(En los anexos encontraréis la línea de tiempo del humano caminante) https://www.scielo.cl/scielo.php?pid=S0719-55322021000200305&script=sci_arttext
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Las escuelas griegas de pensamiento son considerablemente distintas entre sí, no solamente por el enfoque de su estudio, sino por sus métodos para generar pensamientos.
"Todos los pensamientos verdaderamente grandes se conciben caminando"
–Friedrich Nietzsche.
Muchas escuelas filosóficas han surgido en escuelas o plazas, pero hay otras como la de los peripatéticos que nacieron del movimiento en sí. Fundada por Aristóteles en el siglo IV a.C., la escuela peripatética recibió su nombre del verbo griego peripatein, que significa "pasear" o "caminar alrededor". Pero lejos de ser un simple detalle anecdótico, esta forma de filosofar revela que con los pies en movimiento, la mente se despierta.
Aristóteles enseñaba en el Liceo de Atenas, un espacio donde solía impartir sus clases caminando con sus discípulos. Ahí, a diferencia de otros colegas suyos, él concebía que el conocimiento solo podía obtenerse por la experiencia y esta no podía adquirirse sin la observación del mundo. Por eso había que salir a caminar.
Quiénes fueron integrantes de esta escuela valoraban la lógica, la biología, la ética, la política y la metafísica, siempre desde un enfoque sistemático y basado en la experiencia. Por ejemplo, mientras Platón imaginaba mundos ideales, Aristóteles se iba a la naturaleza, clasificando especies, observando el movimiento de los astros y analizando las formas del ánima.
Después de Aristóteles, su discípulo Teofrasto continuó la tradición. Famoso por sus estudios en botánica, escribió tratados sobre plantas que se utilizaron durante siglos. Le siguieron otros pensadores como Eudemo de Rodas y Estratón de Lámpsaco, cada uno aportando nuevos enfoques a esta forma de pensamiento que buscaba comprender la realidad desde la experiencia y el razonamiento riguroso.
Aunque con el tiempo el Liceo cerró y abrió bajo distintos contextos, la influencia de los peripatéticos perduró durante siglos. En la Edad Media, los pensadores escolásticos como Tomás de Aquino redescubrieron a Aristóteles y lo integraron al pensamiento cristiano. Incluso hoy, muchas universidades conservan estructuras inspiradas en esta tradición de diálogo, observación y análisis.
Los peripatéticos dejaron como legado, una manera de habitar el conocimiento literalmente de la cabeza a los pies.
De Thoreau a Rebecca Solnit: literatura sobre el arte de caminar (y pensar)
Muchas escuelas filosóficas han surgido en escuelas o plazas, pero hay otras como la de los peripatéticos que nacieron del movimiento en sí. Fundada por Aristóteles en el siglo IV a.C., la escuela peripatética recibió su nombre del verbo griego peripatein, que significa "pasear" o "caminar alrededor". Pero lejos de ser un simple detalle anecdótico, esta forma de filosofar revela que con los pies en movimiento, la mente se despierta.
Aristóteles enseñaba en el Liceo de Atenas, un espacio donde solía impartir sus clases caminando con sus discípulos. Ahí, a diferencia de otros colegas suyos, él concebía que el conocimiento solo podía obtenerse por la experiencia y esta no podía adquirirse sin la observación del mundo. Por eso había que salir a caminar.
- A través del tiempo, el deambular sin rumbo ha ocupado a filósofos y escritores
El crítico Roland Barthes aseguraba que “es posible que caminar sea mitológicamente el gesto más humano”, mientras que el filósofo alemán Walter Benjamin defendió “la lentitud” en los pasos como reflexión unida a la experiencia y medida de la libertad al no servir pasear a la deriva específicamente para nada.
El precursor fue, sin embargo, Baudelaire que abrió brecha en sus poesías sobre el flâneur (una especie de observador solitario e indolente de las calles parisinas), hasta los recientes ensayos del sociólogo francés David de Le Breton, cuyo último libro, Caminar la vida, ahonda en la senda abierta. Más una suerte de paradoja indirecta: la teoría del pensamiento aflora sin freno en paralelo al orillamiento de la filosofía de los planes de estudio. A continuación, en este Día del Libro, una selección de títulos para caminar y pensar.
Elogio del caminar, David Le Breton
Este pequeño ensayo (Siruela) se ha convertido en una referencia sobre el tema en su vertiente más humanista. Le Breton reivindica el caminar como un escape a las urgencias impuestas por la modernidad, un disfrute de la naturaleza y una vía abierta a la reflexión.
Una transformación del pensamiento que conecta con nuestra visión del tiempo, el espacio o el silencio. El antropólogo desliza perlas que guían los pasos del caminante que ya no es la misma persona tras su viaje a pie: “Caminar es una apertura al mundo (…) es vivir el cuerpo (…) es un rodeo para encontrarse consigo mismo”, apunta.
Caminar, Henry David Thoreau
Thoreau fue pionero en el impulso de la ecología y uno de los fundadores de la moderna literatura estadounidense, fiel a su espíritu de disidente total concibió el caminar como un acto de rebeldía solitario y de comunión con la naturaleza.
El ensayo Caminar (Walking, 1862) fue ideado como una conferencia y publicado de forma póstuma. Cargado de ironía, ejerció de palanca reflexiva sobre la vida salvaje o los hábitos poco saludables de ocio y descanso. Como él mismo afirmaba: “El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación”. Para confirmar sus teorías en carne propia, el filósofo habitó durante dos años en completa soledad en una cabaña en los bosques del Lago Pond. Thoureau subrayaba que su verdadera profesión era la de “inspector de ventiscas y diluvios”.
Wanderlust: Una historia del caminar, Rebecca Solnit
Como si fuera el ritmo de un buen paseo, Solnit afirma que caminar es el estado en el que “la mente, el cuerpo y el mundo están alineados”. La escritora bucea en este fascinante retrato, que se ha convertido en un éxito de crítica y público, en la simbiosis eterna entre la filosofía y el deambular sin rumbo (El 'Wanderlust' del título es un término que viene del alemán “wandern” que significa caminar, y “lust” que significa pasión).
Analiza temas que abarcan desde la evolución anatómica del ser humano hasta el diseño de las ciudades, pasando por las cintas de correr, los clubes de senderismo y las costumbres sexuales. Solnit sostiene que las diferentes variantes del desplazamiento pedestre -incluido caminar por placer- suponen una acción política, estética y de gran significado social. Para ello se centra en los caminantes más significativos de la historia y de la narrativa, cuyos actos extremos y cotidianos han dado forma a nuestra cultura.
Un andar solitario entre la gente, Antonio Muñoz Molina
Un título que escapa a las clasificaciones porque filtra de la novela, el ensayo o los medios de comunicación. Muñoz Molina callejea por ciudades importantes en su vida como Nueva York o Madrid para encontrar respuestas sobre el mundo actual acunado entre olores, imágenes y sonidos.
El escritor invoca a Baudelaire o Whitman entre otros caminantes célebres para viajar a mundos inventados empapados por la nostalgia y la poesía. Y lo hace siempre a pie. El libro se inicia en Madrid, cuando sale a caminar tras un periodo anímicamente complicado de su vida, y termina en Granada, en el verano de 1981, cuando tras un paseo que se transforma en “momento fundacional” decide que la literatura tiene que ser su forma de estar en el mundo.
La revolución de las flâneuses, Anna María Iglesia
En este ensayo se resquebraja la imagen del flâneur como el dandi que vagabundeaba por París en el siglo XIXI abierto a los estímulos y se reivindica a las “flaneuses”. La filóloga Anna María Iglesia aflora que las mujeres también ejercieron como paseantes "incómodas" aunque fueran invisibles, directamente menospreciadas o consideradas sospechosas.
“A la mujer que está en la calle se la consideraba como prostituta mientras que el hombre observa por placer o por consumo. A las mujeres se les considera objeto no sujeto”, señala la autora a RNE. Una forma de estar presentes en el espacio urbano y reclamar una voz propia, que entronca con la actual ola feminista que pone sobre la mesa el derecho a ocupar las calles, a mirar sin ser vistas o a caminar en solitario con seguridad. En este recorrido histórico, Iglesia incluye a numerosas escritoras y activistas como Luisa Carnés o Flora Tristán como ejemplo de la voluntad de ruptura.
Del caminar sobre hielo, Werner Herzog
El cineasta alemán Werner Herzog es un trotamundos declarado, pero su mayor odisea la emprendió en el invierno de 1974 como un acto de amor y una suerte de camino iniciático de autoconocimiento.
El director de Fitzcarralado partió en solitario caminando de Múnich a París donde lo esperaba Lotte Eisner, historiadora y crítica de cine. El titánico esfuerzo serviría, según Herzog, para mantener con vida a su gran amiga, gravemente enferma. El cineasta documenta todo cuanto ve: bosques, tormentas, nieve, aldeas desiertas y pueblos deshabitados.
El relato se compone de reflexiones sobre la fría soledad, acerca del mito del viaje como peregrinación heroica, y ofrece una continuidad con su obra cinematográfica donde permite asomarse al origen de su proceso creativo. Como curiosidad, el director español Pablo Maqueda ha emulado la peregrinación a pie de Herzog en su documental Dear Werner. Un homenaje al camino y al caminante.
London Orbital, Ian Sinclair
Poeta, escritor y cineasta, Sinclair lleva 40 años pateando las calles de su ciudad natal, Londres, como una forma de entender los latidos de la urbe en un sentido metafísico para denunciar los estragos del capitalismo.
London Orbital recoge sus vagabundeos documentados visualmente, en los que recorre espacios de un grisáceo extrarradio londinense con localizaciones bizarras “llenas de fantasmas” como la antigua casa de Bram Stoker. Lugares que reivindica como legítimos para la nostalgia para que no se destruyan las ciudades, engullidas por el abandono del centro de sus vecinos de toda la vida.
Sinclair, apóstol de la psicogeografía moderna, denuncia que las zonas urbanas se han convertido en “lugares sin alma” a costa de macroproyectos como la autopista M25 que circunvala la capital británica. Son los detalles que saca a la luz el observador actual en sus paseos sin rumbo.
Caminar, William Hazlitt y Robert Louis Stevenson
En el prólogo, el escritor Juan Marqués ya marca los pasos: "Si pasear es un entretenimiento distinguido, burgués, ocioso, elegante..., caminar es más bien algo instintivo, natural, salvaje. Pasear es un rito civil, y caminar es un acto animal. Pasear es algo social, y caminar algo más bien selvático, aunque sea por las calles de una ciudad (…) Caminar es algo que está decisivamente relacionado con la independencia y con la libertad”.
Una joya publicada por Nórdica que recoge las visiones en forma de ensayo de Hazlitt y Stevenson, con ilustraciones de Juan Palomino, sobre el arte de caminar, admirar el paisaje, descubrir nuevos y estrambóticos lugares, más el impacto que provoca la experiencia en cuerpo y el alma.
William Hazlitt (1778-1830) está considerado como uno de los críticos literarios más importantes de Inglaterra, mientras que el ansia aventurera de Robert Louis Stevenson (1850–1894). le condujo a alumbrar el clásico La isla del tesoro.
El arte de pasear, Karl Gottlob Schelle
El arte de pasear, obra del filósofo alemán Karl Gottlob Schelle (1777-1825), es un tratado jocoso que nos enseña a orientarnos en nuestros paseos diarios. Y advierte a los despistados: no se trata sólo de aprender a decantarse por la cuesta empinada o el llano, sino de adaptar recorrido y compañía a nuestros estados de ánimo. Porque, más allá del esfuerzo físico el paseo es vagabundeo del ojo que vuela sobre el cosmos y que posee el don de lograr que todo fluya en nosotros, reza la sinopsis del libro publicado por primera vez en castellano en 2014.
Gottlob Schelle fue uno de los promotores de la “filosofía popular” en Alemania y amigo personal de Kant con quién se carteó durante años. El filósofo publicó, entre otros, el ensayo Sobre la alegría en la misma línea de introspección.
El arte de caminar
Desde hace siglos, el caminante ha sido objeto de innumerables novelas, ensayos y poemas: pasear tiene algo de instintivo, de estético, de recogimiento y de exuberancia que fascina al mundo literario.
«Caminar es una apertura al mundo (…) es vivir el cuerpo (…) es un rodeo para encontrarse consigo mismo». Así comienza Elogio del caminar (Siruela), del sociólogo y antropólogo francés David Le Breton, en uno tantos títulos que se han ido publicando en nuestro país en los últimos años a propósito de esta práctica que tiene algo de rebeldía, algo de resistencia, de filosófico y que, en definitiva, refleja una manera de estar en la tierra. Desde hace siglos, el caminante ha sido objeto de elogios y de infinidad de títulos, ensayos, poemas y obras literarias.
A Baudelaire le debemos una de las primeras reflexiones teóricas sobre esta acción. Seguro que han escuchado en más de una ocasión el vocablo: flâneurs. Un modo de habitar las ciudades, de experimentarlas, más allá del rédito, la prisa, el propósito. El «dandismo perplejo», que llamara el poeta maldito, un caminar atento que despertase la mirada para que el paseante fuera recogiendo, a su paso, la acumulación de detalles, analogías, sugerencias, sutiles contrastes, las huellas pasadas. Un caminar sin rumbo exacto, sin prisa alguna, sin destino concreto, sin otro objetivo que caminar por caminar.
También en femenino, flâneuses. Wunderkammer acaba de publicar La revolución de las flâneuses, de Anna María Iglesia, un ensayo que habla de aquellas mujeres que hicieron suyo el espacio público a través de sus pasos y abrieron camino al transgredir los límites que su época les imponía. Salieron a la calle y se apropiaron de la ciudad, de un espacio hasta entonces reservado solo a los hombres.
Walter Benjamin: «Únicamente el ser humano es capaz de bailar»
Walter Benjamin, filósofo indispensable para comprender el siglo XX y para entendernos a nosotros, reflexiona en su obra acerca del caminar. Al carecer de finalidad alguna, esta acción se convierte en la medida de la libertad, nos recuerda el alemán entusiasta de la lentitud (y cuyas ideas al respecto han propiciado movimientos postmodernos como el slow). En su Libro de los pasajes (Akal) leemos: «Quien se aburra al caminar y no tolere el hastío deambulará inquieto y agitado, o andará detrás de una u otra actividad. Pero, en cambio, quien posea una mayor tolerancia para el aburrimiento reconocerá, después de un rato, que quizás andar, como tal, lo aburre. De este modo, se animará a inventar un movimiento completamente nuevo. Correr no constituye ningún modo nuevo de andar, sino un caminar de manera acelerada. La danza o el andar como si se estuviera flotando, en cambio, consisten en un movimiento del todo diferente. Únicamente el ser humano es capaz de bailar».
Holganza del cuerpo y del alma
Caminar tiene algo de instintivo, de estético, de recogimiento y de exuberancia, de diálogo con lo externo, de encuentro con lo maravilloso. Es un rito civil y un acto animal, nos recuerda Juan Marqués en el prólogo a Caminar, en el que la editorial Nórdica reúne dos textos, de Hazlitt y Stevenson. «No controlar el paso de las horas durante toda una vida es, me disponía a argumentar, vivir para siempre. No se hacen idea, a no ser que lo hayan probado, de lo infinitamente largo que es un día de verano que únicamente medimos por el hambre y que solo concluye cuando uno comienza a adormilarse», escribe Stevenson.
Borges también reflexionó sobre el calado del paseo, especialmente en su narración ‘Sentirse en muerte’
Y Borges –inmenso flâneur textual y literario-, que tanto agradece en sus poemas que «haya Stevenson» en el mundo, también reflexionó sobre el calado del paseo, especialmente en su narración Sentirse en muerte, donde recoge un ánimo casi sagrado del paseo como experiencia acaso mística, con esa suerte de mirada alienada que se enfunda quien camina: «No quise determinarle rumbo a esa caminata, procuré una máxima latitud de probabilidades para no cansar la expectativa con la obligatoria antevisión de una sola de ellas. Realicé, en la mala medida de lo posible, eso que llaman caminar al azar; acepté, sin otro consciente prejuicio que el de soslayar las avenidas o calles anchas, las más oscuras invitaciones de la casualidad. Con todo, una suerte de gravitación familiar me alejó hacia unos barrios, de cuyo nombre quiero siempre acordarme y que dictan reverencia a mi pecho. No quiero significar así el barrio mío, el preciso ámbito de la infancia, sino sus todavía misteriosas inmediaciones: confín que he poseído entero en palabras y poco en realidad, vecino y mitológico a un tiempo. El revés de lo conocido, su espalda, son para mí esas calles penúltimas, casi tan efectivamente ignoradas como el soterrado cimiento de nuestra casa o nuestro invisible esqueleto. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. La visión, nada complicada por cierto, parecía simplificada por mi cansancio».
Caminar es lo inútil, en el mejor sentido del término. No reporta negocio alguno, ni retribución económica, no tiene finalidad alguna. Como en la acción bien hecha, lleva en sí su recompensa. Es una actividad propicia un placer íntimo, así lo recuerda Rousseau en Las ensoñaciones del paseante solitario (Alianza Editorial), que habla de la holganza de cuerpo y alma que procura el paseo (la mera palabra, holganza, regocija, nos reconcilia, abre la posibilidad del disfrute absoluto).
Un paseo, una deriva
Hay un caminar que confronta la medida de lo humano con la naturaleza, sobre todo en los paseos de Thoreau. «En la profundidad del bosque, completamente solos, mientras el viento sacude la nieve de los árboles y dejamos atrás los últimos rastros humanos, nuestras reflexiones adquieren una riqueza y variedad muy superiores a las que ostentan cuando estamos inmersos en la vida de las ciudades. El zorzal y el trepador son una compañía más estimulante que la de políticos y filósofos, a los que volveremos a ver como quien se reencuentra con unos viejos y vulgares compañeros. En este valle solitario, en el que un riachuelo desagua las laderas cubiertas de hielo estriado y cristales de infinitos matices, entre los que sobresalen los juncos y la avena salvaje, y se elevan los abetos y las tsugas, nuestra vida es más serena y verdaderamente digna de contemplación», escribe Thoureau en Un paseo invernal (Errata Naturae).
Los surrealistas paseaban por las ciudades dejándose afectar por la atmósfera espectral de las calles
Hay un caminar, un paseo, y una deriva. Los surrealistas lo practicaron. Caminaban por las ciudades dejándose afectar por la atmósfera espectral que pueden adquirir las calles, los solares, las aceras cuando uno las escucha. Así, los artistas rescatan la memoria de los barrios, pespuntan las leyendas, hacen lecturas inconscientes de los espacios y se fascinan por la inquietante mirada de un objeto incomprensible depositado en la acera. Y el paseo así se convierte en un recorrido por los recodos de quien camina, un ser poroso y receptivo. Un soberano del prodigio y del deseo. Después, el filósofo e impulsor del situacionismo, Guy Debord, en 1958 sistematizó, en la medida en que puede hacerse, la deriva surrealista, calificándola de «una técnica de tránsito fugaz a través de ambientes cambiantes», e invitando al paseante a trazar recorridos psicológicos.
El peatón de París, de Leon Paul Fargue -que se ganó el sobrenombre con el que tituló su libro-; Paseos por Berlín, de Franz Hessel (ambos de Errata naturae); La ciudad de las desapariciones (Alpha Decay), de Iain Sinlair; Andar: una filosofía (Taurus), de Frédéric Gros; El arte de pasear (Díaz-Pons), de Karl Gottlob; Flâneuse (Malpaso), de Lauren Elkin; Wanderlust: Una historia del caminar (Capitán Swing), de Rebecca Solnit o Un andar solitario entre la gente (Seix Barral), de Antonio Muñoz Molina, son solo un puñado de la inabarcable lista de títulos que contienen la fascinación por caminar, esa experiencia que descentra el yo y restituye el mundo… con tempo andante.
“El caminante avanza como artista de lo efímero, no deja rastro de su paso”
David Le Breton en París en 2014
Por Esther Peñas | Ctxt.
“Caminar es una apertura al mundo”. Con este luminoso enunciado comenzaba el antropólogo y sociólogo francés David Le Breton (Le Mans, 1953) la primera entrega de una imprevista trilogía sobre el arte de caminar como acto de resistencia frente a una sociedad –la de consumo– que nos consume. Un acto revolucionario, caminar. Bajo esta premisa despliega una vez más un prontuario de meditaciones literarias y filosóficas con las que, en última instancia, incita al lector a recuperar su cuerpo a través de una cartografía personal enemiga de lo utilitario. El resultado, Caminar la vida (Siruela).
Quien camina, ¿se aleja de algo o sale al encuentro de?
A veces hay que recorrer un largo camino para volver a uno mismo. La noción de distancia aquí es puramente afectiva. Pensemos en el largo viaje que realizó Odiseo antes de regresar a Ítaca. Para aprender, a menudo tienes que alejarte, alejarte de tu rumbo, de tus pensamientos, encontrarte con el hombre o la mujer que no sabías que eras. Creo que caminar muchas veces nos revela y que, en ocasiones, es incluso una liberación al mundo. Pero, para este renacimiento, es necesario zafarse de las rutinas. Caminar te permite reinventarte, te da acceso a múltiples dimensiones de ti mismo que las circunstancias cotidianas y habituales de la vida nunca sacarán a la luz.
¿Cuál es el peor enemigo del verbo caminar, la pereza, el sedentarismo, el miedo a la quietud, el silencio..?
Por supuesto, lo que se opone a caminar es sobre todo el sedentarismo, la inmovilidad. He mencionado muchas veces en mis libros lo sedentario como una característica intrínseca a la humanidad de hoy en día. Nos sentamos frente al volante de nuestros automóviles, frente a nuestras pantallas y, por la noche, frente al televisor. Los caminantes son hombres y mujeres que se están recuperando para hacerse cargo de sus vidas. Caminar es levantarse, ponerse de pie, volver a mirar el mundo a los ojos y abrazarlo.
Los caminantes son hombres y mujeres que se están recuperando para hacerse cargo de sus vidas
¿Cuándo conviene caminar solo (como prefería Simone de Beauvoir)y cuándo hacerlo acompañado, como hacen los peregrinos?
No hay una respuesta categórica, porque caminar solo o acompañado es una cuestión de circunstancias. A veces, queremos caminar solos para hacer un balance, encontrar la paz, alejar las preocupaciones, encontrar una interioridad. En otras ocasiones, es fuerte el deseo de caminar con un amigo o en grupo. No hay una fórmula mejor que otra.
¿Cómo saber que uno está en el camino correcto?
La única brújula es sentirse bien, experimentar la armonía con el entorno, la dicha, ese extraño vocablo. Tan pronto como caminas por un pueblo o por un sendero de montaña, la felicidad está ahí, y el camino impone su obviedad. Cuando estás aburrido o exhausto, cuando el camino te enfrenta con perros que acosan, cuando te obliga a caminar por barrios de edificios altos o si cruzas barrios residenciales sin alma, entonces sí, a veces tenemos la sensación de que ya no estamos en el buen camino.
¿Qué papel desempeña en el paseo el instinto, la intuición?
La intuición está presente todo el tiempo, nos anima a detenernos a contemplar un paisaje, a observar un animal escondido tras los árboles o entre la vegetación. De repente, toma un camino lateral para visitar las ruinas de un molino, un antiguo castillo, una granja cuyo techo se ha derrumbado. Regresa a una planta o una flor que ya habíamos visto para contemplarla con más detalle. Desacelera o acelera o mantiene el ritmo según la sensación del momento. En todo ello está la intuición.
¿Por qué “el caminante es un artista de las circunstancias”?
El caminante, aunque siga una dirección, permanece en un recorrido nómada, escapa a toda funcionalidad del camino, porque avanza en un espacio abierto a todas las posibilidades, a todas las paradas. Es un homo ludens, un hombre o una mujer del juego, que juega al caminar, movido por sus deseos, apropiándose de los lugares atravesados por su sensorialidad; es un jugador de las oportunidades que encuentra. Avanza como artista de lo efímero, no deja rastro de su paso. Desvía lugares y caminos de su uso habitual, no atiende a su funcionalidad, su utilidad, su común razón de ser, no le preocupa la llegada sino el camino tal y como se presenta. Incluso en una ruta marcada, caminar siempre es una deriva. El caminante avanza como un nómada, desviándose a veces del camino señalizado y bien dibujado en el suelo, para ver qué cubre un claro en la espesura u otro camino en el bosque, seguir un camino forestal, o desviarse para ver de cerca las ruinas de una casa o mirar un estanque, sumergirse en un lago o en un río. Un andar es siempre un poco errático en el tiempo y en el espacio, lo impredecible muchas veces prevalece sobre lo probable y modifica la progresión y su ritmo.
Un andar es siempre un poco errático en el tiempo y en el espacio, lo impredecible muchas veces prevalece sobre lo probable
¿Sobre qué nos habla el silencio que encontramos a nuestro paso?
El silencio es más bien la providencia del caminante. La sensación de –por fin– poder escucharte a ti mismo lejos del ajetreo habitual del mundo, y sobre todo lejos del ruido constante de motores o teléfonos móviles. Al caminar, el silencio es una inmersión en el júbilo suave y sonoro del entorno: el trinar de los pájaros, el viento en los árboles, el susurro de un torrente que desciende por una ladera… De nuevo, en pleno viento del mundo, el caminante se reencuentra con las grandes instancias amputadas por la ciudad: el sol, el cielo, la lluvia, los árboles, los cerros, las rocas, los espacios abiertos, el horizonte, el atardecer, la noche, la nieve, todo que la maraña de calles y tráfico rodado, las luces eléctricas, eliminan. Redescubre con asombro el silencio que puebla los caminos. Irrupción familiar del cosmos, recordatorio del estado de criatura que induce una sensación de eternidad y precariedad. El silencio penetrante de un paisaje instala en el mundo su propia dimensión, un espesor que envuelve las cosas, una suspensión. El tiempo pasa allí sin prisa, a paso de hombre, llamando al descanso, a la meditación, al paseo, a la lentitud. Estos lugares ambientados en el silencio se destacan en el paisaje al presentarse desde el principio como propicios para el encuentro con uno mismo. Nos abastecemos de interioridad antes de volver al bullicio de la ciudad o a las preocupaciones de nuestra existencia. El silencio pone el mundo en suspenso, mantiene la iniciativa del caminante, dejándolo respirar la calma de un soplo que nada apura. Reconecta con el sentimiento de presencia en el mundo. Abre otra dimensión dentro de la realidad, fuerza la metafísica al sacar las cosas del murmullo que suele envolverlas y liberar su poder contenido.
¿Cómo se distingue la belleza al caminar?
La belleza es para cada caminante lo que lo hace mirar hacia arriba y detenerlo por un momento, un hermoso escape de lo profano que rige lo ordinario de la vida. Emergencia de lo sagrado en el curso de la vida cotidiana, la hierofanía de la que hablaban los clásicos, no en un soporte religioso que remite a creencias, a un texto fundacional, sino a un resplandor que estremece a quienes lo perciben y sólo a ellos. La belleza no es objetividad, es atención al mundo: un paisaje, un animal encontrado en el camino, un rostro, la luz de un cerro…
“Caminando se surca un país interior”. ¿Qué se descubre de uno mismo caminando?
El caminante se reduce a la sola potencia de su cuerpo en el júbilo de sentirlo en todo momento, de sentirse absolutamente real en los pasos que da y en el esfuerzo que hace. Se abandona al espacio circundante: saborea el sol o la lluvia, el viento, la nieve o el granizo. Se enfrenta a un mundo que nunca antes había sentido. Ve el amanecer o la luz menguante a medida que avanza el día. Experiencia de lo elemental, vuelta al cuerpo a los sentidos, a través de un mundo liberado de su ganga tecnológica. Finalmente, vive en el entorno que lo rodea, está inmerso en el aire libre, abandonado a sí mismo, a su libertad. Se despoja de todas las comodidades, pero también de todo lo que entorpece su existencia. Los deseos se reducen a lo esencial: dormir, comer, descansar, lavar la ropa, etc. Al caminar, cambiamos nuestro cuerpo, nuestras percepciones sensoriales, nuestras emociones, nuestro tiempo, nuestro espacio. Encontramos la dimensión telúrica de la condición humana.
Si en el caminar “la cartografía es, ante todo, afectiva”, ¿por qué me da la sensación que caminar la ciudad resulta, a sus ojos, menos caminar que hacerlo en el campo?
Todos los cerros, los árboles, las rocas se convierten en territorio del caminante, mil caminatas siguen perfilándose ante los ojos como un mundo que vuelve a ser inagotable, a diferencia del de la vida ordinaria o profesional, siempre prisionero de las rutinas y caminos obligatorios. El paisaje sobre los escalones es música que resuena con todos los sentidos, y el caminante resuena según su propio talento. Estos raros momentos están asociados con la emoción del tiempo, la vida en acción en la opacidad del cuerpo, la intensa sensación de estar todavía vivo y lúcido al respecto. Caminar es una inmersión en la sobreabundancia del mundo, una sed de ir más allá de las apariencias organizadas y saneadas de nuestras ciudades o de nuestros campos, o de nuestros lugares habituales de vida y de penetrar lo más de cerca posible en esa abundancia que dejamos de ver por las técnicas que ahora transmiten cualquier relación con el mundo, y la retícula de todo el territorio por la urbanización. Al tomar la llave de los campos, como diría Breton, al tomar los caminos y senderos en lugar de los caminos, al jugar con la lentitud de su progresión, se revelan otras dimensiones del entorno. Caminar es volver a levantar la mirada hacia tu entorno, depurar la mirada de las rutinas que hacen que ya no veas mucho a tu alrededor, romper la hipnosis de los móviles o las pantallas. Pero eso no significa que no me guste caminar por la ciudad. En mi libro anterior, Elogio de los caminos y la lentitud, también había dedicado un capítulo a los paseos urbanos. Pero claro, en la ciudad es otro régimen de los sentidos lo que se ejercita, otra vigilancia…
Las derivas surrealistas, situacionistas, las de los flâneurs, ¿de qué modo cambian el paisaje urbano, lo humanizan? ¿Existe la psicogeografía, esos lugares que nos repelen o nos atraen por su energía?
Las derivas surrealistas o situacionistas fueron también un experimento sobre uno mismo y sobre la creación, una forma de perderse para encontrarse y relatar la experiencia. Esta es la razón de nuestra alegría al caminar por las ciudades. Todos somos en un momento u otro esos paseantes en la terraza de un café o en el errático recorrido de las calles. Me gustan mucho estos momentos de descubrir una ciudad desconocida. Nunca me canso de explorar las ciudades que amo. Vivo en Estrasburgo desde hace mucho tiempo, pero nunca dejo de descubrirla desde otros aspectos.
Por lo que respecta a la psicogeografía, sí, algunos lugares son portadores de peligros cuya naturaleza es difícil de conocer, de una especie de magnetismo negro. Están como perseguidos por la presencia de un espíritu hostil o infeliz del lugar que no tolera ninguna presencia por razones impenetrables. Inmediatamente sentimos su hostilidad, y el sentimiento de amenaza se acentúa para quienes siguen sus pasos desafiando las señales que les han sido enviadas. Experimentamos la sensación de hundirnos en la boca del lobo y volvernos cada vez más vulnerables. Imposible razonar por qué en ellos la ansiedad crece lentamente. Pero esos lugares son raros, a diferencia de aquellos en los que tienes la sensación de que te esperan, donde el espíritu del lugar te alcanza.
¿No hay algo contradictorio en escribir (sentado) sobre el caminar?
No, porque escribir sobre caminar es revivir muchos recuerdos, intentar comprenderlos mejor para compartirlos con el lector, indagar en la memoria. Se escriben y se leen historias de caminatas para confrontar la experiencia de otros. Mis libros sobre caminar son casi tanto un elogio de la lectura como un diálogo con muchos otros caminantes que han escrito sobre su experiencia. Pero estos son los libros que escribo mientras camino, en paz, en la respiración pacífica del mundo.

Tchaikovsky, Einstein, Nietzsche y otros grandes genios del arte, la ciencia y la filosofía, han glorificado el acto de caminar en sus procesos creativos. Aristóteles y los peripatéticos ya eran conocidos por sus reflexiones a pie e incluso personajes más actuales, como Steve Jobs o Mark Zukerberg, han incluido el paseo en sus reuniones como método para aclarar las ideas. La completísima obra Andar, una filosofía, de Frédéric Gros, recoge de manera ejemplar el gusto por pasear de los autores más emblemáticos de la historia del pensamiento al tiempo que nos da una visión casi poética del acto mismo de pasear. A quien le interese indagar en el maravilloso mundo de los paseos célebres, también encontrará una lectura de lo más valiosa en Wonderlust: Una historia del caminar de Rebecca Solnit, donde la autora recorre la historia de esta actividad, su influencia en la sociedad, sus repercusiones políticas y cómo los grandes personajes de nuestra cultura se valieron del paseo para dar forma a sus mayores creaciones. Incluso en el cine —y lo vemos en muchas películas— el paseo es comúnmente el vehículo para el desarrollo de ideas, encuentros, conversaciones profundas o la transformación de los personajes.
Sus poemas sobre viejas y ciegos, sobre los cambios que experimenta la ciudad y las sensaciones que le provocan dichas estampas, son sin duda los precursores de una manera de entender y explorar el entorno urbano, con un fuerte enfoque artístico, pero también político: Baudelaire hace protagonistas a lo decadente y lo turbio, todo aquello de lo que apartamos la mirada.
Frente a esta transformación funcional y la proliferación de espacios destinados al intercambio de bienes, surgen diferentes miradas acerca del uso de la ciudad. En concreto, propuestas rebeldes sobre cómo el paseo puede ayudarnos a recuperar el espacio «robado» o perdido. Y es que, el que camina, o mejor, el que vagabundea —un término mucho más preciso para lo que aquí hemos venido a contar— pone en entredicho el diseño urbano, con esa fuerte influencia capitalista y que tiene su máximo exponente en el centro o zona comercial, diseñada según el comercio y organizada en pro de la segregación urbana.
En 1958, Guy Debord desarrolló su teoría de la deriva, que propone experimentar la ciudad y las sensaciones que genera a medida que se transita. De este modo introduce también el término psicogeografía, un método que persigue, a través de la deriva, entender cómo el diseño urbano interviene en nuestra manera de habitar la ciudad y cómo puede afectar a nuestro estado de ánimo. El objetivo de esta práctica es estudiar cómo interactuamos con la ciudad misma.
Es tanto el interés que el elemento psicogeográfico suscita en Debord que, para él, el famoso deambular dadá de 1924 por el campo había sido un fracaso, porque en campo abierto no hay elementos que interrumpan la azarosidad. Es más, dentro de su enfoque marxista, para Debord el interés de derivar en la ciudad es que esta nos devuelve un reflejo, tanto en lo relativo a la sociedad como en lo que respecta al individuo. La deriva es una herramienta para transformar el urbanismo y la arquitectura.
Todo esto se aplica a la ciudad de igual manera. Ellard ha llevado numerosos experimentos a cabo, reuniendo a grupos de paseantes e invitándoles a anotar las sensaciones que experimentan a lo largo de un recorrido determinado. Así, llegaba a conclusiones como que la arquitectura más sofisticada de otros tiempos causa mayor excitación, interés e incluso felicidad, que los angulosos bloques minimalistas que, por el contrario, generan tedio, enfado e incluso nerviosismo.
Entonces, si la ciudad está diseñada según un plan que nos invita a transitar por unos espacios más que por otros, generalmente conduciéndonos a la zona comercial —mejor iluminada, peatonalizada, decorada y segura— en cierto sentido, salir a pasear es un acto de rebeldía. Lo es especialmente en un momento en el que el entretenimiento, colmado por las pantallas, toma lugar primordialmente en el interior de los hogares. Uno debe preguntarse cómo usa la ciudad y sacar una lectura crítica sobre si realmente la hace suya o, como la estudiante de Lauwe, apenas se mueve en un constreñido triángulo. Salir a la calle, pasear, dejarse llevar por la ciudad y sus elementos, es un derecho y también un deber. Porque todo lo que no se usa, se pierde.
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ANEXOS:
Antropóloga, Fundación SOLES, Chile. Correo-e: fresiamariasalinas@gmail.com
Introducción
Caminar es conocer. Manuel Rojas.
¿Es el ser itinerantes -recordemos la famosa imagen (evolutiva) del mono que se va transformando en hombre- una distinción que nos define? Sí, pero evidentemente no en forma exclusiva ni excluyente. Otros animales terrestres no humanos también se han servido, desde antiguo, de sus extremidades para movilizarse, para desplazarse de un lugar a otro, ya sea con propósitos de caza, buscando comida y agua, ya sea con propósito de huida para escapar de los depredadores. Desde hace millones de años (las dataciones están en permanente cambio), hemos caminado por el mundo en que vivimos a través de las extensas distancias que individuos y grupos en calidad de aventureros han ido trazando, quizás más plausiblemente como buscadores de territorios más aptos para la sobrevivencia propia, primero, y de los animales que nos han ido alimentando y acompañando, después. Y a través de las distancias menores y breves que separan pequeñas comunidades, amigas o enemigas, emparentadas o extrañas; de las distancias entre la casa y el huerto, entre la casa y la fuente de agua. Hasta hoy, en distintas partes del mundo, seguimos caminando por esos objetivos. Incluso aquí, en las ciudades traspasadas por carreteras y calles asfaltadas por donde circulan los vehículos auto-móviles, para cuyo desplazamiento se redactan leyes nacionales e internacionales. Entre tanto, seguimos caminando1.
Siendo este ejercicio del caminar tan permanente en nuestra historia2, lo hemos ido repletando de significaciones. Desplazamiento como traslado de un punto a otro del territorio personal y colectivo, claro, pero también práctica deportiva: la caminata o marcha atlética como deporte olímpico; con fines de (buena) salud -la geriatra prescribe caminatas, entre otras cosas, para conservar el equilibrio que a veces se va dificultando con la edad-; de recreación -un paseo por el parque o la plaza con los niños-, y así sucesivamente. Más todavía, el caminar ha sido y aún es parte integrante de peregrinaciones religiosas, que en las actuales sociedades secularizadas suelen convertirse en un caminar turístico vacacional.
Desde la antropología, estas significaciones de la millonaria práctica revisten variado interés, aparentemente creciente en los últimos años. En lo que sigue, intento exponer algunas de esas significaciones, instalándolas en al menos dos categorías: la primera, a partir de una mirada antropológica desde dentro de la disciplina hacia fuera; la segunda, con una mirada hacia dentro, en lo que podría concebirse como una autoetnografía del caminar.
Antes de entrar en materia, amerita recordar algunos de los usos del caminar, más allá de la antropología. El primero ya señalado, el del humano considerado en su dimensión de itinerante, se encuentra, asimismo, en la antropología reciente. Sobre esto volveré más adelante.
Un segundo a destacar se encuentra en el ámbito de la filosofía. Resumo a grandes saltos. Los sofistas griegos del siglo V a.C. eran “maestros ambulantes” (Guthrie, 1958, p. 67). Los peripatéticos, seguidores de la escuela de Aristóteles, eran denominados así porque su práctica reflexiva la realizaban caminando, paseando por un jardín y/o en un pórtico.
Siglos después, Rousseau escribía en sus Confesiones:
[…] me parece que fue en este año de 1753 cuando apareció el programa de la Academia de Dijon acerca del origen de la desigualdad entre los hombres […] Para meditar despacio tan grande asunto, hice un viaje de seis o siete días a Saint-Germain […] internado en el bosque, inquiría y buscaba la imagen de los tiempos primitivos […] Este paseo y ocupación fueron saludables a mi cuerpo y a mi espíritu.
De vuelta a París, sigue relatando Rousseau, “Durante muchos meses, después de comer iba a pasearme solo por el Bosque de Bolonia, meditando asuntos para obras, y no volvía hasta la noche” (s.f. [1753], pp. 238-239). Es decir, el ejercicio de caminar meditando (o meditar caminando) habría fomentado o ayudaba al pensamiento de estos amigos de la sabiduría que -tengámoslo presente- en el caso griego era destinado a fines no meramente especulativos sino bastante prácticos.
Más recientemente, Zaratustra, “El Caminante” de Nietzsche, camina-y-piensa en lo que es/será y en lo que sabe, ascendiendo por “el camino más duro”, siguiendo su “camino de engrandecimiento”. Unas páginas más adelante, en “Caminando”, siempre caminando, en un reposado viaje de regreso a su cueva en la montaña, llega hasta la gran ciudad abominable y la esquiva (1998, pp. 161-162, 183-185).
Hoy podríamos decir que el caminar, especialmente al aire libre (y libre de polución tóxica) aumenta el necesario oxígeno en el cerebro y, en consecuencia, incrementa algunas de las inteligencias académicas3.
Un tercer uso -adelantado en el fragmento rousseauniano- es el de forma de ejercicio físico apto para personas de todas las edades. Según señalé recién, se trata de un ejercitarse cotidiano recomendado en especial por geriatras para personas adultas mayores, por sus múltiples beneficios. Oxigenarse, equilibrarse, mover las articulaciones, diariamente o al menos varias veces por semana, sin o con ayuda de bastón o burrito, no solo se constituye en una manera sencilla (y gratis) de mantener y aumentar la salud del cuerpo, sino también de evitar o disminuir el estrés. En estos tiempos de cuarentena y no cuarentena.
Y, en fin, voy al grano.
Una etnografía del caminar, o del caminante
En la arbitraria clasificación definida para estos apuntes, en mi primera mirada observo lo que la antropología, la etnografía o, más precisamente, lo que antropólogas/os, etnógrafas/ os hemos observado con un énfasis principal, pero no excluyentemente, en nuestras observaciones acerca de caminar y caminantes ajenos.
Como mencioné, últimamente la antropología ha desplegado un creciente interés en el caminar4, entendido de diversos modos, fundamentado con diferentes conceptualizaciones. Una de ellas es la que se ha denominado antropología del cuerpo, o de las corporalidades. Aquí cabe el caminar humano como una forma de sentir-se(nos) en nuestra dimensión de carne y hueso (flesh and bones), indiscutible, pero que se ha trabajado sobre todo en las décadas recién pasadas. Desde esta perspectiva, muy mencionado es David Le Breton con su Elogio del caminar (2015). A Le Breton le interesa “hablar acerca de ese caminar consentido que se hace con placer en el corazón […] El goce tranquilo de pensar y de caminar” (p. 20). Para él, el caminar sumerge al hombre “en una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena” (p. 15).
Otra, al parecer más reciente, dice relación con el concepto de movilidad(es), que destaca la característica humana (y no solo humana) de ir de un lugar a otro. Para Salazar, Elliot y Norum (2017), “movilidad, como un concepto-metáfora, captura la impresión común de que nuestro mundo de vida está en flujo/es un fluir”. Ello haciendo referiencia, asimismo, al “mobility turn” y al “new mobilities paradigm” en las ciencias sociales de este siglo XXI (pp. 1-2) y a los consecuentes desafíos metodológicos que esto acarrea.
Cuerpo y movimiento se aúnan en la antropología urbana. Antropología de las calles, donde el caminante se transforma en transeúnte o peatón, que se desplaza entre los espacios olvidados o no conocidos excepto por él mismo, un vecino, por senderos o recorridos propios. Estudios que marcan las distinciones entre personas de distintas procedencias socioeconómicas -lejos del Elogio de Le Breton-, muchas de las cuales caminan no por gusto ni bienestar, sino por la necesidad debida a la precariedad de la existencia en la ciudad. Kilómetros caminando, en micro, y caminando otra vez. O el lento caminar de ancianas y ancianos, de madres con niños pequeños -unos pasos, nos detenemos, otros pasos…-, que se desplazan de la casa al almacén de la esquina, ida y vuelta.
Entre las diversas maneras en que la disciplina ha observado el caminar, últimamente me ha motivado una peri-religiosa5. Por esas casualidades de la vida (sinergia, como ha sido moda últimamente), me ha tocado leer sobre y conocer a algunos peregrinos contemporáneos, que han hecho el milenario Camino de Santiago. Caminando. Kilómetros y kilómetros, cientos de ellos, caminando. En medio de la neblina, bajo la lluvia, el sol, por senderos empedrados y por carreteras. Con bastón de caminante, pesada mochila a la espalda, alojando y comiendo en posadas del famoso Camino, hoy.
El Camino y los peregrinos han recibido abundante atención bibliográfica6. Entre otras muchas publicaciones, menciono las de Manuel Mandianes, Peregrino a Santiago. Viaje al fin del mundo (1993) y El camino del peregrino (2010); de José Enrique Ruíz-Doménec, “El camino de Santiago y el sentido de la peregrinación” (1996), y de Sean Slavin, “Walking as a spiritual practice: The pilgrimage to Santiago de Compostela” (2003). El español Marcelino Agís Villaverde, en sus Aspectos filosóficos y antropológicos del Camino de Santiago (que lleva el decidor subtítulo de Fenomenología de la peregrinación a Compostela), entre otros aspectos de interés, se refiere al “pensar con los pies” (2008, p. 305), lo que de alguna manera estaría acercándolo a los peripatéticos y a Rousseau, pero en especial a antropólogas(os) en la línea de las epistemologías ecológicas de este siglo.
Slavin, quien hace el Camino como observador-participante, se va acercando a la segunda mirada que propongo aquí. A propósito de lo que ha visto y conversado con sus congéneres caminantes y de su propia experiencia, declara: “siempre sospeché que caminar y pensar eran compañeros especialmente afines”, y que “la razón central de caminar [es] comprometerse en una práctica meditativa” (2003, pp. 3 y 4)7.
Muy sumariamente, la etnografía, como perspectiva, se caracteriza por el interés en develar los sentidos que las personas asignan a sus experiencias. En este punto, presento algunas de las reflexiones escritas por un caminante chileno en este famoso Camino8. ¿Qué significó para él?
Guillermo emprendió su viaje a los 56 años, solo, como unas postergadas vacaciones. Por otra parte, le atrajo la idea de visitar el pueblo de sus ancestros paternos (“se mantenía como un enigma atractivo a develar”9). Y además, anota, “empecé a recibir noticias acerca del Camino de Santiago”. Hasta que “El 2 de mayo de 2009 partí a España con una mochila cargada con muchos temores y esperanzas”. Avanzados unos cien kilómetros del Camino, cuenta:
[…] sentía mayor seguridad en mi capacidad de orientación y conocimiento de las señales guías del Camino. Por otra parte mi adaptación al peso de la mochila ya era satisfactoria por lo que mi paso era confiado y disfrutaba de la belleza del entorno. Ante las variaciones del camino, a veces fácil otras con empinadas subidas, por aquí pedregoso y más allá barroso, pero siempre de una gran belleza, no pude menos que hacer la analogía de esta marcha con mi vida.
Como se puede apreciar, a medida que viaja a pie y va adquiriendo destreza se va asemejando a los antiguos amigos de la sabiduría cuyos caminares eran parte fundamental del pensar, y en especial a Rousseau en la admiración y el goce de la belleza de la naturaleza, el paisaje o el escenario propicio para el surgimiento de la belleza filosófica.
Al llegar al pueblo de sus antepasados asturianos, tras una opípara comida (“¡Qué buen almuerzo tuve! A ratos me reía de pura felicidad”), Guillermo sale en busca del lugar cuyo apellido lleva. Narra en su Diario:
Es verdad que domina el pueblo y se aprecia un caserón impresionante. Subí una empinada calle y llegué al lugar donde se ubica. No tenía mayores indicaciones y parecía abandonado. Luego de algunas dudas decidí franquear un pequeño cerco y llegar a sus murallas. Mientras las admiraba en su solidez y cantidad de piedras empleadas se acercó un joven que quería saber quién era yo y qué hacía allí […]. Me identifiqué como peregrino en el Camino de Santiago e interesado en conocer lo que para mí era un hito destacado debido a mi apellido. Ante su mirada con algo de incertidumbre exhibí mi carné de identidad que le aclaró mi nombre y procedencia. En ese momento me explicó que dicha construcción pertenece a su familia desde ya varias décadas o tal vez siglos. Asimismo me aclaró que lo que para mí parecía una ampliación de dudoso gusto en realidad ya contaba con más de cien años […]. Me quedó claro que las medidas del tiempo en esas tierras son más complejas que en las mías, y luego de agradecerle nos despedimos con mutuos deseos de éxito.
Así, junto con ir cumpliendo su primer objetivo, el de vacacionar, cumple el segundo, que era el de visitar el lugar del que sus ascendientes paternos salieron. Pero, a la vez, a medida que pasan los kilómetros de Camino, el caminante vacacionista se va identificando con el ser “peregrino” y no solo con un turista cualquiera.
Las meditaciones siguen, cada vez más relevantes en sus escritos. Incluyo algunas expresiones más:
Esta nueva especie, erguida en sus dos pies, pudo recorrer toda la superficie terrestre en busca de sustento. Y comenzaron a caminar, a recorrer cada vez más grandes distancias. A descubrir otros pastos, a olvidar el camino de retorno. Esos pensamientos me llegan mientras a mi vez camino. […] Dicen que al erguirse y caminar los simios se hicieron humanos […]. En nuestra época esa historia nos permite al caminar, una vez superados los temores al fracaso o el infarto de miocardio, una sucesión de pasos que facilitan un cálido divagar.
El significado de ese caminar el antiguo Camino de Santiago es hoy múltiple, tanto en la literatura al respecto como en las palabras de este chileno, que se va viendo afectado por el encanto tanto del caminar como de los lugares que recorre. Es la “seducción del Camino”, como dicen. Vemos, como señalé recién, que como consecuencia se va transformando de turista de vacaciones en un autocalificado peregrino, abierto a las divagaciones y meditaciones sobre el devenir de la especie humana10.
En estas épocas y parte del mundo secularizadas, el peregrinaje se entiende mayormente como una práctica turística. No obstante, mientras escribo estas líneas me van llegando noticias de otras y otros peregrinos nacionales, devotas y devotos católicos que viajan en esforzados peregrinajes -en busca del locus sanctus, en busca del milagro (Ruíz-Doménec, 1996)- a Fátima, a Lourdes y, aquí cerca, al Santuario de Lo Vásquez, caminando.
Una (auto)etnografía del método
En esta segunda mirada intento exponer - sin pretensión de exhaustividad- algunas de las relaciones entre el caminar humano, desde y hacia dentro de la antropología, mediante la presentación de ilustraciones o ejemplos. Varios de ellos son recuerdos de mi colaboración en distintas investigaciones y hablan de mi experiencia personal en terreno, razón por la cual los reconozco como autoetnográficos11. Y dado que, durante décadas, me dediqué al estudio del método -como procedimientos varios cuyo fin es producir (más exactamente, co-producir) información, esto es, conocer acerca del mundo de otras personas y comunidades, de los significados que asignan a ese mundo, a sí mismas y a las demás, sus percepciones y observaciones; en otras palabras, como acción/acciones cuyo fin es conseguir, de la mejor manera antropológica, información acerca de-, esta mirada tiene como fundamento justamente eso. Para terminar, añado unas breves palabras sobre la o las formas de conocer y, entre ellas, acerca de experiencias y percepciones de tiempos.
¿Qué se ha dicho/escrito acerca del caminar dentro de la propia antropología/etnografía? En esta segunda interpretación (porque, ¿es necesario expresarlo?, toda mirada es una interpretación más), comienzo con la tradición antropológica temprana, la de las Notes & queries que nuestros maestros mencionaban en cursos introductorios. En hasta este momento inencontrable cita, la publicación del siglo XIX instruía que el trabajo del investigador debía realizarse en un espacio o territorio caminable en un día. Es decir, así como el tiempo recomendado era de un año, el diámetro abarcado por el antropólogo no debía ir más allá de lo que pudiese caminar en el lapso del día. En época de una disciplina dedicada al estudio de pueblos “primitivos o “salvajes”, se daba por descontado que el extranjero curioso no encontraría allá caminos dispuestos para otro tipo de transporte que no fuera a pie (o, en algunos casos, en barco, a caballo o en algún tipo de vehículo arrastrado por fuerza animal).
Continúo con el icónico Geertz de “Deep play” (1973), que narra su iluminadora experiencia de observación participante en Bali cuando, en 1958, llegó a una aldea a desarrollar un estudio antropológico. Habiendo sido, él y su esposa, más bien sistemáticamente ignorados, y estando como espectadores de una tradicional pelea de gallos -entonces prohibidas por el gobierno-, a la intempestiva llegada de la policía todos salieron huyendo del lugar, en completo desorden. Escribe Geertz: “Según el principio establecido de ‘Si estás en Roma’, mi mujer y yo decidimos, solo un poco menos instantáneamente que los demás, que lo que había que hacer era correr también”. Corrieron (una forma de caminar muy rápido12), siguiendo a otro de los espectadores de la pelea, hasta finalmente instalarse en su patio a tomar té. Con ello, “demostramos nuestra solidaridad con los que ahora eran nuestros coaldeanos” y, en consecuencia, “toda la aldea se nos abrió […]. Esto resultó en una aceptación repentina e inusualmente total en una sociedad extremadamente difícil de penetrar para extranjeros”, acceso que, finalmente, permitió comprender la naturaleza interna de la sociedad, el objetivo del investigador (1973, pp. 415-416)13. Por supuesto, aclara Geertz, no se trata de una “receta muy generalizable” para alcanzar el ansiado rapport; se trata de lo que afortunadamente ocurrió en ese momento y lugar y que le fue útil para lograrlo (1973, p. 416).
Sigo con la práctica antropológica que se hace cada vez más típica de la entrevista personal, personalizada, entre la(el) antropóloga(o) y el(la) colaborador(a) que tratamos de cooptar. Si bien la iconografía de la entrevista la representa a menudo con la imagen de estas dos personas (o más, si son entrevistas colectivas, con varios entrevistadores y entrevistados) sentadas en torno a una mesa, o conversando frente a frente estacionados en un espacio dado, cualquier etnógrafa(o) ha llevado a cabo lo que se ha denominado walking interviews (véase Barrantes, 2021; Kinney, 2017; Evans & Jones, 2011; Jones et al., 2009).
Un ejemplo de estas entrevistas caminando/caminadas/caminata es la narración de Milan Stuchlik sobre su trabajo de campo en Coipuco14. Mientras caminaba junto a terrenos sembrados acompañando a un miembro de la comunidad, Stuchlik iba preguntando por los propietarios, los tamaños y deslindes de esos terrenos a la vista. Fácil era para el entrevistado ir respondiendo, a medida que seguían caminando, mostrando qué tierras eran de quién, cuánto abarcaban, cuáles eran sus límites y quiénes eran los propietarios de los terrenos colindantes, e informar hasta de las demás tierras trabajadas por las familias, ubicadas en otras comunidades. Mucho más fácil que explicarlo en inmovilidad y solo oralmente.
Otro ejemplo lo extraigo de un estudio en campamentos en diversas ciudades de Chile. Como temuquense que soy, fui encargada de trabajar en tres campamentos de Temuco. Uno de ellos estaba ubicado en la ladera de un cerro y desde hacía años tenía fama de peligroso. Confieso que fui al lugar con alguna aprehensión. Nunca había estado allí, pese a que quedaba cercano al sector residencial en que
se ubicaba la casa familiar. Las calles, ajenas a la estructura de gamero, eran de tierra; las casas, de todo tipo de hechuras y materiales. A medida que fui conociendo, los residentes también eran muy diversos: empleados públicos, obreros de la construcción, transportistas escolares, dueñas de casa, desempleados, recién llegados del campo, gente joven, escolares de todas las edades, etc. Más arriba, ya se había levantado una población totalmente urbanizada habitada, entre otras, por familias que antes vivían en ese campamento vecino. Siempre caminando, al igual que años atrás era costumbre en los caminos rurales, quienes me cruzaban al pasar me saludaban con amables ¡Buenos días! o ¡Buenas tardes!
Una residente fue mi colaboradora clave. Me reunió con sus vecinas y amigas más cercanas y me invitó a acompañarla en sus actividades laborales; compraba lo necesario en comercios del barrio Estación y preparaba comidas y colaciones que vendía en oficinas y tiendas del centro. Parte en micro, pero sobre todo caminando, hicimos sus recorridos habituales, siendo yo entonces presentada como su ayudante. En estas caminatas, entre compras, oficinas, tiendas, ella me relató su vida, desde su niñez hasta el momento en que nos conocimos y el futuro que anhelaba.
No hay novedad en esto, fueron entrevistas parte de la observación participante propia del ejercicio etnográfico. No obstante, ese ejercicio, esa práctica, no solo posibilita el antiguo y esperable rapport, posibilita, además, el conocimiento del día a día del cuerpo, de la experiencia más completa del otro en su itinerario acostumbrado. Como señalan Iared y Oliveira (2017):
Pink (2009) argumenta en favor de una etnografía sensorial, que justifica estableciendo que se ha omitido el aspecto multi-sensorial de la experiencia en la investigación etnográfica. Sugiere que los investigadores deberían hacer uso de la totalidad de su cuerpo sensorial cuando compilan o interpretan data de investigación y conectarse ellos mismos a las mismas actividades cotidianas en las que está la otra gente (p. 100)15.
Como cualquier etnógrafa(o) sabe de primera mano, no es solo la conversación en que se nos dice lo que se hace, sino es el calor de días de verano, el peso de las bolsas, una en cada mano (imposibilitando la grabación), el cansancio de caminar rápido de un lado a otro antes de que se pase la hora de almuerzo y la comida quede sin vender. Y, en medio, el relato conmovedor de las experiencias de una vida, que hay que retener en la memoria hasta llegar a casa y anotarlo, ¡una vez que me haya sacado los pies hinchados de los zapatos que ya aprietan!
Por otra parte, como señalé, la antropología/ etnografía urbana ha llegado a ser un imperativo en este mundo mayormente citadino en que actualmente vivimos. En una investigación sobre el barrio Yungay, realizada como etnógrafa que trabajaba allí16, de nuevo me tocó recorrer el espacio etnográfico una y otra vez, caminando. No solo caminar al azar, o siguiendo las calles y lugares especiales característicos del barrio, sino yendo por los senderos trazados por diversas personas que eran o habían sido sus habitantes, ya sea por residir en casas de Yungay, ya sea por estudiar en alguno de sus numerosos establecimientos educacionales.
Estos últimos recorridos permitieron una introducción que difícilmente se hubiese logrado de otra forma: el compartir las experiencias caminadas de esas personas constituyó una puerta de entrada a sus vivencias, mantenidas en los recuerdos y actualizadas en el momento y en/ por la instancia de caminar.
Un ejemplo más que lleva a las posibilidades de aprendizaje etnográfico del mundo del otro cuando el caminar es un sine qua non de la experiencia. Aunque no seguí ni acompañé su recorrido, durante nuestros viajes a terreno en diversas ocasiones nos encontramos con carboneros de lugares cercanos a Cholchol en viaje a Temuco. Solían ser pequeñas caravanas de carretas tiradas por bueyes, repletas del producto. Los carboneros, a menudo con sus hijos en edad de caminar largas distancias, iban a pie guiando los animales con sus garrochas en la mano, por el costado del camino. Este viaje duraba varios días y los carboneros alojaban en terrenos, vecinos al camino, de personas de confianza, donde estacionaban sus animales y carretas. Evidentemente, el tempo de esta experiencia no decía relación con el tempo de quienes pasaban en auto o micro por el mismo camino. El paso lento de los bueyes, la velocidad de caminata de los niños y la distancia que podían recorrer hasta cansarse marcaban el transcurrir del viaje. ¿Cómo aprender/aprehender esa temporalidad, si hacemos el camino a una velocidad ajena? ¿Cómo aprehender el barrio santiaguino, mapeado con innumerables senderos creados por sus habitantes, si pasamos por sus calles en auto?
Según Ingold y Vergunst (2008), considerando a Bourdieu (1997), “Caminar […] es en sí mismo una forma de pensar y de sentir, a través de la cual, en la práctica del movimiento pedestre […] las formas culturales son generadas continuamente”. Y “el movimiento de caminar es en sí mismo una manera de conocer” (pp. 1-2). Para Iared y Oliveira (2017), de nuevo, llegar a conocer u obtener el conocimiento “significa participar junto con personas y cosas en sus experiencias prácticas vividas. Aprendemos en base a nuestras experiencias y no de las experiencias de otros” (p. 103)17. No iría tan lejos; habría que agregar: aprehendemos multisensorialmente de nuestras experiencias, planteamiento que cabe en el contexto de las ecometodologías contemporáneas -que incluyen la walking ethnography y/o sensorial ethnography y las walking methodologies- (2017, pp. 102-103).
Por último, en una conversación en 2021 entre Ricardo Fagoaga (entrevistador o moderador), Carole McGranahan y Raúl Pacheco-Vega, en el marco del Congreso (virtual) de la International Union of Anthropological and Ethnological Sciences (IUAES), entre otros temas, se habló de la condición cambiante de la etnografía, de sus varios turns, de la autoetnografía que ha avanzado fuertemente18 y de la observación participante (Fagoaga, 2021). A propósito de todo esto, hacen referencia a caminar por los archivos -los tres tienen también formación en historia- y caminar por el o los mundos virtuales. McGranahan considera que la experiencia propia en estas virtualidades es fundamental para desarrollar investigación al respecto; sin ella, dice, es imposible llevar a cabo un buen trabajo etnográfico o antropológico. Vemos, pues, que el caminar puede ser hoy una metáfora del recorrer los interminables, móviles y fascinantes caminos computacionales, una manera de expresar los recorridos que, cada vez con mayor frecuencia en este siglo, estamos siguiendo en nuestro quehacer disciplinar (investigación y etnografía cyber).
Así, el caminar desde dentro se concibe, primero, como una medida del espacio abarcable por el antropólogo en los primeros tiempos de la disciplina. Luego, como un procedimiento o acción (en carne y hueso, o en forma virtual) cuyo fin es conseguir -antropológicamente de la mejor manera- información acerca de. Y después, esta distinción arbitraria entre miradas externas e internas se hace difusa en cuanto, como observadores que participamos en esos mundos -ajenos o ajenizados, de uno u otro modo somos también parte de ellos19-, vamos desde lo que dice y hace el otro hasta lo que decimos y hacemos nosotros como antropólogos etnógrafos.
Hemos llegado, de esta manera, a describir y reflexionar no solo sobre aquello que nos es de partida ajeno, sino también sobre lo que nos es profunda y totalmente propio, personal, íntimo. Nuestra práctica profesional es tema, se problematiza y se expone como experiencia que nos abarca y muestra en nuestras conceptualizaciones teoréticas, en nuestras características de género, de edad, de personalidad, de procedencia geográfica y socioeconómica (Guber, 2019). En mi muy modesta opinión, si la antropología-etnografía es o pretende ser una ciencia debe ser así, puesto que somos nuestro equipamiento e instrumento y a la vez somos quienes observamos, analizamos, interpretamos y hasta aplicamos lo que llegamos a conocer, en fin, como experiencias de vida.
Un pequeño rite de passage
Habiendo centrado mi tesis de licenciatura básicamente en el estudio de archivos de casos judiciales del Juzgado de Indios en Temuco, mi trabajo antropológico profesional (esto es, descontando las prácticas formativas de terreno) iba a llevarse a cabo en zonas rurales, el “verdadero” fieldwork. Para ello, era necesario prepararse adecuadamente. Lo primero, contar con el calzado apropiado y digno para la ocasión. Debían ser zapatos durables, resistentes a todo clima, especialmente a las lluvias sureñas, por supuesto no deslizables y ¡ojalá! confortables. Nada de estética aquí, aunque también era un aspecto inconfesable que me interesaba. Fui a las zapaterías de la ciudad, gentilmente acompañada por dos colegas, compañeros de trabajo y buenos amigos. Todos jóvenes entonces. Tras bastante mirar y probar, me decidí -nos decidimos- por unos bototos de cuero con caña alta y gruesa suela de goma, pesados pero no tanto como para que caminar con ellos implicara esfuerzo excesivo. A instancias de mis expertos compañeros, hubo que darles una manito de ungüento protector. En fin, así bien premunida, a su debido momento salí al campo equipada con mis primeros zapatos -zapatones- de terreno.
Como se puede apreciar, en ese tiempo ya lejano se daba por entendido que fieldwork era equivalente a walkingwork. Por caminos que podían ser bastante intransitables, pedregosos, llenos de barro, subiendo y bajando cerros. De ahí la obvia y vital importancia de una buena elección de calzado. ¿Cuál fue el resultado? Los desacostumbrados roces en los pies me produjeron numerosas ampollas, con el consiguiente dolor. Los comentarios fueron más bien del tenor de los zapatos ceden (eventualmente) y/o los pies se acostumbran y encallecen. Así sucedió: zapatos y pies se acostumbraron mutuamente, aprendí a caminar por esos caminos y potreros y fui olvidando su presencia. Con el tiempo, esos zapatones de cuero de color anaranjado se transformaron en mis favoritos para casi toda ocasión; los usé hasta que ya no dieron más de sí. He borrado de mi memoria el triste momento en que los boté por inservibles.
Años más tarde, trabajando en Santiago, volví a recorrer muchos kilómetros a pie, ahora en las calles y veredas asfaltadas, en busca de y acompañando a colaboradoras y colaboradores citadinos. Nuevamente, el calzado fue relevante: la comodidad al caminar es un elemento menos de distracción en la investigación etnográfica caminante. Pero nunca tuve otros como esos zapatones -duraderos, resistentes y con el tiempo hasta confortables- de trabajo de campo en el campo de la que hoy es la Región de la Araucanía.
Camino, porque desde muy niña me ha gustado caminar, por la ciudad y el campo. Caminé, en mi condición de etnógrafa, porque la otra, el otro, los otros, caminaron.
Y termino con el caminar para aprender a observar como los otros, mis colaboradores. Yo, etnógrafa, quiero conocer y entender. Conocer y entender como etnógrafa, como antropóloga, como la persona que soy, pero sobre todo como mis congéneres, el otro, la otra, los otros. Sus experiencias sobre sus pies, en movimiento - también en descanso-, sus percepciones del tiempo. Sus percepciones de la vida en permanente tránsito. Caminar es, entonces, un modo de conocer.
Referencias bibliográficas
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1 Los significados etimológicos de las palabras que usamos son relevantes. “Itinerante”: del latín iter, itineris: [sentido abstracto] viaje, marcha, camino; [sentido concreto] camino, paso, senda, vía. Del latín tardío itinerans, -antis: ‘viajero’. “Camino”: del celtolatín camminus, tierra hollada por donde se transita habitualmente; vía que se construye para transitar; jornada de un lugar a otro. “Caminar”: de camino, ir de viaje; ir andando de un lugar a otro el hombre o el animal. “Caminante”: de camino, que camina (Real Academia Española, 2014; Bibliograf, 1992).
2Tim Ingold y Jo Vergunst comienzan su introducción a Ways of walking con estas palabras: “¿Cuándo empezó nuestro caminar? ¿Cuándo terminará? No podemos recordarlo, y nunca lo sabremos” (2008, p. 1).
3En una investigación en el área de antropología del deporte logré comprobar estadísticamente -¡con gran satisfacción de mi parte!- la correlación positiva entre práctica deportiva de alto rendimiento y habilidades y capacidades académicas en estudiantes de enseñanza media de dos colegios de Santiago. Posteriormente, pude conocer diversas publicaciones que establecían la relación causal entre oxigenación -que el deporte acrecienta- y tales capacidades.
4Googleando “antropología” y “caminar”, aparecen “cerca de 7.810.000 resultados”. Y para “anthropology” y “walking” se obtienen “cerca de 33.200.000 resultados”, en septiembre de 2021.
5Pido disculpas por este neologismo. Se debe a que no se trata de una mirada desde la religión como institución culturalmente dada, sino desde la antropología a una práctica que en la actualidad puede o no caber en el ámbito de lo religioso, pero que dudo en incluir dentro de la antropología de la religión.
6A modo de ilustración, cabe mencionar el número 2 de la revista Bibliografía Jacobea, del Centro de Estudios y Documentación del Camino de Santiago (2001).
8Agradezco a este caminante, médico pediatra, el acceso a las notas que escribió con ocasión de su peregrinaje.
9Los fragmentos que cito han sido extraídos de su diario de viaje, del que solo se salvaron algunas páginas (y fotografías) tras un desastre computacional.
10Con el debido respeto, lo que hace extensamente Rousseau en su Discours sur l’origine de l’inégalité parmi les hommes mientras pasea por el bosque en Saint-Germain.
12No es invento mío. En el Diccionario de la Real Academia, véase la acepción Nº 8 de “correr. Tratándose de personas, andar rápidamente y con tanto impulso que, entre un paso y el siguiente, quedan por un momento ambos pies en el aire” (1992, p. 579).
14Un fragmento de esta narración aparece en Holy & Stuchlik, 1983, pp. 58-59.
16Ese estudio fue realizado con un grupo de alumnas y alumnos de la carrera de antropología de la Universidad Bolivariana.
18Para Carolyn Ellis, toda buena etnografía es autoetnografía (Gariglio, 2018). Cabe mencionar que hay diversos tipos de autoetnografía. Ellis, socióloga, se refiere a la etnografía como distinta y separada de la antropología, como un recurso metodológico general en ciencias sociales (Ellis, Adams & Bochner, 2010). Para mí, son inseparables.





















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