
del
Péndulo de Foucault
de
Umberto Eco
Nombres de personajes: Casaubon, Belbo, Diotallevi, Abulafia
Casaubon, el narrador, un joven erudito especializado en los Templarios (lleva el nombre de un famoso filólogo renacentista), Jacopo Belbo, compilador de enciclopedias prácticas y escritor frustrado (su nombre es el del pueblo del gran escritor italiano Cesare Pavese), y Diotallevi, especialista en la Cábala, que afirma ser judío sin serlo (lleva el nombre que se da a los expósitos: Dios te eleva).
No es raro que los autores den a sus personajes nombres significativos. A diferencia de los niños, que reciben su nombre antes de que surjan su personalidad y su historia, los personajes rara vez están subdesarrollados antes de recibir su nombre. El autor normalmente tiene alguna idea de quién es esta persona y elige un nombre que coincida. Los personajes en El péndulo de Foucault Incluso charlan y discuten sobre sus nombres. Belbo le pregunta al protagonista en su primer encuentro:
“Casaubon. ¿No era él un personaje en Middlemarch?”
Casaubon, cuyo nombre de pila nunca conocemos, responde que no lo sabe pero que también era el nombre de un “filólogo renacentista” con quien no tiene parentesco. (Péndulo 54) Esto apunta al personaje histórico Isaac Casaubon, quien fue de hecho un filólogo y erudito del siglo XVI (por cierto, la misma ocupación que el protagonista).
Lo que más destaca a Isaac con respecto a los estudios esotéricos y ocultos es que dedujo que los textos herméticos populares no eran antiguos como se habían propagado durante siglos. Le parecía muy sospechoso que filosofías tan influyentes no fueran mencionadas por personas como Platón o cualquier otro autor antiguo. Si bien no existe un paralelo directo con el personaje de Eco, ambos Casaubon comparten el papel de académicos escépticos.
El nombre de Diotallevi está más abierto a la interpretación. Era un apellido italiano común que se daba a los huérfanos, como mencionó Belbo:
“Diotallevi es un nombre de buena suerte que los funcionarios de la ciudad dan a los expósitos. Tu abuelo era un expósito.”
Diotallevi añade: “Un expósito judío”. (66) Su insistencia en su supuesta herencia judía es un argumento común, explica Belbo a Casaubon. A pesar de la falta de etimología judía, el nombre de Diotallevi refleja su adhesión al judío “cábala” en la traducción de su nombre, “que Dios te levante”.
Sin embargo, como señala Belbo, hay cabalistas cristianos. El interés de Diotallevi específicamente en judío Cabala y su obsesión con su supuesta herencia judía pueden ser una peculiaridad de personalidad o algo que implique un desarrollo más profundo del carácter.
Belbo es el único miembro del elenco principal cuyo nombre no produce ninguna referencia obvia. Hasta donde pude encontrar, el nombre de Jacopo Belbo era una referencia tanto al río cerca de donde Eco vivía cuando era joven como a un autor al que Eco admiraba mucho, Cesare Pavese. Pavese nació en el pueblo italiano Santo Stefano Belbo. De hecho, Eco cambió el nombre del personaje de “Stefano” a “Jacopo” en el último minuto para oscurecer ligeramente la referencia, aunque los lectores devotos aparentemente pudieron descubrirlo de todos modos. Todo esto lo admite Eco en su Confesiones de un joven novelista (61-2).
La computadora de Belbo, al igual que Belbo, tenía un nombre diferente en todos los borradores de Eco y solo recibió el nombre “Abulafia” en el manuscrito final. (Confesiones 61) Sospecho, basándome en la conversación entre Belbo y Diotallevi mientras instalaban la máquina, que Eco decidió el nombre para que Belbo pudiera burlarse sutilmente de la pomposa insistencia de su amigo en la superioridad de su cábala. Diotallevi, convencido de las deficiencias de la máquina, se vuelve filosófico sobre los métodos de Abraham Abulafia para contemplar las letras del nombre de G*d. Belbo bautiza inmediatamente su nueva computadora con el nombre “Abulafia” y ejecuta un programa para mostrar todas las variaciones de YHVH. Diotallevi sigue sin impresionarse y Belbo sigue obstinado, insistiendo en la utilidad de la máquina. (Péndulo 28-30) El nombre Abulafia, nacido de un momento inteligente en el diálogo de los personajes, continúa reforzando los temas del misticismo cada vez que la computadora aparece en la novela.
La Cabalá y las Sefirot
Quizás el más persistente y prominente de los temas esotéricos, aparte del estudio de los Templarios por parte de los protagonistas, es el uso que hace Eco de la Cabalá (generalmente escrita “cabala” en la novela) y las diez sefirot. Toda la novela está dividida en diez secciones que llevan el nombre de cada una de las sefirot, comenzando con la copa del árbol de la vida, la sephirah “corona”, keter. No entraré en un análisis detallado de cada sección y su sephirah relacionada, más allá de decir que es significativo que Eco comience la novela con lo divino keter y termina con lo terrenal malkhut. Generalmente, los practicantes tienen la intención de ascender hacia la divinidad. En cambio, Eco avanza por el árbol de la vida hasta llegar al símbolo de nuestra realidad física en la tierra, lo más separado posible de las alturas de la inteligencia divina. Puedes ver en el siguiente diagrama qué tan eliminadas están las dos sefirot. Si bien no considero que la actitud de Eco hacia lo oculto y lo esotérico sea despectiva o prejuiciosa (no puedo imaginar que alguien a quien realmente no le gustaran los temas pueda dedicar tanto tiempo y energía a un proyecto tan complejo e intrincado como El péndulo de Foucault) esta estructura sugiere un mensaje “de conexión a tierra”. A pesar de su interés por lo oculto, o quizás exactamente por ello, el mensaje general de Umberto Eco a su lector a través de esta estructura explícita es “traerlos de regreso a la tierra”.
El árbol cabalístico de la vida – Este archivo tiene licencia bajo la Licencia genérica Creative Commons Attribution-Share Alike 2.5. Haga clic aquí para fuente.
(Hay muchas iteraciones del Árbol de la Vida. Elegí este, que en realidad se basa en la tradición del orden esotérico Amanecer Dorado, porque etiqueta claramente cada sephirah. Hasta donde yo sé, esta versión no sigue necesariamente exactamente la tradición cabalística, especialmente los colores asociados. De todos modos, muestra el orden general y la posición de las sefirot, así como sus nombres hebreos, por lo que cumple esa función aquí)
Todo lo que necesito saber lo aprendí leyendo El péndulo de Foucault
“La superstición trae mala suerte”, Raymond Smullyan, 5000 B.C.
Me suele dar vergüenza confesar que El Péndulo de Foucault, de Umberto Eco, es uno de mis libros favoritos. Cuando surge el tema en una conversación, la reacción de mis interlocutores suele oscilar entre la incredulidad, el tedio o esa inconfundible mirada esquinada que, si pudieran subtitularse las miradas, se traduciría en “vaya, he ido a topar con un snob/pedante/gafapasta”. Pero a veces la reacción es otra: un brillo fugaz de reconocimiento y la leve sonrisa del que comprueba que no está loco, o al menos que hay método en su locura.
Y en ese momento me siento tentado de ofrecer a esa persona el apretón de manos secreto que me acredita como fan de El Péndulo de Foucault, sólo para recordar segundos más tarde que ese saludo masónico concreto tendría que inventármelo.
Leí por primera vez El Péndulo con 15 ó 16 años, y por supuesto no me enteré de la mitad ni pillé la mitad de referencias, guiños y menciones. Sin embargo, quedé inmediatamente fascinado, no sé si como quien contempla un cuadro de Rothko sin acabar de entenderlo o como el proverbial cervatillo deslumbrado por los faros de un coche. Lo he releído unas cuantas veces a lo largo de los años (la última, hará unas semanas para escribir este artículo) y me he ido dando cuenta de que esta novela escrita por un pedante semiólogo fácil de caricaturizar había influido en mi mente adolescente de muchas e insospechadas maneras.
El argumento en sí se explica en un breve párrafo: tres intelectuales snobs llamados Belbo, Casaubon y Diotallevi inventan para divertirse un supuesto Plan de los templarios (con la intervención posterior de jesuitas, rosacruces y demás sociedades secretas) para dominar el mundo gracias a un uso creativo de las corrientes telúricas subterráneas.
Desgraciadamente el Plan se les va de las manos cuando un erudito hermetista llamado Agliè, presunta encarnación del legendario conde de Saint-Germain, se toma su juego en serio.
Apuesto a que al leer este resumen algún lector habrá levantado las cejas, exasperado, pensando: «¿otra vez las puñeteras conspiraciones templarias?». Ay, cuánto daño han hecho Dan Brown y los mil imitadores baratos que siguieron su estela. Mi reacción inicial al leer El código Da Vinci (ese libro radiactivo) fue pensar algo como “¿pero esta mierda no es una versión de uno de los capítulos de El Péndulo?” Con razón me sonaba: toda la teoría sobre María Magdalena, el Santo Grial y el secreto de Rennes-le-Chateau aparece en el capítulo 65 de El Péndulo junto a la fuente de la historia, The Holy Blood and the Holy Grail. La reacción de Eco fue graciosa: “¡Dan Brown es un personaje de El Péndulo de Foucault! Yo lo inventé. Comparte las obsesiones de mis personajes —la conspiración mundial de rosacruces, masones y jesuitas. El papel de los templarios. El secreto hermético. El principio de que todo está conectado. ¡Sospecho que Dan Brown ni siquiera existe!”.
La novela es en su origen una deconstrucción, una burla y una crítica feroz de las teorías de la conspiración, las supercherías ocultistas y el espiritualismo New Age mal entendido, pero lo que el autor consigue (conscientemente o no) es mucho más que eso. Trata a los blancos de sus burlas con ternura y un cierto cariño, presentándolas como víctimas desvalidas de algún enorme error universal. O, como dice Casaubon hablando de su estudio sobre los templarios: “hasta el que hace una tesis sobre la sífilis acaba enamorándose de la espiroqueta pálida”.
Vale, muy bien, pero ¿por qué me enamoré yo de la espiroqueta pálida sin haber escrito ninguna tesis sobre Eco?
Todo lo que realmente necesito saber ya lo sabía antes de saberlo
“Pero sabed que estamos todos de acuerdo, digamos lo que digamos”, Turba Philosophorum
Leyendo El Péndulo aprendí a distinguir dos extremos tanto de la femineidad como de la vida en pareja, representados por los personajes de Lorenza Pellegrini y Lia. La primera es el epítome de la mujer fatal, volcánica, apasionada y tan volátil e impredecible como un cóctel de dinitrotolueno. Una mujer a la que es fácil amar y aborrecer, generalmente al mismo tiempo, como en mi verso preferido de Catulo: “Odio y amo. Por qué, quizá te preguntes. Lo ignoro, pero así me siento y me torturo”. Con Lorenza aprendí uno de los mejores y más desconcertantes piropos que he leído, una cita de los manuscritos gnósticos del Nag Hammadi: “Porque yo soy la primera y la última. Yo soy la honrada y la odiada. Yo soy la prostituta y la santa”.
Por su parte, Lia es el amor profundo y nutricio, procedente de las afinidades electivas, intereses comunes y un respeto mutuo tanto intelectual como sexual. También representa la victoria de la sensatez constructiva sobre la superchería y las gilipolleces, como demuestra en su lapidario análisis del Plan templario hacia el final del libro. Desde que leí El Péndulo no he podido evitar clasificar a las mujeres con las que he tenido relación como Lorenzas, Lias o una fusión de ambas.
Leyendo El Péndulo empecé a incubar un potente virus: la pasión por la extraña dialéctica entre conspiranoia y anticonspiranoia, sobre la que ya escribí hace tiempo en Jot Down. Para cada suceso mínimamente complejo existe una explicación errónea y fácil de entender, pero no siempre resulta fácil justificar dónde reside el error… y es un buen pasatiempo tratar de localizarlo. No me basta saber que la Tierra es vagamente esférica: es mucha mejor gimnasia mental convencer de ello a un miembro de la Flat Earth Society.
Además, la vida se vuelve mucho más interesante si se mantiene la mente abierta a lo imposible. O, por citar al siempre sarcástico Nicanor Parra: “EL MUNDO ES LO QUE ES / y no lo que un hijo de puta llamado Einstein / dice que es”. Al caer un rayo sobre el avión de Hollande cuando se dirigía a su primera reunión con Angela Merkel, mi primera reacción fue pasarme por los foros conspiranoicos que acostumbro a visitar para ver cuánto tardaban en afirmar que había sido un aviso de las élites económicas. Las explicaciones conspiranoicas suelen ser más hermosas que la prosaica realidad; imaginar a Merkel como una Zeus teutona, apretando un botón del HAARP para lanzar un rayo sobre Hollande, es bastante más visual que repasar el parte meteorológico de París.
Citando un fragmento del libro: “Los desastres bursátiles se producen porque cada uno adopta una decisión equivocada, y la suma de todas ellas crea el pánico. Después el que no tiene nervios de acero se pregunta: ‘¿Quién ha urdido esta conspiración? ¿A quién beneficia?’ Y pobre del que no logre descubrir un enemigo que haya conspirado, porque se siente culpable”. Y, sin embargo, por absurda que parezca cualquier conspiranoia al primer vistazo, puede encontrarse en ella un núcleo de verdad, aunque sea en forma de metáfora o arquetipo. El perturbado David Icke sostiene que el mundo está regido por un grupo de poderosos extraterrestres reptilianos camuflados como humanos, un poco como en la serie V. Entre ellos estarían Obama, Bush, la Reina de Inglaterra y (¡cuidadín!) Juan Carlos I de Borbón y Ganímedes. Sin embargo, la sonrisa se te hiela en la cara al leer sobre la abundancia de psicópatas en altos cargos de las grandes corporaciones y organismos económicos. O, dicho de otro modo, no hace falta que la Cámara de los Lores española esté compuesta por reptilianos para preocuparse de qué hilos mueven y cómo.
El Plan templario inventado por los protagonistas de El Péndulo funciona como suelen hacerlo las conspiranoias: relacionando hechos independientes mediante cortocircuitos lógicos, saltando irracionalmente (algunos dirían intuitivamente) de un suceso histórico a otro, introduciendo titiriteros en la sombra que controlan la evolución de cada país.
Una resbaladiza pendiente que arrastra a los protagonistas hasta la locura. Según cuenta Eco en Confesiones de un joven novelista, el nombre de Casaubon está tomado del erudito del siglo XVII Isaac Casaubon, que demostró en 1614 que el Corpus Hermeticum, un conjunto de tratados esotéricos supuestamente aparecidos en la época de Moisés, eran más bien una impostura escrita en el siglo II a.C. Pues bien: tras su trip conspiranoico Casaubon aprende algo en los últimos capítulos del libro, una enseñanza crucial y cargada de melancolía por la que pagará un altísimo precio. No la revelaré aquí en detalle, pero tiene que ver con la auténtica y resignada comprensión del mundo material en que vivimos. O, en otras palabras: «Hay que joderse».
Todo lo que realmente necesito saber es inmoral, ilegal o engorda
“El diablo está en los detalles”. Refrán popular
Hará unos seis o siete años conocí a una chica llamada Baudolina (o más bien apodada Baudolina, aclaro por si fuera necesario) que utilizaba El Péndulo de Foucault de forma casi oracular. Es decir, abría el libro por una página al azar y leía lo que ahí apareciera, aplicándolo en una especie de bibliomancia a lo que fuera que la tuviera ocupada en ese momento. No sé si llegaré a tanto, pero sí comentaré aquí qué puede aprenderse de algunos capítulos de El Péndulo, o al menos qué poso dejaron en mi impresionable mente adolescente.
Leyendo el capítulo 3 de El Péndulo aprendí, a través de los files de Belbo (protegidos por cierto con la mejor contraseña de la historia) a dejar vagar la mente ante la página en blanco, asociando ideas y escribiendo textos que nunca verán la luz y que por ello mismo son más libres que los pensados para su publicación. Durante la novela contemplé fascinado la renuncia aparente de Belbo a la escritura en favor de la lectura: “ya que no puedo ser protagonista, seré al menos un espectador inteligente”. Imposible no ver aquí un eco del Bolaño que dijo: “Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.
Leyendo el capítulo 10 de El Péndulo aprendí a diferenciar los cretinos de los imbéciles, los estúpidos y los locos. No repetiré aquí los detalles: baste decir que los cretinos son inofensivos, los imbéciles abundantes, los estúpidos insidiosos y los locos muy divertidos.
Leyendo el capítulo 20 de El Péndulo oí hablar por primera vez de Fulcanelli, el alquimista francés que analizó la simbología oculta de las catedrales y los significados místicos de sus medidas. Supongo que este capítulo impactó más a mi amigo Luis G. F., que leyó cuando teníamos diecisiete años El Péndulo, impulsado por mi entusiasmo. Nuestro profesor de dibujo técnico nos había encargado como proyecto de final de curso las proyecciones diédricas e isométricas de cualquier objeto elegido libremente. Una silla, una taza, un reloj…
Mi alucinado amigo dibujó una puñetera catedral. Un trabajo soberbio, de matrícula de honor, con un diseño de planta y fachada siguiendo las medidas místico-alquímicas de Fulcanelli. En aquella época yo era muy competitivo y un poco imbécil (ahora soy imbécil a secas), así que tratando de superarle en espectacularidad diseñé una especie de montaña rusa, aprovechando que se acababa de inaugurar el Dragon Khan de Port Aventura. Mi Josep Khan fue apodado “la montaña rusa del no retorno”: debido a una serie de estúpidos errores de cálculo y escala, el diseño garantizaba la muerte de todos y cada uno de los pasajeros, convertidos en una sanguinolenta papilla al padecer nosecuántos ges de aceleración ya en la primera bajada.
Y ni siquiera le di a mi montaña asesina proporciones místicas fulcanellianas. “Iba a ponerte un cuatro, pero al final te he puntuado con un seis porque me he reído mucho”, resumió mi profesor, de lo que saqué otra enseñanza: si no puedes vencer a tus enemigos, confúndelos y al menos nos echamos todos unas risas.
Leyendo el capítulo 33 de El Péndulo me fascinó el mundo del candomblé afrobrasileño, sus bailes rituales desenfrenados y posesiones ultraterrenas. A mucha gente le parecen prescindibles los capítulos brasileños de El Péndulo, pero a mí me apasionaron, y me hizo gracia encontrarme años después con el ensayo ¿De parte de quién están los orixá? en el recopilatorio de Eco La estrategia de la ilusión.
Leyendo el capítulo 34 de El Péndulo aprendí que el secreto de los flipper (o «máquinas del millón») reside en su naturaleza profundamente sexual. En realidad a un flipper no se juega con las manos sino con el pubis: sutiles movimientos de cadera que excitan e hipnotizan a la bola de acero para que permanezca en la parte superior de la máquina, donde se hacen más puntos. Empujones púbicos lo suficientemente potentes como para afectar al movimiento de la bola pero no tan bruscos como para que la máquina haga tilt… Qué forma tan fantástica de presentar la arrolladora sensualidad de Lorenza Pellegrini: a través de los ojos alucinados de un Belbo que se enamora al verla triunfar sobre la máquina. “La amazona debe enloquecer al flipper y gozar de antemano de que después lo abandonará”.
Leyendo el capítulo 39 de El Péndulo aprendí qué implica ser un AAF, un Autor Autofinanciado que se deja engañar por los cantos de sirena de una editorial poco escrupulosa que le vende sueños de gloria. Poco a poco, le arrancará cheques y más cheques en concepto de gastos de edición cada vez más metafísicos, violando así la ley de Yog, que dicta que el dinero debe siempre fluir hacia el escritor. El editor Garamond, jefe de los tres protagonistas y una especie de vendedor de crecepelos literario, regenta una de estas vanity press en paralelo a su editorial seria. La descripción de sus trucos para sacar dinero a los autores resulta divertidísima y a la vez estremecedora, un buen aviso para cualquiera que desee ver publicado un libro propio.
Leyendo el capítulo 46 de El Péndulo me divertí con las peleas pueriles entre satanistas, luciferinos y ocultistas de diversa laya. Eco parodia sin piedad y de forma muy graciosa estas sociedades satánicas a lo Aleister Crowley, pero lo hace con ese cariño del que hablaba al principio del artículo y que me despertó un gran interés por Thelema, TOPY y similares. Hace poco cayó en mis manos Allá abajo (Là-Bas), novela de Huysmans homenajeada de modo algo oblicuo en el Nocturno de Chile de mi amado Bolaño.
Y para mi sorpresa me encontré con que El Péndulo compartía con Là-Bas muchas similitudes, tanto argumentales (un intelectual que se adentra en el submundo de las misas negras) como en el estilo adoptado en el clímax de ambas novelas.
Leyendo el capítulo 48 de El Péndulo aprendí que a partir de las medidas de cualquier edificación, sea una pirámide o un quiosco de periódicos, pueden extraerse proporciones y datos en el fondo irrelevantes, pero que pronunciados con aplomo pueden sonar profundos y significativos. Algo como: “¿sabías que multiplicando la altura de la pirámide de Micerinos por diez elevando a cinco se obtiene exactamente el radio de la Tierra?”, con el añadido opcional de “con una precisión imposible para las herramientas de la época” si se siente uno aventurado. Por supuesto este tipo de cálculos y el tratamiento místico-esotérico que le dan a las cifras son tonterías, pero permiten jugar con los números y despertar una cierta pasión por las matemáticas como argamasa oculta del mundo. O eso me ocurrió a mí, al menos, cortocircuitos esotéricos aparte.
Quien quiera un ejemplo recién salido del horno de este tipo de juegos absurdos con los números, puede encontrarlo aquí: todo un señor arquitecto haciendo malabares con las medidas para concluir, por ejemplo, que la suma en codos reales de la superficie, el volumen y el perímetro de la Gran Pirámide da un múltiplo de 888. ¿Y por qué es significativo el 888? Y por qué no, viene a concluir, es un número bonito.
Leyendo el capítulo 49 de El Péndulo aprendí el concepto de caballería espiritual: lazos procedentes de experiencias o profundos intereses compartidos que se extienen de forma más profunda y significativa que los políticos, laborales o ideológicos. Un cierto respeto o reconocimiento gracias al que me puedo sentir cercano a un apasionado por el shibari o un fan de Nobuyoshi Araki, aunque estuviéramos en extremos opuestos del espectro político.
Leyendo el capítulo 51 de El Péndulo aprendí la magnífica expresión piamontesa ma gavte la nata («quítate el tapón»), utilizada para referirse a quien está tan hinchado y pagado de sí mismo que parece que lleve un tapón en el culo… Sería necesario que se quitase ese objeto del esfínter para desinflarse y que se le pase la tontería.
Leyendo el capítulo 61 de El Péndulo quedé fascinado por la actitud de antropólogo que adopta Agliè ante las mitologías ocultistas y las expresiones populares de la fe: “un escepcicismo hermético, un cinismo litúrgico, ese descreimiento superior que le permitía reconocer la dignidad de cada superstición que despreciase”. De esa visión he heredado la afición a entresacar algo constructivo incluso de los libros o películas más infames o de las creencias más manifiestamente absurdas, y que sin embargo pueden leerse como el anhelo o la materialización torpe de una idea más profunda. Una actitud ante la religión y la superstición más cercana a la curiosidad educadamente escéptica que al ataque frontal desmitificador.
Leyendo los muchos capítulos correspondientes al Plan en El Péndulo me fascinó el enorme número de miguitas de pan que deja dispersas para que el lector curioso investigue lo que le haga tilín, sean los Protocolos de los Sabios de Sión, la temible Okrana (la policía secreta zarista), la criptografía de Tritemio o la historia de los subterráneos de París.
Leyendo el terrorífico capítulo 116 de El Péndulo aprendí a mirar la Torre Eiffel no con los ojos del turista sino con los del paranoico alucinado que ve en su estructura metálica un siniestro clavijero acumulador de corrientes telúricas, un Stonhenge Industrial cargado de energía siniestra… Y evidentemente no es que crea de verdad que la Torre Eiffel alberga malas vibraciones místicas, sino que me divierte el ejercicio de mirar de forma diferente objetos, lugares o incluso personas que tenemos demasiado presentes, domesticados, convertidos en clichés.
Lo mismo ocurre con el propio péndulo de Foucault: ya no puedo verlo en el Cosmocaixa o en el parisino Conservatoire des Arts et Metiers (donde transcurre parte de la novela) sin quedarme sobrecogido e intimidado por «su isócrona majestad».
Y para concluir: leyendo el hermosísimo capítulo 119 de El Péndulo comprendí que en toda vida existe al menos un momento único e irrepetible, una Ocasión, un instante de iluminación personal que le da significado. O, como decía Wilde, «podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un solo instante». Un minuto de perfección amorosa, intelectual o mística, un momento de eternidad prometido por el vaivén del péndulo, un satori que deberíamos saber aprovechar.
https://archive.org/details/losgrandesinicia0000schu
Magia y hechicería babilónica (1896): Las oraciones del levantamiento de la mano
El nacimiento de la medicina en Mesopotamia, entre la magia y la ciencia
La primera receta médica de la historia data de cuatro mil años atrás: apareció en una tablilla procedente de la antigua ciudad de Nippur. Pero en Mesopotamia, para curar los males no se recurría únicamente al médico: también se convocaba al exorcista.

Fresco del palacio del rey Zimri-Lin, en la ciudad de Mari, en la actual Siria.
BridgemanSi bien es cierto que en las tierras regadas por el Tigris y el Éufrates los conocimientos médicos no estuvieron tan desarrollados como en Egipto, y que la disciplina médica no gozó de la elevada categoría que tuvo en el país de los faraones, la existencia de una serie de textos "médicos" que abarcan más de quince siglos prueba el interés de las gentes mesopotámicas por buscar los remedios a todos aquellos males que les afligían en su vida diaria.
los textos "médicos"
Estos textos "médicos" –o, en todo caso, los que tratan aspectos relacionados con enfermedades o con remedios para curarlas– proceden de fuentes distintas. Podemos encontrar textos puramente médicos, como los manuales y las colecciones de recetas, que a menudo se clasificaban según los síntomas que presentaba el paciente o según la parte afectada, como en este caso: "Si la columna vertebral es amarilla, su enfermedad será larga. Si la columna vertebral es negra, él morirá. Si la columna vertebral es oscura, su enfermedad será larga".
También se pueden encontrar otras fuentes en las que se alude a ciertos aspectos relacionados con la medicina, ya se trate de cartas como la de Zimri-Lim a Shiptu, textos literarios o códigos legales donde se recoge la responsabilidad del practicante, como en este precepto del Código de Hammurabi: "Si un médico ha llevado a cabo una operación de importancia en un señor con una lanceta de bronce y le ha abierto la cuenca del ojo y ha destruido el ojo de ese señor, se le amputará la mano".
Existen textos literarios o códigos legales donde se recoge la responsabilidad del practicante.

Grabado que recrea el juicio contra un médico presidido por el rey Hammurabi de Babilonia. 1915.
De todos los textos "médicos", los más antiguos están grabados en una tablilla sumeria datada en el siglo XXI a.C. y procedente de Nippur, donde un médico sumerio dejó constancia de más de una docena de tratamientos farmacológicos que solo recurren a productos naturales, sin hechizos ni conjuros mágicos. A pesar de la importancia del texto para el conocimiento de la más antigua farmacopea mesopotámica, presenta dos importantes lagunas: no menciona las enfermedades a que estaban destinadas las recetas ni su correcta posología.
Sin embargo, en muchos otros casos se describen perfectamente todos los pasos a realizar para la correcta curación del paciente: "Si un hombre está enfermo de ictericia, pon en remojo raíz de regaliz dentro de un bol de leche, déjalo reposar durante la noche bajo las estrellas, mézclalo con aceite-hilsum. Dáselo a beber y se curará".
El médico y el exorcista
A lo largo de los siglos, la medicina mesopotámica gozó de mayor o menor prestigio: durante el período del Imperio Nuevo asirio (entre los siglos VIII y VII a.C.), del que procede la mayoría de los documentos, conoció un especial auge; luego su presencia en los textos empieza a disminuir, hasta el punto de que, en el siglo V a.C., el historiador griego Heródoto llegó a afirmar que en Babilonia no existían médicos. Posiblemente semejante afirmación debía de ser una hipérbole para referirse a una situación donde los profesionales eran bastante más escasos que en épocas anteriores. Pero, ¿cuáles eran estos profesionales?
Desde un principio, la cura de las enfermedades fue el campo de trabajo de dos especialistas distintos, pero que se complementaban: el asu y el asipu o [w]ashipu. El asu es el que más se acerca al concepto tradicional de médico: prescribía tratamientos contra los males externos (cualquier herida o mal físico) y algunos males internos causantes de sufrimientos anímicos (preocupación, depresión, amor no correspondido...), usando todo tipo de productos naturales para remediarlos.

Impresión de un sello cilíndrico acadio procedente de Girsu que muestra a diversas divinidades.
Por su parte, el [w]ashipu era más bien un exorcista o mago que se ocupaba, sobre todo, de las enfermedades acaecidas de forma sobrenatural: podía diagnosticarlas a través de sus síntomas e interpretar los motivos de su aparición, siendo los más habituales una ofensa contra alguna divinidad. En ocasiones, el asipu contaba con la ayuda de un adivino (baru), que podía confirmar el diagnóstico a partir de la lectura de auspicios en las entrañas de los animales, el vuelo de las aves u otras señales de la naturaleza; también podía negar el tratamiento si estas últimas no resultaban favorables.
De esta forma, mientras que el asu basaba sus remedios en la administración de medicamentos, el asipu recurría a la magia, mediante conjuros y rituales.Pero ambos especialistas no actuaban de forma aislada, sino que lo hacían conjuntamente, en distintas fases de un mismo tratamiento. Así lo podemos apreciar en el conjuro contra la Lamashtu, un aterrador demonio femenino que castigaba a niños y fetos con todo tipo de enfermedades: fiebres, abortos, epidemias, muertes súbitas… Para combatir a la Lamashtu, junto con la recitación del conjuro y el ritual practicado por el asipu, el asu debía prescribir el tratamiento médico correspondiente, que requería la manipulación de diferentes productos naturales.
Mientras que el asu basaba sus remedios en la administración de medicamentos, el asipu recurría a la magia, mediante conjuros y rituales.
Uno de estos conjuros reza así: "Lamashtu, hija de Anu, a la que los grandes dioses han llamado por su nombre […] ¡desaparece, levanta el vuelo, aléjate, vete del cuerpo de este niño, del hijo de su dios protector! Te he conjurado por Anu, Antu, también por Enlil y Ninlin, también por Marduk y Sarpanitu; te he conjurado por los grandes dioses del cielo y la tierra: ¡Ay de ti como vuelvas a esta casa y te acerques a este niño!". Y esta es una de las recetas médicas empleadas para curar a una de sus víctimas: "Pez seca de barco, pez seca de timón, pez seca de remo, pez seca de otras cosas de barco, polvo de embarcadero y de vado, manteca de cerdo, aceite de pescado, aceite de asfalto, plantas de ankinutu y de aktam; mézclalo todo, dale friegas con ello y sanará".
Sin embargo, a juzgar por los textos de que disponemos, el asipu y el asu no gozaron siempre de idéntico reconocimiento social. En realidad, el asu ejerció un mayor protagonismo hasta mediados del I milenio a.C., cuando el asipu pasó al primer plano. Hacia esa época el término asu desaparece casi por completo de los textos, pasando sus funciones a ser ejercidas por el mismo asipu, con lo que todos los conocimientos se concentraron en una sola persona. Por otro lado, se conocen algunos especialistas en determinadas enfermedades, como las que afectan a los ojos, oídos, hígado, dientes, vías respiratorias y recto; sobre todo, tenemos noticia de manuales ginecológicos, siempre en manos de las mujeres.
Los médicos y sus recetas
No sabemos cómo se transmitían los conocimientos médicos en la antigua Mesopotamia, aunque probablemente una de las sedes principales de la enseñanza médica fue la ciudad de Isin, lugar de residencia de la diosa Gula, "la grande, la que entiende a las enfermedades" –a veces identificada con Ninisina, "Señora de Isin y Gran Médico de los cabezas negras [los sumerios]"–, y que tenía un perro como animal totémico. Ambas eran madres de Damu, otro dios relacionado con la salud, encargado de alejar los demonios. Quizás era en el templo de la diosa, el E-gal-mah, o en alguno de los edificios relacionados con él, donde se aprendía a distinguir las enfermedades según sus síntomas, los diferentes procedimientos médicos para tratarlas, las combinaciones de los productos naturales y su correcta administración, en lo que constituiría un lejano precedente de las modernas facultades de medicina.

Kudurru o estela que representa a la diosa Gula acompañada de su perro. Museo del Louvre, París.
Los productos utilizados para confeccionar medicamentos procedían de los minerales –destacan los compuestos de cloruro sódico (la sal corriente) y nitrato potásico (el salitre)– y también de los animales –se usaban cabezas y pieles de serpiente, caparazones de tortuga, la grasa, el sebo, la sangre, los huesos o la leche–. Pero la mayoría de materias primas procedía del mundo vegetal, tanto de plantas (casia, mirto, asafétida, tomillo) como de árboles (sauce, peral, abeto, higuera y palmera datilera) y de todas sus partes (raíces, tallos, semillas, hojas, frutos, ramas, resinas…).
Los productos utilizados para confeccionar medicamentos procedían de los minerales y también de los animales.
La manera de prepararlos consistía, en primer lugar, en la purificación o desinfección de los productos, que se conseguía tras lavarlos con una especie de jabón obtenido de grasas naturales. Los ingredientes así obtenidos podían tomarse directamente (frescos o secos), o bien tras una cuidadosa preparación: primero se pulverizaban hasta reducirlos a polvo para, acto seguido, disolverlos en distintos líquidos (cerveza, vinagre, miel), o bien cocerlos.
Finalmente, se administraban al enfermo mediante la ingesta (líquidos), la introducción interna (enemas), la aplicación sobre la superficie (ungüentos y bálsamos) o la aspiración (vapores).
En cuanto al instrumental médico, poco es lo que nos ha llegado a través de textos, de imágenes o de los objetos propiamente dichos. Existían agujas para coser heridas, lancetas, espátulas, cucharas, pinzas, tarritos para pomadas y tubos de bronce a modo de cánulas, además del material utilizado por el exorcista en sus ritos: amuletos, figuras apotropaicas (protectoras)…
Dado lo limitado de semejante equipo, es normal que la cirugía se practicara en muy contadas ocasiones. Por esta razón el conocimiento de la anatomía humana era muy escaso: lo que se sabía provenía del tratamiento de heridas internas producidas por algún accidente o en combate, o bien de los análisis de las entrañas de los animales cuando éstos eran sacrificados para conocer los auspicios. Esto sugiere una nueva cuestión: ¿De qué creían los mesopotámicos que estaba formado el ser humano?
La idea de individuo
Según el mito de Atrahasis o "El Muy Sabio", datado en el siglo XVII a.C., en el principio de los tiempos, cundo solo existían los dioses, éstos estaban divididos en dos grupos: los superiores o Igigi, y los inferiores o Annunaki, que servían a los primeros. Pero un día, hartos de este abuso y conscientes de su naturaleza igualmente divina, se rebelaron y se declararon en "huelga", provocando una gran confusión entre los Igigi, que veían amenazada su existencia si no recibían el sustento que suministraban los Annunaki. Se convocó una asamblea para hallar una solución, y el dios Enki (o Ea) sugirió buscar un sustituto de los Annunakique realizara su mismo trabajo: servir a los dioses. Se decidió entonces inventar una nueva criatura, el ser humano, que fue creado –como todo en Mesopotamia– de barro.
Pero la arcilla en sí misma es inanimada, por lo que era necesario dotarla de vida. Para ello se requería un sacrificio divino, y el escogido fue uno de los dioses menores, We, líder de la revuelta de los Annunaki. De la mezcla de la sangre de este dios y del barro surgió el hombre, un ser dotado de una mínima porción de divinidad (ilu) y espíritu (temu) obtenidos del dios We. De esta manera, uniendo las palabras wer e ilu surge [a]weilu o awilu[m], "hombre" en lengua acadia; y, por otro lado, uniendo we y temu surge wetem[m]u, de donde proviene etemmu, término que designaba lo que queda después de la muerte, es decir, el espíritu o fantasma.
De la mezcla de la sangre del dios We y del barro surgió el hombre, un ser dotado de una mínima porción de divinidad (ilu) y espíritu (temu).

Tablilla cuneiforme con prescripciones médicas procedente de Nínive.
Así, pues, todo individuo o awilum estaba dotado, en vida, del cuerpo o pagru –compuesto de carne (shiru) y huesos (esemtu)– y de espíritu o etemmu –una existencia latente y virtual–. Al morir, de todo ello quedaba el resto físico formado por el cadáver: el shalamtu (que acababa convertido en polvo) y los huesos (el único contacto físico con los muertos). Y quedaba, también, el aspecto espiritual formado por el etemmu, que se podía "ver" como una sombra (sillu) o «percibir» como un soplo (zaqiqu); este resto de la personalidad del difunto podía actuar en el mundo de los vivos para advertirlos o castigarlos.
El mal y el origen de la enfermedad
Los males y las enfermedades que acechaban y castigaban a las personas actuaban siempre sobre un plano físico, tanto si afectaban al cuerpo (pagru) y sus componentes (la carne y los huesos)como si afectaban al espíritu (etemmu), que seguía teniendo una existencia física, aunque muy tenue. Estos males, por tanto, provocaban sufrimiento: comprendían molestias, dolores, enfermedades, envejecimiento, decadencia física... y cualquier otra cosa que perturbara el bienestar físico y mental de la persona, a excepción de la muerte. Esta no se veía como un mal, sino como un destino del que no se puede escapar. Pero, por lo demás, se podían observar los síntomas de todos los males que hacían infeliz al ser humano, y tratarlos y curarlos para regresar a un estado de plenitud.
El origen de los males no podía encontrarse en los dioses: éstos habían creado a la humanidad para que trabajase y ellos pudieran descansar, por lo que no sería lógico castigar a los seres humanos con penalidades y sufrimientos que les agotaran y les impidieran realizar su cometido. Ante esta incongruencia, los teólogos mesopotámicos pensaron que la causa de estos males se hallaba en seres distintos a los dioses, inferiores en rango a estos pero superiores a los humanos, malos por naturaleza y cuya función era básicamente cometer todo tipo de desgracias contra la humanidad. Estos seres terribles eran los demonios.
El origen de los males no podía encontrarse en los dioses, sino en seres inferiores en rango a estos, pero superiores a los humanos.

El demonio Pazuzu. Siglo VIII a.C. Museo del Louvre, París.
En un principio, no existía un término para referirse a ellos más que el sumerio dingir y el acadio ilu, "dios", pero que en este caso designaba únicamente a un ser sobrenatural, sin connotaciones negativas o positivas, al estilo de la palabra griega daimon, de la que deriva "demonio". Fue el cristianismo, con el paso de los siglos, lo que confirió un sentido negativo a este término por oposición a los ángeles o genios.
En la actualidad, los asiriólogos reservan la palabra "demonio" para designar a cualquier criatura (de carácter benéfico o maléfico) en cuyo cuerpo se mezcla lo humano y lo animal, mientras que utilizan la palabra "monstruo" para referirse a las criaturas cuyo cuerpo combina partes de diferentes animales.
Estos seres, los demonios, estaban presentes en las más antiguas teologías sumerias, y más tarde, desde la época del Imperio acadio (hacia 2350 a.C.), fueron heredados por los semitas. Estos tradujeron los nombres de los demonios y aumentaron su número hasta convertirlos en un verdadero ejército de seres infernales, dispuestos a causar toda clase de males, desde dolores en cualquier parte del cuerpo hasta abortos, fiebres, pestes y todo tipo de epidemias que asolaban la población. Mientras que disponemos de extensos relatos mitológicos sobre los dioses mesopotámicos, los agentes demoníacos aparecen raramente en ellos; la mayor fuente de información sobre este oscuro mundo radica en las tablillas mágicas que hablan de lo que se debe hacer para alejarlos (conjuros, exorcismos, fórmulas mágicas…). Pero ¿qué relación guardaban los dioses, los demonios y las enfermedades?
El papel del asipu
Parece que con el aumento de la influencia semita en el paso del III al II milenio a.C. se produjo un cambio en la concepción del mal: éste era propio de los seres humanos y se manifestaba siempre que contravenían los designios y las normas divinas; es decir, cuando pecaban. Ante este acto de rebeldía contra los mandatos de los dioses, la persona debía ser castigada. Los hombres podían conocer algunos de los principales mandatos divinos, pero la sociedad mesopotámica, extremadamente supersticiosa, contemplaba miles de tabús y de actos que podían desagradar a los dioses; y no todos eran conocidos. Por ello, el hombre siempre acababa pecando por una u otra razón, lo que provocó la aparición de oraciones como ésta para los atribulados creyentes: "He pecado mucho y, sin embargo, no sé cómo; que la diosa Ishtar que me abandonó me muestre piedad".

Modelo en arcilla de un hígado humano procedente de la ciudad de Sippar.
Los encargados de castigar a los hombres eran los demonios, que pasaron de actuar por cuenta propia a convertirse en los heraldos de los dioses y los ejecutores de sus condenas. En este segundo caso, la falta contra un dios motivaba el alejamiento de este respecto de quien había pecado y, por tanto, de su protección contra los demonios, como reza esta oración: "Mi dios me ha abandonado y ha desaparecido; mi diosa me ha abandonado y se ha alejado; el ángel benévolo que me acompañaba se ha marchado; mi espíritu protector ha alzado el vuelo y está buscando a otra persona a quien proteger". Los demonios aprovechaban esta circunstancia para introducirse en el cuerpo de la persona afectada y provocar el mal desde dentro.
Los encargados de castigar a los hombres eran los demonios, que pasaron de actuar por cuenta propia a convertirse en los heraldos de los dioses.
La solución a todos los males pasaba por la expulsión y el alejamiento de estos agentes malignos, y la manera de hacerlo era la práctica combinada del asu y el asipu. Se amenazaba a los demonios y se les ordenaba salir del cuerpo: "¡Salid de mi cuerpo, alejaos de mi cuerpo, apartaos de mi cuerpo, huid de mi cuerpo, no volváis a mi cuerpo, que vuestras perversidades suban hacia el cielo como el humo!". A partir de este momento el destinatario de los mensajes y las prácticas eran los dioses, a los que se les suplicaba ayuda para combatirlos, mostrándose humildes y arrepentidos de su falta a fin de conmover a la divinidad para que retirara su castigo, regresara para proteger al enfermo y alejara y eliminara la presencia demoníaca: "Que el dios que me arrojó me dé su ayuda, que la diosa que me abandonó me muestre piedad".
Atendiendo a este mecanismo de conseguir el perdón y recuperar la "salud", se empezaron a confeccionar catálogos de conjuros mágicos, colecciones de rituales de exorcismo y compilaciones de recetas, para actuar contra todo tipo de males y disfrutar un poco más de la vida, ya que contra la muerte no había receta posible.
Los rituales en los templos de la Babilonia helenística y parta
Conferencia de Rocío Da Riva (Universidad de Barcelona)
El yacimiento arqueológico de Babilonia, la ciudad más importante de la antigua Mesopotamia, ha proporcionado una gran cantidad de documentos cuneiformes datados a finales del I milenio a.C. y relativos a los rituales de los templos y santuarios de la ciudad. Estos documentos se encuentran actualmente en el Museo Británico de Londres.

Se trata de textos de desigual longitud y complejidad, en ocasiones fragmentarios, en los que se describen de forma minuciosa los procedimientos y acciones que se han de llevar a cabo en los ritos y las ceremonias religiosas de los templos. Un aspecto interesante de estos rituales tiene que ver con la música y el canto durante las ceremonias, en especial en aquellas relacionadas con los rituales de Año Nuevo y con el culto de la diosa Ishtar, patrona de la guerra y del amor.
Festivales de la Antigua Mesopotamia
https://www.worldhistory.org/trans/es/2-2185/festivales-de-la-antigua-mesopotamia/rtejando el favor de los dioses
El festival babilónico de Akītu y la humillación ritual del rey.https://anetoday-org.translate.goog/mirelamn-ritual-humiliation-king/?_x_tr_sl=en&_x_tr_tl=es&_x_tr_hl=es&_x_tr_pto=tc












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