miércoles, 17 de junio de 2026

La mirada del paseante de la torre de Babel

 


Los jardines colgantes de Babilonia 




Es bonita la leyenda (o la verdad) de estos jardines, porque en su origen
hay una historia de amor. Reinaba entonces en Babilonia (o en Asiria) un tal
Minos, o Niño, menos famoso que su esposa, la Semíramis de la leyenda y la
verdad. Según la leyenda la reina Semíramis era hija de una diosa. El rey estaba muy enamorado de su reina y para complacerla mandó construir los jardines colgantes, o montados sobre sucesivas terrazas, que Diodoro de Sicilia describe así: «Había en la ciudad un jardín colgante. Este jardín, de forma cuadrada, tenía cuatro plethros (unos 120 metros). Había en él escalinatas por las que se subía a terrazas puestas unas sobre otras, de tal modo que ofrecían el aspecto de un anfiteatro. Estas terrazas estaban sostenidos por columnas que, elevándose gradualmente y dejando entre ellas cierta distancia, soportaban todo el peso de los macizos. La columna más elevada, de cincuenta codos de altura (unos 25 metros), sostenía la parte superior del jardín y estaba al mismo nivel de las balaustradas del recinto. Los muros, sólidamente construidos, tenían veintidós pies de espesor, y cada hueco de acceso diez pies de anchura. 




Las plataformas de las terrazas estaban compuestas de bloques de piedra cuya longitud, comprendido el saliente, era de dieciséis pies, por cuatro de ancho. Estos bloques estaban recubiertos por una capa de cañas mezcladas con mucho asfalto, sobre el cual descansaba una doble hilada de ladrillos cocidos, cementados con yeso, recubiertos a su vez con láminas de plomo para impedir la filtración de agua a través de los rellenos artificiales y su penetración en los cimientos. Sobre esta cubierta se hallaba extendida una masa de tierra suficiente para sustentar las raíces de los mayores árboles. Este suelo artificial estaba lleno de árboles de toda especie, capaces de encantar la vista por sus dimensiones y belleza. Las columnas, elevándose gradualmente, dejaban penetrar la luz y daban acceso a los departamentos reales, numerosos y muy adornados. Sólo una de las columnas estaba hueca desde la base hasta el remate, y en ella se encerraban máquinas hidráulicas, que hacían subir del río una gran cantidad de agua sin que nadie pudiese ver absolutamente nada desde el exterior».
El río era el Éufrates, y de los mecanismos de esta irrigación no nos ha llegado más dato que el texto citado. Estos jardines colgantes desaparecieron hace mucho tiempo. Parece que las piedras y ladrillos se usaron para edificar diques a lo largo del río. Es posible que esto ocurriera en tiempos de Ciro, rey de Persia, que después de apoderarse de Babilonia, desvió el curso del Éufrates. Babilonia era todavía una ciudad importante en tiempo de Alejandro Magno. Después fue destruida y abandonadas sus ruinas. 




Susan Buck-Morss. (2001). "Dialéctica de la mirada. Walter Benjamin y el proyecto de los pasajes".

https://drive.google.com/file/d/1emPu7l_MdXmICtn4YTRktklXmBqJ8HNq/view

"Dialéctica de la mirada" es la obra más importante de su autora. En ella analiza el Proyecto de los Pasajes, que Benjamin nunca llegó a acabar, con un método que, al menos hasta cierto punto, podemos considerar benjaminiano: desde dentro mismo del texto del autor alemán, pero también desde dentro del mundo y las imágenes que al texto dieron pie. Susan Buck Morss reconstruye ese mundo haciéndonoslo ver, procurando que asistamos al nacimiento de un espacio y de sus motivos, en una brillante reflexión que desborda los límites de los géneros.




LA LUZ DE LOS LEJANOS FAROS

Una defensa apasionada de las humanidades

Carlos García Gual

Ariel. Barcelona, 2017.


Con la seguridad de quien sabe que es una causa difícil, pero que es necesario defenderla, este libro es una voz de alerta al actual descrédito de las humanidades. Una obra que recoge trabajos y pensamientos de García Gual sobre la utilidad de los clásicos y nos invita a la reflexión personal sobre sus temas y sus pervivencias. Una reivindicación de la memoria, de la literatura y de los estudios humanísticos.




El arte de leer las calles

El flâneur, arquetípico paseante solitario nacido a principios del siglo XIX en los pasajes de París, es el observador ocioso que se mezcla entre la muchedumbre sin llegar a fundirse con ella. Su mirada privilegiada, típicamente burguesa, nos permite discernir los cambios acaecidos en las principales capitales europeas a lo largo del siglo del progreso, desde una perspectiva típicamente literaria.

Sin embargo, el fenómeno de la flânerie no se refiere únicamente a una figura testimonial, sino que se trata de una forma de mirar que bien puede ser aplicada tanto al presente como al futuro de nuestro mundo. Por tanto, este libro no es solo un paseo por la historia de esta práctica de mano de Walter Benjamin y otros analistas de esta figura paradigmática, sino que apela a nuestro tiempo, exhortando a perpetuar y actualizar su singular mirada sobre las entretelas de la realidad. Un recorrido histórico desde las calles decimonónicas de París o Berlín, que desemboca en una propuesta de renovación encarnada en figuras como la flâneuse —observadora femenina—, así como en nuevas formas de entender esta práctica desde atalayas emparentadas con dinámicas y realidades actuales.

El arte de leer las calles es, en suma, un itinerario anclado en los albores de la modernidad, que botaniza la historia y busca florecer en nuestro tiempo a través de la puesta al día de una forma particular de leer el mundo. 

La mística del paseante




  • 'El peatón de París', de Leon-Paul Fargue,
  •  




    LUIS ALEMANY





    Aparece la palabra 'flâneur' y todos nos ponemos en guardia. 'Flanêur', que en francés significa paseante, eso lo sabe cualquiera. Que apareció en algún libro cuando estábamos en segundo o en tercero de carrera. Que venía vinculada a Walter Benjamin, un filósofo que exigía más paciencia de la que teníamos en esa época. Que habremos utilizado, un poco pedantemente, dos o tres veces al año desde entonces, sin haberla llegado a aprehender de verdad. ¿No dijimos "voy a hacer el 'flâneur'" cuando fuimos a París por primera vez, cuando sacábamos a pasear al bebe en el carrito, a ver si se dormía con el traqueteo...? También la firma de lujo Hermès usa la palabra como motivo de inspiración y bautiza así, 'Le flâneur', a una bicicleta que vende por 8.900 euros.

    ¿Pero qué significa de verdad 'flâneur'? Walter Benjamin es un filósofo muy de arquitectos, o eso se había dicho siempre. De modo que sale volando un mensaje para Inmaculada E. Maluenda y Enrique Encabo, socios del Estudio Q! y críticos de arquitectura de 'El Cultural'. ¿A qué les suena eso de la mística del paseante? "Tiene miga... Caminar es toda una institución en arquitectura pero intuyo que el 'flâneur' es otra cosa, quizá más relacionada con el dandismo perplejo. Desde luego, creo que debería asociarse siempre a elementos efímeros o ligeros, con un punto hedonista".

    El filósofo José Sánchez Tortosa es el siguiente en contestar: "La libertad del 'flâneur' se ejerce sobre el conocimiento de que toda finalidad es, en mayor o menor grado, imposición de sentido y dependencia, sacrificio de la frágil eternidad del presente ('carpe diem'). Vagar sin rumbo es la materialización de la libertad, que sólo es posible como liberación de toda finalidad".

    En resumen: 'flâneur' parece una de esas palabras que se refieren a un acto muy concreto, pasear, pero que evocan cosas mucho más complejas: una manera de relacionarse con la realidad. La libertad, la ligereza, la ciudad.

    Libertad, ligereza y ciudad podrían ser los temas de dos libros que han aparecido durante los últimos meses en el catálogo de la editorial Errata Naturae, casi como si fueran dos hermanos del mismo padre nacidos en dos ciudades diferentes: 'El peatón de París' de Leon Paul Fargue (publicado por primera vez en 1936) viene de Francia. 'Paseos por Berlín', de Franz Hessel (1929), de Alemania. Y todo lo que podamos hablar sobre la definición de 'flâneur' es cháchara comparado con la práctica de sus capítulos.

    Fargue y Hessel hablan de días de vagabundeo por distritos de los que nunca hemos oído hablar, por nosequé zona de Charlottenburg que se llama "el barrio de los bávaros" o por las profundidades del Canal de Saint Martin. De noches de juerga en cabarés de suburbios que hoy son imposibles de encontrar en los mapas. De tardes perdidas en los grandes almacenes del Ku'Damm o de la calle Rivoli. De escenas sacadas de un patio, de una zapatería, de una factoría, de la casa de una marquesa sajona, riquísima y viejísima. De una chica que pasa vestida de 'flapper' y un hombre que la mira con más curiosidad que lujuria...

    "Para ser rigurosos vamos a ajustarnos a las definiciones de dos teóricos pioneros como Franz Hessel y Walter Benjamin. El uso del término francés ('flâneur, flânerie') indica el origen parisino de una forma nueva, diferente, de experimentar la ciudad, sobre todo la gran ciudad. Consiste en moverse por ella con la atención lo más despierta posible a fin de apreciarla como una inmensa acumulación de detalles, de matices, de contrastes sutiles, de huellas de distintos pasados. Y para potenciar la atención es necesario que el 'flâneur' esté totalmente desocupado: que pasee sin prisas, sin rumbo fijo, sin destino u objetivo y que mire muy de cerca lo que le rodea. Yo asociaría la 'flânerie', más que con la ligereza, con la disponibilidad de la atención, como afirmó Baudelaire, su primer teórico".
    Pues sí, como Gambardella, pero no exactamente. "En 'La gran belleza', el protagonista, como el de 'La dolce vita', retrata la ciudad y sus distintos ambientes visitándolos y conversando. El 'flâneur' clásico, sin embargo, es silencioso. Observa e incluso clasifica socialmente a las personas por conjeturas sin comunicarse verbalmente con ellas".


  • El protagonista, por tanto, no es el paseante, sino la ciudad: París, Berlín. Y sus paisanajes que las diferenciaban. En el libro berlinés de Hessel hay un puñado de párrafos dedicados al afán de los alemanes, un poco plasta, por tenerlo todo bajo control, a la torpeza con la que los berlineses imitaban a los parisinos cuando intentaban divertirse o parecer sofisticados. "En los años de los libros de Hessel y Fargue (las décadas de los años 20 y 30 del siglo XX), quizá Berlín, por su mayor complejidad se prestara más que París a la 'flânerie'. Eso se puede ver en el libro de Hessel, en los fotógrafos de la época y en películas como 'Berlín, sinfonía de una gran ciudad' de Walter Rutmann). Sin embargo, como los mismos Benjamin y Hessel señalan, a los berlineses todavía les faltaba mucho para alcanzar esa actitud relajada y disponible de la atención en que consiste el arte de la 'flânerie'", explica Muñoz-Millanés.

    Y continúa: "En el mosaico o palimpsesto de detalles que el 'flâneur' descubre en la gran ciudad los hay referidos al presente y los hay referidos al pasado: hay un aspecto sincrónico y otro diacrónico en la flânerie, por decirlo de una manera pedante. En el siglo XIX, Londres, como Berlín en los años 20 o ahora, eran ciudades mucho más gigantescas y heterogéneas que París, igual que en este momento lo es Los Ángeles. Pero París ha destacado más por su diversidad diacrónica: su atractivo principal para el 'flâneur', como señaló Benjamin, es que su variedad viene definida por la yuxtaposición de los estratos temporales de su evolución histórica".

    Así que ahora ya podemos buscar los dos libros de Errata Naturae, leerlos, tomar el primer avión barato que salga hacia Schönefeld o hacia Charles de Gaulle y decir con propiedad que vamos a hacer el 'flâneur' durante un fin de semana largo. ¿O no? «En la reseña que escribió del libro de Hessel, Benjamin deja bien claro que la 'flânerie' es incompatible con el turismo, pues requiere calma, detenimiento y, sobre todo, repetición, frecuentación, insistencia para ir más allá de las cosas que llaman la atención en la primera visita.Así, hasta apreciar más despacio detalles aparentemente insignificantes, pero que también tienen su importancia"y 'Paseos por Berlín', de Franz Hessel, los dos grandes libros de la ética 'flâneur', llegan a las librerías.  


    La vida alegre




  • Franz Hessel se ha convertido en una pequeña celebridad en este futuro muy remoto. Primero, gracias a su hijo, Stèphane, el autor de 'Indignaos'; después, gracias al runrún que lo identificó con uno de los personajes de 'Jules y Jim', la película de François Truffaut, que sí, claro que sí, se basaba en un relato autobiográfico de Hessel ('Romance en París', también publicado por Errata Naturae). Lo siguiente fue averiguar que Hessel fue el primer traductor de Proust al alemán y que Walter Benjamin fue entonces su socio. Su socio, su maestro y su amigo. Para saber de Leon-Paul Fargue, en cambio, no hay que buscar demasiado: cualquiera se puede encontrar con su nombre al lado del de Paul Valery, Mallarmé, Saint-Exupery, Debussy, Picasso... Y en cualquier momento de la vida alegre de París, entre finales del siglo XIX y la Guerra Mundial. 'El peatón de París' se convirtió en su gran libro y en su apodo. Andrés Trapiello, en su prólogo, dice que es 'La comedia humana' y 'En busca del tiempo perdido', todo en un solo libro.

    Metáforas urbanas, el flâneur y la porosidad

    Resumen

    Ante las dificultades teóricas que presenta el estudio de las ciudades, algunos autores han empleado las metáforas como recurso heurístico. El presente texto presenta una de dichas metáforas, la porosidad, vinculándola a la figura del flâneur. En su tránsito desde la literatura a la metodología aplicada a los estudios urbanos, el rol del pasente permite observar a las ciudades como procesos abiertos y dinámicos sin fin al mismo tiempo que, desde una perspectiva crítica, ofrece ciertas dudas sobre su verdadera aplicación y los sesgos que pudiera presentar, como en el caso de la perspectiva de género.

    Metáforas

    La ciudad se presenta escurridiza, huidiza; es complicado dar realmente con ella. Las ciudades escapan a la formulación de dicotomías y antítesis, pero también a su consolidación como un objeto espacial  auto-evidente, caracterizado por una esencia inmutable.  En su intento de garantizar la continuidad de la ciudad como objeto de análisis, algunas definiciones sintéticas pueden no prestar atención a la heterogeneidad de acciones, agentes y procesos sociales que se encuentran interrelacionados con y en las ciudades. Pero, por otro lado, el énfasis puesto en algunos fenómenos o procesos sociales considerados prevalentes dentro de la complejidad de la vida urbana pareciera devolver el debate a la casilla de salida.

    El hipotético carácter esquivo de la ciudad contemporánea, su reticencia a ser aprehendida teóricamente, nace de la consideración de los espacios urbanos como “uno de esos ámbitos en los que puede manifestarse, imaginarse o realizarse todo lo que es posible en el plano de la sociedad” (Cucò, 2008:84). Las ciudades, como laboratorios experimentales de la acción social, aparecen así (re)presentadas como un cúmulo de potencialidades que, en su respuesta a la evolución conjunta de problemas y soluciones, se inscribe en el ámbito de lo impredecible (Amin y Thrift, 2005:20). La vida urbana aparece así circunscrita a la esfera de la improvisación, lo imprevisto y lo imprevisible.

    Antes que abandonarse al ámbito de lo aleatorio, Amin y Thrift (2005) proponen un desplazamiento de la mirada analítica que preste atención a las ciudades como un lugar de movilidades, flujos y prácticas cotidianas. En este sentido, como destaca Alfredo Mela (en Amin y Thrift, 2005:8) , resulta de interés la exigencia respecto a un cambio fundamental del imaginario, de las formas de representación, de las asociaciones de ideas y de los nexos semánticos que se intersectan en torno a las ciudades. El uso de metáforas no solo permite capturar la recurrencia de las prácticas cotidianas aventurándose en el reino de la invocación poética y del orden sensorial (Amin y Thrift, 2005:28), sino que posibilita, a su vez, un ir y venir de teorías y conceptos que escapan así a su formulación cronológica y a sus condiciones socio-históricas de producción para ser re-agrupadas bajo un nuevo conjunto de significantes.

    La metáfora aparece así ligada a los estudios urbanos por una triple capacidad heurística. En primer lugar, vincula el lenguaje metafórico con el contenido concreto de las acciones sociales e inscribe el análisis en un marco antropológico. En segundo lugar, ofrecen una oportunidad para dejar de lado cualquier intento de reificación de los espacios urbanos a partir de una definición reduccionista, incluso en el caso de aquellos autores que -como recuerdan Amin y Thrift (2005:27)- aunque han sabido captar la complejidad de la ciudad, tienden a generalizar su contenido a partir de la prevalencia de algunos fenómenos o procesos. Y en tercer lugar, como afirma Paul Feyerabend (1986:14), la metáfora tiene en su haber el interés de poder incluir en su significado un número variable y, a veces, contradictorio, de conceptos y teorías. La metáfora, como espacio de convivencia teórica, parece alejarse de la urgencia de algunos procesos de de-construcción de sentidos y significados para centrarse en la tarea de re-imaginar las ciudades a partir de la inclusión no determinística de un mayor número de puntos de vista.


    Breve arqueología del flâneur 

    Una figura quizás romantizada e idealizada en conversaciones informales, pero no por ello menos recurrente y necesaria para acceder a alguna de las metáforas propuestas para el estudio antropológico de las ciudades es la del  flâneur. Traducido comúnmente como “paseante”, del flâneur se presupone la habilidad, la capacidad, para aprehender los distintos contenidos y significados de la vida cotidiana a partir del mero hecho de recorrer de forma errática las calles de las ciudades. Callejear, vagabundear, deambular,… la flânerie no supone únicamente un desplazamiento material, sino que, como sugiere Howard Caygill a propósito de Walter Benjamin (1998:52), constituye una vía metodológica de acceso a las ciudades a partir de la observación de detalles inadvertidos y la atención a distintos matices y esfumaturas de la acción social.

    Antes que Benjamin, en una escueta arqueología de la flânerie, se le atribuye a Edgar Allan Poe el primer esbozo de las características del flâneur en El hombre de la multitud (1840). Desde la ventana de su hotel, Poe narra cómo 

    Miraba a los transeúntes en masa y pensaba en ellos como formando una unidad amalgamada por sus características comunes. Pronto, sin embargo, descendí a los detalles y observé con minucioso interés las innumerables variedades de tipos, vestidos, aires, portes, aspectos y fisonomías.”

    Cuando finalmente Poe decide abandonar su lugar de observación y perderse entre las calles de Londres lo hará bajo el pretexto de seguir a un anciano peculiar. Durante su persecución Poe recorre con avidez y sin destino aparente la trama urbana al tiempo que ofrece pequeñas pinceladas de las acciones producidas por una multitud de la que él mismo forma parte. 

    Charles Baudelaire (1863, 1995) retomará la noción de “multitud” expresada por Poe convirtiéndola en el “dominio” de acción del  flâneur de la misma forma que “el aire es del pájaro, como el agua el del pez” (p.86).  Este dominio es descrito a partir del conjunto de personas que conforman la multitud, la masa, pero también desde la imprecisión que se encuentra “en lo ondulante, en el movimiento, en lo fugitivo y lo infinito” (Ídem). En este contexto de acción un tanto vago e indefinido Baudelarie califica a la  flânerie como una “facultad de ver” el mundo para la que no todos los hombres están dotados (p.90), asociándola,  al mismo tiempo, a acciones como

    Estar fuera de casa, y sin embargo sentirse en ella en todas partes; ver el mundo, estar en el centro del mundo y permanecer oculto al mundo, tales son algunos de los menores placeres de estos espíritus independientes, apasionados, imparciales” (p.87)

    En esta primigenia imagen del  flâneur explicitada por Baudelaire el contenido de la acción no se ciñe exclusivamente al acto de deambular o vagar por la ciudad, sino que precisa de un proceso de escritura posterior a la observación de la vida urbana. Al igual que una etnógrafa frente a su diario de campo tras una jornada de trabajo, el flâneur  

    “se inclina sobre su mesa, clavando en una hoja de papel la misma mirada que fijaba hace poco en las cosas, esforzándose con su lápiz, su pluma, su pincel, salpicando el techo con el agua del vaso, secando su pluma con su camisa,impaciente, violento, activo, como si temiera que las imágenes se le fueran a escapar, belicoso aunque solo, y zarandeándose a sí mismo”. (p.90)

    Walter Benjamin: de la flânerie a la porosidad

    La actitud del flâneur cobra relevancia teórica a partir de la estancia de Walter Benajmin en Capri durante 1924. La presencia de Benjamin en el área metropolitana de Nápoles, advierte Douglas Smith (2021:242), se inscribe en un viaje de ida y vuelta realizado por un amplio número de filósofos e intelectuales alemanes como Ernst Bloch, Alfred Sohn-Rethel, Siegfried Kracauer, Theodor Adorno o  el propio Benjamin -todos relacionados con la Escuela de Frankfurt- que tomarían Italia como residencia temporal ante la crisis socio-económica posterior a la Primera Guerra Mundial. Caracterizados con posterioridad por Benjamin como “intellektuelles Wanderproletariat” o proletariado intelectual errante, la estancia en Italia de cada uno de ellos supuso una experiencia transformadora que daría lugar a la producción de algunas de las obras más significativas de cada autor (Ídem).

    Más allá de su estrecha vinculación con la publicación en 1928 de “El origen del drama barroco alemán”, Smith (2021) advierte cómo Benjamin adquiere durante su periplo italiano una forma innovativa y fragmentaria de escritura que, a la postre, se convertiría en su sello personal (p.243), aquello que Adorno caracterizó como Denkbild o imágenes mentales. Prueba de ello es el texto que firma junto a Asja Lascis sobre la ciudad de Nápoles en 1925 (1992) en el que se presentan, de forma discontinua, una serie de variaciones en torno al concepto de porosidad y la ausencia de fronteras definidas, estables, a la hora de caracterizar la acción social.

    Nápoles aparece en el relato de Benjamin y Lascis como una ciudad en la que “Todo conserva un espacio que puede convertirse en escenario de nuevas constelaciones imprevistas. Se evita lo definitivo, lo acuñado. Ninguna situación actual está dada para siempre, ninguna figura pronuncia su ‘así y no de otra manera’” (Benjamin, 1992:16). Nápoles, tal y como la experimentaron Benjamin y Lascis, aparece así como un lugar de mezcolanza e improvisación fruto de su porosidad al pasado, de su capacidad continua de modelarse y remodelarse a partir de las prácticas cotidianas. “La porosidad es la ley que siempre vuelve a descubrirse, inagotable, en esta vida” (p.20).

    La porosidad adscrita a Nápoles supone que la vida social no atienda a convenciones y oposiciones jerárquicas entre distintos elementos implicados en una supuesta estructura urbana como religioso/profano o público-privado. Más bien, concluye Smith (2021), se caracterizaría por la constante transformación de prácticas sociales en apariencia antitéticas cuya resignificación podría llegar a producir efectos desconcertantes (p.244). Las ciudades, en su caracterización porosa, serían, entonces, lugares abiertos a la experimentación y a la innovación, a la improvisación, en cuanto al contenido y la forma de la acción social.

    Deambular después de Benjamin

    Aunque la porosidad -y quizás con ella, también, la propia flânerie- no tuvo mucho mayor recorrido en la obra de Benjamin (Smith, 2021:246), su huella puede seguirse hasta el presente. Dentro del ámbito del desarrollo urbano y del diseño arquitectónico es significativa la coincidencia temporal del texto de Benjamin y Lascis con el Plan Voisin presentado por el arquitecto Le Corbusier. Dicho plan, en cierto modo, anticiparía el contenido de La Carta de Atenas (1933) y el futuro desarrollo de la ciudad funcional, un modelo racionalista de idear, construir y habitar las ciudades que permearía la organización territorial y urbana durante buena parte del siglo XX.

    La ciudad funcional y la ciudad porosa pueden considerarse como modelos antinómicos. Benjamin y Le Corbusier defienden concepciones del espacio urbano irreconciliables. La estabilidad, la rigidez y la característica monofuncionalidad del ordenamiento urbano racionalista entran en conflicto con ciudades en las que, como sucede en la Nápoles vista por Benjamin y Lascis, la remodelación y la resignificación son un proceso constante a partir de la indeterminación y la improvisación propia de la acción social. 

    Si bien el debate no puede considerarse cerrado del todo, el diseño y la ordenación urbana contemporáneos se desplazan hacia las intuiciones del  flâneur. De la Nueva Carta de Atenas (1998), en su apartado “Variedad y Diversidad”, se extraen como objetivos o pautas de ordenación urbana como el abandono de las zonas de uso monofuncional o el fomento del uso mixto del suelo con el propósito de lograr dar mayor variedad y vitalidad a la cotidianidad en las ciudades. En este sentido, resultan de interés las propuestas teórica-prácticas del urbanista Richard Sennet (2020) en torno a las “ciudades abiertas”: lugares complejos, llenos de contradicciones y ambigüedades que enriquecen la experiencia cotidiana del habitar (p.17)

    De vuelta a las ciencias sociales, la flânerie puede intuirse en algunas estrategias metodológicas destinadas a la producción de conocimiento a partir de la inmersión perceptiva, emocional y sensorial de la etnógrafaLa deambulación urbana, como estrategia que busca la interpretación y la comprensión de la cotidianidad urbana, permitiría así un acercamiento fenomenológico que diera cuenta de la complejidad vivida. 

    Sin embargo, Amin y Thrift (2005) muestran ciertas reticencias metodológicas frente a la flânerie (p.30-ss)Por una parte, el  flâneur es una persona dotada de un talento, de una sensibilidad y de una ciencia poética que,  en una clara resonancia a Baudelaire (supra), no todas las personas poseen. El excesivo peso de la propia subjetividad, de las capacidades individuales, imposibilitan que la deambulación pueda ser considerada una metodología adecuada para la investigación urbana.

    Este énfasis en el sujeto investigador no solo presupone la existencia  de diferentes experiencias e interpretaciones individuales del espacio urbano, sino que, irremediablemente, pone el acento en las características propias de la persona que deambula. Una de las críticas más extendidas señala como la figura del flâneur nunca ha sido de género neutro (Amin y Thrift, 2005; Mateos 2020). El  flâneur representa, en términos de Mateos (2020), una visión de la ciudad falogocéntrica y patriarcal. Aquellos rasgos atribuibles al caminante de género masculino -“su condición de anonimato, su invisibilidad, su capacidad para hacerse partícipe de la muchedumbre y recorrer el espacio urbano atento a lo que ocurre, más sin llamar la atención” (Mateos, 2020:195) no son compartidos por su contraparte femenina, la flâneuse.

    Las mujeres, especifican Mateos (2020) y Wilson (1992), no consiguen pasar desapercibidas en sus recorridos urbanos, no logran integrarse en la masa anónima de transeúntes. Según ambas autoras, las mujeres en su deambular son construidas como objetos a los ojos de los hombres, del  flâneur, de forma que su experiencia de la ciudad queda anulada. Lejos del goce y la experiencia estética, sentencia Mateos (2020), el caminar de la  flâneuse se presenta como una “experiencia de denuncia social” (p.197) que si bien en el siglo XIX guardaba relación con la práctica identificación de toda mujer en el espacio público como prostituta, en la actualidad aborda problemáticas como la violencia física y sexual, el acoso o la pornografía (Wilson, 1992: 110).

    La crítica que realizan Amin y Thrift (2020) a la posición subjetiva del rol de  flâneur puede extenderse más allá de la cuestión de género y alcanzar toda una miríada de variables sociológicas (clase, edad, procedencia, …). Preguntarse por la identidad de los caminantes es hacerlo también por las relaciones en términos de poder que delimitan las posibilidades de tránsito en el espacio urbano. Pero entonces ya no estaríamos vagando sin rumbo aparente por las calles de cualquier ciudad esperando adquirir una experiencia sensorio-perceptiva de nuestro entorno.El conjunto de teorías y metodologías aplicadas al estudio del ámbito urbano, concluyen Amin y Thrift, se encuentran lo suficientemente desarrolladas en la actualidad como para renunciar a ellas y abandonarnos al instinto y a las capacidades del  flâneur.

    Bibliografía

    Amin, Ash; y Thrift, Nigel

    2005 Città. Ripensare la dimensione urbana. Il Mulino

    Baudelaire, Charles

    1995 El pintor de la vida moderna. Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos. Libreria Yerba 

    Benjamin, Walter

    1992 “Nápoles” en Cuadros de un pensamiento. Imago mundi,pp. 13-26

    Caygill, Howard

    1988 Walter Benjamin. The Colour of Experience. Routledge

    Cucò i Giner, Josepa

    2004 Antropolgia Urbana. Ariel Antropologia

    Feyerabend, Paul
    1986 Tratado contra el método. Esquema de una teoría anarquista del conocimiento. Tecnos

    Mateos De Manuel, Victoria

    2019 “La flâneuse imposible: el acto de callejear desde una lectura feminista” en La ciudad: imágenes e imaginario : Actas del Congreso Internacional Interdisciplinar pp. 194-202

    Sennet, Richard
    2020 Costruire e abitare. Etica per la città. Universale Economica Feltrinelli
    [Edición en español: 2018 Construir y habitar: Ética para la ciudad . Anagrama]

    Smith, Douglas
    2021 “Porosity and the transnational: travelling theory between Naples and Frankfurt (Walter Benjamin, Aska Lacis and Ernst Bloch)” en Forum for Modern Language Studies Vol. 57, No. 2, pp. 240-259

    Wilson, Elisabeth

    1992 “The Invisible Flâneur” en New Left Review I/191 Jan/Feb 1992



    EL PAISAJE DEL FLÂNEUR DIGITAL 





  • https://www.fadu.edu.uy/proyecto-paisaje/files/2016/10/EL-PAISAJE-DEL-FL%C3%82NEUR-DIGITAL_-Laura-Pirrocco.pdf

  • EL FLÂNEUR VIRTUAL Laura Pirrocco

  • https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/7023450.pdf



  • Rituales de distinción del artista moderno: flânerie, dandismo y bohemia



La mirada del flâneur en el cine de la nouvelle vague
Metamorfosis del flâneur.
Las posibilidades de la flânerie en la modernidad y la
posmodernidad
Mujeres singulares en la ciudad

El flâneur contemporáneo y su desplazamiento hacia la periferia urbana

Rituales de distinción del artista moderno: flânerie, dandismo y bohemia
Reivindicación y representación cinematográfica de la flâneuse

Referencias bibliográficas

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ANDERMATT CONLEY, Verena. 2005. Littérature, politique et communisme. Lire “Les lettres françaises”, 1942-1972. Paris, Gallimard.

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