Mostrando entradas con la etiqueta umberto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta umberto. Mostrar todas las entradas

martes, 1 de septiembre de 2026

El flâneur por el mundo

 


El flujo y el reflujo de aquel agua, su ruido continuo pero acentuado a intervalos, golpeando sin descanso mi oído y mis ojos, suplían los movimientos internos que la ensoñación extinguía e mi y bastaban para hacerme sentir con placer mi existencia, sin tomarme el trabajo de pensar. De vez en cuando nacía alguna débil y breve reflexión obre la inestabilidad de las cosas de este mundo, cuya imagen me ofrecía la superficie de las aguas; pero pronto esas ligeras impresiones se borraban en la uniformidad del movimiento continuo que me acunaba y que, sin ningún concurso activo de mi alma, me retenía hasta el punto de que, llamado por la hora y por la señal convenida, no podía arrancarme de allí sin esfuerzo”



“El caminante sobre el mar de nubes”, 
de Caspar David Friedrich 

Las ensoñaciones de un paseante solitario de Rousseau

https://archive.org/details/rousseau-suenos-de-un-paseante-solitario


La tradición literaria y artística del flâneur, que reinventa la caminata y de simple medio de locomoción la convierte en una forma de estar en el mundo, es desde luego tan variopinta como vasta. Además del ya mencionado Rousseau, se cuenta entre sus filas William Hazlitt, R.L. Stevenson, Edgar Allan Poe y H.D. Thoreau; Charles Baudelaire, Guy Debord, Paul Virilio y casi todos los dadaístas y surrealistas; Karl Gottlob Schelle, Nietzsche, Walter Benjamin, Franz Hessel, Robert Walser, Ernst Jünger y Sebald; Joseph Beuys, Richard Long, Robert Smithson, Gordon Matta-Clark, Francis Alÿs y grupos artísticos como Fluxus; Salvador Novo, Roberto Arlt, Néstor Perlongher y un ambulante etcétera. Por ello no es extraño que, a la hora de caminar sin rumbo fijo, uno llegue a percibir una suerte de sombra, una presencia que es al mismo tiempo una pregunta: ¿hasta qué punto los paseos escritos, los vagabundeos de los que ha quedado registro literario o fueron documentados, influyen en la experiencia del paseante, en su disposición y derroteros?

1.


Voy andando con alguien mientras nieva. En este sueño recurrente, donde no se escucha nunca el menor sonido, la nieve cae con parsimonia –como en los Alpes cuando no hay viento– borrando el mundo.


Es probable que el remoto origen de ese sueño se encuentre en un comentario que Paul Auster dejó caer en su brownstone de Brooklyn, en Park Slope, una tarde de octubre de hace ya algunos años, bajo un cielo gris de hielo, un día del pasado. Dijo Auster que le fascinaba la nieve, así como el silencio que solía acompañarla: la nieve le permitía ver la vida de una manera distinta, porque cambiaba el entorno y eso facilitaba que uno pudiera redescubrirlo. Para Auster, el ritmo de la vida en Nueva York lo marcaban las repentinas neviscas de cada año, las escarchas que no faltaban nunca a su cita y lo bloqueaban todo, las brisas y tormentas que de un día para otro cambiaban la fisionomía urbana.



Y recuerdo que pensé, esa tarde de octubre en Park Slope, cuando le oí hablar a Auster de la nieve, que a veces esta parecía hecha sólo para escribir o para caminar sobre ella. Y recuerdo que también pensé que el equivalente de la nieve en Barcelona era la lluvia, que también modificaba la vista e inventaba ciudades de cristal, todo un mundo de espejos. Una vez, escribí una novela, Dublinesca , en la que en Barcelona, en Dublín, en Nueva York, en todas partes, siempre llovía. De hecho, todavía hoy, si estoy en casa y comienza a llover, suspendo cualquier actividad para concentrarme en la atmósfera que está surgiendo. Siempre llueve en la alta fantasía, insinuó el Dante en un verso del Purgatorio (XVII, 25).


2.


Me acuerdo de cómo en El palacio de la luna , después de una tormenta, Marco Stanley Fogg se convertía en otra persona, como si hubiera ido más allá de sus límites, como si fuera posible caminar y cruzar por en medio de un temporal y acceder luego a la luz provinciana de un lugar desconocido.


3.


Todos los días, a primera hora de la mañana, ando cerca de una hora, da igual que esté en Barcelona o en Shanghái. Siempre sin un rumbo preestablecido, pero consciente de que –como aprendí en 1985 al descubrir a Paul Auster en Ciudad de cristal – pasear es ir dibujando.



Lo habitual es que dibuje con mis pies una figura sobre el mapa de Barcelona, que dibuje una figura que no llego a percibir porque obviamente no me veo desde arriba, pero que supongo que es una silueta con sombra que, de poderla contemplar, seguro que me parecería muy enigmática.


He caminado algunas veces con Auster, en Barcelona o en Nueva York, jamás fuera de estas dos ciudades. A veces nevaba durante la caminata, y no era un sueño; en otras todo era muy luminoso, como si una determinada alegría –al modo de una ensoñación– recorriera la escena. De entre todos los paseos el que más recuerdo es aquel en el que no paró de contarme, en un francés muy fluido, argumentos de filmes nada conocidos del Hollywood de los 50. Fue raro, porque aún a día de hoy no he llegado a localizar ni una sola de las películas de las que me habló, por lo que no descarto que me contara argumentos de novelas que había alguna vez planeado y finalmente nunca había escrito.


4.



Cuando publicó Ciudad de cristal , se experimentaba con satélites pero no se conocía todavía lo que acabaría siendo el GPS, ese invento que en aquellos días habría facilitado al momento la información sobre el dibujo que en la novela de Auster iban creando los pasos errantes de Peter Stillman, el vagabundo al que sigue el improvisado detective llamado Daniel Quinn, cuyas iniciales son las mismas de Don Quijote, el paseante más universal.


Ayer, por cierto, supe de un tipo que va creando en el suelo dibujos de la misma forma que Peter Stillman. Pero en el caso de este hombre, quien sigue y registra sus movimientos no es un detective, sino un GPS. De hecho, hay un blog donde al parecer nuestro caminante digital va recogiendo los dibujos que crea sobre el plano de Manhattan con sus excursiones a pie.


También ayer pude saber que lo que lleva a cabo este “artista” se parece a lo que hace Stephen Lund, un joven que vive en Victoria, Canadá, y al que le encanta ir en bicicleta, no porque le guste especialmente ese modo de transporte, sino porque, valiéndose de la aplicación Strava, va registrando sus itinerarios y creando curiosas “figuras”, que publica en su concurrida web GPS Doodles.



Este Stephen Lund se parece a su vez a Jeremy Wood, al que descubrí en Barcelona en una exposición en el CCCB sobre W.G. Sebald. Los mapas fantasmales de Wood, trazados también con GPS, llevaban la mirada de Sebald –las huellas de sus largos recorridos a pie– hasta la altura del satélite para ver los rastros humanos desde más allá de la estratósfera. Como escribiera Jorge Carrión a propósito del trabajo de Wood en esa exposición, “la obsesión sebaldiana por perseguir huellas que se desvanecen ha seguido hallando en Wood inesperados herederos”.


Y me acuerdo también de cómo, al ver aquel trabajo de Wood en Barcelona, resonaron en mí unas palabras de Ciudad de Cristal –“Stillman nunca parecía dirigirse a ningún lugar en concreto, ni parecía saber adónde iba. Y sin embargo, como si obedeciera a un plan preciso, se mantenía en un área muy reducida limitada al norte por la calle 110, al sur por la 72, al oeste por Riverside Park y al este por Amsterdam Avenue”– y terminé pensando que aquella deriva se parecía a tantas que hasta podía parecerse a la de un Hamlet errático que hubiera llegado del pasado con una actitud a lo James Dean: de pronto, un paseante perdido en el universo inmenso, pero también en el pequeño universo de Times Square; el cigarrillo en los labios, la cabeza hundida en su abrigo, la lluvia cayendo a plomo.


5.


Caminar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Dicen algunos que nuestro camino es por entero imaginario y que a eso debe su fuerza. Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. El paseo, el camino, es como la vida. Lo dice Littré, que nunca se equivoca. ¿Y no decía algo parecido Cioran? Bueno, Cioran decía (¿o fue también Littré?): “Yo sé que todo es falso, pero no sé cómo probarlo”.



6.


¿Debemos pasear solos o en compañía? Sobre la cuestión hay unas palabras de Laurence Sterne que parecen indiscutibles: “Déjenme tener un compañero de paseo aunque sólo sea para observar cómo se alargan las sombras y declina el sol”.


Parecen indiscutibles, pero William Hazlitt las discutió, y dijo que ese continuo contrastar con un acompañante todo lo que uno iba viendo en el camino alteraba en realidad la impresión involuntaria de las cosas en la mente y dañaba el sentimiento.


Esta opinión de Hazlitt la hallé en un mínimo libro titulado El arte de caminar , compuesto por la unión feliz de dos breves y muy sutiles ensayos: “Dar un paseo”, de William Hazlitt y “Excursiones a pie”, de Robert Louis Stevenson.


Para Hazlitt siempre será mejor pasear o caminar sin compañía alguna, porque no se puede leer el libro de la naturaleza sin encontrar perpetuamente la dificultad de traducirlo para beneficio de otros: “En una caminata, yo estoy a favor del modelo sintético sobre el analítico; me contento con apilar una serie de ideas para examinarlas y analizarlas más adelante”.


Como se ve, no deseaba Hazlitt que sus impresiones de paseante o caminante se enredaran continuamente en las zarzas y las espinas de una controversia. Es una buena táctica, pienso yo, para poder llegar a tener opiniones propias.



Treinta años exactos después de la muerte de Hazlitt, nacía Robert Louis Stevenson, que también insistió, a lo largo de su ensayo sobre el arte de pasear, en que una caminata ha de hacerse a solas, porque la libertad es esencial, pues nada tan necesario como que llevemos nuestro propio paso, no el del vecino o el del amigo: “Se debe estar abierto a todas las impresiones y permitir que nuestros pensamientos adopten el color de lo que vemos. No le veo la gracia a caminar y charlar al mismo tiempo. Dicho de otro modo, no debe haber ruido de voces al lado, para estropear el silencio meditabundo de la mañana”.


Creo que el tema específico del paseo nació con paso ligero en Hazlitt al rebatir la frase de Sterne; la mantuvo, a ese paso leve, su encantador discípulo Stevenson; lo convirtió en una prosa sonámbula Robert Walser; Paul Auster le añadió errancia al dibujo de los extravíos de Hamlet, y W.G. Sebald terminó por darle un giro oscuro a sus solitarios paseos por sombríos parajes europeos, aderezados por misteriosos retratos históricos de otros inadaptados, de otros paseantes del pasado.


Había en Sebald una idea de inadaptación y silencio que ya se había dejado ver en las sombras de duda que proyectaba Stillman en sus caminatas.






A veces hasta parece mentira que un tema tan sencillo haya podido dar tan buenas páginas a la literatura. Pero no nos olvidemos de que, como decía Lichtenberg, la tendencia humana a interesarse en minucias siempre condujo a grandes cosas.


7.


¿Qué puede ver uno mientras pasea? Todo. Literalmente, el mundo entero, sin ir más lejos.


Escribe Hazlitt en “Dar un paseo”: “El mundo, tal como lo imaginamos, no es mucho más grande que una nuez; no es una perspectiva que se abre a otra, un condado unido a otro, un reino a otro, la tierra con los mares, formando una imagen voluminosa y vasta, la mente no puede formarse del espacio una idea más grande de lo que el ojo puede abarcar en una sola mirada”.


Algunas veces he sospechado que el célebre “El Aleph” de Borges pudo surgir de la lectura de ese fragmento sobre el mundo y la nuez que encontramos en “Dar un paseo”, el breve ensayo de Hazlitt.



Es difícil, supongo que imposible, demostrar esto. Pero si en alguna parte de esa nuez que es el mundo hay alguien que cree que puede interesarle buscar la huella de Hazlitt en ese “cuento que es el lugar que es todos los lugares” (como Borges lo definió en una tarjeta postal), le recomiendo que parta de la base de que “El Aleph” está dedicado a Estela Canto, gran amor de Borges y escritora que, como cuenta Alberto Manguel en Lecturas sobre la lectura , “escribió ensayos al estilo de William Hazlitt (de quien era admiradora) para varias revistas literarias de la época”.


8.


Sergio Chejfec dice que caminar es una manera de viajar. Hace dos años, quedé con él en Nueva York y anduvimos –salimos a caminar de inmediato, en cuanto nos saludamos, creo que de un modo, por su parte, muy deliberado, como si estuviera interesado sólo en hablar andando– durante una hora y media antes del almuerzo en el centro de Manhattan. La animada y a veces extraña conversación me recordó las caminatas de los dos personajes principales de su novela La experiencia dramática . Le comenté que últimamente andar me ayudaba a organizar la estructura de un artículo, de una novela, de una carta de amor. Nada que pudiera sorprenderle demasiado, porque no desconocía, por supuesto, que parte de la historia de la literatura, desde sus comienzos, se ha nutrido de viajes: el desplazamiento como acción narrativa básica; después, ya llegan los acontecimientos, el viajero cambia de paisaje y de personas, pasan ciertas cosas. Ahora bien, Chejfec va más lejos y la caminata le parece la más radical de todas las formas de moverse. Y creo que tiene razón. No deja de ser curioso que la manera más natural y primitiva de desplazarse pueda convertirse en la actividad más luminosa; tal vez sea una actividad tan creativa porque tiene la velocidad humana. La caminata parece producir una sintaxis mental y narrativa propia.



9.


Chejfec considera que la caminata es casi la única actividad no colonizada por la economía capitalista, que tiende a fragmentar el consumo y crear necesidades a partir de nuevos artículos. Para caminar, dice Chejfec, no se vende en cambio nada especial, y eso que hay todo un mercado alrededor de comer, beber agua, correr, dormir, practicar sexo, leer, etc.


Pero esto lo dijo Chejfec el invierno pasado, cuando aún no había gente a la caza de Pokémons . De pronto, alguien ha lanzado incluso unas zapatillas especiales para salir a capturar Pokémons ; parece que se venderán a través de un proyecto de crowdfunding . Ya no queda nada, al parecer, que no esté colonizado.


10.


¿Qué es el aire de Auster? Es algo que algunas mañanas está ahí, junto a mí, es una percepción que se da en ocasiones y que se parece a un fragmento de La invención de la soledad en el que Paul Auster celebra, con palabras decididamente felices, la vida. Es un momento que me recuerda la dedicatoria del Persiles , aquella página póstuma en la que Cervantes nos dejó dicho que amaba el mundo, le gustaba la vida, le dolía dejarla. Las palabras de Auster tienen algo de la confesión cervantina: “Juzga extraordinario que algunas mañanas, poco después de despertar, cuando se agacha para atarse los cordones, lo inunde una dicha tan intensa, una felicidad tan natural y armoniosamente a tono con el mundo, que le permite sentirse vivo en el presente, un presente que lo rodea y lo impregna, que llega hasta él con la súbita y abrumadora conciencia de que está vivo”.



11.


En mi correo electrónico encontré, hace una hora, un mensaje de John William Wilkinson con una cita de agosto de 1911 del diario de Kafka: “Automóvil en Múnich. Lluvia, recorrido rápido (veinte minutos). Como si mirásemos a la calle por el ventanuco de un sótano”.


Es genial, he pensado, porque anula el movimiento del automóvil y porque la perspectiva que desde el ventanuco dice haber visto K. es únicamente de sótano, todo lo contrario del supuesto sentido común de Julien Gracq, por ejemplo, que oponía “automóvil y movimiento” a las palabras “desván y sótano”.


Por mi parte, al automóvil y al desván le quiero oponer mis piernas. Acabo de escribir esta frase y decido que en menos de un minuto voy a salir del hotel de Nueva York donde me encuentro. Saldré, pero esta vez pisaré las calles convencido de tener una perspectiva de sótano, idéntica a la que tengo ahora sentado en este sillón donde escribo. Imaginaré que camino por los mismos lugares por los que una vez, hace dos años, caminé con Chejfec, y me preguntaré si no ha llegado ya la hora de que volvamos a sentirnos todos cerca de la condición humana tradicional, siempre trágica. Después de la gran idiotez de los últimos años, de tanta burbuja y posmodernidad y progreso ficticio, ¿no se impone el regreso a la tragedia, a un cierto clasicismo, a un renacimiento del saber, a una resistencia a seguir siendo colonizados, a una sintaxis que nos devuelva la libertad?



O esto, o salir zumbando.


12.


Ha comenzado a nevar mientras caminaba y pienso en los caminos del Quijote y sobre todo en la segunda parte de ese libro, donde Cervantes va entretejiendo, cada vez más estrechamente, ficción con realidad. Martín Cristal se preguntaba no hace mucho si no sería que el Quijote falso de 1614 no fue compuesto por Alonso Fernández de Avellaneda, como siempre nos han querido hacer creer, sino que también fue obra del mismo Cervantes, quien lo habría compuesto –o encargado a un ghost writer – y luego publicado con el seudónimo de Avellaneda para enriquecer su propio juego de “ficción y realidad” por el lado de la realidad, quizás porque el factor realidad siempre es más grosero y, paradójicamente, más difícil de creer.


13.


Se sabe que La invención de la soledad fue el catalizador que puso en marcha toda la carrera de Auster como novelista. Es lo primero que pienso cuando veo que ha dejado de nevar. Lo pienso en medio de un silencio perfecto.



La invención de la soledad la escribió tras la muerte de su padre, con el ánimo de tratar de entender quién había sido este. “¿Y qué es la ficción sino el intento de entender las vidas ajenas?”, se preguntaba Auster en cierta ocasión. No cabe duda de que esta es una de las razones por las que se escriben relatos, novelas… A mí con el tiempo lo que ha acabado interesándome es cómo –teniendo en cuenta que siempre se han contado historias– empezó la historia de la narración. “Podemos imaginar”, dice Piglia, “que el primer narrador fue un viajero –el mito de Ulises– y que el viaje es una de las estructuras centrales de la narración: alguien sale del mundo cotidiano, va a otro lado y cuenta lo que ha visto, la diferencia. Y ese modo de narrar, el relato como viaje, una estructura de larguísima duración, ha llegado hasta hoy”.


Pero podríamos pensar, sigue diciendo Piglia, que hay otro origen del acto de narrar. Porque sabemos que no hay nunca un origen único. Entonces podríamos imaginar que el otro primer narrador –el mito de Edipo– ha sido el adivino de la tribu, el que narra una historia posible a partir de rastros y vestigios oscuros. Y habría quizás llegado el momento de poder decir que el primer narrador fue tal vez alguien que leía signos y que el primer modo de narrar fue la reconstrucción de una historia cifrada: el relato como investigación.



14.


El viajero Ulises. Y el descifrador de enigmas que hay en Edipo, que es el que investiga el crimen y termina por comprender que el criminal es precisamente él mismo. Me parece que una fusión de esos dos mitos, Ulises y Edipo, se da en Mac, el héroe de una novela que terminé el mes pasado, al que físicamente, quizás sea por la edad que tiene, le adjudico un parecido con Paul Auster. Mac es alguien que viaja para indagar cuál fue el relato original.


15.


Un viajero en el tiempo indaga en el misterio del universo. ¿Es un relato de futuro o un remoto relato del pasado?


16.


Me acuerdo de que en mi país siempre se olvidan de que el Quijote es un libro metaliterario, especialmente la segunda parte. Y también se olvidan de que el Quijote es un libro sobre el Quijote , y que sus temas principales son la lectura y la escritura, y la relación antagónica entre realidad y ficción, entre vida y literatura. ¿Es un relato de futuro o es un remoto relato del pasado? Lectura y escritura, ficción y realidad… Me acuerdo de que son precisamente estas las coordenadas que más allá de las acciones y lugares particulares de sus obras caracterizan y marcan la relación paródico-intertextual entre Paul Auster y Cervantes. Y también me acuerdo de haber escrito un librito titulado No soy Auster y de que Auster se enteró y quiso leerlo y yo me fui del bar de Barcelona donde él se disponía a leerlo, lo que me produjo una vergüenza inmensa.



17.


No soy Mac.


18.


Lluvia. Camino, nubes grises y gaviotas. Viento racheado, una ancha tiniebla que desciende. El misterio del universo parece a punto de estallar. Basta.


19.


Lucrecia Martel (en una entrevista con Andrea Valdés): “Tuve la fantasía del barco a la deriva para morir, pero no como una obra sino como una fuga de las salas de terapia intensiva y sus ruidos de respiradores y monitores cardíacos, aunque adoro las enfermeras. El año pasado vendí mi barco, y el tiempo me ha vuelto a una idea de los trece años: el desierto de la Puna. Morir caminando, como los burros de la Puna, caer deshidratados, mirando un cielo difícil de ver en otras partes, comprendiendo con humildad que estamos en la cubierta de un planeta que navega un universo inmenso, incomprensible. Ah, pero qué noche, qué silencioso el viento”.


Balzac y el análisis de la marcha humana

Desde tiempos remotos, el hombre se ha interesado por el análisis del movimiento y especialmente por el estudio de la marcha. Aristóteles, Hipócrates, Galeno, Leonardo Da Vinci u Honoré de Balzac analizaron, mediante la observación, la forma de andar del ser humano. El objetivo de este trabajo es mostrar la relación de Honoré de Balzac con el análisis científico de la marcha humana.


Los hermosos y sutiles pensamientos de paseo, Robert Walser

—Pasear —respondí yo— me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios. Un hombre tan inteligente y despierto como usted podrá entender y entenderá esto al instante. En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mí pasear no sólo es sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia. Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir.

De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Piense cómo el poeta ha de empobrecerse y fracasar de forma lamentable si la hermosa Naturaleza maternal y paternal e infantil no le refresca una y otra vez con la fuente de lo bueno y de lo hermoso. Piense cómo para el poeta la instrucción y la sagrada y dorada enseñanza que obtiene ahí fuera, al juguetón aire libre, son una y otra vez de la mayor importancia. Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan sólo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras.

Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y bellas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresada y carente de egoísmo; tiene que ser siempre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas, necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña. De otro modo, pasea tan sólo con media atención y medio espíritu, y eso no vale nada. Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima cotidianeidad, y probablemente sabe. Pero ese fiel y entregado disolverse y perderse en los objetos y ese celoso amor por todas las manifestaciones y cosas lo hacen feliz, como todo cumplimiento de obligación hace feliz y rico en lo más íntimo a quien tiene una obligación que cumplir. Espíritu, entrega y fidelidad lo satisfacen y elevan sobre su propia e insignificante persona de paseante, que con demasiada frecuencia tiene reputación y mala fama de vagabundeo e inútil pérdida de tiempo. Sus múltiples estudios lo enriquecen y entretienen, lo calman y refinan y rozan a veces, por improbable que pueda sonar, con la ciencia exacta, lo que nadie creería del en apariencia frívolo caminante.

¿Sabe usted que mi cabeza trabaja dura y tercamente, y a menudo estoy activo en el mejor de los sentidos, cuando parezco un archigandul y persona frívola sin responsabilidad, sin pensamiento ni trabajo, perdido en el azul o en el verde, lento, soñador y perezoso, que ofrece la peor de las impresiones? Secreta y misteriosamente, siguen al paseante toda clase de hermosos y sutiles pensamientos de paseo, de tal modo que en medio de su celoso y atento caminar tiene que parar, detenerse y escuchar, que está cada vez más arrebatado y confundido por extrañas impresiones y por la hechicera fuerza del espíritu, y tiene la sensación de ir a hundirse de pronto en la tierra o de que ante sus ojos deslumbrados y confusos de pensador y poeta se abre un abismo. La cabeza se le quiere caer, y los por lo demás tan vivos brazos y piernas están como petrificados. Paisaje y gente, sonidos y colores, rostros y figuras, nubes y sol giran como sombras a su alrededor, y ha de preguntarse: «¿Dónde estoy?». Tierra y cielo fluyen y se precipitan de golpe en una niebla relampagueante, brillante, apelotonada, imprecisa; el caos empieza, y los órdenes desaparecen.


Trabajosamente, el conmocionado intenta mantener su sano conocimiento; lo consigue, y sigue paseando confiado. ¿Considera usted del todo imposible que en un suave y paciente paseo encuentre gigantes, tenga el honor de ver a profesores, trate al pasar con libreros y empleados de banca, hable con futuras jóvenes cantantes y antiguas actrices, coma con ingeniosas damas, pasee por los bosques, envíe peligrosas cartas y me bata violentamente con insidiosos e irónicos sastres? Todo esto puede suceder, y creo que de hecho ha sucedido. Al paseante le acompaña siempre algo curioso, reflexivo y fantástico, y sería tonto si no lo tuviera en cuenta o incluso lo apartara de sí; pero no lo hace; más bien da la bienvenida a toda clase de extrañas y peculiares manifestaciones, hace amistad y confraterniza con ellas, porque le encantan, las convierte en cuerpos con esencia y configuración, les da formación y ánima, mientras ellas por su parte lo animan y forman. En una palabra, me gano el pan de cada día pensando, cavilando, hurgando, excavando, meditando, inventando, analizando, investigando y paseando tan a disgusto como el que más. ¡Y aunque quizá ponga la cara más complacida del mundo soy serio y concienzudo en grado sumo, y aunque no parezca más que delicado y soñador soy un sólido experto! Espero que todas estas detalladas explicaciones le convenzan de mis sinceras aspiraciones y le satisfagan plenamente.


Robert Walser
El paseo
Traducción: Carlos Fortea
Editorial Siruela

Foto: Robert Walser


Tras los pasos de Walser y demás caminantes



 

Las calles siniestras: antología del eterno paseante, de Pío Baroja
Sobre golfos y gamberros

Así como el golfo al dejar la clase social a que pertenece rompe con las ideas de esa clase, al rampante o trepador le sucede lo contrario: exagera las ideas de la clase a que piensa escalar.

Como la palabra favorita de hace cuarenta años era golfo, es muy posible que la de hoy llegue a ser gamberro. El gamberro, en general, es un mozo que toma una actitud desvergonzada, hace gala ante el público de ser impertinente, atrevido, irrespetuoso. Alardea de procacidad y de insolencia. Este tipo insolente, un poco en bruto, se da más que en ninguna parte en las provincias del norte de España, principalmente en las Vascongadas, en Navarra y algo en Santander y en Asturias. También se da en Galicia, no sé si tanto. Los focos del gamberrismo son San Sebastián y Bilbao, dos ciudades, antes, que pretendían, sobre todo la primera, ser la quinta esencia de la pulcritud y de la corrección más extremadas.

El gamberro no se parece al chulo, ni al de la realidad ni al que hemos visto representado y casi ensalzado durante cuarenta años en el teatro del género chico. La chulería o chulapería era más bien madrileña y andaluza y no llegaba al norte de la Península.


Vagabundos y bohemios
Claro que hay bohemios resignados, contemplativos, dulces hermanos de la cofradía de los desharrapados, pequeños San Francisco de Asís del arroyo, que pasean por el planeta acariciando un sueño interior cándido y dulce; pero la mayoría no son así, la mayoría tiene odios violentos y cóleras feroces.

Yo tengo varios libros sobre los vagabundos y mendigos. Uno se titula El azote de tunantes, holgazanes y vagabundos. (…) se señalan y caracterizan toda esta clase de mendigos: biantes, felsos, afrailes o frailes fingidos, abordones o falsos peregrinos, acaptivos, afarfantes o farsantes, acapones, lagrimantes, aturdidos, acayentes, cañabaldos, prestadores, tembladores, admirantes o milagreros, aconios que llevan imágenes; atacandos, que se fingen picados por la tarántula; mendrugueros, que solo piden mendrugos de pan: crujientes, que tiritan; clerizantes que fingen ser curas; rebautizados, palpadores, harineros, lampareros, que piden aceite para las lámparas de las iglesias; reliquieros, paulianos, colisarios, lavanderos, croceantes a vendedores de azafrán, compadreros, familiosos, pobres vergonzantes, morganeros, testadores, atrasados, hormigotes o soldados fingidos, ensalmadores y claveros o vendedores de amuletos.


El andar como práctica estética Walking 


Dorde Cuvardic García


El flâneur en las prácticas culturales, el costumbrismo y el modernismo


https://www.academia.edu/44454109/El_fl%C3%A2neur_en_las_pr%C3%A1cticas_culturales_el_costumbrismo_y_el_modernismo?email_work_card=title



El Flaneur y la Flanerie en las crónicas modernistas latinoamericanas: Julián del Casal, Amado Nervo, José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera y Arturo Ambrogi


Enrique Gómez Carrillo y Rubén Darío se erigen como los principales representantes de la flanerie en el modernismo latinoamericano. En todo caso, otros autores de este periodo estético realizaron contribuciones ocasionales a esta práctica cultural: Manuel Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Julián del Casal, José Martí, José Enrique Rodó, Arturo Ambrogi... Estos últimos escritores elaboran textos de la flanerie clásica: apreciación del espacio callejero como teatro social, utilización de la técnica descriptiva de la escena o cuadro, interés por los espacios comerciales o las festividades públicas? En todo caso, también nos enfrentamos a disidencias ideológicas, Así, Julián del Casal, como decadentista, asume una actitud desengañada y aristocrática frente al espacio público y su utilitarismo capitalista. Por su parte, algunas crónicas urbanas de Martí materializan la dialéctica entre la seducción que provoca el progreso norteamericano y el repudio de sus valores, opuestos al 'alma' latina.

flâneur


Representaciones del flâneur en el paisajismo urbano anglosajón (1980 – 2005)

Adrián Sánchez Martínez

2022, Fotocinema. Revista Científica de Cine y Fotografía

en las prácticas culturales, https://www.academia.edu/121380342/Representaciones_del_fl%C3%A2neur_en_el_paisajismo_urbano_anglosaj%C3%B3n_1980_2005_


El azote de tunos, holgazanes y vagabundos : obrita útil á todos, en la qual se descubren los engaños y fraudes de los que corren el mundo á costa agena ... / traducción libre de la lengua toscana por D. J. O.




El flâneur de La Haya

 

Majestuosa y silente, de aires señoriales y a veces somnolientos, La Haya es ciudad de funcionarios, de misiones diplomáticas, de organismos internacionales. Algunos la tachan de tediosa al compararla con Ámsterdam o Rotterdam, pero puede que esa apreciación no sea del todo justa: el tedio, la melancolía o, como diría Baudelaire, el spleen, lo lleva uno dentro de sí. La Haya depara sus sorpresas al paseante atento, basta abrir los ojos y mirar alrededor. Y cuando uno deambula por sus calles y se detiene un instante a contemplar cualquier detalle que le llame la atención, por pequeño que sea, a veces acaba vislumbrando lo grande. El spleen, recordemos, no es abatimiento, sino tedio creativo.

 


Así me sucedió a mí saliendo un día de la Embajada de España, sita en Lange Voorhout, ese bello bulevar con forma de plaza en el que el emperador Carlos V hizo plantar en 1536 cuatro filas de tilos de amplias copas y hojas acorazonadas. Debajo de uno de los monumentales tilos, que compiten en esplendor con las mansiones de los siglos XVIII y XIX que flanquean el bulevar, me topé con una pequeña estatua de bronce: un hombre de pie, grácil y elegante, que saluda a los transeúntes sosteniendo en la mano derecha el sombrero en alto, en la mano izquierda un bastón, un periódico sobresaliendo del bolsillo de su gabán, la cabeza ligeramente elevada y una leve sonrisa dibujada en el rostro. Lleva pantalones estrechos y un pañuelo en el cuello, con ese estilo propio del burgués de antaño, distinguido, atildado y cortés, con aires de dandy. Me acerco a la estatua  y leo la inscripción en el pedestal: Flâneur. En memoria del Sr. Eduard Elias. 1900-1967. Y, al otro lado, una inscripción que reza: Miro a mi alrededor… y sonrío.

 

También yo sonreí frente a su figura, porque el Sr. Elias me suscitó de inmediato simpatía por su delicada figura y su gesto de bonhomía. Lo que nunca imaginé es que este encuentro casual con su efigie de bronce me proporcionaría materia de entretenimiento durante varias semanas. La curiosidad se me disparó de inmediato. ¿Quién era ese señor a cuya memoria se erigió en 1968 esa entrañable estatua realizada por Theo van der Nahmer en uno de los lugares más privilegiados de La Haya? ¿Por qué adoptó el nombre de flâneur?

 

Es sabido que el flâneur, que significa paseante en francés, fue un popular tipo urbano del París decimonónico retratado con frecuencia en las ilustraciones de la época. El flâneur consagra su tiempo a callejear por la ciudad, sin prisas y sin rumbo, atento a lo que sucede a su alrededor, mezclándose con la gente a la que al mismo tiempo observa. Un ciudadano burgués, proclive a la indolencia, que dispone de tiempo para el ocio y siente cierta atracción por la bohemia. ¿Qué tendría de flâneur el señor Elias?

 


Eduard Maurits Elias, prolífico escritor y periodista de origen judío, nació en La Haya en 1900. El pseudónimo Flâneur, entre otros que adoptó, lo empleó en sus columnas para el diario Het Vaderland (La Patria), ya desaparecido, y para el semanario Elseviers Weekblad en el que colaboró después de la guerra. Gran parte de los temas que trataba en sus columnas se los proporcionaban sus paseos por su querida ciudad de La Haya o sus alrededores. En realidad, hoy pocos recuerdan en Holanda a este periodista que tan popular fue en su época. Sin embargo fue muy admirado por escritores destacados que vieron en él un maestro. De pensamiento liberal y contrario al sensacionalismo y la superficialidad en la práctica periodística, a Elias se le reconoce por ser un escritor de fina pluma, sensible y buen estilista. Entre sus admiradores cabe destacar al escritor Simon Carmiggelt, muy reconocido en los Países Bajos, quien, al igual que Elias, fue un observador innato dotado de un particular sentido del humor y hábil retratista de toda suerte de personajes y tipos urbanos. Vista su ingente producción periodística, no parece que el señor Elias tuviera mucho tiempo para pasear por los bulevares, parques y cafés como el genuino flâneur parisino.

 

Comoquiera que sea, mi descubrimiento de la estatua del señor Elias me llevó a interesarme por el flâneur y sus andanzas. Quizás por librarme un poco del tedio invernal holandés, me lancé a seguir los pasos de este personaje por los senderos de la literatura y así fue como fui a parar, inevitablemente, a Baudelaire, pues fue el poeta francés quien confirió identidad literaria al flâneur a partir de un cuento de Edgar Allan Poe, El hombre de la multitud. Así que decidí empezar por el principio y leer el cuento de Poe, encabezado por una cita de La Bruyère, que me cautivó de inmediato: Ce grand malheur de ne pouvoir être seul.

 


El hombre de la multitud (The man of the crowd) es un relato breve y de oscura interpretación. El narrador observa desde el mirador de un café la densa multitud que desfila por el centro de Londres. Se fija en los diferentes tipos humanos, desde los hombres de negocio, dandies o militares hasta los tahúres, mendigos o prostitutas, y describe con detalle sus vestimentas, sus caras y gestos. De repente descubre el rostro de un anciano decrépito que le llama la atención por su expresión demoníaca y el brillo de una daga entre sus ropas harapientas. Lo sigue por las calles de la ciudad durante toda la noche, movido por una curiosidad malsana. No entiende hacia dónde va ese anciano inquieto que se mueve sin cesar con una energía de maníaco. El anciano se interna en una mísera barriada de Londres y, a la salida del sol, regresa al centro de la ciudad, cuyas calles están de nuevo atestadas de gente. El narrador, obstinado en la persecución, observa que el hombre errabundo vuelve a internarse en el torbellino de la multitud. Cansado de perseguirlo, se encara con él y concluye que el viejo “representa el arquetipo y el genio del profundo crimen. Se niega a estar solo. Es el hombre de la multitud”.

 

Es un cuento ciertamente extraño. ¿Quién es ese hombre de la multitud? Para el escritor y filósofo Rafael Argullol, el valor de este relato estriba principalmente en el hecho de que la multitud se convierte en héroe y adquiere así por primera vez categoría literaria.  “Edgar Allan Poe nos presenta a un hombre que no sólo tiene miedo a la soledad, sino que tiene miedo, pienso, a la individualidad, a la subjetividad, tiene miedo fundamentalmente a la intimidad. Es alguien que, como un dibujo muy propio del hombre contemporáneo y moderno, tiene terror a enfrentarse a su propio yo”.  

 


Inspirado en este cuento de Poe, Baudelaire creó su propio concepto de flâneur, con el que se identifica personalmente, entendido como el paseante solitario y anónimo que deambula por la ciudad entre la multitud y observa y escribe desde su particular atalaya. “Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato” (El pintor de la vida moderna, Cap. 3 Nueva York: Da Capo Press, 1964. Orig. publicado en Le Figaro (1863).

 

El hábitat del flâneur son los espacios urbanos. Si para los poetas románticos precedentes el marco estético predilecto era la naturaleza idealizada heredada de la tradición clasicista sobre la que proyectan su estado de ánimo, Baudelaire traslada el escenario de su poesía al mundo acelerado, fugitivo y cambiante de la ciudad moderna, en que la belleza deja de ser serena, perfecta e inmutable para convertirse en fugaz,  oscura o dramática. Como dice Walter Benjamin, el poeta “va a hacer botánica al asfalto” (Iluminaciones II , Baudelaire, un poeta en el esplendor del capitalismo (trad. Jesús Aguirre), Taurus, Madrid, 1972, p. 50). Esta idea la desarrolla, entre otros críticos, la profesora María Jesús Godoy en su análisis de los escritos de Baudelaire pertenecientes a la serie El pintor de la vida moderna (1863).


Como consecuencia de una cultura cada vez más secularizada y alejada de sus orígenes míticos y religiosos, “la modernidad conoce una desvalorización del papel salvífico de la Naturaleza y una simultánea revalorización del artificio” (‘El pintor de la vida moderna, de Charles Baudelaire’, Fedro, Revista de Estética y Teoría de las Artes. Número 7, septiembre 2008).

 

La existencia del individuo se torna “infinitamente autónoma y veraz, pero también más descarnada”. En efecto, como ya hizo Poe en su relato, Baudelaire nos muestra el lado oscuro de la ciudad, e incluso va más allá, al introducirnos en una atmósfera que casi podríamos calificar de underground urbano, una especie de precedente decimonónico parisino del Walk on the wild side de Lou Reed por el Nueva York del siglo XX. Un mundo de vida nocturna y de bohemia artística, de paraísos artificiales que, por medio de la droga y el alcohol, conducen tanto a la lucidez como a la destrucción. En este ambiente pululan toda suerte de tipos humanos que tienen en común la marginación social, la rebeldía o el desafío de la moral establecida: criminales, delincuentes, prostitutas, personajes variopintos que el poeta rescata elevándolos a categoría estética, porque en su condición de perdedores siempre se revela un rasgo de fugitiva belleza. La inspiración del poeta maldito ya no está en los modelos naturales de la tradición clásica sino en la calle, en las experiencias cotidianas, en los encuentros fortuitos con todos esos tipos urbanos que él observa con su apasionada mirada de flâneur y convierte en sujetos poéticos.

 


El flâneur, curiosamente, no desaparece con Baudelaire. Por el contrario, cobra nueva vida bien entrado el siglo XX en la lectura que de él hace Walter Benjamin y posteriormente se convierte incluso en objeto de estudio de la sociología, el arte o la filosofía. El paseante curioso, el espectador inmerso en el corazón de la multitud, se torna a los ojos de Benjamin en testigo activo de las transformaciones sociales y económicas que surgen como consecuencia de la industrialización. El filósofo alemán reinterpreta al flâneur baudelairiano desde su particular perspectiva marxista en su escrito Baudelaire, un poeta en la época del capitalismo avanzado. Según apunta en un artículo Sergio Valverde, para Benjamin “la poesía de Baudelaire va más lejos que ser una expresión reflejo de la vida social, como lo querría el realismo, sino que expresa la cosificación y el endurecimiento del mundo de la vida administrado por el capitalismo” (‘Poesía y filosofía: la lectura social de Baudelaire en Walter Benjamin’, en Revista de Filología y Lingüística). La figura del flâneur adquiere en Les fleurs du mal un sentido alegórico. Es el observador crítico, mezclado entre la multitud y a la vez ajeno a ella, que capta los fragmentos de una realidad cambiante, producto de la metrópoli industrializada y mercantil, en que la alienación y anonimato del individuo sometido a las leyes de la economía del consumo conducen a la melancolía, la angustia o el hastío.


“Lo moderno –dice Benjamin respecto a Baudelaire-, es un acento capital de su poesía. Con el spleen” hace pedazos el ideal (Benjamin. Iluminaciones II:184). El ideal, por supuesto, de la sociedad opulenta”.

 

La modernidad en la visión poética baudelairiana y su contribución al nacimiento de los movimientos de vanguardia han sido ampliamente estudiadas por la crítica. El poeta francés crea una nueva forma de contemplar y reconstruir el mundo que ya no deja abarcarse como totalidad, que ha perdido su sentido de permanencia y trascendencia. Como señala René Anaya Alarcón “la tarea del flâneur consiste en extraer lo eterno de lo transitorio (‘Configuración del flâneur en Poeta en Nueva York de F. García Lorca’, Universidad Santo Tomás, escuela de psicología de Chile. Alpha, número 34, julio 2012). El flâneur rastrea fragmentos de la realidad cambiante que le envuelve y los reconstruye como signos. “Se sugiere así una posición posmoderna: sujetos e identidades construidos a partir de fragmentos”. Y esta necesidad de “recabar significados dispersos deriva del sentimiento de pérdida de unidad del sujeto tal como éste había sido concebido hasta el siglo XIX, acontecimiento que se encuentra vinculado a la desintegración de la sociedad como comunidad y convertida en artefacto”. A partir de esta interpretación, Anaya Alarcón analiza cómo Federico García Lorca se convierte, a su modo, en el flâneur de la ciudad de Nueva York, el paseante solitario entre una multitud de seres anónimos y sufrientes, observador de una metrópoli fascinante y luminosa a la par que dura y deshumanizada, cuyos fragmentos de luces y de sombras, de grandezas y miserias, recrea en imágenes oníricas mediante el lenguaje de la técnica surrealista.

 


Muy diversos son los itinerarios del flâneur por la ciudad moderna y uno de ellos nos lleva a Susan Sontag, que en su ensayo Sobre la fotografía (1977) sostiene que la cámara fotográfica es la herramienta por excelencia del observador urbano, la extensión de su mirada. “El fotógrafo es una versión armada del paseante solitario que explora, acecha, cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre en la ciudad un paisaje de extremos voluptuosos”. Entre otros tipos de fotógrafos estaría este fotógrafo-flâneur, fascinado por el wild side de la ciudad: los barrios marginados, los lugares sórdidos, las gentes infortunadas y los losers de toda condición a los que captura en imágenes dotándoles así de sentido moral y estético, como hacía Baudelaire con sus versos. La manera de mirar moderna, se nos recuerda de nuevo, es ver la realidad en fragmentos, esa realidad diversa e infinitamente compleja que no admite interpretaciones unificadoras o totalizadoras.

 


Nunca imaginé que la imagen del señor Elias me llevaría por esos intrincados vericuetos, ni que el flâneur fuera pieza clave en las discusiones académicas en torno al complejo fenómeno de la modernidad. El término flâneur había ido creciendo gradualmente ante mis ojos, superando ampliamente su significado original. Al  poco tiempo, cuando regresé a La Haya y volví a pasar por delante de la exigua estatua del flâneur holandés no pude evitar devolverle de nuevo una sonrisa. Me inspiraba admiración y ternura. Ay, querido señor flâneur, con tu aspecto de amable y solitario paseante, cómo iba a saber yo cuando contemplé por primera vez tu delicada estampa bajo los tilos de Lange Voorhout, tu sonrisa leve, tu saludo desenfadado, que eras mucho más que un simple viandante burgués por los bulevares de La Haya o de París, que eras mucho más que el señor Eduard Maurits Elias, que detrás de tu seudónimo se ocultaba, ni más ni menos, que todo un icono de la modernidad e incluso de la posmodernidad, que eras un concepto, una actitud, una forma de mirar la ciudad y, por extensión, el mundo capitalista que nos rodea. Y cuán alejado te vi en apariencia de todo cuando había aprendido del original flâneur baudelairiano.


Tú no me parecías urbano, ni maldito, ni alienado, ni un voyeur entre la multitud, ni desencantado de los mitos progresista de la modernidad, ni presa del spleen o el hastío metafísico, sino un señor afable, distinguido y educado, un fino observador y delicado estilista que mira a su alrededor y sonríe bajo los tilos. Al fin y al cabo tu mundo es La Haya… Y entonces comprendí de pronto que yo, armada con mi cámara fotográfica dispuesta a captar al vuelo los fragmentos secretos de esta majestuosa y silente ciudad, también tenía algo de ti, y, mirando a mi alrededor, me dije: Ahá, le flâneur c´est moi.



Un paseante en Nueva York


Ediciones Barataria, 2009 - 192 páginas
Un niño, hijo de modestos trabajadores emigrantes ruso-judíos, camina por las calles de su barrio. Ésas son las señas de identidad del caminante que está a punto de atravesar el puente de Brooklyn para adentrarse en la Nueva York de los años veinte, y esos paseos serán su primer viaje que, como todo viaje digno de tal nombre –y el de Alfred Kazin en Un paseante en Nueva York lo es–, se convertirá sobre todo en un pasaje hacia el conocimiento en un tiempo vital, el de los años de la infancia y la adolescencia, propicio para los grandes descubrimientos. Kazin, crítico literario, historiador de la cultura, observa la pérdida paulatina de una voz narrativa propia del patrimonio literario judío, que en palabras de su amigo, el político socialista Yaron Ezrahi, «cultiva la soledad, la lírica personal del individuo, la autobiografía, la voz de la primera persona del singular, el reflejo del yo. Del yo individual que narra, pero no como un soldado o como el misionero de un colectivo». Kazin retoma esa tradición y nos enseña su barrio, Brownsville, nos adentra en las calles de la gran ciudad. Un camino que el niño tuvo que recorrer en solitario, el camino del conocimiento elemental: los libros, la lengua y la literatura, la música, la metafísica y la política, la ciudad, el campo y el mundo. Carson McCullers decía de Un paseante en Nueva York, que «era consciente de haber leído una obra maestra». Alfred Kazin, (Brooklyn, 1915-Nueva York, 1998) era hijo de judíos emigrantes procedentes de Rusia. Kazin estudió en el City College de Nueva York y en la Universidad de Columbia, y su vida profesional estuvo repartida entre las clases en Harvard y Berkeley, sus numerosos artículos para diferentes revistas, como The New York Review of Books, sus libros de crítica literaria y obras autobiográficas como Un paseante en Nueva York (1951). Se le asocia al denominado New York Intellectuals, que reunió en la década de 1930 a un grupo muy activo de escritores y críticos como Edmund Wilson, Sydney Hook o James T. Farrel. Mantuvo una larga amistad con la filósofa Hannah Arendt. Escribió, tras cinco años de investigación en la famosa sala de lectura de la Biblioteca Pública de Nueva York, On Native Grounds, el primer estudio serio de la literatura americana de 1890 a 1940. Otra obras de Kazin son: Starting Out in the Thirties (1965), Bright Book of Life (1973), The Portable Blake (1976), New York Jew (1978), An American Procession (1984), A Writer’s America (1988), Writing Was Everything (1995), A Lifetime Burning in Every Moment (1996) y God and the American Writer (1997). En 1996 le concedieron el premio Truman Capote por su labor como crítico literario.




Nosotros, los caminantes

A lo largo de la Historia se han rebelado contra el sedentarismo una serie de filósofos, poetas, naturalistas, «flâneurs», peregrinos… que han otorgado al paseo diversos sentidos, y lo han contado en apasionantes páginas.

Escrito por María Belmonte Barrenetxea 

Cuando trato de visualizarme a mí misma en una situación placentera, me veo con una mochila a la espalda, caminando en solitario. Frente a mí se despliega la visión de un camino serpenteante en el horizonte, esa especie de cinta que incita a viajar y aparece como una cicatriz en el paisaje. En ese momento embarga al caminante una sensación indefinida, cargada de promesas, que le impulsa a subir la próxima colina o llegar hasta la siguiente curva del camino para ver qué le aguarda más allá. En alemán existe una palabra muy evocadora, Sehnsucht, amada por los románticos, que podría traducirse de forma imprecisa como anhelo o añoranza de algo intangible e inexpresable. Quizás sea esa la razón que nos impulsa a algunos a lanzarnos a los caminos o quizás sea el deseo de experimentar, una vez más, esos momentos de felicidad que sobrevienen durante la marcha prolongada, cuando respiración, músculos y mente se acompasan y funcionan al unísono. El caminante avanza alerta y tranquilo, sus sentidos se agudizan y el silencio se percibe como un elemento más del paisaje, apenas roto por el ruido de los pasos y el suave golpeteo de los bastones. Es en esos momentos cuando se siente realmente vivo, en armonía con el mundo que le rodea.



Adoro viajar a pie. Prefiero recorrer andando algunos kilómetros de un país que verlo entero desde un automóvil u otro medio de transporte, para poder conectar así con el mundo sin las ataduras de la civilización. En la Antigüedad los viajeros caminaban. La gente estaba habituada a medir los lugares y escalas espaciales con respecto a sus cuerpos y capacidades. De ahí la milla, una medida romana de mil pasos. Caminando experimentamos el mundo en nuestros cuerpos, con todos los sentidos. Al andar aprehendemos el paisaje y permitimos que este se apodere de nosotros. Nuestros antepasados eran nómadas, se desplazaban a pie por el territorio. El escritor Bruce Chatwin, formidable caminante y obsesionado por la forma de vida nómada, estaba convencido de que el cuerpo humano está diseñado para recorrer a pie cierta distancia cada día y de que todos los males de nuestra civilización provienen de habernos hecho sedentarios.


Ponerse una mochila a la espalda y calzarse unas botas para lanzarse al camino supone también un humilde acto de subversión, una manera de dar la espalda a una cultura que prima en exceso el beneficio inmediato, la eficiencia y la rapidez y rehúye las supuestas incomodidades de la vida al aire libre. Explorar a pie los viejos caminos es abrir la puerta a lo imprevisto, al descubrimiento, a los encuentros inesperados con personas, animales, árboles, ríos, montañas, aves y nubes. Nos permite dotar al mundo de sentido porque, como escribió Virginia Woolf en Moments of Being: «Cuando estoy en mi habitación, el mundo me resulta incomprensible, pero cuando camino, veo que consiste en tres o cuatro colinas y una nube».



Además de esos caminantes solitarios, entre los que me cuento, existen otros grupos que a lo largo de la historia humana han dotado al acto universal de caminar de diferentes significados. Se trata de los filósofos, poetas, naturalistas, exploradores, flâneurs, deportistas, rebeldes, peregrinos, emigrantes, nómadas, desplazados… Todos ellos, la gran familia de caminantes de todos los tiempos, han dado lugar a una vasta biblioteca de historias y poemas, iluminaciones, expediciones a lugares remotos o sencillas deambulaciones por las ciudades mundo. Porque cuando uno se lanza a los caminos, le salen al paso los fantasmas y las voces del pasado; voces que te cuentan historias y relatos que allí sucedieron y han quedado suspendidos en el aire y a los que el nuevo viajero, sin siquiera proponérselo, añade con sus pasos otras líneas argumentales, pasando, él también, a formar parte de su historia.



«El escritor Bruce Chatwin estaba convencido de que todos los males de nuestra civilización provienen de habernos hecho sedentarios»


De la antigua Grecia y según la tradición aristotélica, nos ha llegado la imagen de los filósofos peripatéticos (caminantes o paseantes), hombres serios y togados que mantenían graves conversaciones o enseñaban a sus discípulos mientras deambulaban por un seco paisaje mediterráneo salpicado de columnas de mármol. La tradición del filosofar caminando fue recogida con entusiasmo en el siglo XVIII por Jean Jacques Rousseau, que escribió en Confesiones: «Solo puedo meditar cuando camino. Si me detengo, dejo de pensar; mi mente solo funciona al ritmo de mis piernas». Y en Las ensoñaciones de un paseante solitario dejó escrito: «Nunca he pensado tanto, me he sentido más vivo y nunca he sido más yo mismo que durante los viajes que he realizado solo y a pie […] Todo lo que experimento así contribuye a liberar mi espíritu y a hacerlo más audaz, libre de miedos o restricciones».



Søren Kierkegaard fue otro filósofo que escribió largamente sobre la relación entre caminar y pensar. En su Carta a Jette (1847) se expresa así: «Sobre todo no pierdas tu deseo de caminar: yo mismo camino diariamente hasta alcanzar un estado de bienestar y al hacerlo me alejo de toda enfermedad. Caminando he tomado contacto con mis mejores ideas, y no conozco ningún pensamiento cuya naturaleza sea tan abrumadora como para que uno no pueda distanciarse de él andando…».


Estos paseos filosóficos elegidos libremente por personas en buen estado de salud y en circunstancias seguras y agradables poco o nada tienen que ver con, pongamos por caso, las caminatas extenuantes de quienes huyen de alguna situación extrema, causada por un desastre natural o por una causa política, ni con las marchas reivindicativas emprendidas por millares de personas para protestar contra alguna injusticia. 



Tampoco guardan relación alguna con los peregrinos, esas personas que salvan enormes distancias a pie movidas por una meta espiritual, para expiar supuestos pecados o para acercarse a la divinidad, como quienes peregrinan al monte Kailash en el Tíbet, considerada la montaña más sagrada de Asia y que según la tradición hindú es el pilar y centro del mandala del mundo.


«Cuando uno se lanza a los caminos, le salen al paso los fantasmas y las voces del pasado, que te cuentan historias y relatos que allí sucedieron y han quedado suspendidos en el aire»


Tampoco hay que olvidar a los caminantes extremos, seres que llevan sus organismos al límite y realizan proezas físicas difíciles de comprender para las personas normales. Conozco a varios de ellos, pero no me resisto a citar a mi favorita, la suiza Sarah Marquis, que prácticamente se ha recorrido el mundo a pie, ella sola. Uno de sus viajes que más me impresionaron fue el que comenzó en Mongolia y, tras recorrer China, Siberia, Laos y Tailandia, embarcó en un carguero hasta Australia, donde terminó su periplo tras atravesar el desierto de ese continente. Cuenta sus aventuras de tres años en su libro Sauvage par nature (Salvaje por naturaleza), que en ocasiones te deja sin respiración.



También los poetas han mantenido una estrecha relación con el caminar. Entre ellos destaca William Wordsworth (1770-1850), de quien el escritor Thomas de Quincey afirmó que a lo largo de su vida llegó a recorrer a pie unos doscientos noventa mil kilómetros. Y aunque fueron muchos los poetas que emprendieron viajes a pie, Wordsworth hizo del caminar el pilar central de su vida y de su arte, de un modo casi sin parangón en la historia. Durante su larga vida apenas hubo un día que no saliera a caminar, porque para Wordsworth, lanzarse al camino no era una forma de viajar, sino de ser, y así lo plasmó en su poesía, especialmente en El preludio. Por ello, si tuviera que elegir al santo patrón de los caminantes, mi elegido sería sin duda William Wordsworth.


El paseante de las dos orillas

Guillaume Apollinaire

https://bdebooks.com/es/books/el-paseante-de-las-dos-orillas-by-guillaume-apollinaire/

W. G. Sebald.

El paseante solitario.

Traducción de Miguel Sáenz.

Siruela. Madrid, 2007.


Los caminos a Walden

https://repositori.upf.edu/server/api/core/bitstreams/82aa679b-f29e-4138-8534-45d8659bfa6f/content




Seis paseos por los bosques narrativos. Umberto Eco.

https://www.academia.edu/38361208/ECO_Umberto_Seis_paseos_por_los_bosques_narrativos

Seis paseos por los bosques narrativos recoge las "Norton Lectures", impartidas por el autor en la Universidad de Harvard en 1992-1993. Umberto Eco inicia su primer "paseo" refiriéndose a otro autor, invitado en 1985 a pronunciar estas conferencias, a quien citará repetidas veces a lo largo del texto. Se trata de Italo Calvino quien, lamentablemente, nunca llegó a leer, ni a concluir, este trabajo puesto que falleció una semana antes de su viaje dejando incompleta la serie de sus Seis propuestas para el próximo milenio [1]: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad y, la que parece que hubiera sido la sexta, consistencia.






Eco va entrando progresivamente en una especie de disección de pactos, reglas, marcas, colaboraciones entre autor y lector o más bien diríamos entre autor y lectores puesto que se encarga de dejar bien clara la diferencia existente entre el lector modelo y el lector empírico o entre un lector de primer nivel y un lector de segundo nivel:


... el lector modelo de primer nivel desea saber cómo acaba la historia. El lector modelo de segundo nivel se pregunta en qué tipo de lector le pide esa narración que se convierta y quiere descubrir cómo procede el autor modelo que lo está instruyendo paso a paso. Para saber cómo acaba la historia basta, por lo general, leer una sóla vez. Para reconocer al autor modelo es preciso leer muchas veces, y algunas historias hay que leerlas una e infinitas veces. Sólo cuando los lectores empíricos hayan descubierto al autor modelo y hayan entendido (o incluso solamente empezado a comprender) lo que "Ello" quería de ellos, ellos se habrán convertido en el lector modelo ideal.



Esta relación entre autor y lector pide cierta contribución por parte del segundo, nos pide que salgamos de una mera pasividad receptiva y colaboremos rellenando una serie de espacios que el texto deja vacíos debido a la imposibilidad de decirlo absolutamente todo sobre el universo creado, sobre los acontecimientos y los personajes.


También se nos pide que, al iniciar una lectura, aceptemos, de un modo tácito, lo que Coleridge denominaba pacto ficcional.


El lector tiene que saber que lo que se le cuenta es una historia imaginaria, sin por ello pensar que el autor está diciendo una mentira. Sencillamente, como ha dicho Searle, el autor finge que hace una afirmación verdadera. Nosotros aceptamos el pacto ficcional y fingimos que lo que nos cuenta ha acaecido de verdad.

Así pues, no sólo el autor le pide al lector modelo que colabore sobre la base de su competencia del mundo real, no sólo le provee de esa competencia cuando no la tiene, no sólo le pide que haga como si conociera cosas, sobre el mundo real, que el lector no conoce, sino que incluso lo induce a creer que debería hacer como si conociera cosas que, en cambio, en el mundo real no existen.


A lo largo del discurso, Eco nos va desvelando también ciertas formas que el autor tiene de dirigir nuestra lectura, ciertas estrategias textuales: analepsis (que "parece reparar un olvido del narrador"), prolepsis ("es una manifestación de impaciencia narrativa"), dilaciones, suspenses, alargamientos, juegan con nuestra capacidad de previsión, con nuestra identificación con los personajes, nos imponen un determinado tiempo de lectura.


El tiempo del discurso es el efecto de una estrategia textual en interacción con la respuesta del lector al que impone un tiempo de lectura.


El conocimiento de estos "artificios" nos permitirá detectarlos con una cierta facilidad, nos hará ser más conscientes de las intenciones del autor sin por ello estropearnos un ápice el placer de la lectura (como el propio Eco sostiene que le ocurre, por ejemplo, con Sylvie, de Gerard de Nerval, obra a la que ha dedicado años de análisis y que sigue atrapándole y descubriéndole aspectos nuevos en cada nueva lectura), nos hará aproximarnos cada vez más a ese lector modelo que cada autor propone en su texto.



Porque ser conscientes de cómo está construido un texto no debe en ningún caso impedir que admiremos el resultado, ni incluso que, una vez sumergidos en la narración, olvidemos todas estas estrategias textuales para disfrutar plenamente de la historia narrada. Podemos aplicar todo aquello que Eco nos explica al análisis de su propio discurso, pero esto no nos impedirá apreciar la sutileza con que están escogidos los ejemplos narrativos que ilustran cuanto dice, ni nos impedirá disfrutar de sus rasgos de humor y de ironía, ni sentir la contagiosa pasión con que lee determinadas obras.

Paseos Resonantes: Ensayos estético-filosóficos

Kühl, Volker; Mertin, Holger Maik

Paseos resonantes es un proyecto continuo de Holger Maik Mertin y Volker Kühl que entrelaza paseos y experimentos sonoros. Bosques y parques, pero también espacios urbanos y hasta una base militar, se convierten en instrumentos de percusión. Nos hacemos con los espacios entrando en ellos, interpretándolos, surcándolos y deambulando por ellos. Nuestros paseos resonantes son temporal y espacialmente ilimitados. Tanto los temas como los patrones de percusión surgen de nuestra inspiración o capacidad asociativa.Nos dimos cuenta de que nuestros propios sonidos, andar, hablar, respirar, se habían hecho mucho más presentes y tangibles, y que nuestra escucha y actividad artística se habían intensificado.Los paseos resonantes se han convertido en un principio vital y en un método.


La mirada del flâneur en el cine de la nouvelle vague

RAFAEL GÓMEZ ALONSO


https://produccioncientifica.ucm.es/documentos/619ca892a08dbd1b8fa07f91

el costumbrismo y el modernismo