martes, 18 de agosto de 2026

Insomnios.

 


El insomnio, el mejor amigo del proceso creativo de Kafka

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Muchos escritores, al abrigo de la noche, escriben más y mejor. Balzac era una criatura nocturna y escribía siempre a partir de la una de la madrugada. La mayoría de los versos de Sylvia Plath se escribieron durante las horas más oscuras de la noche, entre las cuatro y las cinco de la mañana. Las horas que Murakami utiliza para correr, aunque a las seis de la mañana ya ha escrito siempre sus primeros párrafos. Más o menos la misma hora en la que Nabokov daba forma a su Lolita y Margaret Mead estudiaba la concepción sociocultural del sexismo.


Los caminos de la creatividad son impredecibles y los hábitos del sueño han marcado la de infinitud de escritores. No poder dormir, por ejemplo, marcó la prosa de Franz Kafka, insomne impenitente cuya relación con el sueño ha sido pasto de investigaciones de todo tipo. Recientemente, un estudio de The Lancet realizado por Antonio Perciaccante y Alessia Coralli volvió a poner en el candelero la relación de la vigilia con su literatura.


Ambos investigadores afirmaban que Kafka dejó pistas evidentes que relacionan la falta de sueño con su genialidad. El autor sabía moverse en el pantanoso terreno del insomnio y solo allí era capaz de cazar las palabras que construían sus relatos. Es más, según el estudio, La metamorfosis se puede leer hoy como una metáfora de los efectos nocivos del insomnio en el cuerpo.



Lo cierto es que el trastorno del sueño es una constante en su biografía. Lo que sabemos de la vida de Kafka lo conocemos, en parte, por Cartas a Milena, serie epistolar entre el de Praga y la escritora y periodista checa Milena Jesenská que vieron la luz en 1953. Pero, sobre todo, conocemos quién fue Kafka por sus Diarios, doce raídos cuadernos que escribió entre 1910 y 1923, y que su amigo —y posiblemente el traidor que más ha hecho por la literatura universal— Max Brod publicó en 1937 tras prometerle que no lo haría.



En ambos libros es manifiesta la relación de Kafka con la vigilia. A Milena le contaba que si no fuese por su creciente insomnio, sin duda su salud sería más recia. Mientras que en sus diarios se explicaba a sí mismo por qué era incapaz de dormir: «Mi insomnio solo oculta un gran temor a la muerte. Tal vez temo que mi alma, que cuando duermo me abandona, no pueda regresar al despertar».



De su puño y letra se puede extraer una hagiografía clara del tormento psicológico que le acechaba a deshoras. También, su batalla consciente contra el descanso. «Es cierto que escribió por la noche porque trabajaba de día, pero Kafka también afirmó que era una decisión deliberada porque su mente privada de sueño tenía acceso a pensamientos inaccesibles», afirmó el coautor del estudio.


«Leídas en retrospectiva, las reflexiones de Kafka demuestran ser proféticas», escribió en un interesantísimo artículo al respecto la periodista científica Theresa Fisher. «De acuerdo con las ideas actuales en torno al sueño, la creatividad y las enfermedades mentales, Kafka entendió el insomnio como un embate a su bienestar, pero también como el elemento conductor de su genio».


Kafka sufría de tuberculosis y su delicada salud, sumada a su trastorno del sueño, daban como resultado un cóctel que mostraba a un hombre de personalidad insegura, «con una imagen distorsionada, frágil y ansiosa de sí mismo». Un personaje que construía historias con protagonistas agonizantes, subyugados a un orden que les superaba, condenados a no entender qué les ocurre hasta saberse condenados.



«Creo que este insomnio solo se debe a que escribo», señalaba en uno de sus Diarios. «Tal vez haya otras formas de escritura, pero solo conozco esta. En la noche, cuando el miedo me impide dormir». En ese estado se escribían las páginas de algunos de los relatos más transcendentes del siglo XX.


La escritura es un sueño lúcido

Se cuentan por centenares los estudios que correlacionan la creatividad con la falta de sueño y con las enfermedades mentales. Sin ir más lejos, el año pasado la investigadora británica Sue Llewllyn se apuntó el tanto de acuñar el término «conciencia desdiferenciada» para describir a personas que saben moverse en estados de conciencia a mitad de camino entre el sueño y la vigilia, el terreno en el que tienen lugar los sueños lúcidos que tanto le gustan a Stephen King. Según Llewllyn, «saber navegar por las aguas de esta marisma mental ofrece acceso a un estadio de excitación creativa absolutamente inabarcable».


En estas aguas escribía el de Praga, imbuido por un estado mental que solo conseguía con el cansancio extremo y la pérdida progresiva de discernimiento entre lo real y lo ficticio. Así lo afirmaba otro estudio también publicado en The Lancet, realizado por Saudamini Deo y Philippe Charlier, que venía a decir que Kafka buscaba siempre un estado creativo de alucinación al borde del sueño.


Escribía de noche, sabiéndose privado de la capacidad para apagar su mente, porque eso le daba acceso a un oscuro recoveco mental en el que la truculencia de su vida afloraba. «Kafka buscaba estados hipnagógicos autoinducidos (alucinaciones que se producen poco antes de un sueño) que le llevasen a trances durante los que se ponía a escribir», decían los investigadores.



«La tortura de su insomnio era su método preferido y, quizás, el único con el que sabía viajar a las profundidades de su inconsciente», afirmaban Deo y Charlier. Sin la mente llevada a sus límites, sin un estado próximo a la zombificación mental, no habría hombres-cucaracha ni arrestos convertidos en infiernos burocráticos. «Su insomnio traía a la superficie elementos de inconsciencia que guiaban la mayoría de las acciones de nuestro despertar».


«Tanto en la escritura como en el sueño», decía Stephen King en su best-seller autobiográfico Mientras escribo. «Aprendemos a estar físicamente quietos, al mismo tiempo que alentamos a nuestras mentes a desentrañar el pensamiento racional monótono de nuestras vidas diurnas».


Para Franz Kafka, el insomnio era un método literario







“No me dormiré, no me dormiré en toda la noche, veré la primera raya del alba en esa ventana de tantos insomnios, sabré que nada ha cambiado”.

Julio Cortázar

Miguel de Cervantes Saavedra, anotó: “Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro”. Viene a mi mente, también, el protagonista del cuento de Edgar Allan Poe, “El corazón delator”, un tipo nervioso como él mismo se describe, que se obsesiona con el ojo de vidrio de su vecino, un anciano al que espía a través de la rendija de una puerta cada noche, pues la incapacidad visual del otro le impide, de manera enfermiza, conseguir juntar los párpados a nuestro antihéroe.

Milorad Pavic, escritor serbio, en “Siete pecados capitales” (libro espléndido), se introduce en pasajes freudianos para hablar del sueño como una válvula de escape de deseos insatisfechos, incluso los más oscuros. Dice Pavic:

“Los pensamientos dentro de nosotros en realidad, esas habitaciones en nuestro interior, agrupadas en palacios o cuarteles, pueden ser moradas de otros donde uno resulta ser sólo un inquilino (…) Estamos encerrados como en un calabozo hasta que nuestros sueños nos liberan y nos dejan salir. Pero los sueños son como los invitados de una boda, hay que esperarlos. Mientras tanto, reina el insomnio.”





“Dicen que existen dos insomnios, como dos hermanas. El de antes de dormirse y el otro, después de despertar en plena noche. El primero es madre de la mentira, el otro es madre de la verdad.” 

En la película “Seven”, de David Fincher (1995), aparece el carismático detective William R. Somerset (solitario empedernido, tras quedar viudo). Dicho personaje, interpretado por Morgan Freeman, suele levantarse en las madrugadas para lanzar dardos a su puerta, como un recurso mental para resolver los detalles de un crimen. Otra cinta donde aparece el insomnio como un recurso de salvación, es “A night on Elm Street” (1984), donde el director, Wes Craven, deja bien claro que muchas veces es mejor mantenerse despierto, incluso a altas horas de la noche, para no ser atacado por un fulano llamado Freddy Krueger.



Otro detective, Will Dormer, esta vez interpretado por Al Pacino en la película “Insomnia”, de Cristopher Nolan (2002), viaja a Alaska para apoyar en la investigación del caso de un escritor, un asesino serial de jovencitas. En Alaska, sin embargo, existe una época del año en que el día dura meses, es decir, no reina la noche. Dormer (Pacino) no puede pegar el ojo a causa de la luz: su ciclo circadiano está destrozado. Jugando con la impotencia del espectador, el detective intenta atrapar a un criminal que se esfuma ante los desvaríos y alucinaciones producto de una mente despierta durante demasiadas horas. Dormer, en un diálogo de la cinta, describe su infierno:
“No hay nada más solitario que no poder dormir, tienes la sensación de que el planeta está desierto.”

“Insomnia”, como dato relevante, es una adaptación de una novela de Stephen King, del mismo nombre.



Pero quizá el ejemplo mejor llevado al extremo, en estas circunstancias, sea el del personaje Trevor Reznik, en la película “The machinist”, filmada por Brad Anderson (2004). Reznik es protagonizado, con maestría, por Christian Bale (lo que le valió el premio al mejor actor en el Festival de Cine de Sitges -Bale perdió veinte kilos para hacer el papel-). “The machinist” aborda la historia de un obrero con severos conflictos emocionales que se van tornando psicológicos, hasta el punto de que el pobre diablo empieza a desconfiar de la realidad; le es imposible determinar qué sucede en el plano de la ficción y qué es aquello que convive materialmente ante él; somos testigos, en un acompañamiento a la autodestrucción, de un hombre que se va poniendo ojeroso, extremadamente flaco.  “El maquinista”, como se le conoció en español, es un gran thriller que recuerda la importancia de hacer las paces con la almohada. 


En la 'Odisea', el insomnio es otro motor del poema, pues Penélope desteje su tapiz robándole horas a la noche. Así, la dualidad entre vigilia y sueño recorre toda la literatura antigua, desde Virgilio hasta Artemidoro de Éfeso, que escribió en el siglo II la 'Oneirokritiká', el primer libro que buscaba una interpretación del mundo onírico.

En el prólogo de su 'Libro de sueños', una antología de la literatura onírica universal, Jorge Luis Borges apuntó una idea atrevida: «Los sueños», escribió, «constituyen el más antiguo y no menos complejo de los géneros literarios». Para apoyar su tesis, Borges citaba un texto de Joseph Addison, un contemporáneo de Daniel Defoe, que imaginó el alma humana como un teatro.

Borges, que le dedicó versos a la vigilia («es el horror de ser y seguir siendo, es el alba dudosa») 


Charles Dickens daba largos paseos nocturnos para cansarse, Arthur Conan Doyle le traspasó el problema a su criatura Sherlock Holmes.

Vladimir Nabokov. El 20 de abril de 1973, el autor de 'Lolita' escribía en su diario: «Por primera vez en muchos años (¿desde 1955? ¿1960?) tuve un periodo de seis horas de sueño ininterrumpido». Durante una década y media, no hubo una noche en la que pudiera dormir con naturalidad; lo hacía en tandas de pocas horas a pesar del consumo de hipnóticos; hacia el final de su vida, y por los problemas de próstata, la cosa fue a peor.

En el caso de Nabokov, el insomnio no fue un combustible creativo. Los despertares abruptos no se tradujeron en horas sueltas para escribir, sino en ese horrible vacío y cansancio persistente que D. H. Lawrence identificó con un «olvido profundo». Nabokov se veía obligado a tomar somníferos cada vez más potentes -nitrazepam y, más tarde, metacualona-, y aún tuvo la suerte de vivir en una época en la que la medicina ya producía calmantes. Un siglo y medio antes, el poeta Percy Shelley tuvo que acudir al láudano, del mismo modo en que lo hizo Thomas de Quincey, que dejó constancia de su experiencia en sus 'Confesiones de un comedor de opio', un origen temprano de la literatura sobre drogas y la actualización del insomnio como tema de la literatura moderna.



La lista de escritores que tuvieron problemas para dormir es inagotable. Dos de las hermanas Brontë, Emily y Charlotte, compartían un insomnio feroz, y su manera de combatirlo era dar vueltas alrededor de la mesa de la cocina, una versión doméstica -y casi carcelaria- de los paseos nocturnos de Dickens, a los que también recurrieron Abraham Lincoln y Walt Whitman.

Francis Scott Fitzgerald fue más expeditivo: combinaba alcohol con narcóticos, el peor veneno. En cambio, para Franz Kafka, el insomne por excelencia, la privación de sueño era la droga en sí: incapaz de descansar, se forzaba a escribir en esas horas absurdas -llegó a anotar en su diario que, si no remataba un texto en ese tiempo, le era imposible recuperar la idea durante el día-, alimentando aún más la rueda del cansancio.

Susan Sontag, como explica su biógrafo Benjamin Moser, tenía la costumbre de pasar días enteros en vela a base de anfetaminas, durante los que escribía ensayos y devoraba bibliografía a una velocidad infernal.

Rafael Sánchez Ferlosio recurrió al mismo método de hiperproductividad -a base de benzedrina, principalmente-, una electrificación del sistema nervioso que el rockero Lou Reed, otro 'speed-freak' notable, resumió en la memorable frase «mi semana supera a tu año». 

Sólo hay un insomnio benéfico, que es el insomnio voluntario: pasar noches en blanco -como en la novela de Dostoievski-, o robarle horas al sueño para poder vivir. En 'Las mil y una noches', Sherezade debe encadenar historias inconclusas durante tres años para mantener en vilo al sultán Shahriar, que cada mañana ordena decapitar a la virgen con la que ha pasado la noche. En una línea similar -también con ese agradable perfume orientalista-, en la ópera 'Turandot' el príncipe Calaf desafía la orden real de que nadie duerma ('nessun dorma'), pues si mantiene a salvo su identidad hasta el día siguiente, vencerá y obtendrá el amor de la princesa de hielo.



La literatura -y, por extensión, la pintura, la música y todas las artes- tiene una relación turbulenta con el sueño y con el insomnio, este último origen de pesadillas y de extraños placeres. El insomnio es una zona liminal en la que se unen lo sublime -cuenta la historia oficial que Bach compuso las 'Variaciones Goldberg' porque el conde Keyserlingk de Dresde no podía dormir- y lo monstruoso. Es júbilo y tortura, alimento para la imaginación y puerta a lo que Borges llamó «la terrible inmortalidad».


Literatura de insomnio

El purgatorio de no dormir se transmuta sin esfuerzo en un paraíso de lectura

Antonio Muñoz Molina



En algunos viajes se sobrelleva el insomnio como una maleta muy pesada; esa maleta que se ha subido y bajado por escaleras, que se ha recogido de cintas transportadoras, que se ha ido volviendo una roma compañía, que se ha levantado con dificultad para depositarla en el portaequipajes de un taxi. De una noche a otra, el insomnio se ha ido agravando, se ha adaptado a los sucesivos tamaños mezquinos de las habitaciones de hotel, se ha dejado adivinar en la perspectiva de un corredor vacío y en el dibujo de la moqueta. Al abrir la puerta con la llave magnética, en la primera ojeada a la cama y a la luz recién encendida en las mesas de noche, el insomnio es otro huésped fantasma que se ha adelantado para ocupar su sitio. El insomnio es una criatura de las habitaciones de hotel como el pulpo gigante lo es de las profundidades submarinas. La presencia exagerada del televisor enfrente de la cama ya anuncia las deshoras inevitables frente a la pantalla encendida. Las cortinas en la ventana están de antemano ligeramente separadas para permitir el paso de la primera claridad del día que advertirán los ojos extenuados de permanecer abiertos.

El insomnio en los viajes, las noches en blanco del jet lag, son el reino de las lecturas excesivas, de las lecturas febriles, del hartazgo y el desagrado de leer, de la lectura que se disgrega en una somnolencia agitada que no llega a la condensación plena del sueño, en un duermevela de palabras escritas o como murmuradas al oído por una voz monótona. Parece que los párpados pesan y lo recién leído se desliza muy rápido en el sinsentido. Hay que apagar rápido la luz, que encogerse de lado en la cama extraña, que apoyar la cara contra una almohada demasiado grande o demasiado mullida y en cualquier caso misteriosamente refractaria al descanso.

Algunos de los grandes libros de mi vida me afectaron más porque los leí sin interrupción en las noches de insomnio
Hay que encender la luz de nuevo. Hay que mirar la hora. Hay que elegir entre quedarse en la oscuridad con los ojos muy abiertos o apretando los párpados y capitular del todo al insomnio. En el extremo del cansancio es posible alcanzar una serenidad resignada, y entonces la privación del sueño se convierte en una conquista: horas por delante de un silencio muy limpio, en las que será posible leer sin ninguna interrupción, oyendo si acaso, cuando se acerque el amanecer, un canto solitario de mirlo. El purgatorio del no dormir se transmuta sin esfuerzo en un paraíso de lectura. Algunos de los grandes libros de mi vida me afectaron más porque los leí sin interrupción en rachas de varias horas, en las noches sucesivas de insomnio tras el regreso de un viaje, después de esa noche escamoteada del vuelo entre Nueva York y Madrid, cuando a la una de la madrugada azafatas amables y despóticas deciden que son las siete y que ha llegado la hora de cambiar de golpe la oscuridad por una luz de clínica y de tomar un arbitrario desayuno. Así leí Vida y destino, de Vasili Grossman, sus muchos centenares de páginas devoradas en unas cuantas noches de jet lag. En otro regreso las noches sin dormir me las consumió una meticulosa biografía de Emily Dickinson, Lives Like Loaded Guns, de Lyndall Gordon. La concentración excesiva, la ofuscación mental de insomnio, exageraban la claustrofobia y el miedo de los personajes de Grossman bajo la sombra de Stalin en la misma medida en la que lo volvían a uno más sensible a toda la virulencia de las pasiones secretas que podían cruzarse y alimentarse entre sí en el mundo estrecho y cerrado en el que se movía Emily Dickinson.

En sus noches de insomnio, en el cuarto cerrado del que acabó por no salir nunca cuando había visitas, Emily Dickinson corregía de manera incesante poemas y escribía cartas a la luz de una vela. En estas noches mías de no dormir yo he leído sobre todo las cartas que escribía Gustave Flaubert, también a deshoras, también en un cuarto de solterón y solitario, muchas de ellas después de haber trabajado todo el día en la escritura de Madame Bovary. Cartas de insomnio en el insomnio: las de Emily Dickinson, oraculares y concisas, caben en un libro; las de Flaubert ocupan cinco volúmenes y varios miles de páginas en la edición de La Pléiade. De ese océano de palabras se pueden extraer riquezas que no parece que puedan agotarlo nunca. Siruela publicó hace unos años las cartas dirigidas a Louise Colet en una traducción de Ignacio Malaxecheverría. En mi viaje de insomnio yo he llevado conmigo esta vez una selección de ochocientas páginas muy tupidas de texto, muy bien presentadas y anotadas por Bernard Masson, en una de esas ediciones de bolsillo atractivas y baratas que son la gloria de las librerías francesas.

Uno de los atractivos de la correspondencia de Flaubert es seguir la escritura lentísima de 'Madame Bovary'
En Madame Bovary Flaubert quiso lograr lo que nadie había imaginado antes que él, una prosa que tuviera un grado máximo de control e intensidad, al mismo tiempo limpia y flexible, tan objetiva como un informe científico, tan soberana y completa en su significado como una ecuación matemática. En una carta dice que una metáfora ha de aspirar a la precisión de la geometría. En la generación anterior a la suya, Balzac y Stendhal habían escrito novelas atropelladas de peripecias en las que la narración quedaba interrumpida casi a cada párrafo por los comentarios en primera persona del autor. En una carta Flaubert explica, célebremente, su ideal inverso: que el autor sea tan omnipresente pero tan invisible entre sus personajes como Dios entre sus criaturas. Balzac y Stendhal podían escribir una novela completa en unas semanas, a la velocidad risueña a la que componían Mozart o Rossini. Uno de los atractivos casi perversos de la correspondencia de Flaubert es seguir paso a paso la escritura lentísima de Madame Bovary, que se prolonga a lo largo de cinco años y centenares de cartas. No existe otro monumento como ese al oficio de la literatura: la soledad de cada día, la paciencia obstinada, la vigilancia cuidadosa de cada palabra, el corregir y tachar, copiar de nuevo, volver sobre lo escrito, sin permitirse ninguna indulgencia, prefiriendo, dice Flaubert, “rabiar como un perro” antes que dar por hecha una frase apresurada, antes de que un párrafo alcance su plena maduración.

Pero cada día, después del trabajo “deliciosamente atroz” en la novela, a las dos o a las tres de la madrugada, después de pasarse diez horas midiendo milimétricamente cada palabra, Flaubert, con una fortaleza física e intelectual inexplicables, en un estado de estimulación que hace imposible el sueño, Flaubert se pone a escribirle a un amigo o a su amante de París. Y entonces la escritura misma es el desmentido de todos sus principios, porque ahora se deja llevar sin control alguno por lo que se le pasa por la cabeza, se entrega a la desmesura de contar, inventar, divagar, reírse con una risa como de Cervantes o de Rabelais, a la confesión impúdica, al chisme y al escarnio, a todo lo que no se permite en la novela. Y esa carta larguísima escrita a toda velocidad en una madrugada de insomnio es tan admirable como una página de Madame Bovary que costó una semana entera.


Los demontres del insomnio


Gustavo de Paredes


Sofocado y con la sensación de que la vida se le evapora de manera inevitable, Leonardo Da Vinci inhala una dramática bocanada de aire que, lejos de darle alivio, lo hunde en la asfixia. En un acto reflejo se lleva las manos al cuello y abre más la boca, como si se dispusiera a gritar, pero le es imposible emitir otro sonido que no sea el de su propia respiración, un oleaje de puntas entrecortadas y turbias.

El angustioso ahogo del florentino se prolonga con fuertes espasmos y un salpicón de sudor, que resbala de su frente y las sienes con el resinoso pesar de los caracoles. Pasados unos minutos, el mal sueño cede. En la mirada, abierta en arco extenso, Leonardo conserva huellas de un turbio extravío, y lo acomete la sensación de que fue presa del mismo agobio de quien ha observado los horrores del mundo por primera vez en la vida.

Como el vidente que se niega a ser, atestiguó, por enésima ocasión, la muerte de Cesare Borgia. Lo miró supurar rayos de luz negra de las llagas que le abrió una marabunta de estiletes enemigos y observó cómo se desplomaba sobre su amada Romaña, cuya tierra, en el último estertor, abrazó envuelto en un haz de sangre refulgente.

No es Cesare Borgia el único a quien Da Vinci ha descubierto invadido de perforaciones y lanzando centellas oscuras antes de morir. En otra ocasión, no muy lejana, presenció los violentos decesos de Lorenzo de Médici y su hermano Juliano, al igual que el de Ludovico Sforza, aunque a éste lo miró no desbaratado por las armas rivales sino disuelto en los dolores de la gota.

Dibujo de ingeniería de Leonardo Da Vinci, 1503.


El artista e inventor también vio cómo se extinguía el cardenal Franco Minetto, víctima de una espina de trucha perfumada con resuellos de eneldo, que le agujeró la garganta durante una cena en la que el Papa Alejandro VI, líder máximo de los Borgia, sonreía como un demonio satisfecho.

Peor para Da Vinci es que sus pesadillas ―recurrentes desde hace tres meses―, se presentan en cualquier momento. Si bien es cierto que surgen mientras está en un sueño de excavación profunda, también lo es que aparecen cuando trabaja: en el preciso momento en que calibra la preparación de una pasta con marfil y huesos pulverizados, agua y pigmentos de plomo rojo, necesarios para dibujar sus extraordinarias invenciones sobre blancas hojas de enebro joven, o mientras remata sus pormenorizados bocetos anatómicos con matita nera, extraída de una piedra de grafito natural, oscilante entre el negro y el azul, que hace pensar en los abismos del semilunio.

Cuando cae el tercer día del tercer mes del año 1500, de nuevo acometido por los fermentos del sueño delirante, Da Vinci se ve a sí mismo en la línea frontal de una guerra de estupores inusitados entre los reinos de Francia y Milán, en la que imperan los girones de la muerte. No hay tramo que ande sin que se vea obligado a esquivar cuerpos convulsos, quejumbrosos, gemebundos; cuerpos exangües, hechos migajas sanguinolentas por la enervada contundencia de picas, lanzas y arcabuces, alfanjes, alabardas y balas de cañón.

Dibujo de ingeniería de Leonardo Da Vinci, 1503.


En el instante previo a la pesadilla, se dedicaba a trazar las últimas líneas de un vehículo de asalto bélico que concibió: un carro tirado por caballos que en la parte frontal presenta tres enormes guadañas de filo frío, cuyo propósito es partir en gruesos trozos a los soldados enemigos y a sus cabalgaduras mientras cubre terreno.

Aunque Leonardo derrama la energía de los soles en apogeo, después de cada pesadilla debe descansar, debilitado por el horror y el espanto. Desprecia la violencia, las guerras, las armas, en cuya fabricación emplea buena parte de su genio, y quisiera que las dinastías gobernantes, en lugar de insertarlo en tan siniestros terrenos, patrocinaran aún más sus obras artísticas de claridades augustas, divinas, universales, y sus pesquisas e invenciones sobre las cualidades utilitarias del viento y la mar, del cielo y la anatomía humana.


 

Tras la más reciente pesadilla, decide abandonar su estudio-taller para recostarse en su cama labrada de cedro y de cuyas alturas se desprenden, como gotas de cera antigua, el dosel y los cortinajes, urdidos en hilo de satín vivo. Con la compañía de tres gatos de ópalo que se aproximan a él desde algún rincón de la alcoba, cierra los ojos. Posteriormente el desasosiego lo abandona, desplazado por la tibia flama de una idea: inventar una máquina que lo ayude a deshacerse de los escalofriantes sueños.



Dibujo de ingeniería de Leonardo Da Vinci, 1503.

Pasa las siguientes seis semanas experimentando como lo que es: un sabio empecinado en destejer rompecabezas sinuosos. Al cabo de ese tiempo, encuentra una sencilla solución a sus preocupaciones enfrentando los rudimentos de la ciencia y la técnica al negro hervor de las pesadillas.

Diseña una suerte de boina, en realidad un aro de madera recubierto de cuero y cruzado con tiras de piel que forman seis polígonos de cinco estrellas cada uno, a la manera de una red. A su vez, el gorro está conectado a un pequeño carrizo de boca ancha. La idea de Da Vinci es que sus sueños macabros pasen a través del entramado estelar y dejen en él sus impurezas y hostilidades antes de salir por la breve caña, unida por la boca a un frasquito donde quedarían depositados de manera definitiva.

Pero la índole de las pesadillas es la maldad y, en este caso, buscan conservarla vigilando cada paso que da Leonardo. Saben que el florentino pretende atraparlas para darles la simplicidad de los aires afables, y no están dispuestas a ello. Para esquivar la boina, deciden abandonar la mente de Da Vinci e infiltrarse en la de Salai, su joven modelo y amante.


La pesadilla del aprendiz consiste en un cortejo de seres grotescos, cada uno con una antorcha en la mano, que sigue en silencio el ataúd de caparazones dentados donde levita el cuerpo exánime y descolorido de Da Vinci, pesadamente remolcado por entidades aulladoras de las que no guarda registro ninguno. Caminan a través de un estrecho pasillo en el que se difunde una atmósfera trémula y calurosa, cuya concentración de gases amenaza con extinguir las débiles teas. El calor es repugnante, y sin embargo lo que despierta a Salai es un frío de leviatanes helados adherido a su piel.

―Has tenido un mal sueño ―le dice Leonardo.

El chico se talla los ojos y la imagen de su maestro salta como música de salterios inéditos de entre la tenebra anaranjada. Está parado al borde de su cama y lo observa con detenimiento.

―Sí, maestro, te he visto muerto.

Da Vinci hace una mueca de melancolía.

―No lo estoy, pero a veces me siento así. La locura bestial que representa la guerra flagela mis noches y mis días. Culpable de complicidad soy, al recibir el dinero de quienes esperan de mí nuevos y superiores artefactos de muerte. Y todo para satisfacer sus ambiciones de poder y riqueza, reflejo de la insania que los domina.



Cuenta la leyenda que el cónsul romano Régulo murió de insomnio. 

Los estambres negros de la noche se cuelan a través del ventanal formando una tela extensa y de puntos cerrados que da un aspecto tétrico a la alcoba, apenas iluminada por el pasivo centelleo de un candelero de tres brazos.

―Lamento que padezcas de esa forma, maestro.

―Olvídalo, no tiene remedio ―ahora el gesto de Leonardo es de resignación.

―Si estuviera en mis manos, aliviaría tu pesar ―las palabras del chico son sinceras.

―Todo lo contrario, mi niño ―responde el artista―. Soy yo quien debe cuidar de ti. ¿Sabes?, no estaría nada mal que te haga una boina como la que traigo puesta. Así no volverás a sufrir sueños terribles ―se sienta junto a Salai, lo atrae hacia sí y le da un beso en la frente―. Yo te protegeré.

Sin añadir nada más, pone manos a la obra y elabora otro birrete atrapa sueños. Pasado un rato, se lo entrega al discípulo. Él lo recibe con manos ávidas y se lo lleva a la cabeza.

―Mientras lo uses, las pesadillas se mantendrán alejadas.

Durante algunas semanas Da Vinci y Salai duermen en los valles de la tranquilidad y viven la vida de manera normal y corriente, hasta que una noche las pesadillas esquivan las trampas y al unísono se posesionan de los dos, censurando su paz.

En esta ocasión registran los saldos del caos y la destrucción provocados por armas y vehículos bélicos del futuro, muy similares a los inventados por el propio Leonardo. Da Vinci mira una maciza máquina que vomita obuses de fuego desde cañones situados en los flancos, abriéndose paso por madejas de cuerpos descocidos o yertos, de gritos, explosiones y humos viscosos e irrespirables.



 
El cambio al trabajo en fábricas con máquinas también modificó nuestros hábitos de sueño.


A diferencia del carro de combate que él ideó, compuesto por un armazón de metal y madera y ruedas metálicas que le permiten avanzar, el que divisa tiene una carcasa de hierro reforzado, es mucho más robusto e imponente y se desplaza a paso de dragón encrespado mediante un sistema de tracción a orugas. Los delirios de Salai apuntan en la misma dirección. Si bien, él contempla cuerpos traspasados, deshechos por la deflagración de granadas que arrojan esquirlas errantes.

Da Vinci adivina, sin equivocarse, que detrás de tan horribles sueños se fugarán muchos más e incluso se adelanta a pensar que harán lo posible por reproducirse y esparcir el desasosiego entre otros allegados a él, además de Salai.

Los cálculos del florentino se quedan cortos y pronto la realidad lo sitúa frente a un escenario impensado: nubes de pesadillas inundan, infames, atemorizantes, enloquecedoras, a Florencia y otras regiones.

Un personaje alcanzado por los atroces sueños es el sumo pontífice. Una noche, cuando las campanas del Vaticano anuncian a coro las once, se retira a descansar. Pero duerme inquieto, al modo de un cofre de adivinanzas sin solución. Y a las tres treinta de la madrugada recibe la visita de una horrenda pesadilla que lo retrata como el anticristo: un monstruo de tres cabezas y el mismo número de alas en par, inmerso hasta el pecho en las aguas mohosas de un lago fétido, donde devora con fe animal las almas de los muertos.


El máximo prelado despierta prorrumpiendo un grito y una mirada implorante le cruza el rostro delatando su espanto. Tiene la lengua caliente y seca y el acelerado golpe del corazón se refleja en los blandos muros de sus sienes.

En los días sucesivos sus pesadillas se repiten, como el necio girar de las ruecas de husos venenosos. Los experimenta mientras desahoga alguna audiencia o revisa los delicados asuntos de su incumbencia, que por supuesto son los del cielo y la Tierra, pero sobre todo retornan a él, agresivos e implacables, deslizándose entre las enramadas de la noche cuando duerme.

Víctima del desespero, una madrugada abandona el Vaticano sin siquiera despojarse del camisón de seda oriental que cubre su inmoderada anatomía, y se encierra a piedra y lodo en el castillo de Sant’Angelo, suntuosa y corpulenta edificación de frontis pimienta, heredada por el imperio romano y conectada en línea recta a la santa sede mediante el puente Adriano.


Desde su encierro de vicario perseguido ―y rodeado de espejos serpentinos, mármoles de vetas rubí, barandas de forja en hierro rematadas en oro, vitrales cuajados de ángeles tristes y santos azotados―, cavila qué hacer. Finalmente, empuña una pluma de ganso y con letra de cenizas negras, le escribe una misiva a Da Vinci urgiéndolo a que se reúnan. Él acude al llamado.

―Tienes que hacer algo para resolver esta situación ―le ordena con voz de joya opacada, en cuanto lo ve entrar a la sala Paolina, escoltado por un séquito de soldados derretidos bajo los casquetes, las cotas de malla, las sobrevestas que integran sus armaduras―. Soy el padre espiritual de los Estados Pontificios, y en algún momento y con la venia de Dios lo seré de Florencia; debes apoyarme para que continúe engrandeciendo su destino ―declaró el mandatario eclesial.

Luego, como si quisiera evitar que los oídos de algún mundo maligno lo escuchen, Alejandro VI se acerca a Da Vinci y, muy en corto ―tanto que este se traga los agrios gajos de su aliento―, le confirma que las pesadillas arrasan no sólo a Florencia, situada en el septentrión de Italia, sino a todo el centro y comienzan a extenderse hacia tierras sureñas. Eso ya lo ha percibido Da Vinci, pues durante el trayecto descubrió a varios pobladores bajo el yugo de los sueños pavorosos.




De cualquier forma, impulsado por el temor que dan las preocupaciones de alta investidura, Leonardo sale del castillo para darse una mejor idea de lo que está sucediendo. No es poca la gente que encuentra en las calles a merced de los malos sueños. Para quitárselos de encima, agitan las manos y emiten improperios y gritos destemplados, que a primera vista parecen inútiles. También escucha lloridos, lamentos, injurias de personas que sueñan en el interior de sus casas. Sus sonoras expresiones de horror trasponen ventanas y puertas y se internan en las callejas, donde permanecen flotando como majestades malévolas antes de difuminarse.



 

Al poco, los rayos del sol vespertino comienzan a resbalar tiñendo las fachadas de Roma con el herrumbroso tono de la sangre. Intimidado, Da Vinci da un medio giro y emprende el camino de regreso al castillo de Sant’Angelo. Avanza dando tumbos y tan rápido como sus fuerzas se lo permiten. Pero al dar vuelta en una esquina, con el Tíber deslizándose a su costado izquierdo como un reptil de seseos escandalosos, se topa consigo mismo envuelto en un mar de férvidas tinieblas.

―¿Qué está sucediendo? ―pregunta y sus músculos y venas se crispan.

Sin dejar de mirarse, retrocede lenta, muy lentamente, y luego, en un solo movimiento vira y echa a correr sobre sus pasos a la manera de un gato al que le han chamuscado la cola. El camino, erizado de pedruscos desnudos y filosos como cuchillas, resulta lejano e irreal. La expresión del cielo cambia totalmente cuando las montañas ocultan la mitad del disco solar. Densas masas de nubes escarlatas y vientos de hedores azufrosos cubren súbitamente a Roma.

Tras correr un largo trecho, sin alcanzar jamás el castillo, convertido en un punto huidizo y remoto, Leonardo resiente los efectos del cansancio y hace alto. Busca refugio en un callejón y se apoya de espaldas en una pared. Tiene la impresión de haber perdido el tiempo corriendo en líneas concéntricas más amplias cada vez. Sus músculos son esponjas exprimidas y sus pulmones globos que aspiran y espiran oleadas de aire sucio y abrasador. Una fugaz parvada de cornejas surca las alturas con estrépito de diablos alterados.


Da Vinci despierta de súbito. Está hundido en un pantano de sudores de hielo y lo lapida el pánico. Lleva sus manos temblorosas a la cabeza y se alisa la cabellera ensortijada, en la que despuntan algunas canas plateadas. Instintivamente escudriña la penumbra en busca de Salai.  La silueta del chico, dormido en su cama, emerge en la media penumbra como una fina y alargada silueta de bucles rojizos. Leonardo se fuerza a recobrar la tranquilidad.

―Maldito sueño ―escupe.

La madrugada impone su siniestra presencia. El maestro desciende de la cama dejando tras de sí el hueco formado por su cuerpo en el colchón de lana. Se echa encima un abrigo grueso, ase un candelabro encendido a medias y enfila hacia al estudio-taller custodiado por su sombra, en ciertos momentos alargada y, en otros, encogida. Leonardo no alberga otro propósito en la mente que ponerse a trabajar en una nueva máquina que le permita terminar con las pesadillas de una vez y para siempre.



Al abrir la puerta lo primero que observa es la espalda de un hombre de su estatura y complexión, cuya cabellera tiene el largo y color de la suya. Está inmerso en su trabajo y no se percata de su presencia. Se dedica con ahínco a probar un enorme y rollizo aparato conformado por una rueda que gira con el impulso de tres caballos de raza celeste, poniendo en movimiento a dos fuelles de aspiración destinados a succionar sueños malvados. Transcurrido un rato breve, Leonardo se arma de valor y le pregunta:

―¿Puedo ayudarlo?

El hombre sale de su ensimismamiento y lo enfoca con exactitud. Abre los ojos con brusquedad, dos lunas fuera de sus órbitas, y se queda estático. El burlesco tañido de las pesadillas resuena en derredor. 






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