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jueves, 13 de agosto de 2026

EL FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO

FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO

A lo largo del viejo faubourg, donde penden en las casuchas
Las persianas, abrigo de secretas lujurias,
Sobre la ciudad y los campos, sobre los techos y los trigales,
Yo acudo a ejercitarme solo en mi fantástica esgrima,
Husmeando en todos los rincones las sorpresas de la rima.
Tropezando sobre las palabras como sobre los adoquines.
Chocando a veces con versos hace tiempo soñados. (Baudelaire,
1977, p. 99).

La relación del hombre que camina con su ciudad, con sus calles, con sus
barrios, ya le sean estos conocidos o los descubra al hilo de sus pasos, es
primeramente una relación afectiva y una experiencia corporal. Un fondo
sonoro y visual acompaña su deambular; su piel registra las fluctuaciones de
la temperatura y reacciona al contacto de los objetos o del espacio… la
experiencia del caminar urbano despierta el cuerpo en su totalidad, es una
puesta en escena del sentido y de los sentidos. La ciudad no está fuera del
hombre, si no en él, impregnando su mirada, su oído y todos los demás
sentidos. El Hombre se la apropia y actúa según los significados que le da a
la ciudad (Le Breton, 2022, pp. 174-175). 




Cuando salgo de casa a caminar sin saber adónde me llevarán mis pasos, y me someto a lo que mi instinto decida por mí, me encuentro, por más raro y caprichoso que pueda parecer, con que final e inevitablemente me enfilo al suroeste, hacia un bosque, una pradera, un pastizal deshabitado o una colina en esa dirección. (Thoreau, 2021, p.33).


«La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato.» Charles Baudelaire. "El pintor de la vida moderna", 1863.

«[…] paseante solitario que explora, que acecha, que cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos. Maestro en el gozo de observar, avezado en la empatía, el flâneur encuentra el mundo "pintoresco"» (Susan Sontang, "Sobre la fotografía", 1977), «[…] un daquerrotipo errante y apasionado, que atesora hasta la menor huella, y en quien se reproducen, con sus reflejos cambiantes, el curso de las cosas, la agitación de la ciudad, la fisonomía diversa del espíritu público, las confesiones, antipatías y admiraciones de la multitud.» (Victor Fournel, "Ce qu'on voit dans les rues de Paris", 1867).


«[…] encontramos una misma preocupación básica: el que la persona se resista a ser suprimida y destruida en su individualidad por cualquier razón social, política o tecnológica. Cualquier investigación acerca del significado interno de la vida moderna y sus productos o, dicho sea en otras palabras, acerca del alma de la cultura, debe buscar resolver la ecuación que estructura cómo las metrópolis establecen entre los contenidos individuales y supraindividuales de la vida.». Georg Simmel, "La metrópolis y la vida mental", 1903.
En uno de los capítulos finales de El hombre sin atributos, Robert Musil narra a lo que se dedicaron durante varios días Ulrich y su amada hermana Agathe: “… comúnmente, tan pronto como dejaban la casa, se limitaban a seguir simplemente el rumbo de las corrientes de gran ciudad, imagen de las necesidades de la colectividad y que, con la exactitud de una marea, estrujan o reabsorben a las gentes en determinados sitios, según las horas. Les divertía participar en una forma de vida distinta a la suya y que los descargaba, temporalmente, de la responsabilidad de esta última. Nunca les había parecido la ciudad donde vivían tan hermosa y, a la vez, tan extraña. Las casas, tomadas en conjunto, ofrecían una imagen grandiosa, incluso cuando por separado e individualmente no fueran en absoluto hermosas; el ruido discurría a través de un aire enrarecido por el bochorno, como un río que alcanzara hasta los tejados; en la fuerte luz, sofocada por la profundidad de las calles, las personas parecían más apasionadas y misteriosas de lo que probablemente merecían. Todo sonaba, lucía, olía tan insustituible, tan inolvidable…”
“Si el flâneur se convierte en un detective involuntario, le hace mucho bien socialmente, ya que acredita su ociosidad —precisa Walter Benjamin—. Él sólo parece ser indolente, porque detrás de esta indolencia aparente está su acechanza. Así, el detective desarrolla reacciones que están en consonancia con el ritmo de una gran ciudad.”


Franz Hessel —quien, por cierto, junto con su amigo Walter Benjamin realizó la traducción al alemán de los tres primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust— en su libro Spazieren in Berlin (Caminando en Berlín, 1929) apunta —traduzco de la edición en inglés—: “Caminar lentamente por las calles bulliciosas es un placer especial. Inmerso en la prisa de los demás, es como un chapuzón en el mar. Pero mis queridos conciudadanos de Berlín no lo hacen fácil, sin importar cuán ágilmente te muevas para salir de su camino. Atraigo miradas cautelosas cada vez que intento pasear como un flâneur entre los trabajadores; creo que piensan que soy un carterista”.
“Tienes que ver las calles. Tienes que sentirlo. Tienes que olerlo, tienes que saborear las calles.” – Alonzo Harris, Día de entrenamiento.
Sin embargo, reivindico la figura del flâneur decimonónico como "una manera de pensar y de vivir contemporánea", un proceso de aprendizaje y descubrimiento (Nassim Nicholas Taleb), que redescubre el placer de vagabundear la ciudad sin objetivos previos, sólo por el mero placer de observar sin apenas ser visto.


Nassim Nicholas Taleb


FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO

La figura del flâneur es ya en el siglo XXI un mito cultural. El paseo (la flânerie) por la ciudad sin rumbo, un poco a la deriva, observando el devenir de la vida cotidiana y las costumbres del paisanaje, dejándose sorprender por lo inesperado, constituye hoy toda una postura, una forma de mirar y experimentar la ciudad que ha inspirado numerosas obras literarias y artísticas a lo largo de la historia. El hito crucial que erige al flâneur como un sujeto cultural tiene su germen en la mirada del poeta francés Baudelaire, principalmente en su obra El pintor de la vida moderna (1863). Posteriormente, lecturas académicas fundamentales como la de Benjamin auparon este tipo a las esferas del pensamiento intelectual.
Baudelaire situaba su flâneur en una ciudad en proceso de modernización: el París de la segunda mitad del siglo XIX, donde proliferaban las nuevas estructuras urbanísticas de las grandes capitales en paralelo a la implantación de un tipo de modelo de trabajo propio de las sociedades industriales que traía consigo los conceptos de ocio y tiempo libre. Avenidas, grandes edificios, escaparates, cafés y teatros... La ciudad, sus pobladores, los gestos, las costumbres o las tendencias eran el novísimo y luminoso gran espectáculo urbano por el que el flâneur se dejaba seducir:



 "La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces", escribía el poeta. El flâneur es, pues, el paseante urbano por excelencia, un investigador instigado por la curiosidad que explora y disfruta, caminante que encuentra deleite en la mera observación. Baudelaire y su ­manera puramente sensitiva de enfocar el paseo o la flânerie es visto por algunos como el primer cazador de tendencias, puesto que, además de ser paseante, plasmaba también sus impresiones que han llegado a lomos de sus escritos hasta el día de hoy.

Como es natural, la sociedad ha ido transformándose desde que el mito del paseante moderno fue acuñado hasta la actualidad, y con ella el mismo concepto de ciudad. Hoy las ciudades están en un proceso de cambio siguiendo pautas relacionadas con grandes operaciones económicas y con la búsqueda de una imagen icónica y de proyección global. La ciudad articula su identidad en base a la capacidad de generar repercusión comunicativa on line. Este es el alma del city branding, ­esto es, de una nueva comprensión de las ciudades en tanto que marca, de lo cual sabemos bastante en Barcelona. Así pues, es curioso cómo en la era digital, la ciudad deja de sig­nificar un territorio físico para convertirse paulatinamente en evento y espectáculo, en sinónimo de una experiencia. 



Como la propia genética de internet, la ciudad se desma­terializa y se expande en el terreno de la mente; una ciudad deja de encarnarse en sus calles, su gastronomía local o sus monumentos, pasando a erigirse como una elaborada proyección colectiva que se refrenda y alimenta por la red. Un pequeño grupo de personas podríamos sentarnos un buen rato a sopesar opiniones sobre Dubai sin que ninguno de nosotros hubiera estado nunca allí. La ciudad hoy es, de forma creciente, un territorio mental. Es lógico que en esta coyuntura, la mirada característica del flâneur decimonónico haya variado su perspectiva.

1. El paseante contemporáneo, más que nunca, hace de la pura subjetividad su bandera. La idea de cartografiar, de academizar, de sentar cátedra, se evapora en favor de una mirada más intuitiva y con poco afán de trascendencia. No es una mirada perfeccionista ni detallada, se trata más bien de la percepción y transmisión de impactos, de fogonazos. El paseante de hoy reacciona con la ráfaga y la impresión general. No cita ni se justifica porque su experiencia es estética e intensamente emocional.

2. Que no exista un afán de completismo está muy en relación con la propia cultura digital, cuya gramática es fragmentaria y viene a apelar al momento, al deseo fugaz y a la suma de experiencias. Un trozo de vídeo en el móvil, un tema musical escuchado a medias en el metro, una imagen recibida por Whats­App que muestra un detalle de un cuadro del Renacimiento... 
Flâneur

Dentro de la cultura digital en la que vivimos inmersos, lo fragmentario se erige como la gramática de la personalidad contemporánea. Este hecho nos ­sugiere una nueva forma de experimentar lo cultural que ahora mismo aún estamos en proceso entender y asumir.

3. La cultura digital transmite la sensación de vivir dentro de una nebulosa, donde el tiempo y el espacio se redimensionan y se acortan. El flâneur baudeleriano vivía la doble postura de mezclarse con la multitud, pero al mismo tiempo, mantenerse a parte, separado de la masa en tanto que observador cabal. Hoy, el flâneur contemporáneo se sitúa dentro del sistema, flota y se embelesa en la nebulosa de confusión en la que vivimos. Vive y transmite su experiencia, que es la pura sensación. Ya no miramos por encima de las nubes, como el caminante del célebre cuadro de Friedrich que se posicionaba encima de un risco para gozar de una perspectiva espacial sublime: estamos inmersos en ellas. El paseante contemporáneo, cuando explica su experiencia, está metido en la olla, empapado y arrobado por lo que le rodea. Por ello su discurso se ubica en las antípodas de lo divulgativo.


4. Decíamos que el paseante contemporáneo, cuando vierte sus impresiones, no desea sentar cátedra, y eso es porque principalmente no le importa que su conocimiento caduque: se sabe efímero, se sabe fugaz como un cometa. No hay voluntad de permanencia, lo cual choca con la tradición del pensamiento aleccionador que desea adoctrinar a las generaciones subsiguientes. Saberse fugaz significa quitarse una buena responsabilidad de encima. No lo digo en sentido acusativo, sino más bien como muestra de inteligencia en lo que a sacudirse de encima el peso de lo histórico se refiere, el peso de lo que sentencia a quien se pronuncia. Sentirse efímero revivifica e ilumina el discurso.


5. La llegada de la luz eléctrica fue fundamental para la creación del concepto de flâneur en el siglo XIX. Algunos avances tecnológicos y principalmente la electricidad (he aquí la clave del culto renovado a la figura del carismático Tesla como adalid de la modernidad) fueron el motor del cambio social. El alumbrado eléctrico transformó por completo la percepción que de la ciudad se tenía, permitiendo pasear territorios que hasta el momento no podían ser paseados, como los barrios de las afueras o los muelles del puerto. La bombilla dio luz a una nueva dimensión de la percepción humana. Baudelaire, en El pintor de la modernidad, refiriéndose al hombre de mundo dice que es alguien que se retira con la luz del sol para ponerse a crear por la noche. Con ello, el poeta quería hablar de un hombre de luz. Esta noción sigue siendo aplicable al flâneur de hoy, quien sigue generando su iluminación propia y personal, la que proviene de uno mismo, que no viene del exterior. Hemos hablado de fogonazos antes que impresiones, del fogonazo entendido como un primo hermano del estupor y el hallazgo. El paseante que ama la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica.



6. El flanêur sigue siendo el paradigma de producto de su tiempo, producto de aquello que cambia continuamente pero que siempre se refiere a lo mismo y que llamamos contemporaneidad. Las sucesivas contemporaneidades no son más que cúmulos de coordenadas, intersecciones entre pensamiento y cotidianidad influenciadas directamente por el contexto político, económico y social del momento. El flâneur es un explorador que somatiza lo contemporáneo, lo cual, desde la perspectiva de Baudelaire, es aquello que se sitúa en la encrucijada entre lo poético, lo eterno y lo transitorio. Una definición menos práctica y mucho más bella.

Nos hemos centrado en las transformaciones y las permanencias del mito cultural del flâneur, pero viene a colación instalarle la actualización a otro mito más: el del no-lugar, que se refiere a lugares de paso que no tienen connotaciones históricas ni de arraigo emocional, que son meros canales de tránsito. Sin embargo ¿realmente son aún no-lugares los aeropuertos o las salas de espera, convertidos hoy en observatorios y espacios de trabajo necesarios para una sociedad que se mueve a ritmo vertiginoso? Son los que llamábamos no-lugares precisamente algunos de los lugares de creación más prolíficos de la actualidad. Y si no, que le pregunten al flâneur contemporáneo.



Pierre Sansot
Del Buen Uso De La Lentitud


Eficacia, rapidez, capacidad de respuesta, polivalencia, rendimiento..., parece innegable que los valores en curso en las modernas sociedades occidentales han terminado imponiendo unos modos de vida con frecuencia inhumanos y alienantes. Con voluntad decididamente provocadora, esta obra redescubre la lentitud como una nueva figura del pensamiento. O quizá no tan nueva: tal vez la lentitud no sea sino la marca del respeto, la atención y la importancia que otorgamos a cada acontecimiento de nuestra vida, a cada persona que se cruza en nuestra existencia.
En este exquisito «arte del buen vivirDel buen uso de la lentitud -que desde su aparición en Francia en 1998 ha alcanzado ya diez reimpresiones- es, ciertamente, un libro poco habitual, sin duda políticamente incorrecto y destinado a desbaratar más de una certidumbre acerca de como conducir la propia vida o acerca de lo que significa realmente triunfar. No obstante, Sansot se inscribe en una tradición literaria y filosófica antiquísima, que cabe remontar a los primeros griegos, maestros en la búsqueda del justo medio en un sabio cultivo de los placeres. Pierre Sansot nos incita a buscar nuestra propia Grecia interior, nos invita, en definitiva, a la felicidad.

Cuando en 1936 el periodista Jules Janin declaraba la muerte del flâneur, no estaba solo constatando el agotamiento de una figura literaria, ni tan siquiera se refería a un cambio de hábitos con respecto al caminar, sino que apelaba a una transformación del modelo urbano que, inevitablemente, conllevaba una redefinición del caminar, entendida como forma de interrelación con la ciudad. “La nuestra es una época dura para los flâneurs, no sólo porque nos hemos tomado en serio el viejo lema norteamericano Time is money, sino porque las propias condiciones de vida hacen de la flânerie algo poco agradable”. En su artículo de Le Temps, Janin hacía referencia a una expulsión del caminante de la ciudad, que había dejado de pertenecerle, si es que alguna vez le perteneció realmente, para pensarse –y en este sentido, la reforma Haussmann es clave– como un espacio controlado panópticamente desde el poder, tanto político como económico que, dándose de la mano, implantaban un orden social, en el que incluso la subversión estaba controlada. 

En los años ’90 la teórica Beatriz Sarlo: un espacio donde es imposible perderse, un espacio de trayectos predefinidos que convence al transeúnte-comprador de una libertad de elección –libertad que comienza, como en el centro comercial, con la ilusión de creer que toda la mercancía expuesta es asequible, con el simulacro de la igualdad teorizado por Enzensberger– de la que carece. 



FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO

En su ensayo, L’éducation femministe des filles, que la flâneuserie, Madeleine Pelletier “una flânerie de las mujeres –una flâneuserie- no solo cambia la manera en que nos movemos entre los espacios, sino que interviene en la organización de los espacios” y es precisamente esta intervención la que ahora es necesario reivindicar. Alguien podría preguntarse cómo llevar a cabo una reivindicación cuando se han vetado los espacios y la pregunta no es censurable, pero, si bien asumiendo la fragilidad de la idea de una plena libertad de deambular, si bien asumiendo la imposición y represión que todo espacio urbano conlleva, si bien asumiendo la banalización de la figura del flâneur, vaciada de todo elemento crítico, es necesario no reclamar nuestro derecho a la ciudad y repensar la idea de flâneur como metáfora de un posicionamiento crítico ante la sociedad.



NotaEste libro aplica la sensibilidad de los estudios sensoriales al estudio del flâneur, figura que personifica el predominio de la visión en los estudios modernistas. Al cambiar el enfoque, podemos preguntarnos si el atractivo de lo visual nos ha cegado ante otros aspectos significativos de la experiencia urbana. Reconociendo que la visión no necesariamente domina la forma de percibir del flâneur, excluyendo a todos los demás sentidos, esta colección de ensayos explora nuevos caminos que el flâneur tomó a través de los sonidos, olores, sabores y texturas del París del siglo XIX.Nota2

El "giro sensual" en los estudios literarios, y más ampliamente en las artes, las humanidades y las ciencias sociales, ha impulsado a los académicos (desde el trabajo pionero del historiador francés Alain Corbin en la década de 1980, así como de los antropólogos canadienses David Howes y Constance Classen y el geógrafo británico Paul Rodaway en la década de 1990) a comprender sus disciplinas desarrollando "un hábito, una forma de pensar sobre [la cultura] y una forma de sintonizar con la riqueza de evidencia sensorial incrustada en cualquier cantidad de textos, evidencia que es abrumadoramente evidente una vez y, paradójicamente, buscada " (Smith, 2007: 5).Nota3 El «giro sensual» surge tras el retorno del cuerpo y la cultura material después del declive del posestructuralismo y la consiguiente represión del cuerpo y la materialidad del texto (Howes, 2003; 2006). 




Este giro también complementa el auge de los estudios visuales y culturales, que situaron la mirada modernista del flâneur, como pintor de la vida moderna, en el centro de muchas de sus investigaciones. El enfoque sensorial desarrolla conceptos «homogeneizadores» como el de «cuerpo», al proporcionar una comprensión integral de la existencia corporal como «conjuntos de experiencias interconectadas» que se relacionan dinámicamente con el mundo (Howes, 2006: 115; Syrotinski y Maclachlan, 2001: 7).

El énfasis que los estudiosos modernistas han puesto en la visión ha enriquecido nuestra comprensión del flâneur del siglo XIX al extender nuestra mirada a la cultura material, establecer conexiones con la historia del arte y explorar el impulso escópico en los estudios psicoanalíticos. Un enfoque plenamente sensorial no pretende denigrar la visión, sino comprender cómo se interrelaciona con los otros cuatro sentidos. Si bien la visión pudo haber dominado la cultura del siglo XIX —muchos lo han argumentado y este volumen respalda en gran medida esta postura—, podemos obtener una percepción más completa y profunda del desarrollo de la modernidad si ampliamos nuestro campo sensorial.

De hecho, la predominancia de los estudios visuales, por muy convincentes que sean algunos estudios individuales, tiende a producir una imagen de la Ciudad de la Luz del siglo XIX como una superficie lisa, reflectante, insípida e inodora, en lugar de la ciudad rica en clamor, bullicio callejero, música y voces, aromas, perfumes, hedor y ramos, sabores, gustos, placeres dulces y salados, comodidades, irritantes, texturas y sorpresas. 



Las primeras décadas del siglo XIX trajeron consigo importantes cambios en las tecnologías de observación, la cultura impresa y la planificación urbana, todo lo cual impulsó una estética visualista. Estos cambios impactaron en todo el sistema sensorial, afectando los umbrales de percepción, la tolerancia a los niveles de ruido y hedor, la circulación de olores, la congestión de las calles, el control de multitudes y la calidad del agua y los alimentos. Los modos de percepción más antiguos persistieron junto con otros más nuevos, incluso mientras las relaciones entre los sentidos evolucionaban. Los sentidos no visuales siguieron siendo vitales en la modernidad (Smith, 2007). Un enfoque multisensorial explora las conexiones y asociaciones entre los sentidos y sus vínculos con la cognición y la memoria, la proximidad y la distancia, el yo y el otro, la intuición y la razón, el realismo y la fantasía, la atracción y la repulsión, lo masculino y lo femenino.

Tradicionalmente, en un sistema heredado de Aristóteles, los sentidos se han concebido jerárquicamente (Levin, 1993). La vista predomina sobre el oído como fuente de conocimiento, belleza y verdad, mientras que el olfato, el gusto y el tacto figuran entre los sentidos inferiores e instintivos. Un vocabulario empobrecido para describir el olfato y el gusto se correlaciona con su reputación como los menos estéticos y veraces, los más primitivos y poco fiables (aunque escritores flâneur como Charles Baudelaire y Émile Zola debieron de deleitarse con el reto de buscar palabras sensoriales para satisfacer sus necesidades). En una formulación influyente, Marshall McLuhan y Walter Ong asociaron la modernidad con la vista en un paradigma que sitúa el cambio de la cultura oral/auditiva a la impresa/visual en la división entre la modernidad temprana y la moderna. Sin embargo, Mark M. Smith ha cuestionado la primacía otorgada a la vista en la teoría de la gran división, ya que los historiadores coinciden cada vez más en que los sentidos no visuales resultaron fundamentales para la elaboración de la modernidad (Smith, 2007: 2). Smith argumenta que no existe una ruptura clara en los regímenes sensoriales durante la transición de la sociedad premoderna a la moderna. 



Asimismo, no existe una jerarquía universal de los sentidos, sino solo relaciones evolutivas propias de un contexto, tiempo y lugar (Syrotinski y Maclachlan, 2001: 10). Al comienzo de la era moderna, por ejemplo, los pensadores de la Ilustración francesa valoraron la amplitud de la percepción sensorial y desarrollaron un empirismo basado en lo sensorial y lo sentimental (Riskin, 2002). Desde Diderot hasta Merleau-Ponty y Guy Debord, en la Francia moderna existe una larga tradición de reflexión a través de los sentidos y de cuestionamiento del ocularcentrismo (Jay, 1993; Syrotinski y Maclachlan, 2001: 7-8). La obra de Pauline de Tholozany, por ejemplo, demuestra la utilidad de la teoría de la percepción y la memoria de Bergson para repensar el papel de los sentidos en el flânerie.

Muchos pensadores del siglo XIX también vincularon los sentidos con distinciones sociales que asociaban a las clases bajas —y a las mujeres— con los sentidos más básicos. Por lo tanto, debemos desconfiar de un discurso sobre la primacía de la visión y la jerarquía de los sentidos que puede reproducir, en lugar de exponer, los prejuicios de clase o de género. Como advirtió Corbin, debemos «evitar convertirnos en rehenes de la jerarquía sensorial retórica promovida por una clase determinada» (citado en Smith, 2007: 15). Implícito en el tropo del dominio visual y el distanciamiento emocional del flâneur hay un discurso de control, tanto sobre el espacio urbano como sobre los habitantes de la ciudad con quienes es probable que el paseante entre en contacto. La mirada desencarnada del flâneur refleja una mentalidad elitista y un sesgo de género, una impasibilidad que a menudo se ve desafiada por la seducción del consumo masivo y la (vital) mezcla de la alta y la baja sociedad parisina, como podemos ver en la lectura que hace Catherine Nesci del cambio del desapego a la integración en Gambara .


Las contribuciones de este número especial parten, por lo tanto, de la premisa de que la percepción sensorial no es una aprehensión inmediata de los fenómenos por los sentidos. Si bien la investigación física y psicológica sobre la percepción sensorial podría ser útil para algunos de los análisis, los autores demuestran claramente que los sentidos están mediados por la cultura. Los sentidos se construyen histórica y culturalmente. Las formas de percibir generan significados sociales y morales sobre el género, la clase social, la salud, el poder, el espacio, el tiempo y la belleza, que se plasman en la literatura y el arte.

En esta colección se exploran estos sistemas de significación construidos culturalmente. Por ejemplo, Pauline de Tholozany y Hazel Hahn aclaran las complejidades de la vista contrastando la visión mecánica con la visión intencionada y centrándose en la importancia de la visión desenfocada o distraída, que sumerge al flâneur en su entorno en lugar de distanciarlo. Mi artículo evalúa el estatus del oído, considerado más pasivo, pero más relacional que la vista, y asociado con mayor frecuencia a sentimientos de placer y dolor que al desapego. Catherine Nesci, Cheryl Krueger y Priscilla Ferguson exploran nuestros sentidos «inferiores» del gusto y el olfato para analizar sus conexiones con la diferencia social y sexual, así como con el deseo, la memoria y el conocimiento. La tactilidad incorpora todos los sentidos. El tacto conecta lo interno y lo externo a través de los sentidos interoceptivo y vestibular. La vista, en particular, está mediada por el tacto, como nos recuerdan la reflexión de Tholozany sobre la absorción y la representación que hace Heidi Brevik-Zender del atractivo multisensorial de la moda. Dada la dualidad del tacto, quien toca es tocado. 





Por el contrario, la colección evidencia cómo las representaciones de los sentidos están ligadas a su desarrollo material y cultural, su crecimiento o atrofia, y su circulación, como se puede observar en mis afirmaciones sobre la creciente intolerancia hacia la música callejera, el análisis de Krueger sobre la industria del perfume y la relación entre el miasma y la enfermedad, y los comentarios de Ferguson sobre el crecimiento de los jardines botánicos, los restaurantes, así como el mercado de Les Halles.

Dado que «las relaciones sensoriales son relaciones sociales» (Howes, 2003: 55), resulta sorprendente que los estudios urbanos y arquitectónicos no se vieran impulsados ​​antes por el giro sensorial. El tropo de la ciudad como espectáculo y el espectáculo de la ciudad ha dominado el campo. Como resultado, según un crítico, «el aparato mediático congela la perspectiva cambiante del flâneur, el tumulto y las vibraciones urbanas, los complejos patrones de los ritmos naturales y sociales, por no mencionar el clima siempre cambiante, en instantáneas silenciosas y clichés impecables de consumo en condiciones ideales» (Diaconu et al. , 2011: 7). Como quedó patente en el número de 2007 de Senses and Society , el «reduccionismo sensorial» está siendo objeto de serias críticas tanto por parte de académicos como de responsables políticos. En Sensations urbaines , una innovadora exposición celebrada en el Centro de Arquitectura Canadiense en 2005-06, el curador Mirko Zardini insta a los planificadores urbanos a renovar su interés en una exploración más sensorial de la ciudad para tener en cuenta cómo los espacios adquieren carácter a través de su atractivo específico para los cinco sentidos. Las actas de la conferencia que David Howes organizó en conjunto con la exposición pueden consultarse en línea < http://www.david-howes.com/senses/sensing-the-city-index.htm >. En una línea similar, en Senses and the City: An Interdisciplinary Approach to Urban Sensescapes , Maˇdaˇlina Diaconu escribe sobre la necesidad de sensibilizar la investigación académica a las dimensiones hápticas y olfativas de la experiencia urbana para capturar el «encanto de la ciudad» (2011: 8), un factor determinante en el bienestar y el sentido de pertenencia de los habitantes. 





Estos estudios de arquitectura y urbanismo se basan en la obra fundamental de Juhani Pallasmaa, quien argumenta en su ya clásico libro Los ojos de la piel: Arquitectura y los sentidos (1996) que la supresión de los sentidos no visuales en el diseño ha promovido un entorno construido que genera sentimientos de desapego y alienación. Los estudios literarios y culturales también han abordado el atractivo multisensorial de la experiencia urbana. La colección editada por Alexander Cowan y Jill Steward, La ciudad y los sentidos: Cultura urbana desde 1500 (2007), ofrece una perspectiva amplia sobre cómo Occidente experimentó las ciudades a través de los sentidos. En lugar de abarcar la experiencia urbana a lo largo de un amplio abanico de siglos y metrópolis occidentales, este número especial de Dix-Neuf se centra específicamente en comprender al flâneur tal como surgió y evolucionó en su ciudad natal, París, durante el siglo XIX. Sin embargo, volver a sensualizar al flâneur implica un deseo mayor de concebir la ciudad moderna como un lugar sensual y reconstituir los paisajes sensoriales de la modernidad a los que los paseos del flâneur nos dan acceso privilegiado.

El flâneur era originalmente un arquetipo claramente parisino, aunque pronto surgieron contrapartes británicas y alemanas (Lauster, 2007). La genealogía del flâneur ya ha sido bien trazada, en particular por Priscilla Ferguson en Paris as Revolution . Surge durante el Primer Imperio, a partir de las descripciones urbanas del siglo XVIII de Alain René Le Sage, Louis-Sébastien Mercier y Restif de la Bretonne, así como del periodismo de Richard Steele y The Spectator de Joseph Addison , y alcanza un estatus icónico durante la Monarquía de Julio. 



En las décadas de 1830 y 1840, el flâneur proliferó con el auge de la cultura 
del folletín europeo y se convirtió en un elemento omnipresente en la fisiología, especialmente en la obra de Louis Huart, Physiologie du flâneur , y en guías literarias como Paris, ou Le livre des cent-et-un y Les Français peints par eux-mêmes . Estas fuentes —lo que Walter Benjamin denominó «literatura panorámica» y que recientemente ha sido objeto de un extenso análisis por parte de Stierle (2001), Lauster (2007) y Rose (2007)— son citadas profusamente por los colaboradores de este número especial para desarrollar el perfil del flâneur. Si el flâneur se nos escapa, es porque los falsos flâneurs, como los ociosos, los curiosos y los turistas, también abarrotan las calles, como explican Hahn y Tholozany. Tholozany también cuestiona el famoso desapego del flâneur al captarlo en su momento más torpe. Si bien la vestimenta y la apariencia externa determinan la identidad del flâneur, como explica Brevik-Zender, también se caracteriza por una extraordinaria capacidad sensorial. Mientras que el habitante promedio de la ciudad no presta atención a las sensaciones urbanas comunes, el flâneur aprovecha su profundo conocimiento de los entresijos de la ciudad y relata encuentros sensoriales cotidianos de todo tipo. El flâneur en las guías turísticas populares es, en efecto, un «empirista errante», como sugirió Richard Burton (1988: 60).

Siguiendo a Mary Gluck (2003), es útil distinguir entre el flâneur «popular» y el «vanguardista»: mientras que el flâneur popular surgió en la literatura panorámica y la prensa comercial, el flâneur vanguardista se asocia más estrechamente con artistas innovadores, especialmente Charles Baudelaire. Él identificó al flâneur con el artista y la imaginación, en contraposición a una concepción científica de la modernidad (Gluck, 2003: 74). En contraste, Honoré de Balzac había concebido el flâneur como una síntesis de empirismo, creatividad y ciencia en un conocido pasaje de Fisiología del matrimonio analizado por Nesci; como muestran Boutin y Ferguson, este proceso en dos etapas, dominado por la intelectualización, seguiría siendo un modelo dominante durante décadas.


En «El pintor de la vida moderna», Baudelaire compara al flâneur con el «hombre de la multitud» de Poe. Como aquel que elige habitar en el centro del movimiento de la multitud pero se resiste a ser absorbido por ella, permanece distante, dominante, principesco, invisible, superior y omnisciente; pero, como demuestra Krueger en su relectura de este conocido pasaje, el hombre de la multitud no solo observa el espectáculo, sino que también percibe sus efluvios. El olfato y el flâneur «funcionan de manera similar como experiencias de percepción» y penetración también en los poemas en prosa de Baudelaire.

A Walter Benjamin le debemos el resurgimiento del flâneur como icono de la modernidad en la teoría crítica contemporánea de la década de 1980. Benjamin aborda la figura del flâneur con mayor profundidad en el ensayo «El París del Segundo Imperio en Baudelaire», publicado originalmente en alemán en 1938, y en el libro inconcluso Charles Baudelaire: Poeta lírico en la era del alto capitalismo . La publicación póstuma de El proyecto de los pasajes en alemán en 1982 y en inglés en 1999 impulsó el estudio del flâneur. Benjamin buscó definir al paseante moderno como el flâneur de vanguardia y basó su comprensión de este arquetipo en el artista-flâneur tal como aparece en la poesía y la prosa de Baudelaire. Como ha señalado Martina Lauster (2007), Benjamin ignora en gran medida la importancia de la literatura panorámica en la configuración de este arquetipo, socavando así la manera en que estas tipologías tematizaban el propio proceso de observación. 



Su interpretación materialista del flâneur enfatizó la importancia de la nueva estética visual arquitectónica en París, en particular las arcadas o pasajes , construidos en las primeras décadas del siglo XIX (pero quizás más marginales de lo que Benjamin hubiera querido) y los bulevares, iniciados bajo el prefecto Rambuteau y continuados agresivamente por el barón Haussmann, cuyo diseño integral convirtió la calle en un interior.Nota4

El nuevo fenómeno de los bulevares y las masas urbanas convirtió al flâneur en un «hombre de la multitud», a quien Benjamin interpretó, paradójicamente, como una persona desconectada de la multitud. Lo concibió como una figura de oposición, cuyo ritmo pausado y actitud ociosa protestaban contra la laboriosidad del mercado, una postura holgazana y dilatoria que Ross Chambers (1999) teorizó posteriormente. El claro impacto del enfoque benjaminiano, como sostengo más adelante en este artículo, se percibe en la menor sensualidad del flâneur en el ámbito crítico actual. Sin embargo, la otra obra de Benjamin deja abierta la posibilidad de otras lecturas inmersas en la sensualidad de lo cotidiano: por ejemplo, en su ensayo de 1929 'El regreso del flâneur', Benjamin reflexiona que el flâneur 'estaría feliz de cambiar todo su conocimiento de los barrios de artistas, los lugares de nacimiento y los palacios principescos por el aroma de un solo umbral desgastado o el tacto de una sola baldosa, aquello que cualquier perro viejo se lleva consigo' (1999a: 263).


El discurso sobre el flâneur inevitablemente presupone su género masculino. Como han señalado Wolff (1985), Wilson (1992), Gleber (1999), Parsons (2000), D'Souza y McDonough (2006) y Nesci (2007), las mujeres sí paseaban por la ciudad y escribían sobre sus transgresiones como flâneuses, algunas (como Delphine de Girardin) ya en la década de 1830. A las mujeres se les negaba el derecho a observar a los transeúntes, ver, sentir y moverse libremente por la ciudad, de modo que eran hipervisibles (como mujeres caídas) o invisibles (como flâneuses o reporteras). Como resume Ferguson en el prefacio del libro de Nesci, 
Le Flâneur et les flâneuses (2007), analizar al flâneur nos ayuda a «cuestionar las condiciones de inclusión y exclusión de la vida pública urbana» (9). Para informar sobre la sociedad, la flâneuse tenía que practicar el disfraz, como ilustra Nesci (2007), o eludir la vigilancia del cónyuge y narrador, como en el caso de Madeleine Pelletier analizado por Brevik-Zender. Como argumenta Parsons (2000), la «afluencia social de mujeres como observadoras empíricas en las calles de la ciudad [desafía] la percepción estética y urbana como un fenómeno específicamente masculino» (6). Si bien esta afirmación expone las relaciones de dominación codificadas en lo visual, no llega lo suficientemente lejos como para señalar las dinámicas de poder inherentes a los regímenes de percepción sensorial en general. 



Las prácticas sensoriales codifican el género, y los cambios en los roles de género alteraron las jerarquías y las relaciones entre los sentidos en el siglo XIX. Las mujeres, particularmente las de clase baja o exóticas, se asociaban claramente con lo fétido y lo fragante, como evocaba un soplo de la poesía de Baudelaire o de 
Le Ventre de Paris de Zola . La sexualización del flânerie motiva un deseo de apropiarse de la ciudad, que los autores describen en términos de posesión, contacto, control y devoración del cuerpo femenino: sutilmente en Ferragus y Gambara de Balzac , y de forma más violenta en Bel - Ami de Maupassant . Cuando mujeres como Renée, de Colette, practican el flânerie sensual, sugiere Nesci, pueden desestabilizar las divisiones de género, sociales y sensoriales.

La flânerie produce un tipo de escritura innovador y tiene una existencia mítica como catalizador de la reflexión artística.Nota5 y como una práctica que produce textos (Frisby, 1994: 83). Por lo tanto, podemos hablar de la reciprocidad entre el flâneur y el espacio urbano, ya que el flâneur (re)produce y reinventa la ciudad como texto a través de su práctica peripatética, como teorizaron Michel de Certeau y Henri Lefebvre. Desde que el flâneur alcanzó prominencia en la prensa comercial de la Monarquía de Julio, es lógico que el periodismo, el fouilleton , el boceto verbal y la caricatura visual ejemplificaran la escritura flâneuriana. Muchos de los colaboradores analizan las diferentes formas que adoptan los bocetos verbales y la escritura periodística en la literatura de la flânerie. De hecho, la receptividad del flâneur a las impresiones sensoriales transitorias y la reflexión personal se prestan a una escritura subjetiva y fragmentaria que no está impulsada por una trama. El arte contemplativo del flânerie puede dar lugar a la poesía (o a la prosa poética), pero su atención al detalle también puede derivar en prosa documental. La escritura flâneur, por supuesto, se ha vinculado a la novela realista. Como ilustran Brevik-Zender y Ferguson, los protagonistas de Bel-Ami y Le Ventre de Paris pasean por las calles y los encuentros fortuitos determinan el rumbo de sus vidas ficticias.



Sin embargo, desde la Monarquía de Julio hasta el Segundo Imperio, el flâneur experimenta una transformación. Mientras que en Balzac el flâneur a veces puede parecer indeciso, perezoso e improductivo, aquí se le presenta con mayor frecuencia como inteligente, inspirado y creativo.Nota6 Sin embargo, a medida que el arquetipo evoluciona, el sentido de dominio perceptivo que a menudo caracteriza la flânerie balzaciana se erosiona, y los flâneurs en la ficción de Flaubert, Zola y Maupassant luchan por poseer la ciudad y terminan siendo poseídos por ella (Ferguson, 1994: 95). A diferencia de Baudelaire o Fournel, para quienes la flânerie canaliza la creatividad, los flâneurs ficticios Bel-Ami y Claude Lantier son artistas fracasados. Mientras que el flâneur habitaba el espacio intersticial entre el dominio y la absorción en Lacroix, como sugiere Tholozany, en Maupassant está completamente poseído por la ciudad en toda su sensualidad. Aunque no es un flâneur propiamente dicho, Florent es devorado por la ciudad. Zola, el escritor-flâneur, sin embargo, como argumenta Ferguson, «utiliza la flânerie en lugar de ser utilizado por ella». En el caso del flâneur de Maupassant, Duroy ya no se mantiene al margen del mercado, sino que está inmerso en el capitalismo burgués y el consumismo: ha venido «aparentemente a curiosear, pero en realidad a encontrar un comprador», parafraseando a Benjamin (2006: 66). A diferencia del flâneur desapasionado de las décadas de 1830 y 1840, los flâneurs de Zola y Maupassant son sensualistas que no pueden resistir las tentaciones.


El personaje de Zola, el pintor Claude Lantier (con sus vínculos con Manet y Cézanne), personifica la asociación del flânerie con el impresionismo. Baudelaire identificó al dibujante Constantin Guys como el flâneur por excelencia en «El pintor de la vida moderna». El cosmopolita Guys viajó por el mundo como ilustrador de periódicos, y Baudelaire admiraba en él al «hombre del mundo» con una pasión insaciable por el descubrimiento: «quiere saber, comprender y apreciar todo lo que sucede en la superficie de nuestro planeta». Guys ejemplifica, explica Hahn, al nuevo flâneur viajero que transforma las sensaciones primarias que ofrecen los países extranjeros en expresión subjetiva y creativa. Esta "proyección del flânerie sobre los viajes por el mundo" suscitó un "flânerie imaginario", argumenta Hahn, ya que los lectores de revistas ilustradas emprendieron viajes mentales, a veces con vínculos dudosos con la conquista y la colonización, como en los flâneries periodísticos de Duroy en Argelia.

A riesgo de desviarnos del tema, sin duda vale la pena comprender la figura del flâneur en nuestro mundo globalizado contemporáneo: aunque originalmente un tipo parisino del siglo XIX, el flâneur posmoderno se ha convertido en una herramienta para conceptualizar la movilidad y los encuentros urbanos, y en un símbolo de autoconciencia de la experiencia urbana. Para la mayoría de las personas, las sensaciones urbanas son tan comunes que pasan desapercibidas; son los viajeros y visitantes extranjeros —turistas, en una palabra— quienes comentan cómo la ciudad que visitan les resulta diferente: distintos olores, sabores, sonidos, temperaturas, comodidades. 


Régine Robin, en 
Mégapolis: Les derniers pas du flâneur (2009), destaca por transmitir las sensaciones subjetivas y caleidoscópicas, intercaladas con itinerarios ficticios y cinematográficos, de la flâneuse global que viaja a Nueva York, Los Ángeles, Tokio, Londres y Buenos Aires; a cualquier lugar menos a sus ciudades natales de París y Montreal. Como escribe Edmund White en El flâneur: Un paseo por las paradojas de París (2001), el flâneur no busca una lección de historia ni una edificación, ni le interesa tachar los principales lugares de interés de una lista de maravillas habituales (47). El flâneur «busca experiencia, no conocimiento. La mayoría de las experiencias acaban interpretándose como conocimiento —y siendo sustituidas por él—, pero para el flâneur la experiencia permanece de alguna manera pura, inútil, cruda» (47). White practica el arte que define como la búsqueda de la experiencia pura, llevando al lector en un viaje discontinuo por los rincones conocidos y secretos de los parisinos famosos del pasado y del presente. El París palimpséstico y multicultural de White, que incluye a negros, judíos, homosexuales, monárquicos contemporáneos y hachichins del siglo XIX, presenta un sorprendente contraste con otra representación contemporánea del flânerie, la película de Woody Allen, Medianoche en París (2011), que muestra un paisaje onírico monocultural, nostálgico y romantizado del París de la década de 1920 (y de la década de 2010).

En este número especial de Dix-Neuf , cada uno de los ensayos de los colaboradores analiza al flâneur parisino del siglo XIX, utilizando diversos enfoques en distintos géneros y décadas. 



Cada colaborador aborda un sistema sensorial particular, pero en conjunto, las contribuciones sugieren cómo el flâneur transforma la ciudad en un lugar sensorial, cómo las sensaciones urbanas lo anclan a las calles donde se sumerge en la multitud de imágenes, sonidos, olores, sabores y tactos. El flânerie era una práctica multisensorial en la ciudad del siglo XIX, como lo sigue siendo hoy, aunque las modalidades de la experiencia intersensorial han cambiado. Las transformaciones sensoriales y sociales van de la mano. Al comprender al flâneur/flâneuse, obtenemos una mejor comprensión de las convenciones de clase social, raza y género, la industrialización y la urbanización, los viajes globales y el colonialismo, el espacio privado y público, y los conceptos de tiempo y espacio. Los encuentros itinerantes del flâneur/flâneuse con la ciudad a lo largo de las décadas pueden tomar diferentes direcciones, pero las contribuciones a este número especial anticipan sus pasos e intentan allanar el camino hacia una teoría más sensual de la modernidad.

Notas

1 David Howes define el «giro sensual» y acuña el término en su influyente libro Relaciones sensuales (2003: 29, 235-36), y nuevamente en el número inaugural de Sentido y sociedad (Howes, 2006: 114-115). En ese número, los editores se refieren al «campo emergente de los estudios sensoriales».

2 Keith Tester reconoció que "el flâneur podría ser algo más que simplemente mirar" (18) en la introducción a su influyente volumen editado The Flâneur (1994).

3 El giro sensual también puede estar dando forma a las ciencias sociales en Francia, como sugieren Le Breton (2000), Thomas (2007) y Nuvolati (2009).

4 Para más información sobre la riqueza sensual de los Grandes Bulevares, véase Hahn, 2006 y 2009.

5 «Por lo tanto, el flânerie siempre fue tanto mítico como real», escribió Rob Shields (en Tester, 1994: 62).

6 Agradezco a Pauline de Tholozany por haberme llamado la atención sobre esta ambigüedad en la tipología balzaciana.