FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO
A lo largo del viejo faubourg, donde penden en las casuchas
Las persianas, abrigo de secretas lujurias,
Sobre la ciudad y los campos, sobre los techos y los trigales,
Yo acudo a ejercitarme solo en mi fantástica esgrima,
Husmeando en todos los rincones las sorpresas de la rima.
Tropezando sobre las palabras como sobre los adoquines.
Chocando a veces con versos hace tiempo soñados. (Baudelaire,
1977, p. 99).
La relación del hombre que camina con su ciudad, con sus calles, con sus
barrios, ya le sean estos conocidos o los descubra al hilo de sus pasos, es
primeramente una relación afectiva y una experiencia corporal. Un fondo
sonoro y visual acompaña su deambular; su piel registra las fluctuaciones de
la temperatura y reacciona al contacto de los objetos o del espacio… la
experiencia del caminar urbano despierta el cuerpo en su totalidad, es una
puesta en escena del sentido y de los sentidos. La ciudad no está fuera del
hombre, si no en él, impregnando su mirada, su oído y todos los demás
sentidos. El Hombre se la apropia y actúa según los significados que le da a
la ciudad (Le Breton, 2022, pp. 174-175).
Cuando salgo de casa a caminar sin saber adónde me llevarán mis pasos, y me someto a lo que mi instinto decida por mí, me encuentro, por más raro y caprichoso que pueda parecer, con que final e inevitablemente me enfilo al suroeste, hacia un bosque, una pradera, un pastizal deshabitado o una colina en esa dirección. (Thoreau, 2021, p.33).
«La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su profesión le llevan a hacerse una sola carne con la multitud. Para el perfecto flâneur, para el observador apasionado, es una alegría inmensa establecer su morada en el corazón de la multitud, entre el flujo y reflujo del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos del hogar y aun así sentirse en casa en cualquier parte, contemplar el mundo, estar en el centro del mundo, y sin embargo pasar desapercibido —tales son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados, incorruptibles, que la lengua apenas alcanza a definir torpemente. El espectador es un príncipe que vaya donde vaya se regocija en su anonimato.» Charles Baudelaire. "El pintor de la vida moderna", 1863.
«[…] paseante solitario que explora, que acecha, que cruza el infierno urbano, el caminante voyeurista que descubre la ciudad como un paisaje de extremos voluptuosos. Maestro en el gozo de observar, avezado en la empatía, el flâneur encuentra el mundo "pintoresco"» (Susan Sontang, "Sobre la fotografía", 1977), «[…] un daquerrotipo errante y apasionado, que atesora hasta la menor huella, y en quien se reproducen, con sus reflejos cambiantes, el curso de las cosas, la agitación de la ciudad, la fisonomía diversa del espíritu público, las confesiones, antipatías y admiraciones de la multitud.» (Victor Fournel, "Ce qu'on voit dans les rues de Paris", 1867).
«[…] encontramos una misma preocupación básica: el que la persona se resista a ser suprimida y destruida en su individualidad por cualquier razón social, política o tecnológica. Cualquier investigación acerca del significado interno de la vida moderna y sus productos o, dicho sea en otras palabras, acerca del alma de la cultura, debe buscar resolver la ecuación que estructura cómo las metrópolis establecen entre los contenidos individuales y supraindividuales de la vida.». Georg Simmel, "La metrópolis y la vida mental", 1903.
En uno de los capítulos finales de El hombre sin atributos, Robert Musil narra a lo que se dedicaron durante varios días Ulrich y su amada hermana Agathe: “… comúnmente, tan pronto como dejaban la casa, se limitaban a seguir simplemente el rumbo de las corrientes de gran ciudad, imagen de las necesidades de la colectividad y que, con la exactitud de una marea, estrujan o reabsorben a las gentes en determinados sitios, según las horas. Les divertía participar en una forma de vida distinta a la suya y que los descargaba, temporalmente, de la responsabilidad de esta última. Nunca les había parecido la ciudad donde vivían tan hermosa y, a la vez, tan extraña. Las casas, tomadas en conjunto, ofrecían una imagen grandiosa, incluso cuando por separado e individualmente no fueran en absoluto hermosas; el ruido discurría a través de un aire enrarecido por el bochorno, como un río que alcanzara hasta los tejados; en la fuerte luz, sofocada por la profundidad de las calles, las personas parecían más apasionadas y misteriosas de lo que probablemente merecían. Todo sonaba, lucía, olía tan insustituible, tan inolvidable…”
“Si el flâneur se convierte en un detective involuntario, le hace mucho bien socialmente, ya que acredita su ociosidad —precisa Walter Benjamin—. Él sólo parece ser indolente, porque detrás de esta indolencia aparente está su acechanza. Así, el detective desarrolla reacciones que están en consonancia con el ritmo de una gran ciudad.”
Franz Hessel —quien, por cierto, junto con su amigo Walter Benjamin realizó la traducción al alemán de los tres primeros volúmenes de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust— en su libro Spazieren in Berlin (Caminando en Berlín, 1929) apunta —traduzco de la edición en inglés—: “Caminar lentamente por las calles bulliciosas es un placer especial. Inmerso en la prisa de los demás, es como un chapuzón en el mar. Pero mis queridos conciudadanos de Berlín no lo hacen fácil, sin importar cuán ágilmente te muevas para salir de su camino. Atraigo miradas cautelosas cada vez que intento pasear como un flâneur entre los trabajadores; creo que piensan que soy un carterista”.
“Tienes que ver las calles. Tienes que sentirlo. Tienes que olerlo, tienes que saborear las calles.” – Alonzo Harris, Día de entrenamiento.
Sin embargo, reivindico la figura del flâneur decimonónico como "una manera de pensar y de vivir contemporánea", un proceso de aprendizaje y descubrimiento (Nassim Nicholas Taleb), que redescubre el placer de vagabundear la ciudad sin objetivos previos, sólo por el mero placer de observar sin apenas ser visto.
FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO
La figura del flâneur es ya en el siglo XXI un mito cultural. El paseo (la flânerie) por la ciudad sin rumbo, un poco a la deriva, observando el devenir de la vida cotidiana y las costumbres del paisanaje, dejándose sorprender por lo inesperado, constituye hoy toda una postura, una forma de mirar y experimentar la ciudad que ha inspirado numerosas obras literarias y artísticas a lo largo de la historia. El hito crucial que erige al flâneur como un sujeto cultural tiene su germen en la mirada del poeta francés Baudelaire, principalmente en su obra El pintor de la vida moderna (1863). Posteriormente, lecturas académicas fundamentales como la de Benjamin auparon este tipo a las esferas del pensamiento intelectual.
Baudelaire situaba su flâneur en una ciudad en proceso de modernización: el París de la segunda mitad del siglo XIX, donde proliferaban las nuevas estructuras urbanísticas de las grandes capitales en paralelo a la implantación de un tipo de modelo de trabajo propio de las sociedades industriales que traía consigo los conceptos de ocio y tiempo libre. Avenidas, grandes edificios, escaparates, cafés y teatros... La ciudad, sus pobladores, los gestos, las costumbres o las tendencias eran el novísimo y luminoso gran espectáculo urbano por el que el flâneur se dejaba seducir:
"La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces", escribía el poeta. El flâneur es, pues, el paseante urbano por excelencia, un investigador instigado por la curiosidad que explora y disfruta, caminante que encuentra deleite en la mera observación. Baudelaire y su manera puramente sensitiva de enfocar el paseo o la flânerie es visto por algunos como el primer cazador de tendencias, puesto que, además de ser paseante, plasmaba también sus impresiones que han llegado a lomos de sus escritos hasta el día de hoy.
Como es natural, la sociedad ha ido transformándose desde que el mito del paseante moderno fue acuñado hasta la actualidad, y con ella el mismo concepto de ciudad. Hoy las ciudades están en un proceso de cambio siguiendo pautas relacionadas con grandes operaciones económicas y con la búsqueda de una imagen icónica y de proyección global. La ciudad articula su identidad en base a la capacidad de generar repercusión comunicativa on line. Este es el alma del city branding, esto es, de una nueva comprensión de las ciudades en tanto que marca, de lo cual sabemos bastante en Barcelona. Así pues, es curioso cómo en la era digital, la ciudad deja de significar un territorio físico para convertirse paulatinamente en evento y espectáculo, en sinónimo de una experiencia.
Como la propia genética de internet, la ciudad se desmaterializa y se expande en el terreno de la mente; una ciudad deja de encarnarse en sus calles, su gastronomía local o sus monumentos, pasando a erigirse como una elaborada proyección colectiva que se refrenda y alimenta por la red. Un pequeño grupo de personas podríamos sentarnos un buen rato a sopesar opiniones sobre Dubai sin que ninguno de nosotros hubiera estado nunca allí. La ciudad hoy es, de forma creciente, un territorio mental. Es lógico que en esta coyuntura, la mirada característica del flâneur decimonónico haya variado su perspectiva.
1. El paseante contemporáneo, más que nunca, hace de la pura subjetividad su bandera. La idea de cartografiar, de academizar, de sentar cátedra, se evapora en favor de una mirada más intuitiva y con poco afán de trascendencia. No es una mirada perfeccionista ni detallada, se trata más bien de la percepción y transmisión de impactos, de fogonazos. El paseante de hoy reacciona con la ráfaga y la impresión general. No cita ni se justifica porque su experiencia es estética e intensamente emocional.
2. Que no exista un afán de completismo está muy en relación con la propia cultura digital, cuya gramática es fragmentaria y viene a apelar al momento, al deseo fugaz y a la suma de experiencias. Un trozo de vídeo en el móvil, un tema musical escuchado a medias en el metro, una imagen recibida por WhatsApp que muestra un detalle de un cuadro del Renacimiento...
Dentro de la cultura digital en la que vivimos inmersos, lo fragmentario se erige como la gramática de la personalidad contemporánea. Este hecho nos sugiere una nueva forma de experimentar lo cultural que ahora mismo aún estamos en proceso entender y asumir.
3. La cultura digital transmite la sensación de vivir dentro de una nebulosa, donde el tiempo y el espacio se redimensionan y se acortan. El flâneur baudeleriano vivía la doble postura de mezclarse con la multitud, pero al mismo tiempo, mantenerse a parte, separado de la masa en tanto que observador cabal. Hoy, el flâneur contemporáneo se sitúa dentro del sistema, flota y se embelesa en la nebulosa de confusión en la que vivimos. Vive y transmite su experiencia, que es la pura sensación. Ya no miramos por encima de las nubes, como el caminante del célebre cuadro de Friedrich que se posicionaba encima de un risco para gozar de una perspectiva espacial sublime: estamos inmersos en ellas. El paseante contemporáneo, cuando explica su experiencia, está metido en la olla, empapado y arrobado por lo que le rodea. Por ello su discurso se ubica en las antípodas de lo divulgativo.
4. Decíamos que el paseante contemporáneo, cuando vierte sus impresiones, no desea sentar cátedra, y eso es porque principalmente no le importa que su conocimiento caduque: se sabe efímero, se sabe fugaz como un cometa. No hay voluntad de permanencia, lo cual choca con la tradición del pensamiento aleccionador que desea adoctrinar a las generaciones subsiguientes. Saberse fugaz significa quitarse una buena responsabilidad de encima. No lo digo en sentido acusativo, sino más bien como muestra de inteligencia en lo que a sacudirse de encima el peso de lo histórico se refiere, el peso de lo que sentencia a quien se pronuncia. Sentirse efímero revivifica e ilumina el discurso.
5. La llegada de la luz eléctrica fue fundamental para la creación del concepto de flâneur en el siglo XIX. Algunos avances tecnológicos y principalmente la electricidad (he aquí la clave del culto renovado a la figura del carismático Tesla como adalid de la modernidad) fueron el motor del cambio social. El alumbrado eléctrico transformó por completo la percepción que de la ciudad se tenía, permitiendo pasear territorios que hasta el momento no podían ser paseados, como los barrios de las afueras o los muelles del puerto. La bombilla dio luz a una nueva dimensión de la percepción humana. Baudelaire, en El pintor de la modernidad, refiriéndose al hombre de mundo dice que es alguien que se retira con la luz del sol para ponerse a crear por la noche. Con ello, el poeta quería hablar de un hombre de luz. Esta noción sigue siendo aplicable al flâneur de hoy, quien sigue generando su iluminación propia y personal, la que proviene de uno mismo, que no viene del exterior. Hemos hablado de fogonazos antes que impresiones, del fogonazo entendido como un primo hermano del estupor y el hallazgo. El paseante que ama la vida universal penetra en la multitud como un inmenso cúmulo de energía eléctrica.
6. El flanêur sigue siendo el paradigma de producto de su tiempo, producto de aquello que cambia continuamente pero que siempre se refiere a lo mismo y que llamamos contemporaneidad. Las sucesivas contemporaneidades no son más que cúmulos de coordenadas, intersecciones entre pensamiento y cotidianidad influenciadas directamente por el contexto político, económico y social del momento. El flâneur es un explorador que somatiza lo contemporáneo, lo cual, desde la perspectiva de Baudelaire, es aquello que se sitúa en la encrucijada entre lo poético, lo eterno y lo transitorio. Una definición menos práctica y mucho más bella.
Nos hemos centrado en las transformaciones y las permanencias del mito cultural del flâneur, pero viene a colación instalarle la actualización a otro mito más: el del no-lugar, que se refiere a lugares de paso que no tienen connotaciones históricas ni de arraigo emocional, que son meros canales de tránsito. Sin embargo ¿realmente son aún no-lugares los aeropuertos o las salas de espera, convertidos hoy en observatorios y espacios de trabajo necesarios para una sociedad que se mueve a ritmo vertiginoso? Son los que llamábamos no-lugares precisamente algunos de los lugares de creación más prolíficos de la actualidad. Y si no, que le pregunten al flâneur contemporáneo.
Pierre Sansot
Del Buen Uso De La Lentitud
Eficacia, rapidez, capacidad de respuesta, polivalencia, rendimiento..., parece innegable que los valores en curso en las modernas sociedades occidentales han terminado imponiendo unos modos de vida con frecuencia inhumanos y alienantes. Con voluntad decididamente provocadora, esta obra redescubre la lentitud como una nueva figura del pensamiento. O quizá no tan nueva: tal vez la lentitud no sea sino la marca del respeto, la atención y la importancia que otorgamos a cada acontecimiento de nuestra vida, a cada persona que se cruza en nuestra existencia.
En este exquisito «arte del buen vivirDel buen uso de la lentitud -que desde su aparición en Francia en 1998 ha alcanzado ya diez reimpresiones- es, ciertamente, un libro poco habitual, sin duda políticamente incorrecto y destinado a desbaratar más de una certidumbre acerca de como conducir la propia vida o acerca de lo que significa realmente triunfar. No obstante, Sansot se inscribe en una tradición literaria y filosófica antiquísima, que cabe remontar a los primeros griegos, maestros en la búsqueda del justo medio en un sabio cultivo de los placeres. Pierre Sansot nos incita a buscar nuestra propia Grecia interior, nos invita, en definitiva, a la felicidad.
Cuando en 1936 el periodista Jules Janin declaraba la muerte del flâneur, no estaba solo constatando el agotamiento de una figura literaria, ni tan siquiera se refería a un cambio de hábitos con respecto al caminar, sino que apelaba a una transformación del modelo urbano que, inevitablemente, conllevaba una redefinición del caminar, entendida como forma de interrelación con la ciudad. “La nuestra es una época dura para los flâneurs, no sólo porque nos hemos tomado en serio el viejo lema norteamericano Time is money, sino porque las propias condiciones de vida hacen de la flânerie algo poco agradable”. En su artículo de Le Temps, Janin hacía referencia a una expulsión del caminante de la ciudad, que había dejado de pertenecerle, si es que alguna vez le perteneció realmente, para pensarse –y en este sentido, la reforma Haussmann es clave– como un espacio controlado panópticamente desde el poder, tanto político como económico que, dándose de la mano, implantaban un orden social, en el que incluso la subversión estaba controlada.
En los años ’90 la teórica Beatriz Sarlo: un espacio donde es imposible perderse, un espacio de trayectos predefinidos que convence al transeúnte-comprador de una libertad de elección –libertad que comienza, como en el centro comercial, con la ilusión de creer que toda la mercancía expuesta es asequible, con el simulacro de la igualdad teorizado por Enzensberger– de la que carece.
FLÂNEUR CONTEMPORÁNEO
En su ensayo, L’éducation femministe des filles, que la flâneuserie, Madeleine Pelletier “una flânerie de las mujeres –una flâneuserie- no solo cambia la manera en que nos movemos entre los espacios, sino que interviene en la organización de los espacios” y es precisamente esta intervención la que ahora es necesario reivindicar. Alguien podría preguntarse cómo llevar a cabo una reivindicación cuando se han vetado los espacios y la pregunta no es censurable, pero, si bien asumiendo la fragilidad de la idea de una plena libertad de deambular, si bien asumiendo la imposición y represión que todo espacio urbano conlleva, si bien asumiendo la banalización de la figura del flâneur, vaciada de todo elemento crítico, es necesario no reclamar nuestro derecho a la ciudad y repensar la idea de flâneur como metáfora de un posicionamiento crítico ante la sociedad.










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