dificultades porque vivimos en un mundo completamente distinto y porque la sociedad se ha horizontalizado. Cuando yo hice las oposiciones a catedrático, nadie me dijo que los alumnos me iban a evaluar, era algo inconcebible. Las cosas han cambiado mucho y es mejor así.


Vivimos en la Era de la Ignorancia: 
la ilusión de la tecnología (I-II)


Vivimos en la era de la ignorancia? ¿Acaso no la tecnología prometía alfabetizar al mundo y llevar a todo el orbe los frutos de la sociedad tecnológica y científicamente docta?


 

Nuestra era ha embanderado la tecnología como una nueva Ilustración. Hace algunos años, la ONU y el MIT lanzaron el programa "Una laptop por niño", en una especie de cruzada mundial de educación bajo el supuesto de que tener una computadora era un derecho universal --casi tan fundamental como la comida-- y el detonador de la liberación de las fuerzas opresoras de la pobreza y la dictadura. La computadora, sugiere el director del Media Lab del MIT y cabeza del proyecto, Nicholas Negroponte, es la herramienta de conocimiento más poderosa de la historia. En esto estaría de acuerdo Steve Jobs, quien en varias ocasiones habló del poder de las computadoras de revolucionar el aprendizaje, y quien, incluso más que Negroponte, se encargó de evangelizar al mundo y hacer que las computadoras fueran ya no sólo deseables sino imprescindibles (al menos para nuestra percepción). 


No hay duda de que la tecnología moderna ha "revolucionado" el conocimiento, pero quizás, a diferencia de lo que supone Negroponte, esta revolución no ha significado una verdadera Ilustración, ni un incremento de un conocimiento capaz de mejorar la vida de las personas y, por qué no, de liberarlas de la opresión política y social --que a fin de cuentas es el sentido esencial del conocimiento: usarse para vivir bien, no sólo para informarse. Quizás ha ocurrido lo opuesto, de la misma manera que la evangelización de la Iglesia Católica significó el yugo y la pérdida de tradición e identidad de los pueblos indígenas de América. Negroponte y la ONU fundamentalmente reparten computadoras en África, pero esta evangelización tecnológica ha ocurrido de manera global, casi sin que nadie se inquiete por lo sucedido. Y es que asumimos que las computadoras y la tecnología no tienen ninguna agenda y son esencialmente bienes materiales de gran valor cultural. (El filósofo anarcoprimitivista John Zerzan sugiere que existe “una intencionalidad en la tecnología… La Revolución Industrial no fue sólo sobre economía. Como dice Foucault, fue más sobre imponer una disciplina”). 

Hace algunos años con la llegada del Internet se decía que vivimos en la era de la información. Esto es indudable, todos hemos escuchado sobre cómo en nuestra época cada 5 años o algo así se duplica la cantidad total de información que generamos. El problema es que más información y más "especialistas" no nos hacen como individuos ni como sociedad más sabios. A fin de cuentas la persona que puede contestar innumerables preguntas de trivia es sólo una curiosidad, la persona verdaderamente admirable es la que puede integrar toda esa información y aplicarla no sólo para producir algo valioso según el mercado --como un nuevo gadget-- sino para aplicarla en su vida diaria y vivir sana y felizmente (independientemente de las presiones de su entorno). Esta es la forma de hacer real la información que de otra manera sólo nos lleva a estar inmersos en un torrente virtual de data, que nunca para, pero tampoco llega a ningún puerto, nunca está en paz.


Es posible que nos estemos apantallando por la cantidad de información que manejamos y confundiéndola con conocimiento cualitativo. Karl Taro Greenfeld escribe en un artículo en el New York Times:

Nunca ha sido tan fácil fingir que sabemos tanto sin verdaderamente saber nada. Elegimos temas y bits relevantes de Facebook, Twitter o alertas de email y los vomitamos después. En vez de ver Mad Men, el Superbowl, los Óscar o el debate presidencial, simplemente puedes navegar los feeds de alguien haciendo live-tweets del evento o leer los encabezados de los diferentes sitios. Nuestro canon cultural está siendo determinado por lo que sea que tenga más clics.

Un estudio reciente sugiere que las personas que dicen ser expertos en realidad no lo son y existe una tendencia innata a exagerar lo que sabemos. Quizás esto está pasando a escala global: una alucinación colectiva de creer o fingir que sabemos. "Nos acercamos peligrosamente a dar un performance de sapiencia que es en realidad un nuevo modelo de no-saber-nada”, agrega Taro Greenfeld. ¿Saber un poco de todo es lo mismo que no saber mucho de nada? O, ¿de toda esta panoplia de trivia, de todas las conexiones de datos superfluos, del agregado hipervinculado surge, como de una gestalt holística, la sabiduría?

En otro ensayo en el New York Times, astutamente titulado “Our (Bare) Shelves, Our Selves” (algo así como "Nuestros libreros vacíos hacen de nuestros seres ceros") , Teddy Wayne escribe:


Los medios digitales nos entrenan para ser consumidores de banda ancha más que pensadores reflexivos. Descargamos una canción, un artículo, un libro o una película instantáneamente, la vemos (si es que no nos quedamos distraídos revisando el infinito inventario que se ofrece) y avanzamos a la siguiente cosa inmaterial.

Esto parece ser lo que está ocurriendo, la simple tesis de que sabemos más datos, sobre muchas más cosas, pero en realidad conocemos menos cosas a fondo, y tenemos menos capacidad de transformar lo que conocemos en algo valioso (y no me refiero a algo con lo que podemos ganar dinero). Somos cada vez más superficiales, adictos a tener cosas, a la pura materialidad, y menos capaces de profundizar y menos interesados por las ideas y los aspectos inmateriales de la realidad. 

El lector podrá claramente argumentar en contra de la tesis de este artículo que, en "la era de la ignorancia", cómo es posible que el autor sepa que no sabemos. ¿Acaso no hay una contradicción? Ciertamente será un buen punto, pero me parece que es posible argumentar, con Sócrates, que el primer paso hacia el conocimiento es aceptar la propia ignorancia y esta humildad no es algo que uno pueda apreciar en la ciencia y en la tecnología modernas que avanzan con una supuesta seguridad inexorable a conquistar la realidad bajo un estrecho paradigma materialista, que poco se pregunta sobre las consecuencias que su "conocimiento" produce en la psique de los individuos y en su búsqueda de significado, y que impone su visión de mundo (de la misma forma que los misioneros religiosos). Por otro lado, más allá de citar estadísticas de lectura, desigualdad, destrucción ecológica o demás cifras que podrían indicar un deterioro cualitativo de nuestra experiencia en el mundo, me remito a la observación del entorno, justamente a la dimensión cualitativa de la realidad y hago una pregunta al lector: si en su entorno nota un incremento del conocimiento que hemos aquí definido como de uso práctico, ético y hasta espiritual (no necesariamente en el sentido religioso, pero que llena de significado la existencia).

En la segunda parte de este ensayo seguiremos la tesis del poeta Charles Simic, quien en 2012 describió nuestra era como "la Era de la Ignorancia", notando que cada vez los jóvenes a los que enseña literatura en la universidad llegan con menos conocimiento y que existe, como si fuere, una estupidización generalizada de la población en Estados Unidos, la cual es sumamente conveniente para la clase política y la élite empresarial. 


En un efusivo artículo de 2012 publicado en el New York Review of Books el poeta Charles Simic declaraba que estamos viviendo en la Era de la Ignorancia. Desencantado por las manifestaciones culturales de su país, donde en algún momento el grueso de la población llegó a creer que Saddam Hussein había sido responsable de los ataques del 11 de septiembre o que Obama era musulmán, Simic denunció lo que considera es una "rebelión de mentes opacas en contra de la inteligencia", por lo cual es acertado concluir "con Sidney Hook que la estupidez es una de las grandes fuerzas de la historia", todo lo cual es bastante conveniente para la clase política que "resiente a todo aquel que muestra la habilidad de pensar de manera seria e independiente".

Lo que más me llamó la atención de leer el artículo de Simic, un destacado poeta amigo de Octavio Paz, es su diagnóstico puntual, basado en su observación como profesor universitario de literatura, de que los jóvenes son cada vez más ignorantes, pasan de la escuela a la universidad sin estar preparados y sobre todo adoleciendo en conocimientos de historia. Esto mismo lo detecta Rushkoff en cierta forma en su libro Present Shock: inundados por enormes cantidades de información noticiosa, perdemos las noción de las grandes narrativas, de la continuidad del tiempo y la memoria. Todo es un perpetuo y atiborrado "ahora". Simic escribe sobre la notable carencia que tienen los jóvenes de las grandes ideas de otros tiempos:

Hemos necesitado muchos años de indiferencia y estupidez para hacernos tan ignorantes como somos hoy. Cualquiera que haya enseñado en una universidad los últimos 40 años, como yo lo he hecho, puede decirte que los estudiantes que salen de la preparatoria cada año saben menos. Primero fue desconcertante, pero ya no sorprende a ningún instructor universitario que los amables y entusiastas jóvenes que se enrolan en las clases no tienen la habilidad de retener la mayoría del material que se enseña. Enseñar literatura inglesa, como yo he hecho, se ha vuelto más difícil cada año, ya que los estudiantes leen menos literatura antes de entrar a la universidad y carecen de la más básica información histórica del período en el que una novela o un poema fue escrito, incluyendo las ideas y los asuntos que ocupaban a las personas de ese momento.


Tengo la impresión de que esto es un fenómeno global. Hablo desde lo que observo en México, pero podemos citar también al exprofesor de Cambridge, Terry Eagleton, quien en un artículo en el mismo tenor que el de Simic denunció la influencia neocapitalista sobre la educación superior, considerando que las universidades son administradas como negocios y que las humanidades están al borde de desaparecer puesto que no pueden competir en la producción de capital con otras carreras. Las impresiones de Simic son sobre los estudiantes en Estados Unidos, el país con la presencia mediática más incisiva del mundo, a la vez también, el país que más influencia tiene el mundo, siendo una especie de oficina central de adoctrinamiento cultural global. Algunos países obtienen lo peor de los dos mundos, son colonizados culturalmente y económicamente, pero no reciben los beneficios materiales de la libre economía y se ven obligados a consumir objetos (como ropa o gadgets) y productos culturales de baja calidad.

Simic hace hincapié en que una de las cosas que se está perdiendo es el conocimiento de la historia --encandilados por el nuevo smartphone que hace desechable todo lo demás (incluyendo nuestra memoria); sin una noción histórica, el pueblo es fácilmente manipulable ya que no tiene el alcance de visión para percibir que los políticos están recurriendo a los mismos trucos o a las mismas falsas promesas que han utilizado antes sin entregar nunca resultados. Como dijo el filósofo George Santayana, "aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo". Me pregunto si, correteando las actualizaciones incesantes que nos hacen llegar nuestros aparatos, no nos estaremos programando para repetir los mismos errores del pasado, pensando que éste ya no existe, que ya lo hemos superado y con él los grandes desafíos de la condición humana. Simic considera que nuestra ignorancia, en el mundo real, nos hace presa fácil de la manipulación política e ideológica. "Para empezar, hay más dinero que ganar de los ignorantes que de las personas educadas, y engañar al pueblo es una de las pocas industrias que seguimos manteniendo en este país. Un pueblo verdaderamente ilustrado sería malo para los políticos y los negocios".  

Cómo explicarnos este incremento en la ignorancia --incremento al menos en lo referente a las bellas artes, a las tradiciones religiosas, a la historia. Simic culpa en Estados Unidos a la educación. "No hay duda de que el Internet y la televisión por cable han permitido que variados intereses políticos y corporativos diseminen desinformación a una escala antes imposible, pero para que eso sea creído es necesaria una población malamente educada y desacostumbrada a verificar las cosas que se le dicen". Me pregunto si no existe una especie de loop de retroalimentación entre los medios electrónicos y la carencia educativa, uno magnificando el efecto de la otra. 



Pasamos grandes cantidades de tiempo consumiendo contenido electrónico en forma de snack, pedacería diseñada para atrapar nuestra atención y ante este contenido --hecho a la medida de nuestra dopamina-- las películas de cine de arte, los libros de filosofía clásica o las novelas de autores de hace más de 50 años nos parecen aburridas. En inglés se ha creado el término "infotainment" para referirse a la información y al entretenimento como una misma (y ubicua) cosa. Hoy en día todo tiene que ser entretenido, fácil de usar  y útil (en el sentido de que nos brinde un capital, algo que podamos presumir que sabemos o que podamos vender). 

Hace unos días me encontré con esta increíblemente popular app llamada Blinkist, la cual tiene cientos de miles de usuarios y decenas de millones de seguidores en las redes sociales. Me pareció sintomática de lo que Simic llama la Era de la Ignorancia a la vez que, paradójicamente, denota un fuerte deseo de saber. Blinkist ofrece resúmenes de miles de libros que puedes leer en 15 minutos, una especie de resumen ejecutivo compuesto de puros "insights" de populares obras de no ficción. Promete hacerte más inteligente y ahorrarte toda la paja y la molestia de tener que realmente leer el libro. En nuestra era todos queremos ser CEOs, todos traducimos el tiempo en dinero y todos nos preparamos para pasar el examen (no para realmente aprender, sino para parecer que sabemos lo suficiente para pasar el punto de control y obtener el beneficio social o económico).

noosphere-2Se podrá argumentar que los jóvenes no saben menos sino que sus saberes están orientados a lenguajes científico-técnicos, como por ejemplo la tecnología de la información, a través de la cual pueden, por ejemplo, extender su memoria a la Red y utilizar la Nube como un almacén de información mucho mayor de lo que las mentes más prodigiosas albergaban en la antigüedad. Y, también, el siempre citado argumento de que las habilidades intelectuales modernas están orientadas hacia el reconocimiento de patrones y no a la memorización de información. Como si fuéramos más ligeros y estuviéramos uniéndonos a una mente global incorpórea. En algún momento esto puede llevar a creer incluso que estamos por manifestar el sueño de Teilhard de Chardin de la noósfera, la evolución de una capa de conciencia inmaterial, una especie de superalma planetaria (al menos los entusiastas editores de la revista Wired así lo creían). El juicio que he querido exponer aquí, sin embargo, es un juicio de valor: una defensa de la calidad de la información y su capacidad de ser transformada en sentido y no de la cantidad de información que podemos manejar como individuos o en colectivo y su capacidad de ser transformada en ventaja o utilidad. 


A su vez, no tengo reparos en manifestar que el problema de educación que vivimos es un problema de valores, es decir un problema moral y estético. Hoy la mayoría de las personas preferirían tener una habilidad que puedan capitalizar fácilmente y no una sensibilidad que sea inútil económicamente pero que alimente al individuo de belleza y de una riqueza que no cotiza en la bolsa. Nuestras prioridades y deseos hoy son determinados en función de la economía, el éxito personal (deseo aspiracional) y el materialismo y no de la estética, la ética ni la espiritualidad. En suma, simplemente digo aquí que para mi forma de ver el mundo --una visión tradicional-- el conocimiento debe estar ligado a principios que trascienden modas y corrientes pasajeras; ideas o valores que pueden encontrarse fundamentalmente en el arte, la religión y la filosofía (también en la ciencia, pero sólo en la ciencia que es capaz de encontrar sentido, es decir, en una ciencia siempre vinculada a la filosofía, como fue en el origen). Más allá de las apariencias y las rápidas descargas del hedonismo, lo que todos deseamos es entrar en contacto con algo más duradero y profundo y lo único que sabemos de cierto que trasciende nuestra corta estancia bajo el Sol son las ideas y los valores. Platón nos hablaría del Bien, de la Belleza, de la Unidad. Buda del Dharma (la ley de la cual el universo mismo es sólo una manifestación). Quizás lo mejor que tenemos actualmente --en un mundo fanáticamente secular-- son intentos como los de Carl Sagan por encontrar belleza y sentido dentro del supuesto azar de la ciega máquina universal e incrustar nuestros procesos dentro de la madeja de la evolución cósmica desde una perspectiva de participación. Sobre lo último habría que recordar que las grandes ideas de Sagan --"somos polvo de estrellas", "somos la forma en la que el universo se conoce a sí mismo"-- son solamente ecos o reformulaciones casi exactas de nociones conocidas a través de una ciencia interna hace miles de años por diversas culturas como la védica, la griega o la egipcia, entre otras. 

Intentando entender esta propagación de la ignorancia o este declive cultural --mayormente desestimado en la cresta del progreso tecnológico, puesto que, ¿cómo es posible que se hable de ignorancia cuando producimos tanta increíble, cuasidivina tecnología?-- me parece ineludible dirigir la mirada a cómo hemos asimilado la tecnología o a cómo no nos hemos percatado de los efectos que tienen los nuevos medios en nuestros sentidos y en nuestra cognición. Marshall McLuhan, un autor al que todos deberíamos regresar en esta época, dijo que la tecnología es una extensión de nuestros sentidos, pero que de la misma forma que los amplifica también los amputa. Un automóvil es una extensión de nuestras piernas (aunque alguno ha bromeado que también del pene), un teléfono de nuestros oídos y de nuestra voz (¿un smartphone es un genio o demonio atrapado en el bolsillo?), el Internet es una extensión de nuestro cerebro. 


No hay duda que sus alcances son enormes, su potencial maravilloso, pero hay que detenernos a observar si su mismo poder, su fabuloso encantamiento no está obnubilando o inundando algunos aspectos de nuestra percepción o por lo menos modificando algunos hábitos que determinan nuestra relación con el mundo y nuestra capacidad de conectarnos con los demás. El sentido de la frase de McLuhan queda claramente ejemplificado en el slogan repetido incansablemente, lo mismo por compañías de telecomunicación que sitios de internet: que nos están conectando donde quiera que estemos, todo el tiempo. ¿Acaso a la vez también no nos están desconectando del mundo real y de nosotros mismos? ¿Si estamos conectados todo el tiempo a la Red podemos estar conectados a nuestro entorno y a lo que sucede fuera de la pantalla? Como dice el anarcoprimitivista John Zerzan: "está claro que las máquinas están conectadas, ¿pero no sé hasta que punto lo están los humanos? Todos están en su teléfono celular todo el tiempo, como zombis, vas por la calle y la gente choca contigo porque está tan embobada viendo sus aparatos". 




Furia de la ignorancia: la quema de libros

“Books cannot be killed by fire. People die, but books never die”

Franklin D. Roosevelt

¿Qué tan lejos puede llegar el ser humano, ciego por odio, para intentar borrar la historia? Por cientos de años alrededor del mundo han existido grupos de personas que han destruido, reescrito, o más infamemente, quemado libros y otros textos que reflejaban la historia de otras culturas y civilizaciones. Nunca podremos cuantificar cuánta información hemos perdido gracias a las quemas, pero podemos darnos una idea del por qué se realizaban, y la gran mayoría era por un odio profundo hacia sus contenidos. A continuación veremos algunos de los ejemplos más desgarradores de las quemas de libros y el legado que dejaron en el mundo.

La sepultura de intelectuales (China, 213 a. C. a 206 a. C.)

Image result for burying of scholarsCuenta la leyenda, que durante los inicios de la dinastía Qin, el emperador Qin Shi Huang ordenó la quema de cientos de textos cruciales del confusionismo, al igual que enterrar vivos a 460 intelectuales pertenecientes a las Cien Escuelas del Pensamiento. Entre los textos se incluyeron famosamente el Shi jing (Clásico de Poesía) y el Shujing (Clásico de Historia), ya que el canciller Li Si determinó que eran textos que podían corromper a la juventud y ponerle fin al totalitarismo chino. Convenientemente, todos los libros escritos sobre agricultura  y medicina se dejaron intactos. Esta es una historia muy debatida modernamente, pues no hay documentos que lo pruebe (estos siendo quemados o la historia exagerada a través de las generaciones), pero lo que sí sabemos es que la humanidad perdió una gran parte del conocimiento que los intelectuales confucionistas habían recopilado por generaciones.

La Universidad de Nalanda (India, 1197 d. C.)

Related imageSe calcula que 9 millones de libros fueron quemados por invasores turcos, mamluks, dirigidos por Bakhtiyar Khilji en esta monumental universidad en el corazón de la India. La universidad en ese entonces contaba con espacio para 10,000 estudiantes y cientos de docentes. Lastimosamente durante la invasión, los mamluks decapitaron y mataron a muchos de estos monjes-docentes con el fin de imponer el islam en la India por la fuerza. Este incidente retrasó el progreso del budismo en India Continental por cientos de años, y se dice que la universidad quemó por tres meses sin parar.

Las bibliotecas de Varsovia (Polonia, Segunda Guerra Mundial)

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Muzeum Ordynacji Krasińskich

El alza del nacionalismo alemán en los años treinta y posteriormente el nazismo trajo consigo destrucción humana inimaginable, pero también constituyó un ataque directo a la razón, historia y conocimiento. Al suprimir las rebeliones polacas de 1944, alrededor del 80% de las bibliotecas fueron quemadas por soldados especiales llamados los Verbrennungskommandos, cuya misión era quemar Varsovia hasta convertirla en cenizas. ¿Suena familiar? Quizá hayas visto algo similar en la novela de Ray Bradbury Fahrenheit 451. De casi medio millón de volúmenes y manuscritos en la biblioteca, sólo sobrevivieron alrededor de 31,800.

Destrucción de la biblioteca de Alejandría (Egipto, año desconocido)



La destrucción de la biblioteca de Alejandría ha ganado un estatus icónico como una imagen de la autodestrucción humana. Su “conocimiento infinito” que convirtió en la biblioteca más importante del mundo antiguo, fue robado no gracias a un solo evento, sino a cientos de años de ataques enfocados en destruir su conocimiento. Durante el mandato de Julio César, un incendio englobó la biblioteca, luego bajo Aureliano en el 270 al 275 cayó bajo ataque de nuevo y finalmente tras varios ataques durante la conquista musulmana de egipto redujeron la biblioteca a las ruinas que conocemos hoy en día. En el mundo moderno sólo podemos especular las joyas que la biblioteca pudo haber tenido, simplemente como espectadores del pasado.

La inquisición española (España, 1490)

Image result for spanish inquisition book burningLa infame inquisición duró por décadas, arrasando con todos los textos que la iglesia condenaba como herejes frente a la fe cristiana. Entre las quemas de individuos en hogueras, la tortura y la xenofobia que se cultivaba en la época, cientos de libros también sufrieron la furia de la inquisición. Por años se realizaron listas con títulos prohibidos que subsecuentemente eran tomados por la fuerza de quienes resistían, y éstos sólo alimentaban más las brasas de un fuego que no se apagaría hasta el siglo XVII. Durante las quemas, 5000 manuscritos árabes fueron destruidos en la plaza pública de Granada bajo las órdenes del Cardenal Ximénez de Cisneros. De nuevo, sólo los libros de medicina sobrevivieron.

El conocimiento es poder y en un mundo antiguo donde nadie tiene acceso a Wikipedia en su celular, los récords históricos pueden representar toda la vida de un pueblo entero por generaciones; y a pesar de lo difícil que pudo ser acumular todas esas historias, tradiciones y leyendas, todo se podía perder ante la furia efímera del fuego.


De simples, ignorantes y estúpidos


Mi columna de Invertia de esta semana se titula «La sociedad del simplismo» (pdf), y trata el tema que sin duda más me preocupa con respecto a la evolución de la sociedad en eso que llamamos pomposamente «la era de la información»: la total desconexión entre la educación y el contexto tecnológico, que conlleva que varias generaciones hayan aprendido a gestionar ese contexto por su propia cuenta y riesgo, apoyándose en otras personas tan ignorantes como ellos, o simplemente no aprendiendo y utilizándolo sin ningún tipo de criterio.

Antes de la popularización de internet, una persona ignorante sabía que lo era, y generalmente, actuaba en consecuencia, se reconocía ignorante y actuaba con cierta prudencia, o si no lo hacía, era reconocido universalmente como un estúpido, como alguien que habla de todo pretendiendo sentar cátedra sin tener ni idea. La evidencia era sencilla: para saber de algo, necesitabas obtener un conocimiento y una experiencia, lo que suponía un proceso complejo, largo y esforzado: acudir a bibliotecas, leer, hablar con expertos, etc.

Después de la popularización de internet, la tecnología que nos prometió acceso a todo el conocimiento en unos pocos clics pero que nos negamos a introducir en el proceso educativo para dotar de la necesaria experiencia y destreza en su manejo a toda la sociedad, cualquier ignorante se cree que, por haber hecho un par de clics y visto pasar un par de memes, sabe de un tema. Llevados por la simplificación extrema y por unos mecanismos sociales que refuerzan las cámaras de eco y te rodean de contenidos con los que buscas estar de acuerdo, las personas pasan a fiarse únicamente de una intuición generalmente errónea y del hecho de que pueden acceder a muchas opiniones que supuestamente les dan la razón (y les recompensan con dopamina si son incluso más vehementes defendiendo ese punto de vista, aunque sea radicalmente erróneo o directamente estúpido), y a partir de ahí, se dedican a ir por el mundo repitiendo esos mismos memes como consignas, independientemente de que lo que tengan delante sea otro ignorante como ellos, o un experto en ese campo que haya dedicado toda su vida al tema.

La inmensa mayoría de los que objetan a muchos temas mínimamente complejos utilizan supuestos razonamientos no resisten ni medio asalto ante la ciencia, la lógica o la razón. Ante la ausencia de educación en el uso de las herramientas para informarnos, la sociedad se ha llenado de simples, de ignorantes o directamente de estúpidos, tres calificativos que ahora se otorgan únicamente en función del nivel de vehemencia. Y lo peor, es que tanto simples, como ignorantes, como estúpidos votan, y su voto vale lo mismo que el de una persona responsable y bien informada: de ahí el auge de los populismos y la radicalización de la sociedad



Al cometer la irresponsabilidad de eliminar del proceso educativo el contexto tecnológico y dejar que los ciudadanos supuestamente se «auto-eduquen» en él con el ideal de Jean-Jacques Rousseau del «buen salvaje«, hemos dado lugar a una sociedad muchísimo más fácil de manipular, de convencer con estupideces, incapaz de argumentar con propiedad y de protegerse de ideas planteadas en muchas ocasiones de manera atractiva, pero carentes de todo fundamento.

Este proceso ha tenido lugar a lo largo de muy pocas generaciones, y cualquiera que tenga un mínimo de perspectiva entre antes y después de la popularización de internet puede percibirlo perfectamente. Pero ahora la sociedad se divide entre los simples, ignorantes y estúpidos fácilmente manipulables, y toda una cohorte de supuestos profetas que pretenden manipularlos. Internet se ha convertido en el mecanismo que permite o bien programar, o ser programado, y la educación que debería habernos permitido aprender a evitarlo nunca llegó a estar ahí. «No, mejor los libros, que así no se distraen».

Ahora llegan el machine learning y la algoritmia generativa, a entregar respuestas todavía con menos esfuerzo aún, sin tener siquiera que escoger entre diez enlaces. Y de nuevo, en lugar de servir para que aprendamos a manejarla y accedamos a todas las fuentes del conocimiento, servirá para que, como idiotas, leamos un párrafo muy bien escrito y creamos que sabemos, que somos expertos en cualquier tema. ¿Quieres participar en una tertulia sobre física cuántica? No hay problema: «ChatGPT, explícame la física cuántica como si fuera un niño de cinco años». Mientras, los profesores de Física, alarmados, comentan que ChatGPT comete errores básicos de Física en sus respuestas… errores que, obviamente, ya aparecían en el conjunto de datos con el que fue entrenado el algoritmo. Y que aparecerán cada vez más, a medida que más páginas sean generadas con ese mismo algoritmo.


La sociedad del simplismo


Es una de las cosas que más me preocupa en la evolución de la sociedad: el hecho de que hayamos pasado, en cuestión de unas pocas décadas, de una sociedad desinformada porque el coste de informarse era elevado —había que estudiar, ir a bibliotecas, leer mucho, etc.— a otra que dispone de prácticamente toda la información del mundo a escasos clics de distancia… pero que está mucho peor informada que antes. 

¿Qué ha pasado? Antes, una persona que no sabía sobre un tema era, por lo general, razonablemente consciente de ello. Podía tener alguna opinión que le hubiese contado un día su cuñado, pero sabía que era eso: una opinión de cuñado, y como tal la trataba. Expresamente, priorizaba otras cuestiones a la necesidad de informarse sería y responsablemente sobre un tema en concreto, para pasar a declarar su ignorancia y, aunque tuviese una cierta opinión, expresarla con prudencia y asumiendo que podía estar en situación de desventaja con respecto a otros que sí se hubiesen informado bien. 

Ahora, esa idea de “a lo mejor no sé lo suficiente” ha desaparecido. En la sociedad actual, muchos se siguen informando a través de cuñados, pero como han visto su opinión en una pantalla, en un buscador o en una red social que tienen sus propios mecanismos para rodear esa opinión de miles de palmeros, asumen lo que han visto como algo escrito en piedra. 

Se quedan con las soflamas, con los memes, con las gratificaciones instantáneas que reafirman lo que ellos ya pensaban o creían pensar. Y a partir de ahí, militan en su creencia y repiten esas soflamas, esos memes o esas gratificaciones instantáneas en cualquier foro, sin plantearse en ningún momento que a lo mejor eran, simplemente, una estupidez, un error, algo no riguroso o no refrendado por nada, ni por la ciencia ni por el sentido común. 

Tenemos un problema importantísimo como sociedad, y la culpa no es de una tecnología en concreto, las redes sociales, sino de la forma en la que algunos han utilizado esa tecnología para enriquecerse, para edificar imperios basados en el fomento de la polarización, del odio y del enfrentamiento. 


En la sociedad actual, muchos se siguen informando a través de cuñados

No, regular las redes sociales no habría servido de nada: lo que había que haber regulado no era el desarrollo de la tecnología, que no es regulable porque es imposible de desinventar, sino el uso de la tecnología. Y no solo no lo hicimos, sino que además, descuidamos lo más importante: el introducir esa tecnología en la educación, para dotar a los ciudadanos de medios con los que defenderse. Decidimos, absurda e irresponsablemente, dejar que “se educaran ellos solos”, en unos casos porque asumimos que serían suficientemente adultos como para hacerlo, y en otros porque “como son jóvenes, son nativos digitales que nacieron ya sabiendo”.

Ambas asunciones eran no solo erróneas, sino estúpidas e irresponsables. Y ahora estamos viendo las consecuencias. El crecimiento de la radicalización se debe precisamente a eso: a hordas de gente que renuncia no solo a informarse debidamente y creen en todo tipo de teorías de la conspiración convenientemente jaleadas, sino que además, renuncian a entender que otros pueden haberse tomado el trabajo de investigar, de hacer ciencia o de pensar con rigor sobre las cosas.

No importa que lo que tengas delante sea un académico, un investigador o un filósofo que ha dedicado su vida a estudiar, a experimentar o a pensar sobre un tema: en cuanto lo que dice no te gusta o toca alguno de los resortes que te han programado para hacerte saltar, le sueltas un meme o una frase más o menos inspirada —cuando no directamente un insulto o una descalificación grave— y te quedas tan tranquilo. No solo tranquilo, sino feliz y reafirmado tras una descarga de dopamina.

No, regular las redes sociales no habría servido de nada: lo que había que haber regulado no era el desarrollo de la tecnología

Que la sociedad se haya convertido en una caricatura de sí misma hecha además con trazo grueso es el mayor problema que tenemos actualmente. Miles, millones de militantes en causas absurdas, insostenibles desde ningún punto de vista mínimamente científico o de sentido común, que etiquetan a personas y cierran sus orejas (y sus neuronas) ante cualquier atisbo de algo con lo que no comulguen, simplemente porque han sido programados para reaccionar así. Da lo mismo a quien tengas delante: soltar la soflama, el meme o el insulto está muy por encima de la educación, del respeto o de normas que, como sociedad, suponíamos asumidas desde hacía mucho tiempo.


El no incorporar el cambio de contexto tecnológico a la educación nos ha destrozado como sociedad. Y para varias generaciones, ahora es posible, incluso, que sea demasiado tarde. Tenemos una sociedad en la que domina el simplismo, la asunción de una postura porque la has visto en un tweet, en una red social, rodeada de palmeros que un algoritmo había congregado a su alrededor.

La ignorancia innovadora


Si descartamos la ignorancia surgida de la estupidez o de la incultura, ser consciente de las propias limitaciones ya es un valor en sí mismo

Jaume Claret
 

Hay citas tan magníficas que uno lamenta desmentirlas por mal atribuidas, por mal entendidas o, peor todavía, por directamente falsas. De ahí que, incluso, contemos con una frase para la ocasión, debida al astrónomo y filósofo renacentista Giordano Bruno, aunque no siempre bien escrita: «se non è vero, è molto ben trovato». Entre las víctimas de estas frases célebres no lo bastante precisas destaca la figura del jurista, religioso y político Ramon Llàtzer de Dou i Bassols (Barcelona 1742-Cervera 1832). A pesar de haber ejercido como diputado y presidente de las Cortes de Cádiz, haber divulgado las tesis de Adam Smith y ser un reformista moderado, su nombre siempre quedará vinculado a la máxima: «lejos de nosotros la funesta manía de pensar».



En realidad, la cita está extraída de una carta colectiva enviada por la Universidad de Cervera en apoyo al rey Fernando VII y ni la redacción es exacta, ni el sentido se corresponde a lo imaginado. Así, en realidad rezaba «lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir», donde el verbo no tomaba el sentido de pensar en general, sino de divagar, y donde, sobre todo, se hacía una defensa de la moderación. Así lo entendieron los coetáneos y buena parte de la tradición jurídica catalana más historicista que reivindicaba a Dou como un antecedente. Pero el sambenito ya estaba colgado, condenando parcialmente la memoria del académico y, sobre todo, la del centro al que los Borbones habían otorgado el privilegio de ser la única universidad del Principado. De hecho, a pesar de los esfuerzos de Ximo Prats, la mala prensa respecto de Cervera goza de un amplio consenso. Y ello aunque, siguiendo en la línea de aforismos, el Talmud nos recuerde que toda condena unánime es señal de inocencia.

 


Como en el caso de Dou, tampoco el historiador británico Peter Burke (Stanmore, 1937) pretende combatir la inteligencia en su reciente La ignorancia (Alianza Editorial, 2023, traducido por Cristina Macía Orio y en catalán en Arcàdia, traducido por Ariadna Pous). Sería extraño que uno de los más prolíficos autores en la hermenéutica del conocimiento desde el campo de la historia cultural, ahora se hubiera pasado al lado oscuro. De hecho, Paidós anuncia para finales de este mes de febrero la recuperación de los dos volúmenes de su impresionante Historia social del conocimiento. Publicados originariamente en 2002 y 2012, el primero comprendía De Gutenberg a Diderot (traducido por Isidro Arias Pérez), mientras que el segundo iba De la Enciclopedia a Wikipedia (traducido por Francisco Martín Arribas y Carme Font). No es extraño que, en esta nueva presentación, las cubiertas muestren, alegóricamente y respectivamente, un papiro y un iPhone.

La ignorancia puede ser entendida como el negativo de aquella obra magna. Y, ciertamente, hay parte de esto, pero ni representa la parte principal del libro, ni siquiera la más interesante. Si descartamos la ignorancia surgida de la estupidez o la incultura, ser consciente de las propias limitaciones ya es un valor en sí mismo. De esta constatación sale una de las citas más famosas del filósofo (àgrafo) Sócrates, donde el saber ignoto se plantea como cura de humildad y como reto intelectual. Precisamente, el próximo junio llegará Terra incognita. Una historia de la ignorancia (Acantilado, 2024, traducido por Marco Aurelio Galmarini), donde el historiador francés Alain Corbin (Lonlay-l’Abbaye 1936) repasa cómo, a lo largo de los siglos XVIII y XIX, se fueron llenando los blancos todavía presentes en los mapas, tanto en los geográficos como en los científicos.


En cambio, Burke se interesa sobre todo por el papel jugado por la ignorancia consciente. A mi parecer, es aquí donde el libro resulta más interesante, desdibujando el antagonismo entre saber y no saber. Dos ejemplos pueden ayudar a ejemplificarlo. Por un lado, enfrentados a un problema complejo puede ser de utilidad centrarse en una de las partes de este, olvidando el resto. En este caso, la desconocimiento activo sería una estrategia que permitiría el adelanto del conocimiento y, a la larga, superar límites mentales y facilitar la resolución del interrogante global. Se trataría de ir desmadejando enigmas parciales para reducir la complejidad a retos alcanzables.
Por otro lado, identificar lo que es ignoto permite, por contraste, entender mejor lo que es sabido o la dirección hacia la que hay que dirigir esfuerzos. A pesar de parecer una paradoja, saber qué ignoramos, nos orienta. La simple identificación de las fronteras de nuestro conocimiento nos permite plantear las preguntas adecuadas y, por lo tanto, sentar las bases de futuras respuestas. La ignorancia consciente se convierte así en el primer paso hacia el conocimiento.

Tradicionalmente, una de las palancas más reivindicadas para hacer avanzar el saber —y, por lo tanto, para hacer retroceder la ignorancia— ha sido la apuesta por la innovación que, en nuestros tiempos, siempre tiene que ir acompañada del adjetivo tecnológica. No es un fenómeno extraño. Episódicamente, nuestra civilización ha quedado y queda subyugada por determinantes sintagmas, absurdamente convencidos de su fuerza performativa: como si con solo enunciarlos en voz alta y repetidamente, se hicieran presentes. En realidad, su proliferación acaba provocando la pérdida del sentido original y, o bien queda como un caparazón vacío autorreferencial, o bien se convierte en un espacio ideal para la colonización por parte de ideologías de parte. Lo vimos con el cambio de siglo, cuando todo tenía que ser «smart»; y parece que lo padeceremos ahora, cuando todo tendrá que ser «IA».


Innovar sin innovar

Para el catedrático de la UOC Eduard Aibar (Barcelona 1962), algo similar está sucediendo con la innovación tecnológica que habría pasado de herramienta a ideología. Como explica en El culto a la innovación (Ned Ediciones, 2023), esta siempre ha sido estrechamente vinculada a la evolución de la humanidad que ha determinado su invención, usos y vigencia. El problema surge cuando abandona su carácter auxiliar y pasa a ser protagonista.

Esta transformación coincide en el tiempo con el triunfo del neoliberalismo, con la aparición de supuestos gurús —más próximos al fraude y el autobombo que al verdadero conocimiento—, y con la solución de cualquier problema fiándolo todo al último ingenio tecnológico. Cargado de referencias nacionales e internacionales y de una larga experiencia en la historia de la ciencia y la tecnología, sin duda las mejores páginas del libro son las dedicadas al desmontaje inmisericorde —de la mano de la ironía y, incluso, el sarcasmo— del globo de la tecnofilia utópica. Así, Aibar describe cómo, en los últimos años, se ha desatado una (loca) carrera que, de la mano de la obsolescencia programada, de la creencia en el crecimiento infinito y de un capitalismo del beneficio omnipresente, exige una innovación constante: una innovación por la innovación.

Esta sacralización impone una lectura teleológica de la evolución humana. Se descarta así la convivencia con otras tecnologías innecesariamente descartadas, el cuestionamiento de discursos tautológicos, la duda sobre la imposición del factor económico por todas partes, las críticas a la concentración de poder en pocas multinacionales y a la conculcación de derechos históricos ahora erosionados… Como destaca en el prólogo la también profesora de la UOC Marina Garcés, el profesor Aibar nos da herramientas para combatir esta credulidad impuesta y asumida acríticamente por gobiernos y amplios colectivos profesionales.


La denuncia señala tanto la irracionalidad de los discursos oficiales al adoptarla como dogma, como la existencia de unos beneficiarios directos. Así, no estamos ante un efecto inocuo, dado que todo ello impacta negativamente sobre la sociedad misma y crea un argumentario que favorece la concentración de poder en unas pocas manos. Como explicaba recientemente el ensayista Jorge Dioni, «la desigualdad no es un efecto de investigación. Es un efecto buscado».

Invasión de la tecnología

De aquí la necesidad, como nos recuerda el mismo Aibar, de tener presente que «para innovar es muy recomendable ser cuidadoso, estar alerta a los detalles, ser más generoso que egoísta respeto a lo que sabes y no dejarse atrapar por retóricas grandilocuentes». Porque si no, se impone este innovar sin innovar, con efectos ya visibles en ámbitos como la educación o la medicina. Precisamente, el médico Antonio Sitges-Serra, firma habitual de estas páginas, se ha destacado por levantar la voz contra esta invasión de la tecnología.

En su libro Si puede, no vaya al médico (Debate, 2020), cuestionaba abiertamente la deriva economicista, la utopía tecnocientífica y el hedonismo inhumano hacia los que deriva la actual medicina occidental. Sin caer tampoco en el otro extremo, Sitges-Serra reivindicaba la centralidad del humanismo, la aplicación de criterios coste-beneficio, la aceptación de nuestra finitud y una comprensión más holística de la sanidad. De alguna manera, y como pedía Dou siglos atrás, los autores citados nos recuerdan que hay que desconfiar de las ruedas de molino, que ni la tecnología ni el progreso lo pueden resolver todo, y que tan peligrosa es la resignación fatalista como la infantilización utópica.

Portada: Detalle del mural Filosofía que Gustav Klimt realizó en el techo del Gran Salón de la Universidad de Viena: aquí unas figuras humanas sumidas en un trance de ignorancia, y una figura de luz que emerge: el conocimiento. En mayo de 1945 fuerzas de la SS en retirada destruyeron el mural.
Ilustraciones: Conversación sobre la historia

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